CAPÍTULO XXIV: LA CIUDAD DE PEDRO Y PABLO
La artillería tronaba a su alrededor. En la trinchera, la catorce compañía respondía al fuego del búnquer soviético que tenían ante ellos. Estaban en los arrabales de Leningrado, y no podían permitirse ser derrotados o el bloqueo de la ciudad podía romperse.
Las balas repiqueteaban en la tierra a escasos metros de las cabezas de los soldados. Clement, ya repuesto de los desgarros sufridos en Polonia, disparaba su fusil. El sargento Douste también estaba presente con su compañía, junto al pelotón de Doutour.
- ¡Vamos, fuego de cobertura! – Gritó Alliot, antes de sacar su subfusil y disparar ráfaga tras ráfaga contra la ametralladora del veinte que asomaba del búnquer. -
El sargento Douste salió de la trinchera, fusil en mano, a bayoneta calada, corriendo a más no poder, dientes prietos, hacia la abertura de al fortificación rusa. Saltó y quedó apoyado en un montículo a la derecha de la ventana, fuera del campo de fuego de la metralleta. Respiró agitadamente varias veces, sacó una granada, le quitó el seguro, y la lanzó al interior. Repitió la operación. Se oyeron unos gritos. BUM, las granadas estallaron. El sargento miró por la ranura. Cogió el rifle y disparo unos cuantos tiros cotra las formas que distinguía en la oscuridad. Se dio la vuelta. Se notaba agitación en el interior del búnquer. Y en efecto, al poco de volverle la espalda el sargento, otro soviético tomó los mandos de la ametralladora y una ráfaga de aquellas balas de un palmo le atravesó de parte a parte, haciendo que se convulsionase violentamente antes de caer al suelo vomitando sangre.
- ¡Douste! ¡Douste! ¡Hijo de puta! ¡Lanzallamas! – Doutour vociferaba en mitad de la trinchera. Un hombre apareció. Era muy joven, tendría unos diecisiete años. A su espalda, dos bombonas repletas de gas hacían que al mínimo disparo que recibiera convirtiese el refugio francés en un infierno - ¡Vamos! ¡Mucho cuidado vosotros, si le dais le convertiréis en una antorcha humana!-
El joven salió a toda velocidad de la trinchera. Se detuvo a unos metros del búnquer y cuando estaban a punto de acribillarle a balazos apretó el gatillo del lanzallamas y convirtió el fortín en un purgatorio llameante. Se oían gritos, y en breves por la parte posterior del búnquer salieron soldados soviéticos completamente en llamas.
- ¡Adelante! -
El pelotón al completo salió del agujero con los fusiles al frente y saltaron al interior del búnquer. Lagarde remató a los pobres desgraciados que ardían.
- Bien, larguémonos de este puto lugar! ¡Vamos hacia la ciudad, tenemos que reunirnos con la diecisiete compañía a la salida del sector Marsella, junto a ese otro búnquer! – El teniente estaba irreconocible. Era la primera vez desde que le conocían que blasfemaba de tal manera. La muerte de Douste, sin duda, le había afectado. Hablaba con un plano en la mano y la artillería aún levantando géiseres de tierra en las cercanías. - ¡Y otra cosa, ese campo que tenemos que atravesar – Dijo señalando a una agreste y negra llanura que tenían por delante – Está batida por artillería, así que id cubriendoos en los cráteres o estáis jodidos! ¡Allez allez! –
Doutour fue el primero en salir del búnquer y lanzarse al primer cráter. Le siguió el resto de la compañía, cada cual cubriéndose donde podía. El fuego de artillería cesó por unos instantes. Larcher se levantó
- ¿Señor, esa es la granja? – Dijo señalando al edificio en cuestión, donde ondeaba una bandera francesa -
De repente, sonaron de nuevo los cañonazos.
- ¡Cuerpo a tierra!
La explosión envió a Larcher tres metros atrás. Todo le daba vueltas, y sentía un horrible dolor en la pierna derecha, a la altura de la rodilla. El fuego enemigo de ametralladora se reactivó, de uno de los edificios de la periferia de la ciudad. Los soldados se arrojaron a tierra, avanzando de cráter en cráter.
Larcher continuaba tendido. No sabía qué había sucedido. De repente, una voz y una cara conocidas
- ¡Larcher, larcher! ¡Joder, Dominique! – Bertrand, postrado, con todo el instrumental médico por el suelo, se esmeraba en buscar la morfina para pinchársela, con la artillería golpeando a su alrededor, para Larcher fue como si se detuviera el tiempo y aquello no fuera con él, no podía estar sucediendo.
Sintió un pinchazo, y todo se fue oscureciendo cada vez mas, mientras veía las siluetas de sus compañeros perderse en la llanura.
A los tres días, Leningrado abría sus puertas a las tropas de Pètain. Los altos cargos habían logrado huir a traves del Ladoga, pero los franceses habían empezado a batirlo con artillería provocando que nadie más pudiera salir de la urbe en dirección al resto de la URSS.
La columna de carros blindados de Raymond había cubierto muy bien el avance de Weygand, y contra muchos pronósticos, el cuerpo francés destinado a tal fin había tomado una desabastecida Leningrado en tres días. Y así, bajo el sol veraniego del 30 de Julio, Gamelin viajaba desde su campamento en Cherkassi para presidir un desfile por la ciudad, y en su presencia se izaba la bandera tricolor en el placio de Pedro y Pablo. Los camiones de suministros galos abrieron sus puertas a la población y el mariscal dió un grandiclocuente discurso acerca del fin de la opresión y la mentira de la dictadura comunista, por el que recibió vítores y vivas de la multitud allí congregada, algunos llegados voluntariamente, otros a la fuerza. La impresión que le causamos al pueblo ruso fue buena, tal vez porque se dieron cuenta de que no éramos unos monstruos fascistas sedientos de sangre.
Por otro lado, en la zona de Moscú se producen poderososo contraataques contra el área de Rhzev, de la que somos momentáneamente expulsados, y nuestras divisiones permanecen en retirada, recuperandose para retomar la provincia cuanto antes.
Eran las nueve de la mañana cuando Gamelin llegó al aeropuerto de Cherkassi. No tardó nada en comenzar a dar órdenes. Trescientos mil franceses empezaron a avanzar contr las posiciones soviéticas. El objetivo era avanzar hasta el meandro que forma el Dniéper al sur para después poder cercar el área de Crimea.
Los nuestros en la zona habían sido reforzados. Había costado al principo avanzar en Zaporozye, pero una vez superados los escollos iniciales (había casi quince divisiones rusas impidiéndonos el avance), el resto del camino fue bastante fácil de recorrer. Así, un grupo de una tercera parte de nuestras fuerzas en la región se encargaría de avanzar junto a la frontera rumana para poder tomar Odessa y más tarde dar el salto a Sevastopol. Entretanto, el resto de los soldados se encargaron de recomponer el frente y agruparse en torno a Melitopol, cortando los suministros por tierra a las fuerzas soviéticas congregadas en la pequeña península del Mar Negro.
Se estimaban en treinta mil los rusos que resistían en torno a Sevastopol, pero no se sabía si podrían ser suministrados por sus camaradas al otro lado del canal, en Novossirik. Finalmente un aviador que patrullaba la zona nos transmitía la noticia. Miles de barcazas pasaban diariamente por el mar negro en dirección a la ciudad cercada por el pequeño estrecho que separaba Kerch y Novossirik. Intentaremos que esto no sea un escollo para nuestro avance.
- ¿Estamos todos?
- Creo que sí.
Los siete encapuchados hablaban en voz baja, en torno a la mesa, en un pequeño hotel de Ginebra, a puerta cerrada. Había varios vasos sobre la mesa, pero nadie bebía.
- Bien, caballeros, Francia está enferma. Es nuestro deber aplicar la cura. Pero esa cura dolerá.
- Sin duda, el país se resentirá, pero no hay otro camino.
- Cuando el país se resienta, ahí estaremos nosotros para hacerle caminar hacia la luz.
- Eso es cierto, compañero. Y debemos prepararnos para ese momento.
- Supongo que sabrán que lo que pretendemos hacer será difícil.
- Lo será, no cabe duda. No solo tendremos que enfrentarnos contra ellos, sino también contra la disidencia. Muchos no comprenderán la grandeza de lo que estamos haciendo.
- Lo tendrán que comprender, no les quedará otro camino después de la cura.
- Bueno, señores, creo que lo mejor es pasar ya a los planes más que a las tertulias, pero para su elaboración creo que es indispensable que me llegue una información que tardará un tiempo. Por ello creo que lo mejor es despedirse hasta la semana que viene. Misma habitación, mismo día, misma hora. Ya saben. No falten a la cita, caballeros. Francia prevalece.-
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Y mientras los misteriosos hombres embozados regresan a sus hogares, en los frentes de batalla las tropas francesas avanzan sin cesar al Sur. Lo que empezó como una ofensiva a nivel local se ha transformado en un gran avance en todo el sector centro-sur. Tras Zaporozye se avanzó una línea completa de provincias (una franja de unos cieno doscientos kilómetros) en todo el frente, y especialmente al extremo Sur, donde ya se finaliza la bolsa de Sevastopol, haciendo gran y buen uso de las divisiones blindadas canadienses, que aniquilan pocos días después de la toma de la imagen que aquí se muestra a la resistencia soviética en Kerch.
Mientras tanto, un gran grupo de fuerzas se reúne en Rowne a las orillas del río con intención de avanzar hacia el este hacia el gran gigante azul de la URSS: El Volga.