La Guerra de los Cien Años - resumen de la obra de J. Sumption

  • Crusader Kings III Available Now!

    The realm rejoices as Paradox Interactive announces the launch of Crusader Kings III, the latest entry in the publisher’s grand strategy role-playing game franchise. Advisors may now jockey for positions of influence and adversaries should save their schemes for another day, because on this day Crusader Kings III can be purchased on Steam, the Paradox Store, and other major online retailers.


    Real Strategy Requires Cunning

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Lucius Sulla

Dark Lieutenant of Sauron
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Como he comentado en el hilo de lectura en el OT tenía intención de hacer un resumen de esta enorme obra. Y aquí está, las primeras partes...

TOMO I: TRIAL BY BATTLE (1328-1347)

1. El Asunto de la Sucesión

En 1328 moría Carlos IV, el último Capeto de la línea directa desde Hugo I. Curiosamente las 3 ramas principales de esta familia (los Capetos directos, los Valois y los Borbones) que iban a gobernar Francia acabarían de la misma forma. Tres hermanos, los tres reyes y muriendo sin heredero masculino. A la muerte de Carlos IV no hubo polémica ni enfrentamientos por la sucesión. De hecho, estas discusiones ya se habían producido, pero a la muerte del hermano mayor, que había dejado una sola hija (y un hijo póstumo que apenas duró unos días), el segundo hijo de Felipe el Hermoso, Felipe V (el Largo de apodo), consiguió evitar una monarquía femenina con una regencia prolongada (algo que más tarde veremos suele ser desastroso para el reino) argumentando que las mujeres no podían gobernar, por leyes antiguas (léase: bullshit) de las tribus y primeros reinos Francos. Este principio, tras la propia y pronta muerte de Felipe V ya se había reutilizado una vez más, y esta vez había apenas dudas de que el primo de Carlos IV, Felipe de Valois, era el legítimo heredero.

El legado del oportunismo de Felipe V, sin embargo, dejaba ciertos resquicios legales, y habían dos personas que si ignoraban o adaptaban las manipulaciones sucesorias de Felipe V el Largo podrían tener más derecho al trono de Francia que la casa de Valois. El que sin duda tenía más derecho era sin duda Carlos de Navarra, entonces aún principe del pequeño reino pirinaico, su madre siendo la hija del hijo mayor de Felipe el Hermoso. En segundo lugar, Eduardo III, ya rey de Inglaterra era hijo de Isabel, la hija del propio Felipe el Hermoso. Sin embargo, en el momento de la sucesión ambos se encontraban en una situación imposible para reclamar sus derechos. Mientras que Carlos de Evreux (pronto Carlos 'el Malo' y la verdad es que el muchacho se las traía) apenas tenía poder y vasallos para reclamar sus derechos, Eduardo Plantagenet era rey sólo en nombre. Siendo menor, y su gobierno dominado de forma tiránica por su madre Isabel de Francia y su amante Roger Mortimer que de hecho habían derrocado y hecho asesinar al anterior rey, marido de Isabel y padre Eduardo, Eduardo II. Con una posición precaria como pocas por el claro asesinato y usurpación, Isabel difícilmente podía reclamar la corona de Francia para su hijo. Sin embargo ya empezarían a aparecer el eco de lo que sería una maldición para cualquier acuerdo para la paz entre Inglaterra y Francia, la renuncia de la reclamación de Eduardo y sus descendientes sobre la corona de Francia a cambio de contrapartidas. Y esas contrapartidas sólo podían esta relacionadas con el principal problema entre las dos coronas: el ducado de Guyena, los últimos restos del imperio Angevino en Francia.

2. El Ducado de Guyena

Extendiéndose desde la franja costera desde Burdeos hacia casi la frontera con Navarra, y extendiéndose hacialos valles del Dordoña y el Garona, se encontraba el ducado de Guyena. Desde un imperio que constituía la mitad del territorio de la corona de Francia en la época de Enrique II, el primer Plantagenet rey de Inglaterra, tras las grandes victorias de Felipe Augusto de Francia sobre los hijos de Enrique, Ricardo y Juan, y luego los lentos conflictos legales y militares de baja intensidad en los siguientes reinados, el ducado de Guyena ya apenas estaba en situación de defenderse o incluso sostenerse por su cuenta.

La contradicción fundamental de que un rey en su reino tuviera que rendir vasallaje a otro por estos territorios presentaba un dilema imposible de resolver. Y de hecho una situación imposible de sostener para los reyes de Inglaterra. En tiempos de paz (aunque fuera siempre relativa) y de guerras localizadas, el territorio inevitablemente se tenía que ir perdiendo. En el momento en el que la autoridad final en estos territorios fuera a la corona de Francia, cualquier conflicto o enfrentamiento de los señores locales de Guyena con la monarquía inglesa se iba a resolver en cortes francesas e inevitablemente iba a ser resuelta en favor del vasallo inglés, que inevitable sólo podría esperar rencor de Inglaterra y por tanto acabaría arreglándoselas para rendir vasallaje directo a Francia. Y efectivamente todo el medio siglo anterior iba siendo un lento proceso de desgaje y desintegración del ducado de Guyena, lentamente pasando a Francia. Cualquier excusa legal, cualquier enfrentamiento local, era aprovechado por Francia para ir recuperando en tiempo de paz y argumentos legales, lo que inevitable cabreaba a los reyes ingleses de mala manera. Pero todo aquello que no fuera un enfrentamiento total tenía necesariamente que acabar en favor de Francia, especialmente con reyes tan fuertes como la casa Capeto había producido desde Felipe Augusto hasta esos momentos. Los monarcas ingleses necesariamente argumentaban argucias legales cuando no mala voluntad e injusticia ante las acciones de Francia, y seguramente tenían razón. Pero desde el punto de vista de Francia el mismo hecho de tener un monarca independiente como 'vasallo' necesariamente era un problema potencia y no tan potencia terrible y desde luego era razón de estado para ellos actuar de esta forma, hasta la expulsión completa de los ingleses.

3. Empieza el Espectáculo: La Campaña de Flandes

Tras una serie de graves crisis políticas entre las dos monarquías, incluyendo los inevitables conflictos fronterizos y de vasallaje y Guyena, el apoyo francés a Escocia en sus interminables guerras con Inglaterra y el apoyo inglés a las ciudades de Flandes contra el conde de Flandes y por ende la corona francesa que la respaldaba, el conflicto escaló por fin a guerra abierta. Eduardo pudo aliarse con los territorios imperiales fronterizos con Francia, siempre amanezados por la gran mancha azul, sólo el propio Emperador de la casa de Luxemburgo (Juan rey de Bohemia), un francófilo reconocido, aliándose con Francia.

La campaña fue desastrosa para Eduardo, a pesar de que estarían presentes ya los dos grandes ventajas que Inglaterra iba a tener sobre Francia y que acabarían llevando a la eventual victoria inglesa. En primer lugar el parlamento inglés, si bien podía suponer un elemento muy peligroso para reyes débiles o incompetentes iba a ser un instrumento de recolección de impuestos que conseguía acercar, si bien no igualar, los grandes ingresos que los reyes franceses iban a tener, incluso teniendo en cuenta que la tributación en Francia era caótica y totalmente diferente por cada uno de los territorios. La segunda era una ventaja militar que aún no estaba reconocida. La mitad de los ejércitos ingleses ya estaban compuestos de arqueros, que no sólo contaban con una tradición creada desde el abuelo de Eduardo en su conquista de Gales y su ocupación de Escocia, sino que se habían curtido con las guerras de indepencia escocesa y los interminables conflictos fronterizos, prácticamente a espaldas de toda Europa. De hecho, en ese momento la reputación militar como máxima potencia en tierra la tenía sin duda Francia. Esto iba a cambiar más pronto que tarde.

A pesar de estas ventajas, Felipe VI de Valois no le dio a Eduardo la campaña que esperaba. De hecho, entraría en campaña con cuidado y prudencia, y de hecho su estrategia no se diferenciaría mucho de la que su nieto Carlos V tomaría luego con tanto éxito. Presión constante sobre Guyena y evitar el enfrentamiento directo, la batalla en campo abierto decisiva que Eduardo buscaba desesperadamente. El efecto fue devastador sobre el ejército inglés. Las finanzas del gobierno inglés, incluso con sus ventajas de una administración y recolección de impuestos mucho más avanzada que la francesa, no podía sustentar un ejército en Francia de forma indefinida. Cuando Felipe de Valois se negó a luchar en La Capelle, en la frontera de Flandes, el desastre para Eduardo era completo a pesar de no resultar aparente. Esto le haría tomar una medida desesperada: activar la casi olvidada reclamación sobre la corona de Francia, alegando que si bien una mujer no podía gobernar en Francia, las medidas de Felipe V el Largo que en su momento habían sido apresuradamente tomadas no prohibían de forma explícita que no pudiera transmitir el derecho de gobierno.

Para Eduardo III no fue más que una medida desesperada, de última hora y temporal. Destinada a propósitos a corto plazo: dar un respaldo legal a las ciudades de Flandes que habían respaldado la invasión de Eduardo y tener una carta más a la que renunciar a cambio de contrapartidas en Guyena, donde las cosas estaban yendo bastante mal para gascones e ingleses. Y por último intentar dar más justificación para recabar más apoyo e impuestos por parte del parlamento inglés. Sin embargo este atrevido desafío diplomático no tuvo el resultado esperado. La campaña en Flandes, a pesar de la gran victoria en el puerto de Sluys, donde básicamente la flota francesa se fue al hiperespacio, los ingleses se dejaron los dientes mordiendo la roca que iba a ser el asedio de Tournai. Evitando batallas, Felipe VI poco a poco fue recuperando y retomando (y castigando) las ciudades rebeldes de Flandes. Finalmente Eduardo y el éjército inglés se verían obligados a salir de Flandes, habiendo ganado nada para su causa y habiendo adquirido unas deudas que casi llevarían a Inglaterra a la bancarrota.

Sin embargo lo que había sido a todos los efectos 'prácticos' una victoria francesa, expulsando a los ingleses, tomando fortalezas fronterizas en Guyena y volviendo a poner a Flandes bajo el control de Francia de nuevo, resultó ser una victoria moral para Inglaterra y su rey Eduardo. Eduardo se había comportado como se esperaba de un monarca medieval. Atrevido, buscando batalla, generoso con sus aliados. En cambio, Felipe de Valois había evitado la batalla, había dejado que su enemigo pusiera a sitio y arrasara su territorio sin impedírselo. Si bien, en retrospectiva, Felipe de Valois había hecho exactamente lo que tenía que hacer (La Capelle fácilmente hubiera sido Crecy varios años antes), los ejércitos (y especialmente arqueros) ingleses no habían mostrado lo letales que iban a ser. Lo que de hecho era una derrota inglesa se convirtió en una grave derrota política para Francia. La reputación de Eduardo de Inglaterra creció en la misma medida que la de Felipe de Francia bajó. Esto unido al caracter mísero y desconfiado de Felipe de Valois iba a resultar que de hecho, e incluso ante los avances franceses, varios de los nobles principales de Guyena, los Albret y los Armagnac, afianzaran su vasallaje de forma más clara con Inglaterra cuando fácilmente podrían haber pasado a Francia (como así iba a ser durante los periodos posteriores). Pero esto era poco consuelo para Eduardo que sí podía ver en esos momentos sus finanzas en la más pura ruina sin haber conseguido y de hecho haber perdido territorio. Sólo conflictos internos en Francia iban a permitirle volver. Pero como veremos, Francia no iba a estar huérfana de estos problemas. Más bien al contrario. Empezando por Bretaña.
 

pirro

Una guillotina en cada plaza
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Lucius Sulla

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Aplaudo tu iniciativa, Lucius, y seguiré leyendo lo que escribas. Porque el original... uff, semejante mamotreto en la vida me podré leer.

Pues la verdad es que a mí se me ha hecho bastante distraido de leer, con contadas excepciones (los capítulos en los que entra en detalle sobre los impuestos, bufffff). Eso sí, leerme los 4 libros ha sido desde Febrero hasta hace dos semanas, y sin parar, leyendo entre una y tres horas cada día.
 

Soldier_Fortune

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Me uno entusiastamente a las congratulaciones por el interés del aporte, y por tu esfuerzo de síntesis. ;)

Pero tengo un problema parecido al de nachinus... ¿No habrá una versión sms del libro de Sumption para móviles? :D:D

Saludos cordiales.:cool:
 

Lucius Sulla

Dark Lieutenant of Sauron
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Me uno entusiastamente a las congratulaciones por el interés del aporte, y por tu esfuerzo de síntesis. ;)

Pero tengo un problema parecido al de nachinus... ¿No habrá una versión sms del libro de Sumption para móviles? :D:D

Saludos cordiales.:cool:

Bueno, yo me lo he leído todo en el Kindle...

Aunque lo cierto es que para los mapas me abría el PC, especialmente los cien mapas que hay con plazas fuertes mercenarias en cada época...
 

Marirosa

Presumed Jack the Ripper
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Muy interesante, aunque hay partes que parecen traducidas con google.
 

Lucius Sulla

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4. La Guerra de Sucesión en Bretaña. La guerra en el mar. La tregua de Malestroit.

En Bretaña acababa de morir el duque Juan. Los duques de Bretaña pertenecían al selecto grupo de nobles reconocico como 'Pares de Francia'. Este conjunto se componía primero de territorios centrales ahora gobernados por duques con sangre real (Como en Champagne y el Borbonado), pero a continuación de un segundo grupo al que pertenecían los duques de Aquitania (que ahora de hecho eran los reyes de Inglaterra, como duques de Guyena), los condes de Tolosa (derrotados en la cruzada Albigense) y los condes de Flandes. Cuatro territorios de un fiero caracter propio que siempre habían mirado con desconfianza a la corona por los repetidos intentos de consolidar su territorio como una parte más integrada en Francia. Cosa que de hecho había sucedido con Tolosa. El interés de la corona francesa en que el siguiente duque fuera un leal partidario de Francia era obvio, especialmente dada la sitúación privilegiada de Bretaña en las rutas marítimas de Inglaterra a la Gascuña inglesa. Y el caso es que habían dos claros candidatos. Por un lado, Juan de Monfort, hijo del segundo matrimonio del duque y único heredero varón directo del duque anterior. Y Juana de Penthrieve, nieta del duque Juan, hija del único hijo del primer matrimonio del duque, y casada con Carlos de Blois, una de las familias más fieramente partidarias de los Valois.

Los dos candidatos, como no, se odiaban a muerte. Y de hecho, lo que es peor, habían venido a representar las dos partes en las que Bretaña misma se dividía. Por un lado los señores del oeste y el sur de la península, la parte más rocosa, más puramente bretones, desconfiados del poderío francés y sus intentos de absorber e integrar Bretaña. Por otro lado, el este y el norte de Bretaña, goberanada por casas nobles que se habían ido casando con nobles de la baja Normandía y el Loira (como de hecho había hecho la misma Juana). Desde un punto de vista legal, quizás Juan de Monfort tenía el mejor derecho. Desde un punto de vista práctico, a nadie le importaba. E ironías de la vida, los Valois apoyarían a Juana de Penthrieve por su matrimonio con su leal partidario Carlos de Blois, que derivaba su derecho al ducado por línea femenina, y obviamente Eduardo III de Inglaterra apoyaría a Juan de Monfort, que derivaba su derecho de la línea directa por varón. Exactamente lo contrario de sus propios argumentos a la corona de Francia.

La guerra de sucesión Bretona se caracterizaría por la típica intensidad y violencia que suelen tener todos los conflictos civiles. Una violencia que ya se había visto presente en el conflicto entre las ciudades textiles y comerciales de Flandes, respaldadas por Inglaterra y el Conde de Flandes, respaldado por Francia. Pero mientras que en Flandes el componente principal del odio había sido puramente de clase (nobleza vs. burguesía, campesiando vs. ciudad), en Bretaña iba a ser motivada por razones étnico/lingüisticas. Los bretones 'puros' del oeste y sur, contra los bretones 'franceses' del norte y el este. Y en esta primera parte de un conflicto que iba a ir resurgiendo una y otra vez durante las próximas décadas, la casa de Blois, apoyada abiertamente por Felipe de Valois, iba a ser la que inicialmente iba a triunfar. Suministrados y financiados por la corona, Carlos de Blois y su esposa Juana de Penthrieve iban a rechazar e ir apoderándose de los principales castillos entre los dos territorios. Lo que por supuesto hizo que Juan de Monfort pidiera ayuda a Inglaterra. Con este apoyo, inicialmente pudo obtener unos cuantos éxitos. Pero cuando el delfín de Francia con un gran ejército invadiría Bretaña para apoyar a Blois desde Normandía, todos estos éxitos se perderían y finalmente el propio Juan de Monfort iba a ser capturado tras el asedio de Nantes.

Pero estos éxitos de la casa de Blois iba a revelar el principal problema de esta guerra. Era prácticamente imposible que un bando realmente se llevara la victoria definitiva, mientras hubiera voluntad política de resistir por parte de cualquiera de los dos bandos. Mientras que los reveses de los Monfort podían arrojar su causa en aparente desesperación, de hecho la mujer de Juan de Monfort podía ir resistiendo en las rocosas y agrestes fuerzas de sus partidarios. Y cuando los propios Monfort tuvieran la ventaja el apoyo de la propia Francia haría que en cualquier momento perdieran todo de nuevo ante la intervención del monstruo que es la gran mancha azul. Estos primeros reveses, además, harían que la casa de Monfort se arrojara de cabeza a apoyar y reconocer la reclamación de Eduardo III como legítimo rey de Francia. En los momentos más desesperados de cada bando (y ambos los tendrían), siempre había un resquicio, una última región a la que agarrarse, hasta la siguiente vuelta de la tortilla. Y esta tortilla iba a dar *muchas* vueltas. Además, esta guerra iba a ser tan intensa que iba a producir, como beneficio inesperado para los franceses, a los mejores soldados y comandantes de los que Francia iba a poder disponer en las siguientes generaciones.

Mientras tanto, tras la campaña de Flandes, expulsados los ingleses del norte de Francia por las tácticas fabianas de Felipe de Valois, la guerra se trasladó naturalmente al mar. Esto iba a pasar una y otra vez tras periodos de éxito francés. Sin ejércitos ingleses en tierra francesa, Francia siempre iba a intentar acosar las costas inglesas. Continuamente se iban a producir asaltos a la costa sur de Inglaterra, al principio con mucho éxito hasta que el sistema de vigilancia costera inglésa (una tarea aburrida y desagradecida como pocas para los habitantes de la costa) pudo ir perfeccionándose. Eduardo poco podía hacer, realmente, más que intentar pedir una y otra vez subvenciones al parlamento. Con poco éxito. Su situación era de hecho desesperada. Sus deudas con banqueros italianos y alemanes requeriendo incluso ceder como rehenes a algunos de los principales. Aún así tras haber reunido con esfuerzo una flota básicamente requisada a la flota mercante en su totalidad, los ingleses consiguieron atacar con un increible éxito el puerto de Sluys, donde la flota francesa (básicamente el conjunto de corsarios flamencos y normandos que iban intentado saquear las costas inglesas) fue sorprendida y completamente arrasada. La estrategia y justificación de Felipe VI de Valois de sus tácticas de contención y de evitar una batalla era poder atacar e invadir Inglaterra. Y esa oportunidad se acababa de perder. De hecho, se iba a perder cada vez que los franceses por fin conseguían recuperarse, algunas veces por los motivos más variopintos (en un caso muy divertido, porque habían reunido *demasiada* gente, pero ya llegaremos ahí).

Tras Sluys, con ambos bandos imposibilitados para, por ahora, dañar a su rival, se pactó una tregua en Malestroit, en la propia Bretaña. Pero no había ninguna voluntad de prolongarla, de hecho la lucha fronteriza en Gascuña apenas paró. Con los Monfortistas acorralados en sus últimas fortalezas y esperanzadores éxitos en las siempre inestable y difíciles fronteras de Gascuña, Felipe VI de Francia tenía toda la intención de volver a reunir a una flota e intentar invadir Inglaterra. Y por supuesto Eduardo III de Inglaterra continuaba intentando obtenerfondos del parlamento. Además las negociaciones de la tregua iban a revelar el problema fundamental del recurso de Eduardo de reclamar la corona de Francia. Aunque en la mente de Eduardo esta reclamación fuera totalmente espúrea, sólo su renuncia un punto más por el que obtener contrapartidas en negociaciones como estas, de hecho se veía que era imposible renunciar a esta reclamación, ya que se habían hecho (y se harían) tantas justificaciones basándose en esta reclamación que renunciar a ella suponía una pérdida de prestigio inglés (y de hecho una traición legal terrible a sus aliados en Francia) que sólo podía compensarse por contrapartidas que la corona de Francia directamente jamás podría conceder. La reclamación de la corona de Francia supondría una trampa diplomática inescapable.

5. La campaña de Crecy

Uno de los principales motivos por los que Eduardo III no había conseguido fondos para una nueva campaña en Francia era de hecho la amenaza sobre la propia Inglaterra. Efectivamente la voluntad del parlamento durante toda la guerra para dar fondos a la corona para sus luchas en Francia no iba a estar marcada por los éxitos o fracaso en Francia... sino por la necesidad, percibida o real (casi siempre más bien percibida) de proteger la misma Inglaterra, ya fuera por parte de los corsarios franceses o cualquier noticia de posible invasión de los escoceses. Incluso en los mejores momentos de Inglaterra, la amenaza de Escocia seguiría pesando hasta el punto de que los condados del norte estarían siempre exentos de reclutamiento para Francia, y las grandes familias del norte adquirieran una indepencia inusitada en un sistema como el inglés (con desastrosas consecuencias para Inglaterra en el futuro).

En estos momentos, sin embargo, Escocia estaba tranquila por la gran campaña que Eduardo había realizado antes de meterse en Flandes (uno de los grandes 'what if', es si Eduardo hubiera pasado de Flandes y Francia y se hubiera centrado en Escocia, quizás los escoceses hoy por hoy serían como Gales versión 2). Y tras la gran victoria en Sluys, la amenaza por el mar había sido borrada. Con la promesa (léase: mentira) de que si el parlamento hacía un gran esfuerzo de una vez, Eduardo podría proporcionar una campaña decisiva y acabar con esta guerra en una campaña, finalmente Eduardo pudo obtener fondos para una gran expedición en Francia. Esta capacidad de poder tasar todo el reino a través del parlamento iba a ser, de hecho, una de las mayores ventajas de Inglaterra en la guerra. Francia, siendo mucho más grande y poblada, no tenía una organización que siquiera se le acercara. Cuando el rey de Francia quería reunir fondos a través de la tasación, tenía que convencer, por un lado a las grandes asambleas del Languedoil y el Languedoc, convencer a cada gran duque y conde... de forma completamente independiente unos de otros. Además, con el poder político local tan descentralizado, era muy difícil (sin amenazas directas) que por ejemplo a los estados del Languedoc le importara una mierda lo que pasara en Normandía o Flandes, por ejemplo.

Esta expedición inglesa iba a ser tan ambiciosa que de hecho iba a producirse por tres sitios diferentes de Francia. Eduardo restaurando a Juan de Monfort invadiendo Bretaña (Felipe de Valois había sido los suficientemente estúpido como para liberar a tan importante prisionero como parte de la tregua). Un segundo destacamento invadiendo y conectando con las ciudades aliadas en Flandes, con la intención de conectar con ellos en el norte de Francia. Y más importante aún, el soldado más capaz de Inglaterra aparte del propio rey Eduardo, Enrique de Lancaster, iba a encabezar una gran expedición destinada a invadir Francia desde Gascuña, recuperando las fortalezas perdidas en el bajo Dordoña y Garona y aliviando la presión sobre Burdeos. De hecho, la parte de las invasiones del norte se tendrían que replantear tras la muerte del principal aliado de Inglaterra, van Artenvelde de Gante.

Sin embargo las tropas de Enrique de Lancaster salieron según lo previsto en 1345. Y una vez en Gascuña, en vez de embarcarse en la habitual guerra de mil asedios habitual de la zona, Lancaster se decidió a invadir los territorios franceses, yendo directo al punto clave de frontera, la ciudad de Bergerac. Enrique de Lancaster demostraría la debilidad francesa, y por qué sería uno de los comandantes más celebrados de esta primera fase de la guerra. No sólo pudo tomar Bergerac con una facilidad inusitada, sino que además penetró como un cuchillo caliente en una tarrina de margarina, poniendo sitio a la misma capital de la provincia francesa, Perigueux. Y cuando de forma apresurada los franceses pudieron reunir un ejército lo suficientemente grande (casi cinco veces más grande que el ejército inglés), Enrique de Lancaster supo darle el primero sabor a los franceses de lo que les esperaba toda la guerra. En campo abierto la doctrina de los ejércitos ingleses era tan infinitamente superior, con su uso de arqueros, que los franceses no tuvieron ninguna oportunidad.

Los enormes éxitos de Enrique de Lancaster en el sur, volcarían allí toda la atención francesa, sorprendida por la facilidad que habían tenido los ingleses (y gascones) para desmontarles el chiringuito de una forma tan salvaje. Lo cual no dejó de ser un error, ya que por fin el 1346, Eduardo III invadiría por fin Bretaña. Y allí, tras instalar y reforzar a la facción de Monfort, así como apoderarse de forma personal de varias fortalezas bretonas con guarniciones inglesas (especialmente Brest), Eduardo emprendería su objetivo principal de campaña: invadir Normandía y amenazar París con el objetivo de forzar la batalla que no había tenido en su anterior campaña de Flandes, y conseguir las contrapartidas políticas que la corona inglesa reclamaba: la posesión en soberanía independiente del ducado de Guyena.

Esta campaña demostraría las deficiencias de Felipe VI de Valois como rey y como comandante en jefe. Poseído por nerviosismo y vacilaciones continuamente durante la campaña, siendo sobrepasado por la alarma ante las grandes victorias de Enrique de Lancaster en la frontera con Gascuña. Mandando a su hijo el Delfín de forma apresurada para que sus tropas fueran vencidas por Lancaster en Auberoche, para de repente ser sorprendido de nuevo por la invasión de Bretaña y el resurgimiendo de la causa Monfortista, apenas pudo reaccionar a la invasión de Eduardo de Normandía, los sitios de Caen, y la penetración del ejército inglés hasta las mismas puertas de París.

Cabe poca duda que Felipe de Valois hubiera preferido la misma estrategia que usó en Flandes. Pero eso era ahora completamente imposible. El coste de su estrategia fabiana anteriormente le había ocasionado un coste político enorme. Y tras ver ya no una provincia rebelde y externa como pudieran ser Flandes, Bretaña o Gascuña invadidas, sino la propia Normandía y finalmente el mismo corazón de Francia le obligaban a buscar batalla a cualquier coste. Reuniendo por fin un gran ejército en París, el rey de Francia se puso a dar caza al mucho menor ejército inglés, intentando interceptarlo antes de que llegara a las zonas aliadas a Inglaterra en Flandes.

A pesar de que el ejército francés pudo superar tácticamente en la persecución, finalmente en Crecy Eduardo eligió una posición defensiva para su ejército y se preparó para la batalla. Incluso en ese momento, el rey Felipe no quería presentar batalla, ante el claro hecho de que los ingleses habían elegido el terreno, y sabiendo que de nuevo el ejército inglés no podría sostenerse por mucho tiempo por si mismo. La nobleza reunida junto al rey, muchos de ellos grandes magnate y príncipes de sangre real, a través de la cuál realmente se había podido reunir tal ejército, de que no presentar batalla de nuevo era una humillación insostenible para Francia. Siendo generosos, tenían razón. Incluso entonces, los franceses no eran plenamente conscientes de la increible ventaja en batalla que sus formaciones de arqueros proporcionaban a los ingleses.

La batalla de Crecy, como ya os podréis imaginar, fue exactamente lo que Eduardo quería y había preparado. Las cargas francesas se empantanaron ante la decidida y valiente resistencia del corps de Eduardo el príncipe negro, sin haber cumplido los 20 años en su primera gran acción militar y los arqueros destruyeron totalmente la caballería francesa y los intentos de carga de infantería posterior. Todo agravado por el hecho de que parte del ejército francés había cargado por adelantado y fuera del orden de batalla del resto del ejército, encabezados por el conde de Alençon. Pero difícilmente hubiera cambiado el resultado si no hubiera pasado esta imprudencia. Si acaso, sólo la agravó un poco más. La matanza de nobles franceses fue terrible. Felipe VI de Valois apenas pudo escapar, no sin muchas dificultades, y con característica mezquindad culpó de la derrota a Alençon y a los pobres mercenarios genoveses que apenas habían podido hacer nada.

La situación de Eduardo, sin embargo, no era tan buena como parecía. La victoria en Crecy le había dejado libre de actuar con su ejército en el nordeste de Francia. Sin embargo este ejército no era suficiente para tomar ninguna plaza significativa ni provocar ninguna conquista. A pesar del desastre francés, la posibilidad de reconocer la soberanía inglesa sobre el ducado de Guyena era impensable aún. La idea de proseguir hacia Calais y allí consolidar una cabeza de playa permanente, en cierta forma, es el reconocimiento de esta imposibilidad. El asedio de Calais duraría un año y Calais permanecería como un enclave inglés en el norte de Francia durante 200 años. Felipe de Valois haría varios intentos de reunir un nuevo ejército para alivia el asedio, que por sí mismo era muy vulnerable. Pero era completamente inútil. En Bretaña los monfortistas e ingleses conseguirían una gran victoria, el pretendiente de Blois siendo capturado y llevado a Inglaterra. Pero de nuevo como cuando Juan de Monfort fue capturado y llevado a París, la mujer de Carlos de Blois, la muy fiera Juana de Penthrieve (de hecho la pretendiente real, siendo ella la nieta del anterior duque), proseguiría la lucha sin ningún problema con sus partidarios.

Y en el sur, Enrique de Lancaster seguiría retomando las fortalezas que los ingleses habían perdido durante los anteriores periodos de 'paz'. Además asentaría una política que tendría devastadoras consecuencias para Francia, el patrocinio de la corona inglesa de compañías mercenarias de gascones. Esto de hecho no era más que reconocer la realidad de que ningún ejército inglés podía ser llevado de forma efectiva para defender el ducado. Estos grupos de mercenarios operarían simplemente con el consentimiento de la corona inglesa y bajo su bandera, pero con la condición de que se alimentaran y pagaran a sí mismos. A todos los efectos, piratas en tierra, que pronto se extenderían como una plaga de langostas por toda francia, provocando más destrucción, muerte y miseria que lo que cualquier ejército inglés pudiera jamás conseguir.

Tras la caída de Calais, se acordó una nueva tregua. El ejército inglés de Eduardo sólo podía regresar a casa y dejar una guarnición en previsión de futuras invasiones. Y Felipe VI de Francia tenía mil fuegos que apagar antes de siquiera poder pensar en retomar Calais.
 

Lucius Sulla

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Muy interesante, aunque hay partes que parecen traducidas con google.

Escribo sin editar ni repasar, directamente sobre el foro para que te imagines como va el tema :D Stream of mind total :D:D:D

Y esto más que resumen, es más 'mis impresiones/recuerdos resumidos', que conste.
 

Lucius Sulla

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Uuf. La guerra de Bretaña ya te digo que la tienen muy mal plasmada. También se saltan a la torera la guerra Armagnac-Borgoña, que es la leche en verso. Y en casi todo la primera mitad después de Poitiers, media francia debería estar llena de puntitos rojos, las fortalezas controladas por routiers gascones (y el que se apuntara) que nominalmente estaban bajo la autoridad inglesa.

Molan los 'gusanitos' que se ven reptando de tanto en tanto, atravesando Francia de un lado a otro, eso son las grandes Cheuvachées inglesas :D
 

Lucius Sulla

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TOMO II: TRIAL BY FIRE (1348-1369)

1. La situación tras Crecy, hasta la muerte de Felipe VI de Valois

Tras la victoria de Crecy y la caída de Calais, Eduardo III había conseguido un triunfo glorioso para Inglaterra y, lo más importante, para sí mismo. Esta victoria era muy significativa desde el punto de vista político y propagandístico. Y no tenemos que olvidar que efectivamente este era el objetivo de la campaña: presionar a la corona de Francia para reconocer sin vasallaje los territorios del ducado de Guyena a la corona inglesa. Esto es, de forma efectiva renuncia a la soberanía francesa sobre la zona. Es desde esta única perspectiva que Eduardo había reclamdo el trono de su abuelo materno. Sin embargo la contradicción peramanente entre los objetivos de guerra ingleses y la realidad es que estos objetivos sólo podrían conseguirse mediante la ocupación permanente de territorios franceses y la desintegración de la autoridad de la corona. Y esto es algo que no se había conseguir. Era algo que con los medios de Inglaterra no podía conseguirse, teóricamente. Sin embargo es algo que llegaría a estar a punto de pasar. Y la cadena de acontecimientos que desencadenaría este desastre para Francia desde luego arrancaría con las sorprendentes (y lo fueron para la época, que consideraba el ejército francés como lo más de lo más) victorias de Eduardo.

Tras la victoria de Crecy, sin embargo, Eduardo sólo podía frustrarse con la resistencia francesa a aceptar la independencia de Guyena tras tal gran victoria de las armas inglesas. Porque, en el fondo, no había nada más que realmente obligara a Francia a reconocer que debía desgajar una parte de su soberanía. Mientras los ejércitos ingleses habían tenido tan grandes éxitos en Francia y Gascuña, en la frontera con Escocia los ingleses obtendrían la grandísima victoria de Neville's Cross, en la que el rey de Escocia mismo, David II, sería capturado. Pero igualmente, la pérdida del rey no supondría una rendición de derechos territoriales escocesa tampoco.

Las negociaciones, de todas maneras, se detendrían por un segundo motivo: la gran epidemia de peste bubónica de 1347 a 1352. La más grande y mortal epidemia que jamás ha afectado a Europa.

El efecto de la plaga, sin embargo, no reduciría el número de tropas, el reclutamiento de soldados en ambos países. Al contrario que en la imaginación popular, la plaga sí que de hecho discriminó entre clases, afectando de forma mucho más clara las clases más bajas de la sociedad que las más altas. Desde luego aún así grandes nombres sucumbirían a la plaga, como el Duque de Borgoña o incluso la misma reina de Francia. Sin embargo el hecho innegable es que no afectó de forma significativa a las clases guerreras de ambos reinos. En cierto modo, la ruína que provocó en el agro francés, si acaso, aumentaría la cantidad de soldados reclutables en las siguientes campañas. Por supuesto, si bien no afectó tanto a los ejércitos y a los nobles que los dirigían, afectó de forma muy significativa a la capacidad de las diferentes regiones francesas de pagar los ya desorganizados impuestos a los que estaban sometidos, principalmente impuestos indirectos sobre la venta de sal y similares, de cantidad y recogida muy irregular. Evidentemente estos impuestos indirectos no sólo dependían mucho de la prosperidad local, sino que además la corona debía convencer individualmente a cada una de las diferentes cortes regionales (del Languedoil, Languedoc, las diferentes ciudades, Normandía...), y evidentemente el desprestigio ocasionado por las derrotas no ayudaban precisamente al rey francés.

Esta gran destrucción de las poblaciones agrícolas, más que la guerra y la progresiva desintegración de la autoridad central de la corona francesa, contribuirían a la auténtica plaga que Francia sufriría durante largas (larguísimas) décadas. Los 'routiers' o mercenarios a los que poco tendrían que envidiar las bandas mafiosas del siglo XX. Si bien la plaga había afectado más claramente a Francia, también había afectado a Inglaterra, y unido al hecho de que Inglaterra era claramente mucho menos poblada y próspera que Francia, y para la que el coste incluso de campañas victoriosas como la de Crecy llevaba a la corona al borde de la bancarrota. Sin embargo en la salvaje guerra civil bretona, iba a aparecer un modelo de librar la guerra que Eduardo de Inglaterra y su consejo iban a considerar ideal, por el único hecho de que no le costaba un leuro. En esta guerra, donde cada territorio entre las dos facciones iba cambiando de chaqueta según le iba conveniendo, las salvajes luchas habían creado una casta de soldados profesionales cuya única vida era la guerra y el beneficio que podía obtenerse. Las victorias de Enrique de Lancaster, además, habían mostrado lo terriblemente débiles que eran las fronteras interiores de Francia. En cierto modo el éxito de los últimos Capeto directos ante Eduardo I y Eduardo II habían relajado de forma terrible las defensas de las regiones francesas adyacentes, Perigord y el Languedoc. Y ya las regiones un poco más interiores ya estaban completamente desprotegidas.

Así que cuando Eduardo III y sus representantes en Gascuña autorizaron que 'contratistas independientes' pudieran usar las enseñas y el respaldo 'político' de la corona inglesa, muchos grupos estaban dispuestos a usarlo, sólo a cambio de pagar una parte de sus beneficios a las autoridades inglesas (muchas veces ni eso). Los beneficios fueron obvios. Las compañías de mercenarios, sobre todo gascones criados en una cultura del saqueo y rapiña habitual de las últimas décadas entre partidarios de Inglaterra y Francia, pero también una creciente cantidad de bretones, penetraron en francia como un cuchillo al rojo en una tarrina de margarina. Las autoridades francesas directamente no estaban preparadas para este tipo de guerra que implicaba defender y reforzar cada castillo, golpear a un enemigo que se movía usando la traición y el sigilo para apoderarse de posiciones fortificadas, empezar a saquear el terreno alrededor de dicha posición y a partir de ahí exigir a todas las poblaciones de la zona el pago de un 'rescate' a cambio de no ser los siguientes en ser saqueadas. Este modelo empezó a extenderse, en este primer momento, sobre la frontera norte de Guyena, el Perigord. Y en un tiempo record la región era un caos infernal, sin que la corona o incluso las autoridades locales pudieran hacer absolutamente nada al respecto. Tomar cada fortaleza exigía un coste tremendo en un momento en que las zonas y las ciudades habían sido despobladas por la plaga, además en un momento en el que la autoridad de la corona estaba bajo mínimos.

Este modelo de guerra era de hecho tan claramente exitoso y fructífero, que incluso las propias autoridades inglesas empezaron a usarlo directamente. Enrique el duque de Lancaster dirigiría la primera gran 'Cheuvachée' hacia el interior del Languedoc. Estas 'cabalgadas' consistían simplemente en mover una fuerza montada a caballo de forma rápida sobre territorio enemigo, sin darle tiempo a reaccionar, atacando las ciudades y fortalezas más débiles e ignorando las más fuertes (en estos momentos muy pocas), saquendo todo lo que no estaba pegado al suelo, quemando el resto y reuniendo a todos los representantes de la zona más inmediata para cobrar 'protección' si no querían que el siguiente objetivo de la cabalgada fueran ellos, y acordando los rescates de los ciudadanos principales que hubieran capturado. Continuaban a la siguiente zona, y hacían lo mismo. Y así sucesivamente hasta que cargados de botín, volvían a las bases en Gascuña. Enrique de Lancaster, de hecho, se haría fabulosamente rico con esta y otras cabalgadas (el pago de rescates era de hecho fabulosamente alto).

Este modo de hacer la guerra tenía innegables beneficios para Inglaterra. No sólo proporcionaba beneficios a los líderes sino también a los soldados, que empezarían a alistarse en los ejércitos ingleses de forma *entusiasta* en cada ejército inglés. Y el daño que provocaba en Francia fue terrible. No sólo por el mismo daño directo que ocasionaba. Sino también porque las regiones afectadas pasaban a pagar cero impuestos a la corona, alegando que necesitaban el dinero para defenderse a sí mismos.

En estas condiciones finalmente Felipe VI el 'afortunado' (por la herencia de Francia, no por cómo le fue), murió entre el descrédito y la amargura de la derrota el caos de su reino. Un hombre reservado, moderadamente inteligente pero mezquino y huraño, al menos no había llevado a Francia al desastre. Su hijo se encargaría de ello.
 

Lucius Sulla

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2. Juan el 'Bueno' y Carlos el 'Malo'

Juan II, el segundo monarca Valois, era un joven que había dirigido sin distinción como duque de Normandía en las campañas de su padre. Siendo generoso hasta el punto de la extravagancia (una caracterísitica muy francesa) y de temperamento agradable, le faltaba el caracter para ser un hombre de estado, y su debilidad y falta de buen juicio es algo por lo que empezaría a distinguirse desde el mismo principio de su reinado. Y muchos malos reyes, la primera parte de su reinado estuvo dominado por un favorito. Nada menos que Carlos de la Cerda, llamado en Francia 'Charles d'Espagne'. O sea, Carlos de España. La casa de la Cerda ya hacía tiempo que se había asentado en Francia como señores menores, habiendo básicamente siendo expulsados de Castilla tras una fallida sucesión. Y como todo buen valido, a pesar de su clara competencia y capacidad militar, la característica principal de Carlos de España sería su desmedida ambición, su imparable orgullo y su desmedida avaricia de todos los beneficios que su control de acceso al monarca francés le reportaría. Por su parte Juan II tenía una desmedida y sólo parcialmente injustificada confianza en su favorito.

Al igual que los favoritos que habían llevado a la ruina a Eduardo II, Carlos de la Cerda aprovecharía su posición como condestable de Francia y las numerosas y vitales misiones que Juan le encargaría para beneficiarse a sí mismo y a su propio círculo, con una rapacidad destacada incluso para la época. Al menos, sin embargo, Carlos de la Cerda era bastante más competente que Piers Gaveston y Hugh Despenser (y no parece tampoco que se estuviera follando al rey como Piers Gaveston), sin embargo provocó lo mismo que habían provocado estos favoritos. En el momento que los beneficios que la monarquía estaba encargada de distribuir entre las familias principales del reino se empezaban a concentrar en un pequeño círculo de favoritos, los grandes nobles empezaban a mosquearse. Y como en Inglaterra, pronto encontraron un líder que encabezara el partido contra el favorito real. Este favorito sería el rey de Navarra, Carlos de Evreux.

Si hay una persona particularmente 'peculiar' en la fase Eduardiana de la guerra, esta es sin duda Carlos de Navarra. Toda su vida y posición se basó en la ambigüedad y la traición. Hijo de la única hija superviviente de Luis X el Obstinado, el hijo mayor de Felipe IV el Hermoso, su reclamación al trono de Francia era de hecho mucho mejor que la de Eduardo III desde muchos puntos de vista. El principal de los cuales es que su línea de descendencia era mucho más directa que la de Eduardo de Inglaterra si realmente las mujeres podían transmitir el derecho a la corona. No cabe duda de que Carlos de Navarra estaba convencido de que él debería haber sido el legítimo monarca de Francia, al igual que su propia madre, sólo una niña cuando su tío la desposeyó de dicho derecho, dejándole sólo como acuerdo en herencia el pequeño reino de Navarra, para todos caso ahora en práctica vasallo y dependiente del reino de Francia. Desde luego era natural para Carlos pensar que si Eduardo tenía derecho por sus argumenos, por esos argumentos él aún lo tenía más. Algo que sin duda envenenaría las relaciones con Eduardo III y provocaría las múltiples traiciones y mentiras que caracterizaron su relación.

Por supuesto, si Carlos de Navarra no había reclamado el reino era por dos razones. La primera, más bien legal, es que aún no había nacido a la muerte del tío de su madre, el último rey de la línea directa, con lo que la 'transmisión de partículas reales' (véase Terry Pratchett) no podía producirse. La segunda y sin duda la única importante, es que al contrario que Eduardo III no tenía ni de lejos la fuerza para reclamar la corona de Francia (Eduardo III en el fondo tampoco, pero bueno, se acercaba más). En general este resentimiento haría que Carlos, a pesar de ser claramente atractivo y carismático, adquiriría un caracter traicionero, mentiroso y terriblemente mal intencionado en todo lo que hizo y planeó (que fue mucho). Y la debilidad de la corona Francesa tras Crecy y Calais, junto al resentimiento que Carlos de España estaba provocando entre la alta nobleza francesa le dió por fin la oportunidad que necesitaba.

Durante los siguientes años una patrón malsano emergería una y otra vez con Carlos de Navarra. Primero este intentaría encabezar a la nobleza molesta con Carlos de España. Para ser frustado por el rey. Para a continuación negociar con Eduardo III de Inglaterra y apoyarle en un nuevo ataque a Francia. Para en el momento clave en el que Eduardo ya tenía casi preparadas las tropas, Carlos se reconciliara con su primo Juan II extrayendo contrapartidas para no apoyar la última amenaza inglesa. A la tercera, los ingleses empezaron a darse cuenta que este Carlos de Navarra no era una persona en la que pudiera confiarse en este rey de Navarra. Y cuando finalmente Carlos no tuvo más remedio que venderse plenamente a los ingleses estos acabarían no apoyándole en momentos clave, por la desconfianza que sentían por tantas traiciones a su palabra.

Y ese momento llegaría finalmente, en 1354, Carlos de Navarra tomó la decisión de que ya tenía bastante con el favorito del rey. Planeando un golpe de mano ejecutado por el hermando pequeño de Carlos, Felipe de Navarra, el objetivo inicial era de hecho capturar a Carlos de España mientras se encontraba de viaje. Sin embargo en vez de capturarle... el impulsivo Felipe acabó cargándoselo. Con un asesinato a tan alto nivel, básicamente se rompio el juego de Navarra. Desde luego Juan y sus partidarios se pusieron furiosos por el crimen del favorito real. Carlos ya no tenía más remeido que negociar y apoyar a los ingleses. Eduardo por fin podía invadir Francia con apoyo local, en Normandía, y sin temer un ataque por el sur de Guyena, desde Navarra.

Con las hostilidades retomadas por fin a plena intensidad, los 'Routiers' empezaron a extenderse a las regiones más desprotegidas del Languedoc y más al interior de Francia, hacia la Auvernia y el Borbonado, y el heredero de la corona inglesa, Eduardo el 'príncipe negro' que con sólo 18 años ya se había destacado con valentía en Crecy, imitó a Enrique de Lancaster lanzando una impresionante (y provechosa) cheuvachée atravesando el Languedoc, arrasando, saqueando y extrayendo rescates de todo lo que se le puso por delante. Con la obvia debilidad de la corona de Francia en el sur, las tropas anglo-gasconas podía ir asediando una a una todas las fortalezas del interior de Guyena que se habían ido perdiendo en los reinados de Eduardo I y Eduardo II y pronto se pudo casi decir, salvo ya puntos fuertes aislados leales a Francia, que se había conseguido reconstituir el ducado completamente.

Al igual que en la campaña de Crecy, el ataque fue cayendo en diferentes lugares. No porque Inglaterra pudiera atacar en varias partes al mismo tiempo, sino porque las fuerzas de invasión que podía mantener y suministrar eran necesariamente pequeñas, y no podía concentrar una cantidad tan enorme de ejército como la que el rey de Francia podía reunir y desplazar en su propio territorio. Eduardo III en persona encabezó un ejército dándose una vuelta alrededor de Calais, y Enrique de Lancaster encabezó un ejército en una nueva Cheuvachée a traves de Normandía, con base en las fortalezas Bretonas (los Bretones seguían a lo suyo en su interminable guerra sucesoria). Pero el ataque principal surgiría esta vez desde Guyena. Tras el éxito de la Cheuvachée de Languedoc, el príncipe Negro y su compañía de jovenes caballeros que se haría legendaria (John Chandos & Company, básicamente), el ejército anglogascon, con los valles del Dordoña y Garona asegurados, se lanzaron hacia el norte para la invasión de la parte norte de lo que había sido el antiguo ducado de Aquitania.

Por supuesto, a esas alturas y con los ingleses lanzados por todas partes en Francia, Carlos de Navarra ya había traicionado *otra* vez a los ingleses, llegando de repente a un acuerdo con Juan II de Francia para obtener contrapartidas (y a todos los efectos el perdón por el asesinato de Carlos de España). Juan II no tuvo más remedio que tragarse el orgullo y aceptar las condiciones de Carlos de Navarra. Esta traición ya fue tan inexplicable para la gente de la época que incluso el hermano menor del rey de Navarra, Felipe, de hecho no seguiría a su hermano esta vez y seguiría siendo a todos los efectos un comandante inglés hasta su muerte. De todas formas sin temer por París por las fortalezas de Carlos de Navarra en Normandía y Evreux, Juan II podía por fin concentrar sus esfuerzos y detener al ejército del príncipe negro.
 

Lucius Sulla

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3. Poitiers

Eduardo el Principe Negro estaba en 1356 paseándose por Francia como por su casa. Con su experiencia tras la cheuvachée de Languedoc, había perfeccionado este estilo de guerra en un arte. En estos momentos no sólo tenemos un ejército inglés motivado y con alta moral por las grandes recompensas personales, incluso para los hombres de armas y arqueros de más baja condición, sino que además alrededor de Eduardo se había formado un cuerpo de 'oficiales', caballeros de la media y baja nobleza que durante las siguientes décadas destacarían por su competencia y lealtad a Inglaterra. Y aquí no estamos hablando de caballeros ingleses como John Chandos (el William Marshall de su época, básicamente), sino también de una gran parte de nobleza gascona que sería fanáticamente leal al principe negro (y más tarde a su memoria), de los que quizás el principal sería el Captal de Buch (mola el título... es un poco en plan 'cabeza de los clanes de Buch'), Jean de Grailly, de la familia de los condes de Foix, uno de las familias más leales a la corona inglesa (entre otras cosas por su terrible y ancestra enemistad familiar con los condes de Armagnac, ya desde hacía tiempo en el lado francés). Durante esta cabalgada, además, el principe negro contaría con la experiencia en la toma de posiciones fortificadas que las compañías gasconas de routiers habían ido adquiriendo.

Ante esto, el rey francés Juan II sólo pudo reunir un ejército aprisa y corriendo. Tras contener la amenaza de Eduardo III desde Calais y de Enrique de Lancaster desde Bretaña a Normandía... donde para mayor cachondeo, varias de las fortalezas del rey de Navarra daban soporte encubierto a los ingleses, en una nueva traición, en la traición de la traición de Carlos el Malo de Navarra, que sencillamente no podía de dejar de jugar a un doble juego terrible con ambos bandos. Este ejército francés, además, estaba no sólo menos organizado, sino que además era sensiblemente menor que las grandes huestas que el padre de Juan, Felipe, había reunido para enfrentar las campañas de Flandes (con éxito) y de Crecy (que fue como fue). Sin embargo, Juan II se encontraría con la contradicción fundamental de la estrategia y táctica bélica en Francia: a pesar de estar luchando en su territorio, políticamente los ejércitos franceses se veían obligados a atacar en campo abierto a los ingleses, teniendo que permitir a estos elegir siempre el campo de batalla y situar sus ya superiores tácticamente ejércitos, con su gran componente de arqueros.

Poitiers no sería la excepción, aunque de las tres victorias principales de los ingleses durante la guerra (Crecy, Poitiers y Agincourt), es probablemente en la que los arqueros tuvieron menor importancia. Incluso con la posición inglesa sobre una colina y con un bosque a su espalda, el plan de los franceses de envolver por el flanco izquierdo inglés estuvo bastante cerca de tener éxito. En cierto modo porque la cantidad de caballería francesa sería menor a la de Crecy (y ya no digamos Agincourt), y la fuerza principal del ataque la tomaría la infantería francesa, mucho menos vulnerable a las flechas que la caballería y también en parte por la presencia de Escoceses en el ataque que intentó envolver la posición inglesa.

Pero el ejército inglés, con probablemente los mejores mandos intermedios que jamás tendrían, aguantó perfectamente las embestidas y resistió el intento de flanqueo de los escoceses. Y en el momento clave de la batalla, cuando la fuerza principal francesa, dirigida personalmente por Juan II, estaba luchando directamente con la infantería inglesa dirigida por el principe negro, la fuerza de reserva inglesa, dirigida por el Captal de Buch, conseguiría rodear completamente al ejército francés, y atacándolo por detrás, desbaratándolo completamente. Una maniobraa que sería en sí misma muy complicada en la época napoleónica, ya no digamos en el siglo XIV. La derrota francesa fue total y terrible. Y lo que es peor: el rey Juan II, su hijo menor Felipe de Orleans y gran parte de la alta nobleza francesa, caerían prisioneros del principe inglés. Carlos, el delfín de Francia y que había encabezado la segunda oleada francesa con 18 años, se había retirado tras el rechazo de esta, y tuvo la fortuna de no estar en el cuerpo principal que los ingleses rodearían y capturarían de esta forma. Algunos dirían que por cobardía personal, otros por orden directa de su padre, que no quería arriesgar más a su heredero.

Esta derrota supondría uno de los desastres mayores de la historia de Francia. Peor desde luego que Crecy, que realmente y a efectos prácticos sólo supuso la toma de Calais, y que Agincourt ,que permitiría la conquista de Normandía, pero que seguramente no habría tenido la misma importancia de no haber sido por motivos que ya veremos en el cuarto libro. La captura del rey Francés, que pasaría a ser prisionero en Inglaterra durante años, descabezaría de forma efectiva al estado francés, cuya principal vertebración se basaba únicamente en la corona. El prestigio de las armas francesas, además, quedaría completamente destrozado. Y la expresión 'vale lo que el rescate de un rey', en esta época no era simplemente figurada. El sistema de rescates era una de las principales fuentes de ingresos para los nobles victoriosos, y estaba estandárizado hasta unos límites que ahora cuesta de imaginar.

Mientras tanto el delfín Carlos llegaría a París como buenamente pudo, para enfrentar con sólo 18 años uno de los dos periodos más negros de la guerra para Francia.
 

Lucius Sulla

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4. Caos en París.

Si las consecuencias de la derrota de Crecy y la caída de Calais había sido terrible para Francia, y había provocado el debilitamiento de la autoridad real sobre toda Francia, la derrota de Poitiers pero más aún la captura de la propia persona del rey iba a tener resultados devastadores.

Juan II no había sido un rey especialmente competente. Tampoco su círculo de consejeros. Pero la ausencia del rey y de estos dejó completamente descabezada cualquier política y voluntad general francesa. La ciudad de París era además la ciudad más grande de Europa en esos momentos y los reyes franceses durante los dos anteriores siglos habían disfrutado de una simbiosis particularmente provechosa con la ciudad. Como muchos monarcas medievales deseosos de más poder y centralización, en su lucha contra los grandes señores y el mismo sistema feudal, los monarcas franceses se habían aliado y apoyado a los burgueses de las grandes ciudades y especialmente de su capital. París en concreto había disfrutado de grandes beneficios por esta relación, y con la excepción de Felipe VI de Valois, el anterior monarca, todos los últimos reyes habían residido y gobernado de forma abierta desde la misma París (en contraste, de hecho, con la mayoría de monarquías de la época que aún se desplazaban bastante). Por esto normalmente la ciudad de París era la primera en contribuir con dinero y hombres cuando la corona lo había necesitado. Sin embargo la ruptura de la ciudad con la monarquía, que empezaría ahora, sería terrible y no terminaría hasta el final de la guerra.

Cuando el delfín Carlos llegó a París una de las primeras acciones sería convocar a los Estados Generales. Esto era una medida natural ante una crisis, reunir a los representantes de las diferentes ciudades y feudos para poder pedir y reunir impuestos. Además se da la circunstancia que uno de los pocos motivos que tenía una corona en un estado feudal para de hecho *forzar* impuestos era el pago del rescate del rey o de príncipes de la sangre. Sin embargo y casi por primera vez, el ambiente era tan hostil a la corona que los enemigos de esta aprovecharon para lanzar sus acusaciones y ataques, denunciando que las derrotas no habían sido naturales sin producidas por la incompetencia y especialmente la corrupción del entorno real. Sin esta corrupción se podría haber reunido un ejército mucho más grande que debería haber aplastado al principe de Inglaterra. Por supuesto estas acusaciones estaban muy alejadas de la realidad, como hemos visto anteriormente. Pero esta percepción se había extendido de forma masiva entre todo el tercer y gran parte del segundo estado. Unos por desconocimiento del estado real de las finanzas del estado y los otros siempre deseosos de adjudicar los problemas del reino a fallos de carácter moral.

El delfín Carlos, que sin duda había esperado unos estados generales tan preocupados por la situación militar como él mismo (en ese momento Francia directamente no tenía ningún ejército en campo, mientras que los ingleses prácticamente tres), tuvo una gran y sin duda inesperada sorpresa al ver que los representantes de los estados generales en vez de fondos, préstamos y derechos a recaudar impuestos adicionales le entregaban una lista de quejas y una descripción de cómo consideraban que la administración de su padre había fallado y engañado a los franceses, y, peor aún, una lista de reformas (incluyendo las destituciones o incluso juicios a varios funcionarios clave de la administración real) que consideraban necesarias para atajar esta corrupción antes de entregar ningún fondo. Mientras tanto el ejército del príncipe Negro (ya sin este, que había partido a Burdeos primero y luego a Inglaterra con su real prisionero para hacer una marcha triunfal al más puro estilo romano por las calles de Londres) había continuado sin oposición hacia el norte para conectar con los ingleses y los partidarios monfortistas en la guerra Bretona, para asediar una de las principales plazas de la casa de Blois en Rennes.

Totalmente sorprendido por la respuesta de los Estados Generales y de París, y teniendo sólo 18 años y ninguna experiencia política (aunque las circunstancias le harían aprender a marchas forzadas), el delfín sólo pudo contemporizar y finalmente suspender los estados generales cuando desde Burdeos llegaron instrucciones de su padre el rey de organizar una conferencia en Metz con el emperador de Alemania, buscando apoyos y alianza contra la amenaza inglesa, y apoyo financiero para pagar el rescate real. Un proyecto fantástico y totalmente alejado de la realidad, muy característico de Juan II, que no sólo no conseguiría nada con los alemanes, sino que además tendría el efecto de, una vez el delfín salió de París, provocar el estallido en rebelión abierta de los representantes de la ciudad. Sería la primera de muchas durante las siguientes décadas.

Los enemigos de la corona convocaron de nuevo a los estados generales, y encabezados por Etienne Marcel, provoste de los mercaderes de París y Robert Le Coq, obispo de Laón, se apoderaron de la ciudad ante la impotencia de Luis de Anjou, segundo hijo del rey y que con 17 años apenas podía hacer nada en contra más que protegerse a sí mismo, emprender una serie de proscripciones de funcionaros de la corona que juzgaban corruptos y responsables de las últimas derrotas y finalmente aprobar una hoja de reformas de la administración del estado. Mientras tanto, no sólo Rennes caía ante las tropas inglesas y monfortistas encabezadas por el muy capaz duque de Lancaster, sino que Carlos el Malo, el rey de Navarra que antes de la campaña de Poitiers había dado visos de volver a cambiar de chaqueta (y van...) había sido puesto bajo guardia en su castillo de Arleux, había escapado y se dirigía a París para ponerse de forma oportunista al frente de los enemigos de la corona.
 

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La interpretación de Sumption es que el problema aquí era que el conjunto de regiones francesas, al contrario que Inglaterra donde había una administración estilo post-carolingio, añadiendo un parlamento, etc, es que lo único que unía a Francia era la corona. Las diferentes regiones, con sus ciudades y grandes señores feudales cada uno de su padre y de su madre sólo podían hacer caso al rey y a sus enviados/funcionarios personales. Porque efectivamente no había nada que uniera, por ejemplo, la Picardía con el Rouergue. O Normandía con el Delfinado (que ni siquiera se consideraba territorio francés aún, sólo propiedad de la familia real, al igual que el condado de Borgoña, ya que de Iure pertenecía al Imperio).

Francia había tenido la inmensa suerte de que desde Felipe Augusto hasta Felipe el Hermoso (bueno, Felipe V el largo, su hijo, también, pero al igual que sus hermanos duró pocos años) había tenido una serie de reyes de 'bastante' competentes y de fuerte personalidad a 'muy' competentes y con una personalidad de hierro. Y los que no lo eran tanto no tuvieron que enfrentar una crisis de este tipo.

Sin embargo, Felipe VI de Valois era notablemente mediocre. Y Juan II un desastre. Sin embargo veréis que el ahora delfín Carlos consigue remontar la situación por tener dos dedos de frente (de hecho bastantes más)... para luego su hijo volver a tirarlo todo por la borda (en justicia, no por culpa suya sino por enfermedad mental, hasta que la pierde de hecho se rodea de los consejeros de su padre y a Francia le va bastante bien...).

Es curioso y significativo ver como en Inglaterra cuando un rey demuestra ser incompetente o contrario a los usos lo deponen/asesinan directamente (véase Eduardo II, Ricardo II y bastante luego ya Enrique VI), mientras que en Francia es absolutamente impensable, cuando Carlos VI pierde completamente la chaveta, es impensable ya no deponerlo sino siquiera poner un regente permanente a no ser que se demostrara que el rey estaba completamente out (y el problema de Carlos VI es que muy de tanto en tanto se volvía medianamente normal). Realmente es porque sin la legitimidad de la persona del rey, en Francia no podía funcionar nada a nivel estatal, mientras que Inglaterra era un estado por sí misma.
 

Lucius Sulla

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5. El caos se extiende. Las Jacqueries.

Carlos de Navarra entraba en París. Tras su último amago de traición a la corona francesa, se le habían confiscado la mayor parte de sus castillos en Normandía y en el condado de Evreux, más cerca del corazón mismo de Francia. Inmediatamente se unió a Etienne Marcel y a Robert Lecoq, usando la demagogia y los discursos públicos para unir su causa a los enemigos de la corona en París, con la apariencia de buscar la 'reforma' de las instituciones reales. El delfín Carlos, tras volver de Metz con las manos vacías se vió completamente acorralado en las nuevas reuniones de París, y Etienne Marcel empezó a armar cada vez más a sus partidarios para intimidar al delfín y a su entorno. Y viéndose más fuerte con un príncipe de sangre real como era el rey de Navarra, empezaron a exigir demandas fabulosas e irrealizables al indefenso gobierno del delfín Carlos. Indemnizaciones, renuncias del poder real. Y más.´

Mientras tanto, en Londres, el prisionero rey de Francia negociaba desesperadamente con Eduardo III de Inglaterra no sólo la cuantía de su rescate, sino también a qué regiones de Francia el monarca inglés tenía derecho y en que nivel de soberanía. Paradójicamente la intervención de Carlos de Navarra en París no le hizo ninguna gracia a Eduardo III. En estos momentos Eduardo necesitaba un gobierno francés lo suficientemente fuerte como para poder reunir el fabuloso rescate real que se estaba acordando pero también para asegurar sus derechos sobre Aquitania (ya no Guyena... sino todos los territorios del antiguo gran ducado de Leonor y Ricardo Corazón de León). Una de las primeras consecuencias de la intervención de Carlos de Navarra sería precisamente que Eduardo III renunciara a su reclamación sobre Normandía, debido a la gran cantidad de castillos de Carlos de Navarra en la región. Pero aquí se empezarían a ver las limitaciones del poder inglés sobre sus propios ejércitos en el campo. Carlos hizo llamar desde Navarra a su principal y mejor capitán, un duro vasco llamado Martín Henriquez, que junto a soldadesca vasco navarra no sólo ocuparía las fortalezas de Carlos en Normandía, sino que empezaría a atacar y ocupar el resto con ayuda de las compañías inglesas que estaban en la frontera de Bretaña con Normandía. Igualmente durante las negociaciones se pactó entre los dos reyes una tregua... completamente estéril y no observada. En la frontera de Guyena con Perigord y Languedoc se empezaron a descubrir las limitaciones del sistema de Routiers para la convenciencia inglesa. Estas bandas de mercenarios que ya plagaban completamente estas regiones francesas se acogían a la enseña inglesa, pero al no ser pagados por la corona, esta no tenía ningún control sobre ellos. Como resultado los routiers anglogascones, pero también bretones y pronto anglonavarros en Normandía ignoraban soberanamente cualquier intento de tregua entre las dos coronas para seguir saqueando provechosamente el país. Pero es que en este caso la tregua no fue ni observada por el ejército inglés en Bretaña, dirigido por el propio Enrique de Lancaster, alegando que ellos estaba ahí para defender los derechos monfortistas sobre el ducado y que eso no tenía nada que ver con el conflicto entre Francia e Inglatterra.

Pero las esperanzas de Eduardo III de tener un gobierno lo suficientemente fuerte en Francia para poder ver satisfechas sus demandas eran vanas. La autoridad real iba desapareciendo a pasos agigantados. El delfín Carlos y su hermano eran casi prisioneros en sus propios palacios, mientras Etienne Marcel y Robert Lecoq eran dueños y amos de la capital. Y Carlos de Navarra se iba poniendo nervioso, temiendo que el rey de Francia fuera liberado pronto y deshiciera todos los avances que estaba consiguiendo, situado como estaba en la cresta de la ola de los demagogos parisinos. Precipitándose como solía hacer con sus golpes de mano, las compañías navarras de Henriquez empezaron ya no sólo a apoderarse de fortalezas de la baja Normandía, sino que directamente empezaron a invadir el norte de la Isla de Francia. En esta situación el Delfín ya no tenía ni tesoro ni apenas guarniciones legales. No pudo ya ni evitar la convocatoria de Etienne Marcel de nuevos estados generales. Y para complicar la ya imposible tarea del Delfín, llegaron enviados de su padre desde Londres, exigiendo la primera parte del rescate y totalmente desconocedores del caos total que era ya el gobierno de Francia. El propio rey Juan II ignoraba, conscientemente o no, la situación de su propio y no paraba de exigir a su hijo acciones que le eran completamente imposibles. Y cuando por fin el Delfín intentó reunir a sus partidarios para organizar un retorno al poder en la capital, Etienne Marcel y una muchedumbre de parisinos invadieron el palacio y asesinaron delante del propio delfín a sus principales lugartenientes y funcionarios. En París ya se podía hablar de revolución abierta contra la autoridad real. Y con la revolución, toda la parafernalia habitual, con comités de ciudadanos usurpando las funciones de la corona en París, reuniones y proclamaciones públicas continuas... Finalmente el Delfín dio la situación en París como desesparada y huyó hacia el Champagne, una de las regiones que alarmadas por el cariz de los acontecimientos de París, había boicoteado los estados generales.

Esta vez rodeado de leales partidarios de la corona, por fin el Delfín pudo organizar unas tropas leales y empezar a asediar y retomar las fortalezas al sur de París. Esto provocó una oleado de linchamientos en París, y Etienne Marcel ya era un dictador de la ciudad a lo Savonarola a todos los efectos. Pero era el paroxismo de la desesperación. Ante los avances del Delfín, se arrojaron a los pies de Carlos el Malo y sus navarros. Pero para un alto noble como Carlos de Navarra, los parisinos nunca habían dejado de ser unos aliados de oportunidad, a los que abandonaría tras unos primeros éxitos pero ya las primeras dificultades, y sabiendo que la lealtad de sus navarros se basaba en el saqueo del norte de la región de la Isla de Francia. Y entre el caos y el saqueo del norte de Francia, bandas de campesinos y burgueses desposeídos por la guerra y sus impuestos excesivos, la confusión y los nuevos routiers navarros e ingleses, empezaron a surgir, haciéndose llamar los 'Jacques'. La 'Jacquerie' había empezado y con una violencia inusitada empezaron a asaltar los castillos de los nobles que apenas unos meses habían sido los amos de la región, asesinandoles con todas sus familias. Tras la inesperada oleada de violencia inicial, al igual que los demagogos de París tras los asesinatos de los partidarios del Delfín, los Jacques se dieron cuenta que dichos actos nunca iban a ser perdonados. El único camino para ambos era la huida hacia delante. Pronto las llamas de las ciudades y las fortalezas al norte de París destruidas por los Jacques empezarína a verse desde las mismas murallas de la ciudad.

Cuando Marcel Etienne se alió públicamente con la Jacquerie, incluso intentado extender el movimiento al sur de París, había firmado su propia condena de muerte. Quizás el mismo se diera cuenta que de esa forma iba a perder tanto los elementos moderados de París como al eterno chaquetero que era Carlos de Navarra. Pero como hemos comentado, ya sólo podía correr hacia delante. Parar era morir ante el delfín, que difícilmente podía olvidar la muerte de sus amigos personales ante sus propios pies, acuchillados por la multitud parisina. Y efectivamente Carlos de Navarra partió de París... directamente para enfrentar a la informe horda de la Jacquerie. Difícilmente podía hacer otra cosa, ya que habían empezado a amenazar sus propias fortalezas en Evreux y la frontera con Normandía. Con un par de acciones masacró completamente a los poco preparados campesinos, sus poco controlables huestes de navarros matando a todo campesino francés que se les pusiera por delante mientras continuaban el saqueo de la región, Jacques o no. En Picardia y En Champagne, apenas tocados realmente por la Jacquerie, los nobles empezaron a masacrar por puro temor y venganza. La revolución campesina había terminado en sangre y matanza. La ciudadana estaba a punto de terminar también. Etienne Marcel y Carlos de Navarra habían roto abiertamente por la matanza de los Jacques. Carlos intentó usar su último retazo de popularidad y por primera y última vez proclamó en París su derecho al trono de Francia. Pero era completamente inutil, tanto él como la guarnición navarra que había traído a París para ayudar a la defensa contra el Delfín acabarían expulsados de la capital. Tanto para Etienne Marcel como para Carlos de Navarra fue un desastre completo. El dictador de París perdía los únicos soldados reales y efectivos contra las fuerzas del Delfín que seguián avanzando desde el sur, y Carlos había sufrido un tremendo golpe a su reputación entre sus partidarios nobles por su alianza temporal con los revolucionarios de París.

Carlos de Navarra sólo pudo arrojar su suerte de nuevo con los ingleses. Y los ciudadanos de París, una vez vieron la cercanía de la furia del Delfín, volvieron de forma característica su furia contra los hombres que les habían encabezado. Etienne Marcel moriría por fin ante una de las mismas turbas que él mismo había encabezado y pronto todos sus más leales partidarios, sumariamente ejecutados por los partidarios del Delfín que habían conseguido sobrevivir la tormenta en la ciudad. El Delfín entraría por fin de nuevo en París, ejecutando al resto de los jefes de los 'comités secretos' de Marcel pero con una prudencia que empezaría a demostrar el tipo de rey que iba a ser, proclamando una amnistía al resto de la ciudad. Sólo quedaba el rey de Navarra, aposentado en el norte de la Isla de Francia e intentando esta vez sitiar el mismo París y negociar desesperadamente con Inglaterra para que apoyaran su reclamación del trono. Pero claramente era inútil. Eduardo III no sólo no podía reconocer al reclamación de Carlos sin perder la suya, sino que sin duda prefería una Francia cuyo rey ya tenía prisionero.