Amanece. Ruidos de motores, disparos en la lejanía, bombas que caen a vanguardia, lamentos y gemidos de moribundos. La Rouge Feu abre fuego, una y otra vez. No lo desean, ellos no deberían estar ahí, ni siquiera son franceses. Todo empezó una madrugada de Diciembre de 1936 cuando asaltaron la sede local clandestina del partido, en Teruel, y les detuvieron a todos. El pelotón o el fusil, les habían dicho. No había guerra contra el comunismo aún, no eran susceptibles de pasarse al enemigo. Ahora las cosas habían cambiado, pero la compañía del teniente Castillo iba a cumplir con su deber hasta cambiarse de filas o acabar en el camposanto. Y la Rouge Feu no tenía ninguna intención de acabar de la segunda manera.
- ¡Cubrenos, Valmoral! -
El gallego se arrojó al suelo y posicionó su ametralladora ligera hacia la barricada rusa, donde ondeaban la hoz y el martillo. Comenzó a disparar.
- ¡Alto! ¡Vamos, vamos, vamos! Los españoles doblaron la esquina y se arrojaron contra la barricada a bayoneta calada. Los soviéticos dispararon un par de veces, sin fortuna. Saltaron al interior del obstáculo, hincando los cuchillos en los cuerpos asustados del otro lado, eran adolescentes, casi niños. Stalin se quedaba sin hombres y tenía que tirar de lo que había en la ciudad. Tres minutos, y la carnicería acabó.Todos estaban bien, a excepción de Rivera, con el brazo rasgado. A Montilla se le había partido la bayoneta. Tampoco es que pudieran sustituirla, de modo que sacó la pala, que llevaba bien afilada, y la sujetó en el cinturón, donde estaba más a mano.
Aquello era una sangría. El ejército francés había lanzado un ataque total sobre Moscú. Casi cien mil soldados franceses, alemanes, polacos, italianos, españoles y africanos se cernían sobre la ciudad roja y un temeroso Stalin huía ya rumbo a los urales a bordo de un avión. La escuadra del teniente Castillo no era más que una pequeña pieza, un peón en toda la historia, dominado por Gamelin, que hacías las veces de jugador decidiendo sobrre el mapa los movimientos de sus tropas. Pero aquello no era ninguna cómoda sala de operaciones. Era el infierno sobre la tierra.
El gélido viento otoñal soplaba sin parar, cortaba como una navaja en la capital de la Unión Soviética. Los heridos se agolpaban a las puertas de los hospitales. Los cadáveres del enemigo llenaban las calles, y desprendían un hedor putrefacto. Pero la Legión Extranjera seguía adelante, siempre adelante, hacia las cúpulas de la basílica de San Basilio, que ya se recortaban contra el nublado cielo moscovita.
Aquella urbe era una ruina, un humeante montón de escombros donde día y noche sonaba el llanto de niños, los gemidos de los moribundos, los lamentos de las mujeres, y los disparos, los cañonazos y la ronca voz de los comisarios rusos que voceaban desde sus altavoces, apelando a la resistencia, hasta morir.
- ¡Atrás, Blanco, cuidado! - Una ráfaga barrió la esquina por la que el joven había estado a punto de cruzar.-
- Teniente, ¿Qué hacemos?
- Dí que estamos inmovilizados a la altura del sector Alsace, que necesitamos un blindado o de aquí no sale ni Dios vivo.
Rivera comenzó a retransimitir, mitad en francés, mitad en su castellano sanluqueño, intentando entenderse con el operador. Valmoral sacó un espejo y oteó a la vuelta de la esquina
- Teniente, nos tienen tomado el funil, sacos, metralletas y milicia. Por ahí no pasamos ni aunque nos abra la virgen
- ¿Y qué coño es el funil?
- Que no hay blindado, teniente, que los tienen en las afueras, por el Beárn dos.
- No me jodas, Rivera, trae esa radio. - ¿Aló? ¿Aló? Quinze companie ici, Parle leutenant Castillo ¡Ècoute moi, sale françois fil de put, como toi no nos envies pas une carre blindade, nous sommes morts, así que no me jodas pas y mandanos un tanque, coño! - El teniente colgó furioso y arrojó la radio a Rivera.- Trae ese mortero, Montilla.
La compañía cargaba un mortero de pequeñas dimensiones. En realidad era material soviético, lo que en aquellos tiempos era igual a poco o nada fiable. La granada podía no ser disparada y reventarles en la cara, o que al lanzarla, el aparato la hiciese detonar.
- ¡Uno, dos, FUEGO, cubridle!
Los españoles sacaron sus armas por la esquina y dispararon a discreción contra la trinchera rusa. Montilla se tomó su tiempo. Demasiado. Los republicanos cesaron su fuego, y la ametralladora soviética, con sus ocupantes ya recuperados e incorporados, disparó de nuevo. Los poryectiles desviaban el mortero de Montilla, el pulso le tembalaba, no podía calcular bien, las balas silbaban junto a sus oídos, incluso una le dio en un lateral del casco, pero finalmente, disparó y rodó hasta retornar a la seguridad de la esquina, abandonando el mortero.
La explosión sacudió la pared contra la que se apoyaban, pero no había tiempo para pensar. Castillo salió disparando ráfagas contra la humareda con su subfusil, y el resto de la compañía le siguió, haciendo lo propio. Valmoral vio figuras moviéndose en la trinchera, y corrió a bayoneta calada. El resto de la escuadra le siguió, Montilla con la pala en mano, Castillo echando mano de un cuchillo largo que llevaba cruzado en los riñones, asaltaron el parapeto, golpeando y apuñalando cuanto se movía. Unos segundos desués, el humo desapareció. Castillo y los suyos avanzaron hasta llegar al final de la calle. Y lo que vieron les quitó el aliento.
La capital de la Unión Soviética había caído, y el mundo miraba con horror cómo esto llevaría previsiblemente al derrumbe de la URSS. Y en los corazones de todos los miembros de todos los gobiernos del mundo, apareció al tiempo la misma duda.
¿Quién podrá pararles ahora?