Ampliación del ejército
Tras las recientes conquistas y la ampliación del imperio colonial, se hacía necesaria la reforma del ejército prusiano, para lo cual el gobierno proyectó la creación de un cuerpo de guardias de élite formado por veinte divisiones polacas, La guardia de Cracovia. Con ello, Von Schiller esperaba terminar con dos problemas acuciantes: La falta de trabajo en la provincia de Cracovia y la escasa integración de la etnia polaca en el reino. Con la creación de esta prestigiosa guardia de élite, se recompensaba la lealtad de los polacos y el poder militar de Prusia podría hacer frente a cualquier amenaza exterior.
La guardia de Cracovia, cuerpo de élite del ejército prusiano
Alianzas
Con vistas a un posible conflicto futuro con otras potencias, Von Schiller inició una intensa actividad diplomática para mejorar las alianzas en el continente. Con Austria existían buenas relaciones, aunque el Imperio Austríaco recelaba de la prosperidad prusiana y temía que Prusia pudiera convertirse en un monstruo difícil de controlar. Von Schiller se procuró otros aliados aparte de los vacilantes austríacos. Las excelentes relaciones con el Imperio Otomano, gracias al apoyo prusiano en la crisis oriental, se tradujeron en una alianza incondicional con los turcos, que eran considerados como una de las grandes potencias del momento.
La alianza con el Imperio Otomano otorgaba apoyo desde el sur en caso de guerra con Austria.
La segunda alianza, de carácter defensivo, se formalizó con el Zar de Rusia, aliado tradicional de Prusia. Gracias a ello, las amenazantes divisiones rusas de la frontera con Prusia se desplazaron hacia la frontera austríaca.
Los rusos firmaron una alianza defensiva con Prusia
Los frutos de la diplomacia
Epílogo del capítulo II: La caída de Von Schiller
Durante los años de gobierno de Schiller Prusia había logrado un gran prestigio internacional, e incluso se había conseguido formar un pequeño imperio colonial. La economía avanzaba, se construían ferrocarriles y fábricas por todo el país. Todo parecía ir bien bajo el buen gobierno del canciller. Sin embargo, ninguno de estos beneficios repercutió en las clases populares. Obligados a trabajar durante largas jornadas en las fábricas, luchando en Marruecos o en California, los humildes no se veían representados por un régimen opresor y autocrático como el de la monarquía prusiana. Estaba también la cuestión nacional. Los alemanes, divididos en decenas de pequeños estados, clamaban por la unidad y por el sufragio, por el derecho a estar representados. La monarquía, representada por los distintos príncipes alemanes, suponía un obstáculo para la unidad, y, no hace falta decirlo, para la democracia. Federico Guillermo IV de Prusia, un rey poco interesado en esos asuntos, empezaba a ser el objeto del odio para las clases populares. Por toda Alemania surgieron líderes políticos dando mítines a favor de la unidad y criticando a la monarquía, y poco a poco sectores importantes de la poblacion se empezaron a mostrar descontentos. Una nueva palabra estaba en boca de todos: República.
Von Schiller se daba cuenta de esto, pero cuando éste empezó a mostrar cierto aperturismo en lo social, empezaron a crecer los recelos contra él. Dentro del mismo partido conservador se empezó a cuestionar su liderazgo, desde el ala derecha del partido un joven llamado Otto von Bismarck, un ultramonárquico, empezó a liderar la oposición a Von Schiller, apoyándose en la vieja aristocracia prusiana, los junkers, y empezó a sembrar la discordia a oídos del rey, acusando a Von Schiller de poner en riesgo la posición de Prusia con una política exterior agresiva, de ser demasiado tolerante con los liberales y de tener vínculos con la masonería.
La rivalidad entre Bismarck y Schiller eventualmente provocó la caída en desgracia de éste, cuando el rey empezó a dar crédito a las habladurías y decidió destituir al canciller, a pesar de todo lo que él había hecho por Prusia. El puesto le fue concedido a Bismarck, cuyo proyecto se basaba en el autoritarismo y el antiparlamentarismo, reprimiendo duramente a liberales y revolucionarios.
Tras su caída del poder, Von Schiller dedicó los dos siguientes años a dar conferencias y mítines en círculos revolucionarios clandestinos, acercándose a las clases populares y hablando sobre la que se había convertido en su obsesión: La unificación de Alemania. Así, Schiller se convirtió en una especie de héroe romántico, con la aureola de las conquistas en su etapa de canciller, y sus innegables dotes de estadista, pronto fue considerado una figura destacada entre las filas revolucionarias, donde empezó a creer que obtendría mayor provecho que al servicio de la realeza.