Istoria Basileon Romaion
o de Trafalgar Square a Alejandría
CAPÍTULO 1
4 de mayo de 1795
Londres, cerca de Haymarket
Mientras el carruaje se esforzaba por rodar sin demasiados baches por las calles de Londres, Thomas Young seguía pensando en el manuscrito griego; al fin y al cabo lord Singleton no era ningún jovenzuelo al que cualquier mercader le pudiera engañar. Sus conocimientos de historia y arqueología eran profundos y hasta la fecha no sólo no le había enviado ninguna falsificación, sino que todos sus paquetes contenían siempre documentos y obras de la mayor calidad.
Fuera como fuese ya estaban delante del King's Theater en Haymarket y Thomas tuvo que abandonar sus pensamientos. Ahí estaba la flor y la nata de la aristocracia británica. Afortunadamente vio en una esquina algunos de sus colegas de la Royal Society y se dirigió hacia ellos intentando evitar cualquier mirada conocida y quedar irremisiblemente atrapado en alguna conversación banal.
El King's Theater en Haymarket
Sir Joseph Banks, el presidente de la Society, le saludó efusivamente:
- ¡Thomas! ya pensaba que no iba a aparecer. Muy interesante su última comunicación, pero me cuesta creer que Newton estuviera equivocado. No sé si...
- Quizá ya va siendo hora de aceptar que Newton no lo sabía todo -interrumpió Thomas- además, si los franceses pueden cortar la cabeza a su rey, nosotros podemos hacer lo mismo con sir Isaac.
- ¡Ssshhh! no lo diga muy alto. En este país Newton es casi tan sagrado como la familia real -replicó, con un fuerte acento alemán, su colega naturalista Georg Friderich Kaisser, bromeando.
- ¡Bah! Mis experimentos demuestran sin duda que la luz se comporta como una onda, los corpúsculos de luz de Newton no existen. Estoy refinando un experimento para hacer una demostración en una de las próximas reuniones de la Society.
- Estoy impaciente por verlo. Por cierto, me he permitido la libertad de traerle una carta que ha llegado a la Royal Society a su nombre; viene de España, un tal Fernando... Fernando... -Kaisser intentaba recordar el apellido mientras rebuscaba en sus bolsillos.
-
Francisco Bargrón -le corrigió Young- un prometedor joven que, como yo mismo, está estudiando los entresijos de la escritura jeroglífica.
- Todo esto es muy interesante, pero creo que deberíamos ir tomando asiento, señores. -les advirtió sir Banks.
Efectivamente el concierto estaba a punto de comenzar y Thomas tuvo que guardar la carta y dirigirse a su asiento. El gran Haydn parecía más viejo y cansado que en su última visita a Londres, pero su fuerza musical no había disminuido en lo más mínimo. Su nueva sinfonía compuesta para la ocasión, por su plenitud, riqueza y majestuosidad podía superar cualquier otra de sus composiciones y seguramente sería difícil igualarla en los próximos años.
Acabado el concierto el joven Young se despidió rápidamente de sus colegas y llamó a su cochero; quería volver rápidamente a su casa y encerrarse en su estudio con los "regalos" de lord Singleton; el manuscrito griego le intrigaba cada vez más. Durante el recorrido hasta Jermyn St abrió la carta de don Bargrón:
Apreciado colega,
He encontrado extraordinariamente clarificador su último trabajo sobre la escritura de los antiguos egipcios. Su idea de que un signo no pueda representar exclusivamente un concepto o idea, sino también un sonido o incluso una combinación de sonidos, me parece extraordinaria. Sin embargo, consultando la extensa obra de nuestro ilustre predecesor en los misterios de la lengua egipcia, el malogrado conde Folc de Cardona, creo que usted ha identificado de forma incorrecta los siguientes símbolos o figuras ...
- ¡Bah! qué sabrá este jovenzuelo -dijo Young a nadie en concreto, pero en realidad pensando que quizá el joven asturiano y el viejo erudito catalán tuvieran más razón de la que él estaba dispuesto a reconocer.
Al llegar a casa ordenó a Baldric que le preparara una cena rápida y se dirigió al estudio. Sabía perfectamente que debía preparar sus experimentos de óptica, que debía retomar sus estudios sobre la escritura egipcia, pero sin embargo la curiosidad por el manuscrito ganó la batalla. Decidió dedicarle unas horas; si su viejo amigo Singleton se lo había enviado algo debía tener.
El manuscrito parecía una historia general del imperio bizantino que empezaba con Constantino el Grande y llegaba, sorprendentemente, hasta 1512. Young pasaba las hojas adelante y atrás y cuanto más lo leía más extraño le parecía. Aunque todos los hechos a partir de cierto momento eran absurdo, mantenían una extraordinaria coherencia interna. Con interés buscó el fatídico 1453 y lo único que encontró fue la narración de un año anodino aderezado con algunas intrigas palaciegas muy al estilo bizantino. Pero ¿qué falsificador gastaría tanto esfuerzo en mantener la coherencia de un texto tan manifiestamente falso? tanto que cualquier persona mínimamanete instruida lo detectaría con tan sólo hojear una página.
A medida que iba retrocediendo en el tiempo los hechos iban pareciendo cada vez más familiares, aunque las referencias a los estados cruzados eran absolutamente confusas. De hecho los años más lejanos parecían totalmente correctos: las invasiones árabes, Justiniano, la crisis iconoclasta, los grandes emperadores macedónicos, incluso la primera cruzada. Pero a partir de ese momento todo se volvía extrañamente inquietante; nombres familiares en entornos extraños, situaciones vagamente parecidas a la historia real pero con cambios significativamente profundos. Y lo más sorprendente: todo encajaba de forma exquisita y varias referencias en el texto sólo podían apuntar a su completa autenticidad. Antes de quedarse dormido encima de la mesa, consiguió determinar que las aparentes fantasías históricas empezaban alrededor del reinado de Manuel Comneno.