CAPÍTULO XX
“Dejad dormir a China...”
Bahía Whang, frente a la costa china, diciembre de 1840
Las barcazas y botes que transportaban al ejército se mecían en la marejadilla que agitaba las aguas. Salvo los gritos de algún soldado al que un compañero había vomitado encima, el mundo parecía envuelto en una extraña quietud. “Como dormido”, pensó Sebastián con un escalofrío. Bajo ese gigante adormecido que era China, sintió un estremecimiento, como los pulsos apagados de una respiración, dormida, sí, pero imponente. No pudo evitar recordar las palabras de Napoleón Bonaparte:
“Dejad dormir a China. El día que despierte, temblará el mundo".El joven se removió inquieto en el atestado banco de la lancha, preguntándose qué pintaba un muchacho de Madrid buscándole las cosquillas al imperio al que el mismo Napoleón había temido. Aunque lo cierto es que, hasta ahora, China no parecía querer abandonar los reinos de Morfeo. La marina imperial no había supuesto ningún quebradero de cabeza para la Real Armada. La artillería que montaban los enormes juncos de guerra era de calidad pero de poco calibre, y las embarcaciones, aunque indudablemente más adecuadas para aquellas aguas, eran demasiado endebles para sostener cualquier enfrentamiento prolongado con los costados erizados de cañones de cualquier flota occidental. Sebastián sentía compasión de los marinos chinos que debieran enfrentarse al poderío naval británico.
Batalla naval entre las flotas española y china (1).
Ahora era su turno, el de la sufrida infantería. El desembarco no debería ofrecer problemas. La noche anterior, la infantería de marina y un par de centenares de marineros se habían encargado de tomar las posiciones que dominaban la zona de desembarco, defendidas por una escasa y desprevenida guarnición. Debido a su reciente condecoración, a Sebastián lo habían trasladado al Estado Mayor del batallón como adjunto de su comandante, el coronel Andrade. Su antigua compañía la mandaba ahora un taciturno oficial de mediana edad, y aspecto feroz cuyo apellido era Ibarra. Allí estaba, gritando desde tierra a los primeros soldados que bajaban de las barcas, pero el viento se llevaba sus palabras.
El desembarco se llevó a cabo sin oposición de ningún tipo. La población civil los trataba con una mezcla de miedo y desprecio. Durante generaciones, desde que los primeros europeos llegaran a Catay, los habían considerado inferiores, geniecillos maliciosos, pero ahora que veían avanzar entre gritos los trenes de artillería tirados por caballos y las compactas columnas de uniformes azules, el recelo que siempre habían sentido por los demonios extranjeros se transformaba en más o menos abierta hostilidad. Las puertas de las casas se cerraban más frecuentemente a su paso por las calles de los pueblos a medida que avanzaban hacia el interior de la provincia de Tianjin.
El frente de la ofensiva se extendía por la zona costera que rodea Pekín y su punta de lanza recaía en el ejército comandado por Serrano, que había llegado a Manila en el mismo paquebote que las órdenes de invadir el gigante asiático. Sus tropas ocuparían la zona entre Tianjin y Pekín, mientras un segundo ejército cubría la retaguardia avanzando desde Jinan. El batallón de Sebastián se integraba en la división Astorga, la que había albergado a Blas Mazas tras la debacle cristina de Aranda. El capitán imaginó a su amigo, en su despacho de Zaragoza, y pensó que ojala estuviera a su lado, bromeando mientras caminaban. Pero en lugar de a su amigo y a sus soldados, tenía al estirado coronel Andrade y al general Serrano, que se empeñó en comer con él para felicitarle por su Cruz Laureada.
El General Francisco Serrano y Domínguez.
Parte de la pólvora para los cañones se había echado a perder durante el viaje, así que una de las primeras tareas de intendencia a las que se enfrentó el ejército nada más desembarcar, fue el desvalijamiento de los almacenes portuarios donde se guardaba pólvora de excelente calidad. Curiosamente, la mejor pólvora para la artillería, la encontraron no en los arsenales sino en las tiendas de los comerciantes; se trataba de granos limpios teñidos de brillantes colores. Cuando los artilleros, desconfiando de los extraños polvos, hicieron las primeras pruebas en los cañones, quedaron asombrados por el alcance de los disparos, y por el cegador fogonazo verde que escupió la boca del arma, aunque algo asustados por lo violento de la sacudida, ya que temieron que las ánimas de las piezas se rajaran.
Los soldados atravesaron la llanura en dirección a Pekín sin encontrar resistencia, siguiendo el camino principal que se adentraba en el inmenso corazón de China. Los bosques se alternaban con los vastos arrozales y la región estaba densamente poblada: gran parte de la población del Celeste Imperio vivía en aquella parte del país.
Días después tuvieron el primer encuentro serio con los asiáticos. Una división, formada en su mayoría por campesinos asustadizos, se enfrentó a los baqueteados españoles en campo abierto. A media tarde, más de seis mil chinos huían despavoridos o se retiraban como buenamente podían, dejando en el campo más de tres mil compañeros muertos, heridos o prisioneros de los demonios extranjeros, a cambio de muy pocas bajas entre los invasores. No encontraron más resistencia en toda la provincia, Tianjin capituló en cuanto los cuarenta y cinco mil hombres acamparon ante sus murallas y Serrano instaló una pequeña guarnición en la ciudad antes de continuar la marcha hacia Pekín. Parecía ansioso por entrar cuanto antes en la Ciudad Prohibida y sometió al ejército a extenuantes jornadas de caminata de sol a sol.
A lo largo de enero, a medida que se aproximaban a la capital, empezaron a sufrir un duro desgaste. Algunos destacamentos enviados a por víveres volvían de los pueblos diezmados tras el ataque de guerrilleros... cuando volvían. Serrano montaba en cólera y se presentaba en el pueblo con las tropas, hacía algunos fusilamientos arbitrarios y en ocasiones dejaba una guarnición, además de saquear todas las provisiones, antes de reemprender la marcha forzada con un ejército cada vez un poco más pequeño y más desmoralizado.
Mientras supervisaba el montaje de las tiendas del campamento, unos gritos atrajeron la atención de Sebastián. Los batidores volvían a galope, gesticulando. El coronel Andrade cabalgó hacia ellos y él lo siguió en el pequeño caballo mongol que se había apropiado después de que su superior le dijera que no era de recibo para un oficial de Estado Mayor marchar a pie.
-¡Unos diez mil chinos avanzan por la llanura, al otro lado de esos bosques!- dijo uno de los exploradores refrenando su montura a la altura de los oficiales. El caballo resoplaba con fuerza por los ollares y estaba cubierto de sudor, como su jadeante jinete-. Tropa regular de infantería... A cerca de un día de distancia.
-¿Qué ocurre? -tras ellos escucharon la voz apremiante del general que se acercaba a lomos de un airoso corcel. Serrano interrogó bruscamente a los batidores mientras su Estado Mayor llegaba trotando. Ordenó levantar el campamento para atacar a los chinos antes de que lo esperaran pero, por una vez sus oficiales lograron convencerle de optar por la prudencia. Miró a su alrededor, dubitativo, y vio los rostros cansados que dirigían sus ojos inexpresivos al grupo de hombres a caballo. Mascullando una maldición, canceló la orden y se retiró con el ceño fruncido hacia su tienda.
Poco antes del toque de diana, con el Sol aún oculto tras el horizonte, los centinelas dieron la alarma casi al mismo tiempo que los disparos. La enorme extensión del campamento se agitó en un pandemonium de gritos y carreras, mientras los soldados se armaban a toda prisa. Serrano salió de la tienda en camisa, empuñando un sable y una pistola, seguido por su asistente, que le llevaba los pantalones. Entre el desconcierto general, las unidades empezaron a reagruparse y a enterarse de lo que pasaba. Seguramente los chinos habían marchado durante toda la noche para atacarlos por sorpresa, y ahora se adentraban en el campamento, acorralando a los grupos más pequeños de españoles, prendiendo fuego a las tiendas y aumentando el caos. A la luz rojiza de las llamas era difícil distinguir a amigos de enemigos en medio de la refriega.
Soldados chinos manejando un
taiqiang o mosquete largo.
Hasta mediodía no empezó a imponerse la superioridad técnica y numérica de los europeos, pero los chinos siguieron aguantando durante horas y sólo al atardecer empezaron a retroceder ordenadamente, luchando por cada palmo de tierra, y retirándose finalmente con la mitad de sus hombres muertos. No obstante el castigo infligido a los demonios extranjeros había sido enorme; más de tres mil bajas entre muertos y heridos. Serrano montó en cólera con sus oficiales y destituyó a su jefe del Estado Mayor.
El avance hacia Pekín se hacía cada vez más penoso para los españoles, acosados por lo que quedaba de los chinos a los que habían derrotado, sometidos a emboscadas y ataques parciales, detenidos durante días en pueblos hostiles, donde cada plato de arroz se les antojaba una trampa mortal. Tardaron casi un mes en llegar a las cercanías de la ciudad imperial y poner cerco a la plaza, pero el aprovisionamiento era tan difícil que Sebastián no sabía decir si los españoles eran los sitiadores o los sitiados. Un día de finales de febrero, mientras varias unidades, incluido el batallón de Sebastián dirigían un ataque sobre uno de los arrabales de la capital, donde se habían atrincherado sus habitantes junto a retazos del ejército imperial, defendiéndose tenazmente, una gran formación de caballería apareció de sabía Dios dónde por su retaguardia y desbarató las formaciones que se intentaban organizar a toda prisa. En su ímpetu alcanzaron las posiciones de la artillería de campo que escupía sus lenguas multicolores de fuego de artificio sobre los muros de Pekín, haciendo muchos muertos entre sus dotaciones e inutilizando no pocas piezas. Pero una vez perdida la fuerza de la carga, los pocos cientos de paisanos armados a pie que seguían a los jinetes no pudieron llegar a tiempo para apoyarlos y tuvieron que ver cómo muchos desaparecían derribados por los españoles. Los que pudieron abrirse paso prendieron fuego a algunas tiendas, donde explotaron varios barriles de pólvora, desatando un auténtico infierno. Los chinos se retiraron al galope hacia la ciudad, dejando tras ellos un caos de fuego y sangre.
Todo ocurrió tan rápido que, cuando los batallones que atacaban la periferia de Pekín, llegaron en auxilio del ejército, abandonando las pocas posiciones que habían conseguido tomar, lo único que pudieron hacer fue ayudar a los heridos y recoger cadáveres, más de un millar entre los dos bandos. Además, habían perdido cañones y gran cantidad de municiones, pólvora y suministros de todo tipo, por si no eran ya bastante escasos.
Durante las semanas siguientes, se sucedieron avances y retrocesos que se saldaban con auténticas carnicerías de chinos y europeos, mientras lo que quedaba de la caballería imperial hostigaba las cuadrillas de avituallamiento. Por si fuera poco para el furibundo humor de Serrano, llegaban noticias del norte, de la provincia de Tangshan, donde el enemigo había reunido un gran ejército con la intención de romper el cerco de la capital. El general había mandado varios mensajeros que galoparan a matacaballo hasta las posiciones del Ejército del Sur para reclamar su apoyo pero nadie sabía si llegarían a tiempo a su destino o siquiera si llegarían.
A mediados de marzo, Serrano pareció perder totalmente el juicio: ante la proximidad del gran contingente chino, que los superaba en número, y la incertidumbre sobre el paradero del Ejército del Sur, el general decidió tomar una medida desesperada y lanzar un asalto total contra Pekín. Sebastián asistió a la reunión de la plana mayor en calidad de asistente del general de su división. Mientras permanecía de pie en un extremo de la tienda, escuchó en silencio la conversación de los jefes, que se inclinaban sobre la mesa de mapas.
-Atacaremos desde todos los flancos, concentrándonos especialmente aquí y aquí...
-Pero, señor general, no podemos someter a los soldados a un esfuerzo semejante, los chinos están muy bien atrincherados y nuestros hombres están más hambrientos que los sitiados. No puede usted pretender...
-¡Lo que no podemos hacer es esperar, maldita sea! -exclamó Serrano, rojo de ira. Detestaba ser interrumpido y el estado de la campaña no ayudaba a atemperar su carácter.
-¡Piénselo, don Francisco! El Ejército del Sur estará al caer. No puede mandar al asalto, de la noche a la mañana, a un ejército de soldados famélicos...
-¡Si seguimos esperando lo que mandaré será un ejército de soldados muertos! -gritó dando un puñetazo en la mesa. El otro oficial retrocedió un paso pero otro de los generales le plantó cara:
-¡Está usted loco, Serrano! Si ataca, tendrá veinte mil cuerpos tendidos sobre el campo antes de la cena.
-¡Váyase al cuerno, Fernández! ¡Cenaremos en la Ciudad Prohibida o en el maldito Infierno! Si alguno de ustedes no está de acuerdo que se marche. No quiero cobardes en mi tienda.
Paseó una mirada incendiaria entre los presentes. Varios apretaron los puños y protestaron entre dientes pero ninguno abandonó el lugar. La alusión de Serrano a su honor no les dejaba otra salida que quedarse.
-Bien, volvamos al plan...
Situación de la campaña entre febrero y marzo. El Ejército del Norte sitia Pekín y el Ejército del Sur permanece en Tianjin. Mientras, por el norte y por el sur, miles de chinos avanzan para aplastar a los españoles.
Al día siguiente dieron comienzo los preparativos: se hizo acopio de las municiones y pertrechos que quedaban para armar correctamente a las tropas, se repartió una generosa ración de los alimentos que habían ido saqueando y Serrano les dirigió una grandilocuente arenga. Uno de las mensajeros que debían contactar con el Ejército del Sur volvió con la noticia de que un ingente número de chinos se agrupaba al sur de Tiamjin, con la evidente intención de atrapar a todos los españoles entre dos fuegos en cuanto éstos se unieran. Pero como tampoco podían dejar solos a lo del norte, mandarían un par de divisiones hacia Pekín mientras el resto mantenía abierta la vía de retirada por Tianjin hasta el mar. Serrano no estaba dispuesto a retirarse después de haber amonestado a sus generales por mostrar tibieza ante la idea del ataque pero temía que el ejército enemigo del norte estuviera allí antes que los refuerzos, así que continuó con su plan de conquistar la plaza y atrincherarse dentro hasta que llegaran los chinos o los españoles, lo que antes sucediera. Dos días después, al amanecer, los casi cuarenta mil hombres a su mando estaban listos.
Sebastián observó el avance desde el cuartel general de la división Astorga, en una casa parcialmente derruida, con un anteojo prestado. La cosa no parecía ir mal, los pocos cañones que quedaban abrieron brecha en las fortificaciones más débiles y varias columnas bien nutridas marchaban a paso ligero internándose por distintos puntos en la capital imperial. Recibían mucho fuego, la precipitación del ataque no había permitido construir caminos cubiertos ni defensas similares, pero en cuanto alcanzaban la protección de los edificios y conseguían hacerse fuertes en alguno podían cubrir el avance de sus compañeros. Los tejados y las nubes de humo no dejaban a Sebastián ver nada del combate que se desarrollaba allí, pero podía oír las descargas de fusilería y los gritos de los heridos.”Maldición” pensó “¿Cómo quieren que desde aquí se dirija el combate se no se ve lo que pasa?”. Convenció al coronel Andrade de que el Estado Mayor contaba con efectivos sobrados para lo que había que hacer allí (excusó decir “nada”) y cabalgó hacia su sector prometiendo volver inmediatamente para informar a su superior.
Distinguió la espalda de uno de sus tenientes, apoyado contra una pared pero cuando le puso la mano en el hombro para preguntarle cómo estaba la situación se desplomó muerto con la cara destrozada por un disparo. Otros hombres de su antigua compañía yacían por tierra; el caballo piafaba nervioso por el olor de la sangre y los sonidos de la guerra, así que el oficial desmontó y entró en una casa desde la que unos cuantos hombres disparaban contra la vivienda de enfrente.
-¡Mi capitán, qué alegría que nos visite! -dijo Jiménez sin dejar de cargar su arma- Lamento no poder ofrecerle un refrigerio- se asomó a la ventana y disparó, cubriéndose justo cuando una bala rebotaba en el alféizar. Continuó, ahora con gesto serio-. Estamos aislados aquí, el teniente salió a ver dónde estaba Ibarra pero no ha vuelto.
-El teniente está muerto y no hay ni rastro de Ibarra- contestó Sebastián-.Pero creo que la tercera compañía está en fuego al otro extremo de la calle. Salgamos de aquí.
-Ya sabía yo que se cansaría de dorarle la píldora al sieso del coronel -comentó el gaditano a un compañero en voz baja. Sebastián impuso silencio y mientras una docena de hombres se turnaban cubriendo la ventana, salió con los demás, armados de granadas de mano, corriendo hasta la misma pared de la casa desde la que les disparaban. Arrojaron las bombas y tras la explosión, entraron a bayoneta calada, envueltos en polvo y humo. Casi veinte chinos estaban tendidos, muertos o heridos entre sangre y escombros.
Sebastián se olvidó del Estado Mayor y de su misión de mensajero y guió a sus hombres calle arriba. Allí estaban los de la tercera compañía, intentando asaltar las murallas de la ciudad, trepando a los tajados de las casas. Allí estaba también Ibarra, con el resto de sus soldados. Cuando uno de ellos se encaramó a las almenas y miró a su alrededor, se quedó quieto, con la vista clavada más allá de las casas.
-¡Los chinos, el ejérci...! -no pudo terminar el aviso porque un tiro le reventó el cráneo, esparciendo sus sesos por el muro, y cayó al suelo. Los que subían tras él pudieron ver los escuadrones de caballería y los cuadros de infantes que ocupaban una enorme extensión. El comandante que dirigía el asalto ordenó retroceder para reagruparse con el regimiento y los defensores, viéndolos vacilar, saltaron tras ellos. Escenas similares se repetían por toda la ciudad. Cuando el oficial vio a Sebastián lo reconoció y le ordenó volver a informar inmediatamente.
Soldados españoles heridos durante el combate (2).
Mientras buscaba un caballo para volver al Estado Mayor, se cruzó con mareas de uniformes azules que abandonaban la refriega, en otros puntos todavía se combatía con furia. Se apartó justo a tiempo para evitar un caldero de agua hirviendo que lanzaron sobre él; miró arriba y vio desaparecer tras la ventana el rostro de una muchacha. Cuando llegó a las afueras, donde deberían estar los puestos avanzados del ejército español, sólo encontró un caos causado por las avanzadas de a caballo del ejército chino, que barrían la retaguardia. Muchos traían a la grupa infantes, que desmontaban y se agrupaban en guerrillas que se distribuían para cercar a los grupos incomunicados de españoles. Un caballo corría desbocado con su jinete muerto todavía agarrado al cuello; Sebastián detuvo a la bestia y montó. Mientras cabalgaba hacia el cuartel general, un chino se acercó galopando hacia él empuñando una espada pero lo mató de un pistoletazo. La casa medio destruida donde estaba la gente de su división se encontraba rodeada. Miró a su alrededor y gritó a los hombres que corrían despavoridos. Sólo unos pocos le hicieron caso; no conocía a ninguno de ellos pero, dejando el caballo, se acercó sigilosamente a la escombrera en que se había convertido la casa de al lado y los colocó en arco entre las vigas quemadas y los cascotes, listos para dar dos descargas cerradas y recuperar la casa.
-¡Fuego! -ordenó. Mientras se disipaba el humo, los que habían disparado calaron bayonetas y cuando pudieron ver los estragos de la ráfaga, el resto disparó sus armas. En unos segundos, acabaron con toda la resistencia y entraron en el edificio donde se refugiaban los altos oficiales, y con ellos el mismo general Serrano al que el ataque sorprendió en plena ronda de inspección de los frentes.
-¡Sí, sí, por todos los diablos! ¡Nos retiramos! -decía furioso a uno de los generales mientras Sebastián lo ayudaba a salir; tenía un vendaje ensangrentado en torno a la frente y su hermoso uniforme estaba cubierto de polvo pero parecía encontrarse en buen estado porque rechazó su mano y salió él solo.
Entretanto, los oficiales parecían haber puesto algo de orden en las filas y muchas unidades se replegaban con cierta marcialidad. Además los enemigos, más de cincuenta mil efectivos, parecían más concentrados en asegurar de nuevo el control de Pekín y dedicaban relativamente pocas tropas y esfuerzos a perseguir a los que huían.
El repliegue fue penoso y muchos heridos quedaron por el camino ante las emboscadas y la hostilidad de los civiles. Por suerte, los refuerzos enviados desde el Ejército del Sur los encontraron a tiempo y gracias a ellos no se perdieron muchas más vidas. Pero la derrota había sido clamorosa: más de diez mil soldados habían caído muertos, heridos o prisioneros en la ciudad o durante la huida hasta llegar a donde estaba la flota. El dragón chino había despertado y había vencido al león hispano que se retiraba con el rabo entre las piernas para lamerse sus heridas. Pekín tendría que esperar.
_________________
(1) Esta pintura representa un combate de juncos chinos contra barcos ingleses en la Primera Guerr del Opio (1839-1842).
(2) Este grabado, al igual que el del general Serrano, data de la época de la Primera Guerra Carlista (este de 1835 y el retrato de 1839). Ambos están extraidos, como viene siendo costumbre, del álbum de la
Diputación de Guipuzkoa