Las “ARMAS SECRETAS” de Hitler, algo más que fantasía. (3)
RELATO DE UN TESTIGO
Viaje a Alemania en automóvil. En el cuartel general de Hitler en Rastenburg, en Prusia Oriental el jefe del III Reich en persona, después de haber leído la carta de Mussolini me autorizó a visitar las fábricas de armas secretas y a asistir a varios experimentos. Comencé con las fábricas subterráneas, concentradas sobre todo en Baviera y en la alta Silesia.
Estaba a punto de ser lanzada la V-2, hablándose de ella como un perfeccionamiento de la V-1, que se había demostrado demasiado lenta y por eso mismo abatible por la caza británica. Vi una V-2 en su montaje y en el lanzamiento. Era un ingenio de más de 14 Tm., cargado de explosivo de gran potencia, previsto de un sistema de propulsión absolutamente nuevo.
Tenía un alcance de varios centenares de kilómetros, viajaba por la estratosfera y caía sobre el blanco a velocidad supersónica. Ni los aviones, ni los medios normales de avistamiento podían impedir la caída o advertir la llegada.
Las fábricas subterráneas a las que he hecho referencia, eran pequeñas ciudades construidas en las vísceras de las montañas. Se bajaba con ascensores, como en las minas. Las entradas, oportunamente mimetizadas eran vigiladas por patrullas y defendidas por puestos de ametralladoras y artilleros. Inmensas galerías, iluminadas de continuo, se extendían a lo largo de kilómetros y kilómetros, enlazadas por trenecillos que servían para el transporte del material y de las personas.
Durante la visita, vi también algunas galerías de la Luftwaffe en las que se estaban concentrando los aviones de cohetes y a reacción para una gran ofensiva. En las cercanías de Kiel donde en los astilleros fortificados había varios sumergibles provistos de un ingenio, el schnorkel, que les permitiría permanecer inmersos durante un tiempo indeterminado, en un lugar observé a un gran torpedo. De especial el artefacto tenía solo la cabeza, bastante gruesa. Supe por uno de los ingenieros que se trataba de un torpedo acústico capaz de buscar el blanco.
Lanzados por un submarino, estos torpedos que navegaban en inmersión, eran atraídos por las ondas producidas por las hélices de los barcos atacados. Dotados de una velocidad superior a la de los torpedos normales, estaban en condiciones de seguir y alcanzar cualquier buque. De todas formas el punto fuerte del arsenal bélico germánico era la bomba disgregadora, es decir la atómica, cuyo primer experimento tuvo lugar en una isla del Báltico, en Rügen.
En la noche entre el 11 y el 12 de octubre de 1944 me encontraba de nuevo en Berlín. Un automóvil militar vino a recogerme al hotel Adlon, en el que me alojaba. Uno de los Oficiales que se encontraba a bordo del vehículo me comunicó que al regreso del viaje sería recibido por el ministro Goebbels.
Pregunté que a dónde íbamos pero no contestaron. Partimos a las dos de la madrugada. Llovía con insistencia. Una lluvia continua y sutil, desde un cielo bajo, lleno de nubes hilachosas. Llegamos al destino hacia las diez. Sólo cuando descendí del automóvil supe que me encontraba en la costa báltica, en las cercanías de Stralsund, y que con una motora alcanzamos la isla de Rügen. Este era el centro de experiencias donde se alistaban las nuevas armas alemanas, un lugar secreto vigilado por unidades especiales y vedado a quien no se encontrase en posesión de un salvoconducto firmado por el jefe del Estado Mayor General de la Wehrmacht.
Nos dirigimos de inmediato a una zona protegida por árboles. En una vasta área del bosque habían sido preparadas construcciones en piedra y refugios de cemento armado. Entramos en una torre blindada, semienterrada, a través de una puerta metálica que fue cerrada de inmediato. Dentro estábamos cuatro: mis dos acompañantes, un hombre vestido de un mono y yo.
"Asistiremos a una prueba de bomba disgregadora. Es el más potente explosivo descubierto hasta ahora. Destruye todo. No se resiste nada", dijo uno. Casi no respiraba. Miraba el reloj y esperaba que fuese mediodía, hora fijada para el experimento. Nuestro observatorio se encontraba a algunos kilómetros de la zona del estallido.
Hasta la tarde -intervino el hombre vestido con el mono- habrá que permanecer aquí dentro.
Saldremos al anochecer. La bomba desprende radiaciones que pueden dañar seriamente. Su radio de acción es mucho más amplio que el de una potentísima bomba normal. Más o menos un kilómetro y medio. La lluvia se había hecho más violenta. De pronto, en el interior del refugio sonó el teléfono. Desde la central advirtieron que el experimento había sido anticipado a las 11:45.