El motín de Spithead.
Empezaba el año con un motín a gran escala y nada menos que en la flota del Canal en su base de Spithead (al sur de Inglaterra), que era la última defensa que tenían los británicos ante sus enemigos. Eran la última línea, de ahí su gran importancia, y también el gran temor, por no decir terror, que provocó en la opinión pública británica que veían lo que podía pasar si los buques se negaban a defender sus costas. Una gran escuadra de buques de todo tipo que debía hallarse siempre preparada para el combate, y donde las tripulaciones podían estar mes tras mes a bordo de sus buques sin pisar tierra en ningún momento.
El 15 de abril el almirante Bridport, comandante en jefe de la flota del Canal, que había sustituído al recientemente dimitido Lord Howe, dispuso la señal de zarpar a toda la flota, cuando los marineros del navío de 100 cañones HMS Royal George en vez de levar anclas subieron a cubierta y realizaron tres aclamaciones, que fueron contestadas igualmente a lo largo y ancho de toda la escuadra, señal inequivoca de que se estaban amotinando, a pesar de los esfuerzos de los respectivos oficiales de los buques, que trataron en vano de que volvieran a sus tareas.
Anteriormente, a finales de febrero Lord Howe había recibido varias peticiones, como la de los marineros de Portsmouth, rogando un aumento en las pagas. Pero todas fueron desestimadas. Posteriormente el propio Howe ordenó al contralmirante Hugh Seymour averiguar si había algún tipo de descontento en la flota. Efectivamente este comprobó que sí y realizó un informe con las peticiones de los marineros al ministro de marina, el conde Spencer, que no se tuvo en cuenta. Los marineros que habían solicitado peticiones anteriormente a Howe habían visto como este había mostrado una gran indiferencia a sus quejas. Y así se llegó a la gran insubordinación del día 15 de abril.
Al día siguiente, el 16, los amotinados de cada buque designaron dos representantes, que se reunieron a bordo de la cámara de consejo del HMS Queen Charlotte, navío de primera clase y 100 cañones, y que se hizo insignia de los amotinados. El día 17 cada amotinado juró apoyar la causa hasta el final. El mismo día, los 32 delegados firmaron dos cartas muy respetuosas con sus peticiones; una para el parlamento y otra para el ministro de marina. A este último, el que más importancia tenía para sus asuntos le rogó que aumentasen los salarios de los marineros, que sus raciones fueran mayores y de mejor calidad, que incluyeran verduras y carne fresca, que los enfermos estuvieran mejor atendidos y que se pudiera tener, tras volver de cada travesía, una pequeña licencia para ver a sus familias. También es ilustrativo que entre todas las solicitudes no se pidiera la mejora en el trato por parte de los oficiales, ¿sería pedir demasiado?.
El 18 llegaron de Portsmouth un comité del ministerio, compuesto por el propio ministro Lord Spencer, su ayudante Lord Arden, el contralmirante Young y el secretario de marina Marsden. Se propuso a los amotinados aumentar en 4 chelines al mes la paga de los suboficiales y de los royal marines, tres a los marineros ordinarios y dos al resto de categorías. También accedieron a seguir pagando a los marineros que estuvieran convalecientes de sus heridas en acción, hasta que se curasen o si eran declarados inútiles para el servicio recibir una pensión.
Al día siguiente los delegados de los amotinados rechazaron la oferta del ministerio. Los marineros querían un chelín al día, y el resto de las clases también recibir lo mismo en igual proporción. Esto y las demás demandas que pedían fueron de nuevo enviadas, siempre de una manera siempre muy cortés y sobre todo agradeciendo que sus peticiones fueran atendidas, aunque de momento sin acuerdo.
El día 20, el ministerio de marina envió una carta a los marineros, a través del almirante Bridport, accediendo a la subida de sueldos, a la mejora en los alimentos y el perdón a todos los amotinados. Pero no se cedió en las pensiones de todos los marineros, no sólo los inhábiles por el servicio, ni en los permisos tras llegar a puerto. Los marineros volvieron a rechazar la oferta y se reafirmaron en sus peticiones, negándose taxativamente a levar anclas, siempre que la flota enemiga no amenazase al país. Esto último fue lo que tranquilizaba algo al país y lo que ponía a la opinión pública predispuesta a su causa, el saber que todavía podían contar con su escuadra llegado el momento.
El 21, con intención de solventar los puntos en desacuerdo e intentando una reconcilización lo antes posible, los vicealmirantes Alan Gardner y Colpoy, y algún oficial más, subieron a bordo del Queen Charlotte para hablar con los delegados. Estos últimos aseguraron no volver a sus puestos hasta que el acuerdo no hubiera sido ratificado por el Rey y el Parlamento de manera oficial y se garantizase el perdón general. En ese momento el almirante Gardner perdió los papeles y agarró a uno de los delegados por el cuello, gritando que si por él fuera colgaba a todos los delegados presentes y a uno de cada cinco hombres de la flota.
Los delegados, muy ofendidos y contrariados por el inesperado retroceso de las negociaciones volvieron a sus respectivos buques a informar. Los del Royal George convocaron una reunión en su buque y se acordó izar la señal preacordada de la bandera roja. Una señal que puso en estado de alarma a toda la flota. Los oficiales de este último navío estaban tan avergonzados de ver la bandera roja izada junto a la insignia de Bridport que arriaron esta última. Los marineros de toda la flota procedieron entonces a cargar los cañones y poner los navíos en estado de defensa, también evitaron que los oficiales fueran a tierra, quedando confinados en sus respectivos aposentos de nuevo. Pero todo ello sin ninguna violencia o derramamiento de sangre.
El día 22 amaneció pacificamente y los delegados volvieron a enviar dos cartas. Una al ministerio de marina, indicando la causa de su conducta en los días precedentes y otra al Almirante Bridport, a quien los amotinados consideraban un amigo. Bridport volvió al día siguiente a bordo de su buque, el Royal George, donde la tripulación izó en el acto su insignia. Allí el almirante les informó que traía noticias sobre compensaciones a los hombres y el perdón del rey. Tras una corta deliberación los hombres aceptaron y volvieron a sus puestos. En principio parecía que se había solucionado el motín y la escuadra se dispuso a salir. Pero tres navíos no partieron con la escuadra, eran el HMS London de 98 cañones, el HMS Minotaur, y el HMS Marlborough. Los dos últimos, de 74 cañones, porque sus tripulaciones no estaban de acuerdo con acabar el motín y seguían sin obedecer a los oficiales, y el London, donde estaba el Vicealmirante Colpoys, quien se quedó vigilando los otros dos buques e intentar convencer a sus tripulaciones. Hay que indicar que cuando comenzó el gran motín y los delegados que venían del Royal George y del Queen Charlotte fueron visitando todos los buques Colpoys rechazó que estos subieran a bordo de su navío, explicándoles que esperaría la decisión del Ministerio. La tripulación del London arengaba a los delegados para que subieran a bordo a informarlos, pero los infantes de marina, que no se habían unido al motín, se opusieron a ello obedeciendo a sus oficiales.
Hasta el 7 de mayo la escuadra de Bridport se encontraba sin poder avanzar a causa de vientos contrarios, hasta que ese día, y tras recibir información de que la escuadra francesa de Brest se estaba preparando, se izó la señal de prepararse a la vela. Pero de nuevo, como anteriormente, los marineros de toda la escuadra se negaron a obedecer. Los marineros alegaron esta vez el silencio del Gobierno, lo cual les hacía sospechar que todo lo que habían conseguido sería olvidado.
Al mediodía a bordo del London, en Spithead, se empezó a sospechar de movimientos sediciosos por parte de la tripulación. Convencido de que el motín rebrotaba de nuevo el vicealmirante Colpoys se dirigió a su tripulación y les preguntó si tenían alguna queja. Pero estos contestaron que no. De todas maneras algo se olía Colpoys, cuando ordenó que los marineros bajaran todos a las baterías y subieran todos los oficiales e infantes de marina armados. Al observar los marineros como los delegados subían a bordo del Marlborough se mostraron muy inquietos y revueltos, ya que Colpoys no iba a dejar que intentaran subir de nuevo al London. Los marineros entonces empezaron a forzar las escotillas.
El vicealmirante ordenó disparar a quien lograra salir y tras la carga murieron 5 hombres y otros 6 fueron heridos de gravedad. Pero eran centenares de hombres que no podían parar y Colpoys tampoco quería hacer una sangría en su propia tripulación, así que ordenó cesar el fuego. Los marineros, muy soliviantados, detuvieron al primer Teniente Peter Turner Bover, al que consideraban culpable por ordenar los disparos, y procedieron a intentar colgarlo. El vicealmirante Colpoys se interpuso al momento, alegando que el teniente había obedecido sus órdenes, con lo cual él sólo era el responsable. Los marineros lograron que los delegados subieran a bordo y pidieron al Vicealmirante Colpoys, al capitán Edward Griffith, y al conjunto de los oficiales, que fueran a sus cabinas respectivas, quedando recluídos. El día 11 se determinó que tanto el vicealmirante como el capitán del navío desembarcaran del buque, para evitar más problemas. También les acompañó el reverendo Samuel Cole, el capellán del navío.
Durante los 4 días que duró esta nueva situación los amotinados habían mandado a tierra a algunos capitanes y otros oficiales considerados demasiado opresivos. El día 14 llegó Lord Howe de Londres con plenos poderes para terminar con el asunto de una vez, llevando un acta del Parlamento en el que se contemplaban las peticiones de los marineros aprobadas y el perdón real a todos los amotinados que volvieran inmediatamente a sus deberes. Al día siguiente los delegados se reunieron con Howe en Portsmouth, en casa del Gobernador para firmar dicho acta. Posteriormente la comitiva se dirigió a Spithead y a la escuadra de Bridport a visitar los buques e informar de la suspensión de la rebelión, cuando en Spithead se encontraron con la escuadra del contralmirante Roger Curtis, que acababa de anclar tras una comisión, e informó que los marineros de dicha escuadra habían manifestado síntomas de peligroso descontento. Pero al final las tripulaciones se enteraron de los acuerdos alcanzados y se calmaron los ánimos definitivamente. Howe volvió más tranquilo a Portsmouth.
Además de conseguir sus objetivos se logró que de los oficiales que los marineros habían obligado a desembarcar fueran la mayoría fueran sustituídos. Las banderas rojas fueron definitivamente arriadas y en consecuencia el día 15, a las diez de la mañana, la escuadra del almirante Bridport, de 15 navíos de línea, se preparó para salir a la mar.
Se había mandado a Bridport intentar no navegar demasiado, por si acaso. Por lo tanto el siguiente verano permaneció toda la escuadra anclada. Los marineros de la flota, salvo alguna excepción, obedecieron a sus superiores prontamente. Pero en Plymouth surgió también una semilla de sedición hasta que finalmente se satisfacieron las demandas de los marineros, en los mismos términos que Portsmouth, y se volvió a la normalidad.