CAPÍTULO XXVIII: EL CAMINO DE LA PAZ
A mediados de Octubre, en el frente centro-sur, la llegada del Cuerpo Expedicionario Canadiense a Stalingrado, junto con algunas de las tropas del sector Cáucaso, a modo de refuerzo, desahogaba enormemente nuestra situación en la zona. Las en un principio amenazadoras fuerzas soviéticas son menos de una miserable sombra de lo que eran, o parecieron. Las tropas francesas no tardaron nada en establecer un perímetro más tranquilizador gracias a la llegada de la división blindada canadiense, que con sus carros pesados, mantiene a raya sin problemas a las patéticas infanterías rusas que bordean la zona, con aire amenazante.
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Castillo convuvo la respiración. Apretó más contra su hombro la culata de la pesada ametralladora que portaba. Una gota de sudor caía por su frente. En un arbustro frente a él, distinguía la silueta de Valmoral. Empezaron a oírse pasos, en el sendero que tenían bajo ellos. Y un poco después, rumor de voces. Un único motor se escuchó. Se trataba de un vehículo de exploración que los españoles discretamente apostados en la cima de las colinas que bordeaban el sendero veían en aquel preciso momento doblar la curva que le ponía a tiro. Blanco esperaba con un potente rifle de cerrojo inglés, de gran calidad. Su objetivo era acabar con los oficiales. Era el pistoletazo de salida a la emboscada.
Montilla y Rivera en esos mismo instantes estaban arrastrándose hacia el cuello de botella que formaba el sendero por donde habían llegado los soviéticos. Ahí colocados, con una ametralladora, los rusos no podrían hacer más que huir hacia delante.
Blanco apuntó, como pudo, contra el único oficial que vió. Su gorra de plato le hacía fácilmente reconocible. El pulso le temblaba un poco. El terrible frío del lugar le atería los dedos, pero aún así, intentó serenarse. Puso el ojo en la mira. Tenía una posición inmejorable para disparar, por lo que apenas tenía que hacer ningún tipo de cálculos de viento o distancia. No era francotirador, pero era el que mejor puntería tenía en toda la compañía. De repente, algo sonó. Se abrió la escotilla del vehículo de reconocimiento, y un comisario apareció. Le vió y se detuvo.
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Ozhidanie! - Gritó el comisario
Al parecer sospechaba algo, los soldados se intranquilizaron, y el oficial se puso tras el blindado. Mierda, se dijo Blanco. El sudor le caía ahora más copiosamente, y se le enfraba velozmente por el viento gélido que estaba empezando a soplar. El teniente se impacientaba. De repente, el oficial soviético asomó por uno de los lados del carro, ya en movimiento. Blanco lo vió y se preparó. Volvió a hacerlo. Cojeaba. Lo tenía. La cabeza del oficial volvió a oscilar por la derecha del blindado. Por última vez. Blanco apretó el gatillo y la bala salió disparada para dar en pleno pecho del oficial comunista, que calló al suelo hacia atrás y vomitando sangre. Tiró del cerrojo.
Al momento, una tormenta de acero cayó sobre los soviéticos. Varias ametralladoras pesadas habían empezado a disparar sin contemplaciones contra los rusos, que abrían fuego, corrían, intentaban cubrirse tras el carro o simplemente alzaban los brazos mientras les acribillaban.
Valmoral creyó ver el momento de actuar. Cogió la botella, rellena de gasolina, con un toque de agua con jabón, y encendió el pañuelo que estaba metido en ella hasta la mitad, para arrojarlo sobre el vehículo. El cristal estalló y derramó el líquido sobre los hombres que estaban dentro, cuyos gritos empezarón a sonar. La escotilla se abrió, y el comisario, cuyo capote ardía, sacó medio cuerpo. Castillo sacó su pistola automática y le disparó tres tiros en pleno abdomen, para arrojar una granada que acabó con quien pudiera haber sobrevivido.
La emboscada había sido de manual. Castillo se encargó de felicitar a sus hombres, para apostarse nuevamente tras despejar el camino.
Regresaron por la noche al campamento, tras ser relevados en la guardia del sector. Allí encontraron algo. En el hospital de campaña, Barco, sin brazo, acababa de morir. Llevándole envuelto en una manta, se encargaron en completo silencio de cavar la tumba.
Se acercó el sacerdote del batallón, un cura marsellés. Valmoral se escandalizó
- Usted, váyase a tomar por culo. Nosotros somos rojos españoles y no queremos que nos avíe ningún sotana negra
El sacerdote pareció comprender, más que por el lenguaje, por los gestos y el tono del gallego y se retiró presignándose en la lejanía al mirar la tumba.
Castillo cogió el fusil de Barco, le despojó de la munición, la guardó en su morral, tomó un trapo tricolor y lo ató a la culata. Entonces clavó el arma con la bayoneta en la tumba.
- ¡Viva la república!
- ¡Viva! - Gritaron todos
- Siete salvas... en su honor. - No podían permitirse gastar balas de los fusiles, así que sacó la pistola del muerto y disparó los siete tiros. Le saludaron con el puño en la frente y lágrimas en los ojos y se retiraron. La nieve comenzó a caer sobre la lápida de madera.
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Lo cierto es que la lucha en el frente Moskva - Ivanov era dura a finales de mes, pero nada comparado con lo que había sido. Las fuerzas comunistas, pequeñas en número, y míseras en suministros y municion, carentes de blindados, y defendiendo una causa perdida, peleaban ya de forma suicida incitados por los comisarios, frente a la perspectiva de ser acribillados por sus mismos oficiales. No obstante, ni eso pudo detener el progreso francés que se vería a lo largo no solo de Octubre, sino de los siguientes tres meses.
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- ¡Paso! ¡Paso! ¡Abran paso al ministro! - Los Guardias Imperiales rechazaban a culatazos a la maraña de periodistas y el enorme gentío que se agolpaba a la puerta del hospital de París. Medio mundo estaba pendiente de lo que sucedía en la capital gala. Laval caminaba, con el sombrero calado, tras los guardias que le abrían paso. Habían pasado los días y el Emperador solo iba a peor. Pero aquel día había salido a toda prisa por una noticia importantísima.
- ¿En qué piso está? - Preguntó a su asistente -
- Le tienen en una azotea, aislado. Nadie puede entrar además de los altos cargos, familiares, amigos escogidos y algunos hombres de confianza.
- Vamos-
Entraron en el ascensor con prisa. El capitán de la guardia, un tal Flauvert, metió una llave en una cerradura por encima del último piso y empezaron a subir, con impaciencia. Al fin se detuvo, con un timbre. Todos bajaron y a grandes zancadas recorrieron un pasillo desierto y de paredes desnudas. Al final, la puerta se abrió y una voz ahogó el eco de los pasos de la comitiva.
- ¡Laval!
Los guardias imperiales dieron un taconazo y se cuadraron, presentando armas. Philippe Pètain, en bata, demacrado, pálido, delgado y con los ojos desencajados, aguardaba en pie, rodeado de parientes y un par de guardaespaldas, a un sorprendido Laval. El Emperador le sujetó con fuerza de los hombros y colocó su rostro a pocos centímetros del del primer ministro. Su ojos destilaban locura por todas partes.
- ¡Laval! ¡Laval! ¡Mi buen Laval! ¡Ha venido! ¡Sabía que usted no me fallaría! ¡No, usted no, no como todos esos traidores, esos... lameculos del Estado Mayor y esos hijos de puta de la Marina... todos ellos! ¡Traidores! ¡Aduladores, con el cepillo en la derecha y un puñal afilado en la siniestra, preparados para matar al viejo Pètain cuando se dé la vuelta! ¡Se creen muy astutos, creen que chocheo, Laval, lo creen! ¡Ya no confían en mí, no confían en Francia! Pero yo tampoco confío en ellos... no, Laval, tu buen y viejo Emperador no se va a dejar coger tan fácilmente... No, no van a terminar con este perro viejo así...
- Su Excelencia... ¿De qué habla? ¿A qué traidores es necesario ejecutar?
- ¡Todos, Laval, todos ellos! ¡Traidores, traidores corrompidos por el dinero y el poder! ¡Gordos, decadentes, asquerosas bolas apalancadas! ¡He visto la luz, Laval, el otro día... el otro día, eso no fue casualidad. Yo, que siempre he tenido una salud de hierro. Eso no fue algo natural... Alguien lo forzó! ¡Algún traidor hijo de la gran puta ha osado envenenarme, Laval! ¡Han intentado matarme! ¡Pero yo, yo les mataré a todos! - Se sentó, respirando acaloradamente, y colorado. - Laval, haga venir a mesieur Flauvert... vamos a hacer una limpieza.-
El ministro le miró a los ojos. Y lo que vió en ellos, le llenó de miedo.
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Entretanto, a finales de Noviembre en el frente Leningrado - Karelia el combate, tras la llegada del grupo nº 5 de blindados, compuesto por tres divisiones pesadas de tanques, se había estabilizado. La densidad de las fuerzas enemigas en Archangelsk y la península escandinava había obligado al Alto Mando francés a aguardar la llegada del arma blindada para romper el frente usándola como punta de lanza contra el enemigo.
No obstante, algo completamente imprevisible sucedió. Inglaterra decidió meterse de lleno en la guerra cuando, sin consulta alguna a Francia, lanzó un desembarco en Murmansk con tres divisiones de marines, y cuatro o más escuadrones de aviación. De hecho, tuvieron lugar algunos enfrentamientos entre cazas franceses e ingleses hasta que se aclaró la situación. El Estado Mayor francés rabiaba, pero por otro lado, nos venía bien la intervención. La realidad es que podía decirse que en un frente de dos mil kilómetros, en los únicos lugares en los que se peleaba eran Karelia y el Cáucaso.
Como saldo final, a mediados del mes de Enero de 1939, y en pleno invierno, podemos ver algo bien claro. Ya no se lucha, se avanza. La enorme estepa rusa aguarda a nuestras tropas cuando no queda ya nadie dispuesto a defenderla.Prácticamente termina la guerra y comienza la conquista.