13. La España Ilustrada.
Fernando VII, marino ruso.
Poco a poco, España se convirtió en el pito del sereno de todas las potencias, de manera que las idas y venidas de la política española y la espantada de las colonias americanas son tan inseparables de lo que pasaba fuera de nuestras fronteras en medida similar a la intervención extranjera en la guerra civil de 1936-1939.
Dento de esta pachanga de intervenciones e influencias destaca, como no, la de los Cien Mil Hijos de P... de San Luis, el ejército francés, encabezado por el duque de Angulema, hijo del futuro Carlos X de Francia, con el que Gabachia se nos metió otra vez en el trastero, esta vez para apoyar a los absolutistas frente a los liberales. Se ve que no aprendemos, no. Destaca de todo este sarao, el sítio de Cádiz y el hijoputismo de Fernando VII, que en cuanto se vio libre, apresuróse a maldecir a los liberales y a meterles un pimiento morrón por el culo.
Otro hecho jocoso que ilustra cómo veían a España afuera son los manejos del embajador ruso entre 1812 y 1819, Dmitri Pavlovich Tatischev. Éste era personad e primera fila en Rusia, y su designación para la embajada en Madrid muestra que a España, al menos al prnicipio, se le tenía en algo de estima. Una de sus accion se fue animar a fortalecer a la armada española, lo que, después de cierto libre intercambio de hostias con los ingleses en Trafalgar, huelga decir que no era mala idea.
Y se dirá el respetable: ¿y qué narices veía Fernando VIII en Rusia? Pues que eran los únicos que todavía le hablaban, señor@s porque los demás ya le habían calado bien calado. De todos modos, el Nando no era tan tonto. Lo malo es que el Zar Alejandro I tampoco. Intentó colocarle la Florida, sabedor de las ganas expansionistas zaristas y quitarse a los yankees, que le soplaban en el cogote con animo suponiblemente enculador. Habiendo mordido una vez una almohada, se ve que don Nando no estaba por la labor de repetir, pero el zar no picó el anzuelo. Digamos que desde que Napoleón se la metió bien doblada en Tilsit andaba algo escocido. En fin, dos analógicos que cuidado.
Así fue como, al final, tras lucros comerciales, burradas varias, salió el rumor de que España pensaba en ceder Menorca a Rusia para que ésta instalara una base naval en las islas. El pánico que esto causó en Londres fue glorioso, y fue digno de ver a Vaughan, el embajador británico en la peninsula, correr como gallina decapitada ante la notícia, que no tardó en llegar a la prensa. El zar dijo también que nones, pues no andaba interesado en alterar el sistema de alianzas existente. Pero el jolgorio no se lo quitaba nadie.
Entonces fue cuando el Nando le dijo al Alex: "shurmano, que mi flota de guerra no sirve ni para jugar con ella en el Retiro". Y el ruso se dijo... caramba, a ver si le cuelo una ofertón... (movistar y vodafone style, como verán sus vuecencias). En fin, que España propuso comprar barcos, pero había un pequeño problema:
A) De dónde coño sacaría Fernando VIII el dinero?
B) De dónde coño sacaría Alejandro I los barcos?
Con semejante planteamiento, era de cajón que todo acabara como una opera bufa.
Pues lo primero se solventó a costa de los negritos. Tras la prohibición de la esclativud de 23 de septiembre de 1817, España se encontró con otro pimitiento morrón metido a presión por el ojete, pues bien que le jodía el negocio americano, sobre todo en Cuba. Cómo tendría que ser de gordo el pollo que hasta los ingleses, poco amigos a aflojar la cartera, le pagaron 400.000 libras esterlinas a los españoles -que pedían un millón- como recompensa. En fin, en algo se les tenía que notar que son más amigos de lo ajeno que los Apandadores...
En fin, que España ya tenía el dinero, y se lo dieron a Rusia a cuenta de los barcos. Atendiendo que dichos barcos, comprados con dinero inglés, iban a ser usados para solventar un problema causado en no poca medida por los ingleses, no negarán ustedes que la cosa no tenía rechifla. Otra cosa es que España, por una vez, se la metió doblada y bien doblada a los ingleses y siguió usando esclavos hasta 1866 (y en Cuba hasta mucho después). Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, y si el ladrón es inglés, entonces es el doble. Y para que lo saquen a hombros por la puerta grande, por cierto.
Así fue como se estableció la venta a España por 13.600.000 rublos los navíos de línea de 74 cañones Tri Sviatitelia (Tres obispos), Nord Adeler, Neptunus, Dresde y Lübeck, y las fragatas Merkurius, Patrikii y Avtroil, de 44 piezas. Incluso los rusos se comprometieron por un acuerdo firmado en San Petersburgo, por el que el gobierno rusa intentaría "ejercer influencia sobre las colonias sublevadas" a favor de España.
Si todo se quedara aquí, hasta sería un capítulo bonito de recordar: como compramos barcos a Rusia timándoles a los ingleses.
Pero esto es España, y había que cagarla.
Recordará la audencia que he dicho que el problema lo tenía Alejandro I para buscar los barcos. Bueno, mucho problema no tenía, el muy cabrón, porque se fue a buscar los peores que tenía. Cómo estaban los bichos, que el muy sinvergüenza se avino a reemplazar tres de los que peor estaba por otros, eso si, cobrándo 3.200.000 rublos más. Esto ya debería levantar un par de cejas y algún comentario de "ay ay ay". Pero aún hay más, señores. Los barcos eran un truño, y tardaron poco en quedar inutilizables, por la falta de uso y desídia española. Lo único que consuela de este timo monumental es que el zar se tuvo que comer la deuda con patatas, porque ésta seguía sin pagarse del todo en 1831 y es posible que siguieran en tal estado al comenzar las hostialidades con los carlistas.
Y, mientras America decía "ta luego, loco" a la Península, los gabachos intentaban hacer negocio, y resucitaban la propuesta de una federación borbónica, eso si, con príncipes galos, pues los tenían por docenas. Y, a cambio de tan feliz idea, se contentaban con un poco de tierra americana, los muy hideputas.
Pero de estas y otras americanadas ya nos ocuparemos más adelante, que hay para reir un poco más.