CAPÍTULO XXVII: SOL NACIENTE
La lluvia caía pesadamente en el Volkhov. Doutour veía borroso a través de la cortina de agua que chorreaba de su casco. Septiembre estaba siendo un mal mes. El frío empezaba a entrar y las precipitaciones eran constantes al norte. Bajo un débil porche de tablas, Alliot fumaba un cigarro, en el suelo de la trinchera, que compartía con Larcher, mientras echaban una partida de cartas, con algunos francos en la tierra. A su lado, Lagarde limpiaba su pistola. De pie, Bertrand se cubría con un trozo de lona para examinar su instrumental médico. Clement se acuclillaba para evitar el agua mientras leía La Biblia con el rosario en la mano derecha y recitando en voz baja, apoyándose en la pared de la zanja.
- ¡Eh, cabrón, trae mi cigarro!
- Te jodes, dijiste que si te ganaba era mío. Si no tienes dinero para apostar, no es culpa mía.- Larcher y Alliot discutían casi a voz en grito.-
- Vamos, Jaques, no me jodas, era una broma -
- Yo jamás bromeo en asuntos de cartas - Replicó Alliot-
A Doutour le gustaba escuchar las discusiones de sus soldados. Hacía semanas que no les veía tan animados. De repente creyó ver algo.
- Clement, acérqueme esos prismáticos - El soldado interrumpió su lectura para acercárselos.
El teniente miró por los binoculares. A lo lejos, podía ver, tras una cortina de agua, una extensión de terreno llano, embarrado, hasta los pies de una escarpada montaña, que cruzaba una angosta carretera de tierra, que más bien parecía un fangal. Le pareció ver un movimiento. Nada. Aguzó el oído. Sólo se escuchaba el repicar de la lluvia contra la tierra, la vegetación y el metal. Esperó, y creyó ver otro movimiento. Se agachó un poco dentro de la trinchera.
-
Qui va!!? - Gritó, para ver si era respondido por alguien.
Nada. Escuchó con atención. Se oía algo, un lejano, pero audible ronroneo de motor, y un sonido, que no le costó reconocer. La torreta de un tanque, en movimiento. Cuando iba a arrojarse al suelo, vió un destello.
- ¡Al suelo!
El proyectil explotó con gran estruendo haciendo caer una lluvia de piedrecillas y tierra sobre los soldados. Tras ellos, la trinchera que tenían detrás había sido arrasada, y los hombres que quedaban vivos se retorcían.
- ¿¡Todos bien?!
Los franceses fueron levantándose, nadie había sufrido muchos daños. Rápidamente, recogieron los fusiles y se aprestaron a la defensa.
-
¡Davai! ¡Davai! - Se oía al frente. Los soviéticos avanzaban, tras el carro, a pie, asomando a los laterales para ver la situación de las trincheras. -
¡Pistoliet Pulemiot! ¡Streli! ¡Streli!
La ametralladora del carro ruso comenzó a abrir fuego sobre la superficie de la trinchera. Los franceses, se precipitaron al suelo.
- ¡Calen bayonetas! ¡Larcher, maldita sea, corra y tráigame un anticarro! - El francés se levantó corriendo mientras los demás miembros de la compañía colocaban los largos puñales en las puntas de sus fusiles. El fuego cesó, y Bertrand sacó la cabeza un momento. Los infantes se dirigían a una segunda trinchera gracias a la cobertura que la ametralladora les proporcionaba, mientras que el tanque, se preparaba para cruzar la trinchera. Estaba avanzando directamente hacia ellos.
- ¡Mierda, mierda, mierda! - El tanque se aproximaba inexorablemente. Alliot soltó el fusil y se quitó la mochila a toda prisa -
- ¿Qué haces?
Clement no obtuvo respuesta. El sargento cogió una ristra de granadas y, con un gesto al teniente, que comprendió, salió a toda velocidad de la trinchera, agachado, corriendo como podía, para arrojarse al suelo un par de metros por delante del tanque, que había intentado abatirle sin éxito con la ametralladora y no se detenía.
- ¡Alliot! ¡Alliot! - Los gritos salían de la trinchera mientras el carro comenzaba a pasar por encima del francés, que empezó a gritar con todas sus fuerzas. Habían sido previsores al cavar aquellas zanjas. Le quemaba una pierna, lo ignoró y gritó aún más fuerte. El blindado estaba ahora justo encima de él, y sin cesar, avanzaba. Tenía la cabeza pegada a la tierra, las gotas de sudor resbalaban por su frente, hasta que al fin sintió algo de aire. Alliot levantó un poco la cabeza. Estaba justo detrás del tanque. Se levantó, aún gritando y temblando, tanto como el tanque le permitía - ¡Hijos de puta! - Vociferó con todas sus fuerzas, para después arrojar el manojo de granadas bajo las cadenas del tanque y correr en dirección opuesta, hacia la línea rusa.
La explosión fue enorme. Arrojó a Alliot varios metros hacia delante, que fue a dar con la cabeza en tierra. En la trinchera, quedaron cegados momentáneamente y cayeron arrojados con violencia hacia dentro. Las esquirlas no habían acabado con ellos de milagro, aunque Doutour tenía una pequeña clavada en hombro.
Los hombres permanecieron tumbados, recuperándose. Unos pasos apresurados se oyeron. El teniente se incorporó como pudo y apuntó al frente con el arma, aún con la vista borrosa. Ante él, un patidifuso Larcher traía un lanzacohetes al hombro.
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Pero mientras la Guardia Imperial resistía en el Volkhov, un poderoso cuerpo blindado de tres divisiones de carros de combate se interna con gran riesgo en escandinavia embolsando a todas las divisiones que defienden la zona hasta Karelia. El problema ahora, es que no podemos cubrir por el momento el hueco que dejan los nuestros para subir a aplastarles. El alto mando se verá obligado a tomar pronto alguna decisión difícil.
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Unos nudillos golpearon la puerta del Emperador. Los guardias de la puerta, impasibles, y ataviados con uniformes de coracero pero fusiles automáticos llevaban poco tiempo en la puerta. Pètain los había puesto hacía poco.
- Adelante - Se oyó-
Laval entró en el despacho. Un cálido ambiente propiciado por la chimenea, encendida, le recibió. A principios de Octubre la temperatura ya empezaba a ser fría en París. En su mesa, sentado en su sillón de cuero, el hombre más poderoso del mundo apoyaba la cabeza en las manos, sobre la mesa.
- Se presenta el primer ministro, su Excelencia ¿Da usted permiso? - Dijo Laval, con aire marcial
- Sí, por supuesto, siéntese. El Emperador estaba algo raro. Se le veía ausente, con la mirada perdida, pero muy tranquilo, como somnoliento, cansado. Debe ser la morfina, se dijo Laval. - ¿Qué noticias me trae?
- Muy buenas, señor. De hecho es de las mejores cosas que nos podían pasar. - El ministro se sentó frente a la mesa. Tenía cierto aire entusiasta. - Los japoneses han dejado al mundo boquiabierto ¿Recuerda usted que reculaban hace unos meses? Bien, eso ha cambiado radicalmente. Han aplastado y dominado a China y ahora, desembarcan en el norte de Vladivostok con unas grandes fuerzas y han tomado ya mucho territorio en el extremo este de la URSS.
- Magnífico, Laval - Replicó Pètain, con una débil sonrisa.- Eso les obligará a desviar tropas.
- Bien, el avance debe continuar antes de que las heladas invernales nos obliguen a detenernos. Weygand se dirigirá...-
El Emperador cayó desplomado contra el suelo.
- ¡Su Excelencia! ¡Guardias! ¡Guardias! ¡Llamen a un enfermero! ¡Un médico!
Laval, histérico, le recogió y le tumbó sobre la mesa. Colocó un dedo bajo su nariz. Aún respiraba, pero ¿Saldría de esta?
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Entretanto, El cuerpo expedicionario canadiense se había unido a la 3ème Division de Caballería a unos doscientos kilómetros de Stalingrado. Rápidamente se inició la marcha hacia la capital del Volga por autonomasia. Estaba miserablemente defendida cuando, días más tarde, llegaron con carros de combate y tropas frescas los franceses. No costó en absoluto tomar la ciudad, atacando desde varios puntos. No obstante, lo peor de la toma de Stalingrado, no sería conquistarla, sino mantenerla una vez conquistada...