11. Los Austrias. Conquistando el mundo y cabreando al personal.
1. Felipe el rumboso y otros roces.
A veces uno lee la historia y se queda con la duda de si Felipe el Hermoso era el conde Lecquio de su época. Lo cierto es que jodió la marrana el rato que estuvo, repartiendo privilegios a troche y moche y provocando profundos resentimientos contra los flamencos que se plasmarían en las hostiaildades de Villalar.
Palma y ello deja más tarumba, si cabe, a su pobre esposa, doña Juana, que queda gagá del todo. Ironías de la vida, tanta desgracia junta hace que el odiado Fernando vuelva a ser regente de Castilla. Fernando, como ya sabemos, aprovecha para montar la Santa Liga (toma ya, Fernando Torres), que se dedica a putear todo lo puteable a Francia, conquistar el norte de África. Al morir Fernando queda como regente el cardenal Cisneros en Castilla y el arzobispo de Zaragoza en Aragón, hasta que Carlos llega a la mayoría de edad. Carlos, empeñado en ser rey cuanto antes, importuna a Cisneros, el cual acaba por ceder, harto de tanto disgusto que le pega el nieto de Nando e Isa.
Carlos no tenía ni zorra de castellano, y mucho menos de las costumbres locales, y parecía más deseoso de poner en práctica usos extranjeros que de aprender las regionalidades del país.
Vamos, que ni la gente hacía la ola a su paso ni éste tenía un prestigio que le hacía ir en palmitas con la gente. Vamos, que acabó a tortas con los suyos en Villalar por la cabezonería de los nativos y de la suya propia. Ganó, que se dice, pero no convenció demasiado.
Prueba de que la dialéctica real y la popular no iban siempre por el miosmo sitio las hallamos en la literatura, ya en el Quijota y en el entremés de Cerantes de "La elección de los alaclades de Daganzo", o Lope de Vega y su Fuenteovejuna, y el Alcalde de Zalama de Calderón de la Barca, relativos a los roces de la autoridad real y la local, la ley del reino versus la natural, que incluso el rey tiene que acatar. No nos detendremos en el detalle que ni las tropas de don Lope de Figueroa, ni el mismo Felipe II, pudieron estar en Zalamea en las fechas correspondientes.
1. Felipe el rumboso y otros roces.
A veces uno lee la historia y se queda con la duda de si Felipe el Hermoso era el conde Lecquio de su época. Lo cierto es que jodió la marrana el rato que estuvo, repartiendo privilegios a troche y moche y provocando profundos resentimientos contra los flamencos que se plasmarían en las hostiaildades de Villalar.
Palma y ello deja más tarumba, si cabe, a su pobre esposa, doña Juana, que queda gagá del todo. Ironías de la vida, tanta desgracia junta hace que el odiado Fernando vuelva a ser regente de Castilla. Fernando, como ya sabemos, aprovecha para montar la Santa Liga (toma ya, Fernando Torres), que se dedica a putear todo lo puteable a Francia, conquistar el norte de África. Al morir Fernando queda como regente el cardenal Cisneros en Castilla y el arzobispo de Zaragoza en Aragón, hasta que Carlos llega a la mayoría de edad. Carlos, empeñado en ser rey cuanto antes, importuna a Cisneros, el cual acaba por ceder, harto de tanto disgusto que le pega el nieto de Nando e Isa.
Carlos no tenía ni zorra de castellano, y mucho menos de las costumbres locales, y parecía más deseoso de poner en práctica usos extranjeros que de aprender las regionalidades del país.
Vamos, que ni la gente hacía la ola a su paso ni éste tenía un prestigio que le hacía ir en palmitas con la gente. Vamos, que acabó a tortas con los suyos en Villalar por la cabezonería de los nativos y de la suya propia. Ganó, que se dice, pero no convenció demasiado.
Prueba de que la dialéctica real y la popular no iban siempre por el miosmo sitio las hallamos en la literatura, ya en el Quijota y en el entremés de Cerantes de "La elección de los alaclades de Daganzo", o Lope de Vega y su Fuenteovejuna, y el Alcalde de Zalama de Calderón de la Barca, relativos a los roces de la autoridad real y la local, la ley del reino versus la natural, que incluso el rey tiene que acatar. No nos detendremos en el detalle que ni las tropas de don Lope de Figueroa, ni el mismo Felipe II, pudieron estar en Zalamea en las fechas correspondientes.