MARÍA SALVO, 16 AÑOS EN LAS CÁRCELES FRANQUISTAS
"Me sentí más presa fuera de la cárcel"
Tengo 84 años. Nací en Sabadell y vivo en Barcelona. Cumplí los 21 años en las cárceles franquistas y salí a los 37, fue entonces cuando me casé con un hombre que había pasado 13 años en prisión. No pude tener hijos por los maltratos que padecí. Viví en las cárceles de Madrid, Barcelona, Alcalá de Henares y Zaragoza. Soy agnóstica
La Vanguardia, IMA SANCHÍS - 05/11/2004
-Por qué fue a parar a la cárcel?
-Por mis principios. Pertenecía a una juventud entusiasmada por aquel mundo que despertaba, el de la República.
-¿Cuándo la detuvieron?
-Mi padre era carpintero. Nos expropiaron la casa, nos dejaron sin nada. Cuando los franceses nos hicieron volver del exilio, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, me oculté en casa de unos amigos, junto a la cárcel Modelo, y pude ver a todas aquellas mujeres analfabetas a las que se les exigía avales para reducir la pena. Decidí ayudarlas y volví a implicarme política y socialmente.
-¿No tenía miedo?
-No sabía hasta dónde podía llegar la represión. Me detuvieron en Madrid. Me torturaron, me destrozaron hasta el punto de que no he podido tener hijos. Pero sobreviví, muchas no lo hicieron. Después de seis años, en el año 1945, siendo civil, un tribunal militar me condenó a treinta años de prisión.
-Debió de ser un momento difícil.
-No, ése no. Era tan corriente que te volvieras con la pepa (pena de muerte), que celebrabas la vida. "¡Qué suerte!", te decían todos.
-¿Se acabaron las torturas físicas?
-Sí, pero las condiciones de trato, de comida, la falta de higiene... resultaban una tortura. Pero supimos conservar la dignidad.
-¿Qué es lo que más dolía?
-La humillación. Las cartas que nos mandaban pasaban de funcionaria a funcionaria. Vivíamos tan amontonadas que continuamente sufríamos infecciones. En la prisión de Ventas había capacidad para 500 presas y éramos entre 11.000 y 14.000. Ocho mujeres convivíamos, durmiendo en el suelo, en una celda individual. No podían ni cerrar la puerta. Cuando nos venía la menstruación era horrible, porque conseguir un trapo era muy difícil y las funcionarias nos hacían chantaje.
-¿Cómo era un día en la cárcel?
-Trabajábamos hasta las nueve de la noche. A partir de ahí empezaban las actividades clandestinas: estudiar, organizar charlas, coros. Llegamos a tener una biblioteca clandestina. ¿Sabe qué es lo más curioso?
-¿Qué?
-Yo no me sentía desgraciada en la cárcel, era una vida tan llena que no tenías tiempo de pensar. Lo peor era cuando te castigaban en una celda de aislamiento y los domingos, que no nos dejaban hacer nada hasta que las jóvenes decidimos que ése sería un día alegre y organizamos bailes regionales en el patio.
-¿Cuál es su recuerdo más indeleble?
-La primera vez que crucé el pasillo de las condenadas a muerte. He soñado muchísimas veces con ellas. Me impactó su espíritu, cualquier noche podía ser la última, pero pese a ello aún tenían ganas de leer, de escribir y de cantar. Otros momentos duros fueron cuando las presas salían en libertad.
-¿...?
-Estábamos muy unidas, lo compartíamos todo, había una gran solidaridad. Las monjas no tenían el mismo concepto que las celadoras, pensaban que éramos ovejas descarriadas. No eran crueles, salvo la monja Serafines, que cuando veía que en una celda había armonía nos trasladaba. El objetivo era destruirte, anularte, convertirte en un número. ¡Hay tantos detalles...!
-¿En cuál está pensando?
-Le parecerá una tontería, pero cuando repartían los uniformes siempre nos daban una talla que no nos correspondía; parecíamos esperpentos, era su forma de decirte una vez más: "Yo puedo hacer contigo lo que quiera". Pero nosotras nos intercambiamos los uniformes y las sorprendimos: esa batalla también la ganamos. Llegamos a crearles verdaderos conflictos.
-¿Eran combativas?
-Huíamos de la provocación, pero cuando había un castigo injusto contra alguna presa siempre lo convertíamos en castigo colectivo. Nosotras transformamos la cárcel.
-¿A qué mundo se enfrentó tras 16 años de reclusión?
-A un mundo hostil, era difícil hasta con la propia familia. Todos tenían una casa, hijos, y por mucho que te quisieran te sentías aislada. Yo no era ni joven ni vieja, no tenía amistades, estaba perdida y vacía. Las funcionarias nos lo repetían: "Estás envejeciendo, mira tus canas. Cuando salgas de aquí, ya no habrá hombre que te quiera". Casarse era la obsesión de la época, pero no la mía.
-Usted ¿qué temía?
-Me sentí más presa fuera que dentro. Conseguir trabajo era muy difícil y ni siquiera sabía usar el cuchillo y el tenedor. Pero no considero que haya perdido mi juventud. Viví el momento y escogí luchar por un mundo más libre. En cierto modo viví dos juventudes: fui joven en la cárcel y lo fui cuando salí.
-¿No cayó nunca en una depresión?
-Cuando tienes que solventar grandes problemas no hay cabida para la depresión.
-¿Qué aprendió en la cárcel?
-Que hay valores, como la solidaridad, que merecen que vivas por ellos.
-¿Qué quiere usted?
-Justicia. No quiero que se me considere una víctima, quiero que se reconozca que aquellos consejos de guerra contra civiles fueron ilegales.
-¿Ha vuelto a encontrarse con su pasado?
-Todavía tengo pesadillas. Y me llamó una de mis funcionarias de la prisión, la recuerdo estricta pero comprensiva. "Yo continúo con mis principios", me dijo. "Y yo con los míos". "Aun así, ¿cree que podemos ir a tomar un café?", me preguntó. "Por supuesto".
-Eso es la reconciliación.
-Sí, pero que nadie se equivoque: ningún político puede perdonar en nuestro nombre. El perdón es individual, lo demás es política.