Richard I (1) : El largo viaje
10 d julio d 1189
Al fin murió el viejo tirano, al fin la Corona de Inglaterra ha ido a parar a nuestras manos, las manos del más capaz y valeroso de sus hijos.
Con el poderío del Imperio Plantagenet y nuestra privilegiada visión política y valentía, pronto Europa temblará ante nuestro poder. Ni siquiera el nuevo Emperador, Heinrich VI, tendrá suficientes fuerzas para oponérsenos. Además, no somos ningún novicio, los años pasados en el gobierno del Ducado de Aquitania han conferido a nuestro entendimiento la suficiente experiencia para no cometer los errores que sin duda cometerían nuestros ambiciosos hermanos. Por añadidura, las tierras de los viejos dominios de nuestra amada madre (a quién por cierto hemos liberado del monacal cautiverio en el que Henry la había sumido) forman ahora parte de nuestro Imperio como provincias de pleno derecho.
En fin, aunque ardemos en deseos de edificar un Imperio a la altura de nuestra grandeza, debemos posponer tal empresa para proceder a la liberación de los Santos Lugares. Por añadidura, tendremos la oportunidad de conocer a ese feroz infiel, el tal Saladino, de quién todos cuentan que es tan ... buen mozo. Nuestra madre se ocupará de los asuntos de gobierno en nuestra ausencia, que tenemos por seguro será corta.
8 d enero d 1193
Increible es la impiedad de los Príncipes de Europa. Henos aquí, a Nos, a un adalid de la Cristiandad, escribiendo estas líneas encerrado en la fortaleza del Arcihduque Leopold, en Viena. ¿Qué como hemos llegado a esta situación? Todo comenzó con nuestra partida como adalid cristiano para la defnsa de Palestina en esta Tercera Cruzada...
Partimos de Inglaterra con nuestros mejores hombres y navíos, no queriendo incumplir el deber que como monarca y como buen cristiano se nos había impuesto en esta Guerra Santa. La situación en que dejabamos el Imperio, asfixiado por las deudas y ensagrentado por continuas rebeliones, era muy preocupante, pero confiabamos plenamente en el buen juicio de nuestra madre para sobrellevar la situación de la mejor manera posible.
A los pocos días de nuestra partida, nuestro sobrino y Duque de la Bretaña, Arthur, como buen Plantagenet, optó por el camino de la rebeldía y la traición y, declarando la Bretaña como tierra libre e independiente, cancelo el vasallaje que nos debía y, lo que es peor, contrajo un ED con la dinastía capeta de Felipe Augusto. Sin embargo, nuestra madre, Eleanor, demostrando ser digna de la confianza depositada en ella, ganaba prontamente un nuevo y poderoso aliado para nuestra causa.
Ya en Tierra Santa, las noticias de nuestros dominios comenzaron a llegarnos cada vez de manera más espaciada y tardía (una de ellas que nos causo especial aflicción fue la del óbito del fiel William, en una emboscada rebelde en las afueras de Poitiers). Además nuestra entraga a la causa de la Guerra Santa era total, las batallas contra los Ayyubidas y sus señores, los turcos seleucidas, se sucedían, grandiosas y sangrientas.
Pero hubo una noticia que no pudo dejar de estremecernos, un caballero normando, agotado y harapiento, llegaba a nuestra tienda una fría mañana de finales de enero con la mala nueva de la caída del gobierno en Londres, tras un período de prolongada anarquía e incapacidad de nuestras tropas ante la cantidad y envergadura de las rebeliones instigadas por nuestros ambiciosos hermanos y el Rey de Francia.
(N del A: A partir de aquí continúo el relato tras un par de horas de solaz, abundantemente regados de cañas, tapas y productos exóticos marroquíes, asi que es probable que los episodios narrados ganen bastante)
No obstante, la sabia Reina Madre ha sabido atemperar convenientemente los efectos de la conmoción y nuestro Imperio sólo ha perdido la provincia de las Highlands, nuevamente independientes como el Reino de Orkney, a cuyo soberano, Harald II, Eleanor incorporó a nuestra alianza con Bretaña, Gales y Portugal.
Ya totalmente convencidos de la valía de nuestra madre como regente, nos concentrabamos en la Santa Guerra al Infiel, en la que no se registra cambio territorial alguno. Por otro lado, la convivencia y camaradería con los distintos príncipes y caballeros cristianos, nos permitía conocer la situación política en diversos lugares de los que la diplomacía habitualmente apenas si nos da noticia.
Así teníamos conocimiento de la victoriosa campaña militar que estaba llevando a cabo el Emperador de Constantinopla contra los búlgaros y sus aliados serbios (a pesar de lo cual la rebelde Albania se pasaba al bando de éstos últimos), de la conversión de Chipre al catolicismo, bajo el cetro de Guy de Lusignan y de la más cercana y contraria a nuestros intereses de la incorporación, por azar de las herencias feudales, del Artois a Francia.
Pero fué el 15 d marzo d 1192 cuando se produjo una noticia que conmocionó a Europa y, aún en mayor medida, a todos los caballeros cruzados que medíamos nuestras fuerzas con los infieles: Los Estados Pontificios habían sido anexionados diplomáticamente por el muy poderoso y ateo Rey de Sicilia, Tancredo. La desorientación en las huestes cruzadas era grande y unos y otros comenzaron a partir para sus tierras. Tras menos de un mes de tan increible acontecimiento, finalizada la Santa Cruzada, el Sultanato Seleucida anexionaba también de manera pacífica los dominios Ayyubidas de Saladino. teniendo en cuenta que hace ya unos años había anexionado asimismo las tierras del Califa bagdadí, un formidable enemigo se perfilaba en el Este. Las posexiones bizantinas y los reinos cristianos de Palestina se encontraban, ahora si, en grave peligro.
No obstante, sin un guía espiritual que dirigiese la Cruzada, ahora que el Papa era poco más que un parroco en la Ciudad Eterna, los caballeros cristianos, como ya hemos narrado, volvían a sus respectivas casas y decidimos seguir su ejemplo. Eleanor nos había servido bien, pero era hora de tomar personalmente las riendas de Inglaterra.
Penoso fue el viaje en lentas y pesadas galeras venecianas y hartos de tanto vomitar desde la borda de un navío, a nuestra llegada a la siempre libre e independiente Ciudad de la Laguna, decidimos seguir nuestro viaje por tierra, cruzando las posesiones del Emperador y de su vasallo, el Archiduque, a quienes, tras haber compartido con Nos los peligros y aventuras de la Santa Cruzada, creíamos nuestros amigos. Hoy hemos descubierto la enormidad de nuestro error.
23 d marzo d 1193
Ha llegado el momento de que Europa conozca nuestra potencia y nuestra firme voluntad de hegemonía.
Ello ha sido posible gracias a la rápidez y generosidad con que Eleanor ha dispuesto de los ahorros acumulados para hacer frente a los préstamos contraidos por nuestro dilapilador padre (lo que la ha obligado de nuevo a incrementar salvajemente la presión fiscal), empleándolos para pagar al Emperador nuestra libertad, practicamente el dínero ha llegado a Baden a la vez que Nos y el Emperador, tras tratarnos como a un invitado de honor unos pocos días nos ha permitido partir. Hemos estrechado su mano, pero no olvidaremos esta afrenta. El Sacro Imperio, al decantarse por París en nuestra disputa ha firmado su sentencia de muerte.
Unos días después, nuestra eficientísima progenitora lograba (tras numerosos presentes que compraron la voluntad del soberano gaélico) llevar a buen fin la empresa en la que había fracasado Henry II.
Los numerosos ejércitos galeses heredados asimismo, comienzaba a producirnos abundantes pérdidas, asi que Eleanor, muy acertadamente, decidía embarcarlos. A punto estabamos de comenzar la tantas veces aplazada invasión de la Isla Verde.
Pero en esta desdichada jornada, se han producido varios acontecimientos que han obligado a un nuevo aplazamiento de la citada empresa. Como buen Plantagenet, nuestro más joven hermano, John, creyéndose apoyado por los sediciosos nobles del Reino y también por el Rey de Francia ha ordenado que seamos capturado a nuestra llegada a Inglaterra.
Afortunadamente, contamos con buenos amigos en ambas orillas del Canal que procurarán que nuestra llegada sea secreta y segura. Sin embargo, la conmoción en todo nuestro Imperio es grande, la anarquía que tanto daño hizo al país en los últimos años del reinado de nuestro padre, amenaza con enseñorearse de nuevo de pueblos y campiñas y, para hacer más trágico y peligroso el momento que vive Inglaterra, el traidor Phillippe II Auguste, lejos de apoyar la usurpación de John, intenta aprovecharse de la situación y nos ha declarado la guerra.
Afortunadamente en estos momentos Francia no cuenta con ningún aliado (hace apenas unos días que caducó su tratado con Blois-Champagne y Borgoña), pero, para desgracia de Inglaterra, Arthur de Bretaña ha decidido seguir practicando la tradición familiar y ha deshonrado su alianza en estos críticos momentos. Le creemos muy capaz de aliar con Francia.
Ha llegado, pues, el momento de reeditar viejas glorias bélicas en Europa y demostrar que el Imperio Plantagenet está por encima de traiciones y falsos aliados. Confiamos plenamente en la valentía de nuestros soldados, pero ... ¿Serán capaces de salir victoriosos bajo las órdenes de nuestro traicionero hermano? ¿Seremos Nos capaces de sentarnos en el trono de Londres y tomar las riendas antes de que sea demasiado tarde?
PD 1: bolondro, no es que lo deje aquí por mala leche, es que no me caben más escrinsós (y ya aprovecho pa darle un poco de emoción, claro). Procuraré seguir mañana.
PD 2: trobalaria, siento no seguir un poco más, ya que ésto va a ser poco para aliviar el tedio del trabajo, pero ya la cerveza ha hecho su efecto(y el no haberme acostado anoche un poco tambien) y la cama me reclama como un acogedor útero calentito y oscuro. (consuélate pensando que enseguida pasan las horas de rutina y seguro que te espera el inevitable poteo de los viernes).
PD2: lucius, ¿asi que el reinado de Ricardo era un remanso de paz? Miedo me da como será el de Juan.