Capítulo 57: La Grande y Felicísima Armada, Parte Cuarta.
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Hijos de la Gran Bretaña... vini, vidi, vinci... landi...
El flanco atacado por los hispanos fue el que había constuído la vanguardia, mientras los buques ingleses se dirigrían con rumbo a la costa, hacia el norte, en su esfuerzo por aislar el destacamento de sotavento hispano. Ante la violencia del ataque, algunos barcos ingleses rompen la formación y buscan refugio muy cerca de la costa, confiando en atraer a los barcos de Carlos cerca de los traicioneros bajíos de la costa. Los navíos de la Corona, sin embargo, prosiguen su marcha, ajenos a los que se escapan y, acortadas las distancias, abren fuego con sus primitivos cañones. Los ingleses intentan alejarse. De repente, el
Revenge de Jimbo Hawkins se destacan de la formación inglesa y se aproxima al más cercano buque de la Armada, el
Santa Ana de don Juan de Carmir, a muy corta distancia las piezas de ambos buques abren fuego, cambiando ambos velozmente de amura para lanzar una nueva descarga. El buque inglés, es, sin embargo, más rapido, y logra cruzar la popa de su adversario para barrer su castillo con la metralla de sus cañones. Es un ejemplo devastador de la agilidad inglesa, replicado por la fortaleza del navío hispano, que sigue desafiante su marcha, desafiando a cualquier velero inglés lo suficientemente temerario para aproximarse. Los barcos de la Armada podían ser golpeados, pero no destruídos.
-Éramos pocos y parió el Tajo -murmuró Baczeo al saltar a la cubierta inglesa, gritando que tendría mucho gusto en acuchillarse con todo inglés -y su santa madre- que se atreviera a interponerse en su camino, pues el hacía lo que le salía de sus hígados.
Palo Chan, la cocinera del Virgen de Villalobos, les gritó que más les valía volver a la hora de comer bien limpios y enteros, pues no pesaba recalentar la fabada, y el que volviera tarde se la comería fría. No la habían dejado ir a repartir collejas a los herejes, no porque fuera mujer, sino porque, por su breve estatura, las collejas llegarían a la altura de los buewines, cosa prohibida por la Convención de Moratalaz, y claro, no era cuestión de empezar la batalla haciendo cochinadas ilegales.
A bordo del Glory el combate era brutal. Bassilio Ij, sin sombrero, con el coleto de piel de búfalo, la espada y la vizcaína en la mano, se abría paso hasta que un disparo de mosquete se le llevó parte de una nalga. Dolorido, tuvo que detenerse, mientras a su lado pasaba, raudo y veloz Rafael De Arko y Aél, un hombre curiosos apellidos (1) y mal temperamento, que acuchillaba diestro y siniestro. Un tal Dayan, cuyo antepasado catalán era mosén, es decir, cura, disparaba con calma los arcabuces quet enía a mano desde el catillo de popa.
-Cagüendiela, leñe -murmuró Tommassi-. ¿Pos no me he dejao el cachirulo en casa? A la m...
Cabreado, el aragonés atravesó a uno de sus rivales con su estoque, antes de que un negro enorme le pegara con algo parecido a una maza. Mareado, tuvo arrestos de mirar a la montaña de carne morena que le miraba con cara de malas pulgas, para expresarle en lo que el consideró claro y conciso latín:
-Si tu volver a tocarme atreverte, yo en los huevos tremenda patada pegarte que tu morirte dolorido por la boca.
No tuvo tiempo ni de gritar su famosa frase mientras el negro lo tiró por la borda. En el agua, pensó agradecido, que al menos el negro del demonio no le había hecho un culo nuevo, pues harto conocidas eran las leyendas sobre el tamaño de cierta parte de la anatomía de los morenos. Dando gracias a la Pilarica por conservar la retambumfa intacta y virginal, se puso a nadar camino de Zaragoza.
-Tommassi, rediela! -le gritó Dark Reborn- Que el Pilar está mu lejos para ir a nado, chico!
-Que de qué? -replicó el mañossi- ¿A que voy y vengo? Charcos a mi...
"No... si parece de Bilbo, pues" -pensó por su parte Carmir, que andaba removiendo su acero en los hígados de un inglés.
El
San Juan de Portugal, el más grande galeón de la Armada y barco potentísimo, acorta distancias y descarga sus pieza sobre el
Vanguard, al que descabalga cinco pipezas de la banda posterior, llevándosele la cubierta primera y rompiendole las bombas y desjarciandole. Bruscamente, el
San Juan gira y barre nuevamente las cubiertas ingleses con metralla. A continuación llega el abordaje, entre nubes de flechas, picas y descargas de primitivos mosquetes y arcabuces, algunos de los cuales estallan en las manos de sus propietarios.
El
Bark Taylor, de doscientas toneladas, hace aguas por los impactos recibides y se estrella contra los arrecifes de los Shambles, cercanos a Portland Bill. Para entonces la flota inglesa intenta esquivar a los barcos de Carlos, escapando a mar abierto, sin orden ni concierto. Las distancias son ctan cortas que se causan verdaderas carnicerías, a pesar de lo primitivo de la armería de ambos combatientes. Un barco inglés pasa lanzando mares de sangre por sus troneras abiertas, escupiendo fuego e hierro por sus cañones, con las llamas lamiendo sus cubiertas. Otro, el
Bringandine, de Thomas Petrus, rodeado por barcos hispanos por todos los lados, lucha hasta quedar reducido a uan cosa lastimosa de ver, agujereado como una criba, de manera que sus cuadernas comienzan a desencajarse, dislocando toda su estructura. Los buzos ingleses se sumergen para reparar el daño, pese a la violencia de los combates. Mientras los cañones rugen, el barco se rompe como si fuera de papel, hundiéndose con todos sus tripulantes.
La flota inglesa ya no está unida, se ha dispersado. La Armada, dividida en grupos en torno a las naves capitanas -el
San Martín, la
Santa Ana, el
San Cristobal,
La Regazona y el
Gran Grifón, se meuven entre los desorganizados ingleses, ora cañoneando a uno, ora abordando a otro, hasta que los ingleses huyen o se estrellan contra la costa.
En la cubierta era imposible dar tres pasos sin resbalar en la sangre. Los hombres gritaban de forma espantosa y por todas partes brillaban espadas, dagas y hachas. Dayán le hundió la daga en los riños a un enemigo antes de que un puño le mandara a dormir -se le hacía tarde-, cayendo sobre los que el había matado antes; Jaime Acme movió la muñeca para que la hoja de su espada describiera dentro de la carne inglesa un destrozo imposible de curar, y la sacó mientras el otro caía al suelo aullando como un condenado algo de "sonofdagritbich". Un tiro a bocajarro lo deslumbró y, por si acaso, se giró dando tajos a ciegas. Topó con alguien, se trabaron y cayeron a la ensangretada cubierta intercambiando golpes y tajos.
De repente alguien le puso de pie y, pegándole un cabezazo, acabó con sus problemas por el momento. Edo Pardo, que lo vió, hundió su espada en la espalda del que acaba de golpear de tal modo a Acme, no antes de sentir un impacto en la cara, muy fuerte. La boca se le llenó con el gusto metálico y familiar de la sangre. Levantó la espada y descargó un golpe contra una cara cercana, antes de desvanecerse con un alarido. El cardenal Witt, consejero del rebelde monarca que estaba embarcado por expreso deseo suyo, vestido de acero con su armadura de combate, repartía golpes con su espada de dos manos, que manejaba con la mano izquierda, mientras con la derecha golpeaba con furos con su maza de batalla, hasta que un inesperado disparo a quemarropa se le llevó parte de la ceja izquierda. Perplejo por la perdida del pelo, que era lo que le daba la fuerza, se tuvo que rendir, no antes de aplastar, de otro mazazo, a cuatro catalanes que le tenían rodeado, pues el cardenal Witt, aunque hereje, era harto guerrero. Por su parte, viendo que lo tenía todo perdido, el capitán Spencer Tracy contó "1... 2... 3..." y, bajando la espada, exclamó en inglés "I give up". El sargento mayor Viden, del Tercio Pelado, que no entendía un carajo de inglés, le preguntó al alferez Gaspar Ov si entendía algo. Como los dos no se pusieron de acuerdo, ante la duda arrenaron ambos tremenda patada en los "Güebos" al inglés, que, poniendo los ojos en blanco, cayó desvanecido al suelo.
Los marinos y soldados ingleses que vieron tal suceso, tras dudar una décima de segundo, soltaron sus armas y, agarrando sus partes berrendas, consideraron que ya habían luchado lo suficiente por aquel día.
"Cagonlá" pensó Dark Reborn rodeado de cadáveres de ingleses. "... ahora que empezaba a pillarle el gusto".
Al día siguiente por la tarde comienza el desembarco de las tropas. Una vez esto, la Armada ancla en la isla de Wight, para repararse. Los restos de la flota inglesa se retiran hasta Dover, donde una tormenta arrastra a algunos barcos hacia la peligrosa costa flamenca y hacia las inciertas aguas del Mar del Norte. La Royal Navy ha dejado de existir. Sus mejores barcos, el
Revenge, el
Triumph y el
y el Victory están hundidos o inutilizados para la batalla, las municiones agotadas, los hombres exhaustos y desmoralizados. Han perdido 35 barcos, bien hundidos, bien arrastrados por la tormenta o embarracados en la costa. Los peninsulares, que han perdido 19 de sus 130 barcos, han logrado acabar con el orgullo naval inglés.
En tierra, la guerra comienza.
En la mar, Tomassi sigue nadando.
El Usurpador, reunido con sus fieles consejeros, los denominados "Diablos Rojos"
(1) Darkael, me cachis en tu nick, con todo mi cariño. :rofl: