14. El deporte nacional por excelencia.
4. Extranjeros, amos de España
Las empresas extranjeras comenzaron a interesarse por España a partir del segundo tercio del siglo XIX. Primero fue a través de las minas, con la Real Compañía Asutirana de Mina, en 1834, de capital belga. En 1866 sigió la Tharsis Sulphur; en 1870, los Rothschild se adueñaron del mercurio de Almadén y ese mismo año se vendió Riotinto a los ingleses y, en 1881, Peñarroya a los franceses.
En 17 de noviembre de 1853 un real decreto dispuso que "los extranjeros pueden adquirir y poseer inmuebles, ejercer las industrias y tomar parte en todas las empresas que no estén reservadas a los españoles". Pero más cachonda era la ley de 4 de diciembre de 1855 que dictaba que el territorio español "es un asilo inviolable para todos los extranjeros y sus propiedades", que no podrán ser confiscadas ni aún en el caso de hallarse España en guerra con su país.
Ni adrede se puede ser más imbécil, se dirá el respetable. Pues si.
Entre los primeros intentos y la ley de ferrocarriles de 1855 abundan los intentos extranjeros en apropiarse de concesioens de líneas ferroviaras españolas. Las empresas extranjeras más relevantes, la MZA de los Rothschild y la Compañía del Norte, de los hermanos franceses Pereire, no se constituyen hasta que se dicta una legislación favorable a los capitales extranjeros, acentuada por la ley de ferrocarriles
Comentar, por cierto, que esta ley es una de esas gilipolleces que sólo se le ocurren a los políticos españoles y que, entre otras cosas, permitía que se importara material ferroviario del extranjero sin pagar derechos. Excuso decir la patada en los huevos que esto representó para la naciente industria española. ¿Quien necesita enemigos teniendo políticos nacionales?
Un moimento cachondísimo fue la introducción de la peseta en 1868, pues causó "un enorme perjuicio" a las empresas ferroviarias extranjeras, que les causó perdidas por la cuestión del cambio de divisas de un 5%, aproximadamente. Luego, la desaparición del oro del mercado español fue la causa aducida para satisfacer sus obligaciones internacionales en dicho metal, por lo que optaron en pagar en moneda española. La Compañía del Norte, una cachonda, para compensar tanta perdida dejó de pagar dividendos a sus accionistas a partir de 1891.
¿Y qué decir del ritmo paralelo del tendido de líneas y de las obras con las expropiaciones? ¿O que la extensión de las lineas se paralice no por la crisis política española de a partir de 1868, sino porque ya no interesan a las compañías?
Así veremos a los extranjeros pasar de los ferrocarriles a la banca, con la creación de las sociedades General de Crédito de España y Española Mercantil e Industrial de Madrid, esta última presidida por Alejandro Mon, donde el capital etranjero es minoritario. O la fundación, en 1872, del Banco Hipotecario de España, bajo la patrocinación del parisino y del holandés, y el funcionamiento de la sucursal madrileña de la Banca Rothschild.
Luego pasan a los servicios públicos (Sociedad General de Aguas de Barcelona, 1882; Compañía del Gas Lebon, de la misma ciudad, el mismo año; la sevillana Water Works (nombre sevillano donde los haya), 1883; la Compañía Barcelonesa de Electricidad, de 1893, emanación de la alemana AEG; la Sevilla de Electricidad, más suiza que el chocolate, y las compañías de tranvías de Valencia, Barcelona y Bilbao, entre otras. Aún se duda de la riqueza que pudiera aportar a España. Más bien ninguna.
Entre las empresas extranjeras, una fundada en 1908 es de particular coña marinera. Y nunca mejor dicho. Es la Sociedad Española -toma chifla- de Construcción Naval, de capital y dirección fundamentalmente británicos, a la que se asignan arsenales y construcciones vitales para la Armada Española -esta sin chifla.
4. Extranjeros, amos de España
Las empresas extranjeras comenzaron a interesarse por España a partir del segundo tercio del siglo XIX. Primero fue a través de las minas, con la Real Compañía Asutirana de Mina, en 1834, de capital belga. En 1866 sigió la Tharsis Sulphur; en 1870, los Rothschild se adueñaron del mercurio de Almadén y ese mismo año se vendió Riotinto a los ingleses y, en 1881, Peñarroya a los franceses.
En 17 de noviembre de 1853 un real decreto dispuso que "los extranjeros pueden adquirir y poseer inmuebles, ejercer las industrias y tomar parte en todas las empresas que no estén reservadas a los españoles". Pero más cachonda era la ley de 4 de diciembre de 1855 que dictaba que el territorio español "es un asilo inviolable para todos los extranjeros y sus propiedades", que no podrán ser confiscadas ni aún en el caso de hallarse España en guerra con su país.
Ni adrede se puede ser más imbécil, se dirá el respetable. Pues si.
Entre los primeros intentos y la ley de ferrocarriles de 1855 abundan los intentos extranjeros en apropiarse de concesioens de líneas ferroviaras españolas. Las empresas extranjeras más relevantes, la MZA de los Rothschild y la Compañía del Norte, de los hermanos franceses Pereire, no se constituyen hasta que se dicta una legislación favorable a los capitales extranjeros, acentuada por la ley de ferrocarriles
Comentar, por cierto, que esta ley es una de esas gilipolleces que sólo se le ocurren a los políticos españoles y que, entre otras cosas, permitía que se importara material ferroviario del extranjero sin pagar derechos. Excuso decir la patada en los huevos que esto representó para la naciente industria española. ¿Quien necesita enemigos teniendo políticos nacionales?
Un moimento cachondísimo fue la introducción de la peseta en 1868, pues causó "un enorme perjuicio" a las empresas ferroviarias extranjeras, que les causó perdidas por la cuestión del cambio de divisas de un 5%, aproximadamente. Luego, la desaparición del oro del mercado español fue la causa aducida para satisfacer sus obligaciones internacionales en dicho metal, por lo que optaron en pagar en moneda española. La Compañía del Norte, una cachonda, para compensar tanta perdida dejó de pagar dividendos a sus accionistas a partir de 1891.
¿Y qué decir del ritmo paralelo del tendido de líneas y de las obras con las expropiaciones? ¿O que la extensión de las lineas se paralice no por la crisis política española de a partir de 1868, sino porque ya no interesan a las compañías?
Así veremos a los extranjeros pasar de los ferrocarriles a la banca, con la creación de las sociedades General de Crédito de España y Española Mercantil e Industrial de Madrid, esta última presidida por Alejandro Mon, donde el capital etranjero es minoritario. O la fundación, en 1872, del Banco Hipotecario de España, bajo la patrocinación del parisino y del holandés, y el funcionamiento de la sucursal madrileña de la Banca Rothschild.
Luego pasan a los servicios públicos (Sociedad General de Aguas de Barcelona, 1882; Compañía del Gas Lebon, de la misma ciudad, el mismo año; la sevillana Water Works (nombre sevillano donde los haya), 1883; la Compañía Barcelonesa de Electricidad, de 1893, emanación de la alemana AEG; la Sevilla de Electricidad, más suiza que el chocolate, y las compañías de tranvías de Valencia, Barcelona y Bilbao, entre otras. Aún se duda de la riqueza que pudiera aportar a España. Más bien ninguna.
Entre las empresas extranjeras, una fundada en 1908 es de particular coña marinera. Y nunca mejor dicho. Es la Sociedad Española -toma chifla- de Construcción Naval, de capital y dirección fundamentalmente británicos, a la que se asignan arsenales y construcciones vitales para la Armada Española -esta sin chifla.