MEMORIAS DE UN HÚSAR
Crónica de la Guerra en el Este
Corría el Año de Nuestro Señor de 1740 cuando el Sha de Persia, atacado de Dios sabe qué locura, decidió cargar contra las posesiones coloniales británicas en la India a tumba abierta. Esto provocó que Su Majestad declarara nula toda relación con Persia, ¿pues cómo podíamos confiar en un aliado que ataca a otro aliado sin ni siquiera advertirnos? Sin embargo, dado que las posesiones de la Corona en la India nunca se vieron amenazadas, no se nos envió a combatir a tan lejano escenario. Sin embargo, lo que allí pasó tuvo gran trascendencia para la
Rzeczpospolita.
El Zar ruso, quizá acuciado por el Parlamento inglés, o tal vez por simple ansia expansionista, se lanzó a la conquista de las regiones septentrionales de Persia, arrasando todo a su paso y destruyendo la antigua ciudad de Samarcanda, que incluso los mongoles respetaron. Ante esta situación, la Sublime Puerta decidió intervenir, y empleando a su mejor general, Gümülcineli, emprendió la invasión de Rusia, con el objetivo de evitar la caída de Persia, y aunque nunca nadie lo dijo en voz alta, acrecentar sus posesiones en Crimea.
Para entender cómo se desarrolló la guerra, es preciso comprender a los que participaron. El Capitán General de las fuerzas otomanas, como queda dicho, era el ya difunto general Gümülcineli. Yo conocí a Harun, que Alá lo tenga en su gloria, durante la década anterior, cuando pasé 3 años en la corte de Estambul, como parte de la embajada de la
Rzezcpospolita ante la Sublime Puerta. El hombre era un genio; probablemente una de las mayores mentes militares de nuestra época. Sin embargo, su carácter retraído y su ideología fuertemente conservadora lo hacían a veces insoportable para sus subordinados, y él tendía a vernos al resto en tal posición.
El plan que diseñó era ciertamente sencillo; el grueso de las fuerzas otomanas avanzaría desde Crimea hacia el norte, con Jarkov y Voronezh como primera etapa del avance. Las fuerzas polacas proporcionarían apoyo de flanco, avanzando sobre Kursk y manteniendo una reserva estratégica. Durante esta primera fase de la guerra, los ejércitos rusos se limitaron a agruparse ante nuestra línea de avance, intentando apenas unos contraataques de muy limitado alcance para ralentizarnos. Cabe pensar que el Zar esperaba que nos desangráramos antes de enviar a sus huestes contra nosotros.
Durante la primera mitad de 1742, una tras otra las grandes ciudades de la frontera fueron cayendo ante nuestro avance. Járkov lo hizo en febrero, Voronezh en abril, apenas dos semanas antes que Kursk. En ese punto, el eje de ataque se desplazó hacia el oeste, y las fuerzas polacas tomaron un mayor protagonismo. Mientras la marca de Smolensk resistió durante 3 años el envite de la artillería turca, los nuestros avanzaron hacia el interior de Rusia, donde en octubre de 1743, en persecución de un ejército ruso en retirada, alcanzaron las proximidades de Moscú. Ante las murallas de la antaño capital rusa, tuvimos ocasión de enfrentarnos a un ejército comandado por el mismísimo Zar, Vasily VIII, que fue obligado a retirarse.
Con los ejércitos rusos en torno a Moscú en retirada, las fuerzas turcas emprendieron el asedio, mientras nosotros nos replegábamos a la
Rzeczpospolita para dar descanso a los hombres y rehacer nuestras filas con nuevos reclutas. En el tiempo que pasamos en casa, las fuerzas turcas finalmente lograron someter Smolensk, y libraron alguna escaramuza en torno a Moscú y Samara, en ese momento los principales objetivos de la campaña.
En cuanto a los nuestros, seguían su avance hacia el norte, siguiendo la estela de las fuerzas valacas, quienes estaban poniendo en práctica un concepto ideado por su Voivoda, la
război fulger, guerra relámpago en nuestro idioma, consistente en el uso masivo de fuerzas móviles contra los puntos más débiles del enemigo. Con apenas 12.000 hombres, Vlad de Valaquia mantuvo a casi 80.000 rusos en persecución durante la mitad de la guerra, antes de ser alcanzado cuando emprendía el regreso a nuestras filas, tras haber cañoneado las murallas de, entre otras, Novgorod y San Petersburgo durante unos días antes de que el ejército perseguidor pudiera darle alcance.
Durante el avance, nuestras fuerzas hubieron de resistir algunos intentos de contraataque rusos, que pudieron ser repelidos sin mayores consecuencias. En septiembre de 1744 fuerzas polacas bajo el mando del general Lisowski se enfrentaron a las fuerzas rusas de Chuiski en Ostrov, en las proximidades de Pskov, en el extremo norte de nuestro avance, expulsándolas del campo de batalla tras impartirles un severo correctivo. Jurgis nunca se ha caracterizado por su capacidad táctica, pero es un magnífico organizador, el artífice de la actual doctrina de fuego de nuestro ejército; consciente de sus defectos, tiene un talento para conseguir que sus hombres estén justo donde son necesarios cuando más falta hacen. Cuando los rusos cayeron sobre sus fuerzas, había dispuesto una red de bastiones y líneas de fuego superpuestas que destruyeron el ímpetu inicial ruso.
Conjurado el peligro en nuestro flanco izquierdo, los rusos volvieron a intentarlo en el extremo opuesto, aprovechando sus superiores números para intentar cogernos en inferioridad. Desafortunadamente para ellos, tanto nuestros generales como los turcos eran conscientes del peligro, y manteníamos reservas dispuestas para tal eventualidad. Así, cuando en enero de 1745 volvieron a intentarlo en Tambov, las fuerzas de la coalición respondieron con presteza ante el asalto.
Y mientras en el sur estábamos a la defensiva, en el norte habían llegado refuerzos turcos con la intención de ir a por la capital rusa, San Petersburgo. De esta forma, esta región fue paulatinamente ganando notoriedad. En mayo el enemigo avanzó contra nuestras fuerzas en Kholm en masa, el propio general Gümülcineli acudió en persona a tomar el mando de la batalla. Uno tras otro, los avances rusos fueron rechazados, hasta que finalmente las fuerzas que habían quedado en retaguardia cubriendo su huida abandonaron el campo.
Intentando evitar que tomáramos ventaja de nuestra victoria en el norte, el general Vorotinski lideró un asalto contra nuestras plazas ocupadas en el centro del país, en torno al área de Moscú. En agosto mis hombres le dieron alcance en Kaluga, donde logramos detener su avance y frustrar, una vez más, el intento de contraataque ruso, que perdió 40.000 hombres antes de dar la plaza por perdida, y abandonar definitivamente ese frente.
Por aquel entonces, casi tres cuartos de millón de rusos habían dado su vida a las órdenes de unos líderes, en el mejor de los casos, mal aconsejados. Moscú había caído, igual que Smolensk, Kursk, y prácticamente toda villa importante situada en la frontera con el Imperio Otomano o con la
Rzeczpospolita. Los ejércitos de la coalición seguían frescos e internándose cada día más en su territorio. Una nueva ofensiva en Tambov había fracasado en abril de 1746, después de que Gümülcineli recorriera Rusia de un extremo a otro en caballo de postas para llegar a tiempo al campo de batalla. 78.000 rusos no sobrevivieron a este nuevo fracaso.
El último cartucho lo lanzaron los rusos en Novgorod hacia mayo de 1745, cuando 80.000 hombres cayeron sobre nosotros en Novgorod, doblándonos dos a uno, mientras un ejército de otros 60.000 logró infiltrarse por nuestro flanco izquierdo y entablar combate con nuestras reservas, impidiéndoles que pudieran alcanzarnos en ese momento, mientras otros 120.000 avanzaban sobre Tver, donde el ejército de Lisovski estaba acantonado. Durante las siguientes semanas la práctica totalidad del ejército polaco, todo salvo las fuerzas que quedaban guardando el frente de Tambov, luchó a vida o muerte por frenar este asalto enemigo, el más brutal hasta la fecha, con más de 250.000 hombres implicados.
En Novgorod, los míos combatían con denuedo entre los árboles, limitando así en gran medida la superioridad rusa*. Pese a todo, perdimos casi la mitad de nuestras fuerzas antes de que los turcos llegaran desde el noroeste, y pudiéramos retirarnos a Rzhev, cediendo la batalla a las fuerzas del general Kanijeli. Mas tampoco allí encontramos descanso. Un ejército ruso, salido Dios sabe de que gruta demoníaca, esquivó a los hombres de Lisovski, que seguían combatiendo al noreste de nuestra posición, y cayó sobre nosotros, oliendo sangre.
Fue éste un error trágico de los generales rusos, pues Lisovsky, más o menos por las mismas fechas, logró sacudirse a sus asaltantes, y avanzó sobre Novgorod, donde los turcos estaban recibiendo más de lo que daban. Mientras, en Kholm el tercero de nuestros ejércitos logró retirarse ordenadamente, acudiendo a nuestro auxilio en Rzhev. Una vez unidas nuestras fuerzas, igualados nuevamente los números, fuimos capaces de repeler a este cuarto ejército ruso, ya que el ejército ruso afortunadamente no continuó la persecución, sino que marchó a hacer frente a las fuerzas turco-polacas en Novgorod.
Sin tiempo para descansar, con mis 17.000 supervivientes, mas los refuerzos que nos pudieron mandar con tan poca noticia desde casa y nuestro 3er ejército, con apenas 30.000 hombres tras las dos batallas sufridas, partimos nuevamente a Novgorod, donde logramos, finalmente, poner en fuga uno tras otro a los 4 ejércitos rusos que se habían dado cita allí.**
La derrota en Novgorod marcó el fin del espíritu de lucha ruso. Tras la batalla, comenzaron las negociaciones que culminarían con el Tratado de Járkov de 1748, por el que dicha plaza pasaba a manos turcas, y Rusia abandonaba sus posiciones en la costa del Báltico, que quedarían en manos polacas al final de la guerra. Paradójicamente, Persia, la nación por la que había empezado la contienda, no obtuvo nada, pero tampoco lo perdió. En la Corte se rumorea que al Sha se le ofreció la oportunidad de firmar una paz separada con Gran Bretaña y Escandinavia que le habría permitido centrarse en la prácticamente indefensa frontera sur rusa, pero que, cegado por sus ansias de ver al occidental expulsado de la India, la rechazó. Unos años después las potencias occidentales le obligarían a entregar una cuantiosa reparación de guerra y a hacer amplias concesiones territoriales.
Estado del frente al inicio de las negociaciones
Ejércitos y reservas de los contendientes al fin de las hostilidades
* El sistema este de ancho de frentes es una maravilla. En otras circunstancias mis 40 regimientos no habrían tenido nada que hacer contra los 140 que llegó a soltarme Tronc. Por suerte sólo había 32 combatiendo en un momento dado, lo que permitió que mi infantería fuera rotando mientras la artillería hacía de las suyas.
** Todo esto que he contado pasó en poco más de un mes, desde que TronC lanzó sus primeras tropas hasta que nos reunimos en Novgorod para la traca final después de haber estado luchando en casi todas las provincias de alrededor.