SEXTO SUEÑO: PLANTEAMIENTO
“Dulces son las aplicaciones de la adversidad”.
Una vez más estaba condenado a intentar la tarea de defender el vado de Duffer. Esta vez tenía 22 lecciones en mi bolsillo para ayudarme, y en el olvido de mi sueño me libré de la sensación de monotonía que posiblemente tenga usted ahora, “gentil lector”.
Depués de enviar las patrullas, y de situar una guardia en la colina “Tener Cuidado”, como ya he decrito, y mientras se reunían las provisiones, reflexioné profundamente sobre qué posición debía elegir, y caminé hacia la cima de “Tener Cuidado” para observar el terreno. En lo alto encontré el “kraal” Kaffir, que ví que podía ayudarme como ocultación si decidía ocupar esta colina. Esto me atraía mucho, pero después de unos pocos minutos de comprobar la forma del terreno, con la ayuda de algunos hombres deambulando en la parte baja, y mis ojos un poco por encima del ras del suelo, encontré que su convexidad era tal que, para ver y disparar sobre el vado y su acceso en el lado Sur, debía abandonar la cima de la colina, y por tanto la benefactora ocultación de las cabañas Kaffir, y ocupar una posición en la ladera desnuda algo más abajo. Esto era, por supuesto, bastante factible, especialmente si mantenía también una posición en lo alto de la colina, cerca de las cabañas en el lado Este y Sudeste; pero como sería imposible en la práctica ocultarnos en la ladera pelada, significaba dejar de lado la idea de sorprender al enemigo, cosa que quería hacer. Debía por tanto encontrar otro lugar que facilitara una fácil y buena ocultación, y también que tuviera bajo fuego cercano el vado o sus accesos. ¿Pero dónde encontrar un lugar así?
Mientras meditaba profundamente, sobre este espinoso problema, una idea se deslizó lentamente en mi mente, que inmediatamente descarté como absurda y fuera de lugar. ¡Esta idea consistía en ocupar el lecho del río y sus bancales a ambos lados del vado!. Olvidarse de toda idea de “dominio” y, en vez de buscar el terreno alto más próximo, que le viene al estudiante de táctica de un modo tan natural como a una ardilla el correr hacia un árbol, ocupar el terreno más bajo, aún cuando éste estuviera entre una espesa vegetación en lugar de tranquilamente al descubierto.
No, era absolutamente revolucionario, y contra toda regla que hubiera leído o de la que hubiera tenido noticias; era evidentemente el capricho de un cerebro sumamente preocupado y agotado por el esfuerzo. No haría nada de eso, y alejé firmemente de mí ese pensamiento. Pero cuanto más trataba de convencerme de lo absurdo de la idea, más se apoderaba de mí. Cuanto más decía que era imposible, más atractivos se presentaban ante mis ojos en su favor, hasta que todas y cada una de mis objeciones se enmarañaron y perdieron valor en una red de argumentos sobre las ventajas de la propuesta.
Me resistí, luché, pero finalmente caí a la tentación, vestida con el impecable atuendo de la razón. Ocuparía el lecho del río.
Las ventajas que por tanto esperaba obtener eran:
1. Perfecta ocultación de las vistas.
2. Trincheras y protección contra ambos: fuego de fusil y de artillería, estaban prácticamente terminadas.
3. Comunicaciones bajo una buena cubierta.
4. El enemigo estaría en el “veld” abierto excepto a lo largo del lecho del río. donde nosotros, estando en posición primero, estaríamos todavía en ventaja.
5. Agua en grandes cantidades a mano.
En verdad que había algunos animales muertos cerca del vado, y que el aire corrompido parecía flotar sobre el lecho del río, pero los restos podrían ser rápidamente enterrados en los bancales empinados y, después de todo, no se puede esperar tener todos los lujos. (Ver mapa)
Habiendo destacado las patrullas, dí las instrucciones para el trabajo, que comenzó rápidamente. Al cabo de unas dos horas las patrullas había regresado con los prisioneros, a los que se les trató y organizó como anteriormente.
Para la posición en la colina “Tener Cuidado”, la idea era que las trincheras deberían de ocultarse de un modo muy parecido al ya descrito en el último sueño, pero se debería tener un gran cuidado en que ninguno del destacamento estuviese expuesto al fuego desde nuestra posición principal en el río. No quería que el fuego del grueso estuviese de ningún modo mediatizado por el miedo a alcanzar a los hombre de “Tener Cuidado”, especialmente a la noche. Sabiendo que no era posible alcanzarlos, podríamos disparar libremente por toda la colina. Este destacamento iba a tener el doble de botellas de agua, además de todos los recipientes disponibles y recogidos en el “kraal”, llenos de agua en previsión de una lucha prolongada.
La idea general para la posición defensiva principal era ocupar y mantener ambas orillas del río, mejorando y convirtiendo los bancales empinados y grietas existentes en pozos de tirador con capacidad desde uno a cuatro hombres. Esto podría hacerse, con muy poco trabajo, para proporcionar cubierta desde todas las direcciones. Como un gran volumen de trabajo estaba ya hecho, nos fue posible cavar muchos más de esos pozos de tirador que los extrictamente necesarios para nuestro grupo. Ramales de conexión entre estos pozos tenían que ser preparados en los bancales, de modo que pudiéramos cambiar desde una posición a la siguiente. Además, la ventaja que nos proporcionaría el poder movernos así, de acuerdo a nuestras necesidades para hacer fuego, significaba también que probablemente sería posible confundir al enemigo sobre nuestra entidad que, mediante el empleo de esa táctica de movimiento, al menos por un tiempo, podría exagerar notablemente. Los pozos de tirador para hacer fuego hacia el Norte y el Sur estaban prácticamente dispuestos para permitir a los ocupantes disparar a ras del suelo sobre el “veld”. Estaban bien situados entre los matorrales, con sólo los matojos necesarios para permitir a un hombre ver todo alrededor, sin delatar la ubicación de su trinchera. En cada orilla del río, en el borde del vado, había algunos montones de tierra, procedente de la excavación de la rampa de la carretera. Estos sobresalían cinco o seis pies sobre el nivel medio del suelo, y eran de un aspecto tan abrupto como el de los bancales. Estos montones eran suficientemente grandes para permitir que se hiciese en ellos algunos pozos, que tenían la ventaja extra de la altura. En algunos de los pozos, para proporcionar cobertura “de cabeza”, se construyeron aspilleras de sacos terreros, aunque en la mayoría de los casos no era necesario, debido a la ocultación proporcionada por los matorrales. Encontré necesario examinar personalmente cada pozo, y corregir personalmente los numerosos errores cometidos en su preparación. Alguno tenía los sacos terreros limpios y nuevos perfectamente a la vista, por tando sirviendo como “meros sepulcros” a sus ocupantes, otros eran igualmente llamativos por su apariencia, otros no eran a prueba de balas, mientras que otros, otra vez, permitirían hacer fuego sólo en una dirección, o al suelo en un alcance de pocos metros, o hacia el cielo. Mientras corregía todos estos defectos pensé que las aspilleras no hechas bajo supervisión podría resultar más bien una trampa.
El resultado fue, en cuanto a ocultación, espléndido. Desde estos pozos con nuestras cabezas a ras del suelo podíamos ver con bastante claridad todo el “veld”, bien desde la parte más espesa de los matorrales o incluso a través de los que estaban cerca de nuestros ojos. Desde campo abierto, por otro lado, éramos bastante invisibles, incluso a una distancia de unos 300 metros, y aún sería más si tuviéramos “las barbas de los hermanos holandeses”. Era bastante evidente para mí que estas barbas eran una “precaución inteligente de la naturaleza para este propósito”, y parte de su esquema universal de “protección mimética”.
Los numerosos pequeños barrancos y grietas facilitaban el fuego de flanco, y en muchos sitios los bancales verticales no requerían ningua preparación para proporcionar una protección ideal incluso contra artillería. En otros, los lados de zigzagueantes cursos de agua tenían que ser excavados sólo un poco, o prepararse una base para ponerse de pie encima.
En uno de estos barrancos más profundos, se levantaron dos tiendas para las mujeres y los niños, que estando bajo el nivel del suelo eran bastante invisibles, y se prepararon pequeñas cuevas para ellos en caso de bombardeo. La posición se extendía unos 150 metros a lo largo de ambos bancales del río, y en sus extremos, por donde un ataque sería más temible, se excavaron pozos bancal abajo y cruzando el lecho del río. Estos igualmente se ocultaron tan bien como fue posible. Los flancos o extremos eran, por supuesto, nuestra mayor amenaza, ya que era desde aquí desde donde podríamos esperar ser asaltados, y no desde el “veld” abierto. Estuve indeciso por un tiempo sobre si limpiar o no el campo de tiro a lo largo de los bancales del río, ya que no quería delatar nuestra presencia por causa de una sospechosa “desnudez” de los bancales en cada extremo de nuestra posición. Finalmente decidí, para que esto no ocurriese, limpiar la maleza a la mayor distancia posible desde los extremos de nuestra posición, por todos lados bajo el nivel del suelo, y también a ras del suelo, excepto un buen saliente justo en los extremos de los bancales. Pensé que este saliente sería suficiente para ocultar “la limpieza” a cualquiera que no estuviese muy cerca. Ahora bendije al hombre que nos había dejado algunas herramientas de corte. Mientras todo esto se estaba llevando a cabo, conté pasos y jaloné distancias hacia el Norte y hacia el Sur, marcándolas con algunas latas vacías colocadas sobre termiteros, etc.
Al anochecer, teníamos casi todos los pozos terminados y algo de la limpieza de campos de tiro, las tiendas y material ocultos, raciones y munición distribuida, y órdenes impartidas para caso de un ataque. Como no podía estar en todas partes, tuve que confiar en que los grupos de hombres desplegados, de antemano tuviesen un completo entendimiento de mis objetivos y en que “actuaran con independencia”. Para evitar que nuestra oportunidad de una salva a corta distancia sobre el enemigo se malograse por causa de un exceso de celo o nerviosismo de un hombre que disparase a larga distancia, dí órdenes sobre que el fuego iba a contenerse el mayor tiempo posible, y que ningún hombre iba a hacer un disparo hasta que el tiroteo empezase en algún otro lado ( lo que suena bastante irlandés
1 ), o hiciera sonar mi silbato. Esto debía ser así a no ser que el enemigo estuviera tan cerca de uno que el mantenimiento del silencio por más tiempo fuera inútil. Al comenzar el fuego, cada hombre tenía que seguir disparando a todo enemigo dentro de su alcance ayudado por las marcas de distancia. Finalmente nos retiramos a nuestros pozos para la noche con cierta satisfacción, disponiendo cada ocho hombres su propio centinela.
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1: Para el autor “irlandés” tiene connotación de simpleza.