Capítulo Primero:
Dos países y una misma dinastía: Prusia e Inglaterra a partir de un piñón
Nota: una de las consecuencias tontas de empezar un AAR en un año y que el escenario comience bastante antes es que, obviamente, llegado al año deseado, las cosas se han desmandado un poco, de manera que, como en este caso, me pase más tiempo arreglando el save para que la cosa tenga algo de lógica (desde mi punto de vista, al menos) y montando guerras idiotas para evitar desmanes varios (como por ejemplo tener a Francia intentando porculizar a Rusia por sistema), lo que redunda, nuevamente, en toquetar el save por todas partes y cruzar los dedos para no tener una CTD de dimensiones ciclópeas.
Inglaterra, 1700-1714
Cuando la rey Ana murió, Inglaterra se encontró con una situación curiosa: tener a un monarca prusiano en el trono. Lo que éste se topó al llegar a Londres era un mundo histriónico que optaba por solucionar los problemas a golpe de espada.
Pero empecemos por el principio. ¿Cómo narices un prusiano se vio coronado en Westminster? Pues así:
Ana de Inglaterra, más fácil saltarla que darle la vuelta andando
Las islas británicas habían estado relativamente tranquilas desde el final de la República de Cromwell y del Acta de Unión que había unificado a Inglaterra y Escocia en un único reino. Por desgracia, al otro lado del canal no se podía decir lo mismo. España y Francia llevaban ventilando sus diferencias a golpe de pica desde aquel día en el que los Tercios de Carlos I barrieron el suelo con los bigotes de la caballería de Francisco I en Pavía y, desde entonces, ambas monarquías decidieron que la mejor manera de solucionar sus respectivas diferencias era que un miembro de su dinastía se sentara en el trono del país vecino. Así comenzaron dos siglos de guerras más o menos interrumpidas, ya fuera de manera directa o a través de terceros. Incluso Inglaterra se había metido en algunos de esos conflictos, ora de una lado, ora del otro, mientras Prusia, firme a sus instintos, aprovechaba todas las ocasiones posibles para aplastar cualquier movimiento francés que intentara pasar al otro lado del Rin.
Caballería francesa retirándose para coger impulso y volver a intentarlo... en la guerra siguiente.
Pero la reina Ana podía estar tranquila en su reino, viendo como en éste se solidificaba el sistema bipartidista, que enfrentaba a los muy conservadores Tories (partidarios de la iglesia anglicana y de los terratenientes) y los "liberales" Whigs (reformistas religiosos y partidarios del libre comercio). Pero Ana, viendo que el coloso español empezaba flojear ante las embestidas francesas, con la inestimable ayuda holandesa y, para qué negarlo, las incursiones inglesas que la fuerza de las circunstancias habían causado (1). Lo enervante vino cuando Noruega, por alguna extraña razón, se empeñó en colonizar Norteamerica y, por más inexplicables razones, emprenderla contra las colonias británicas :blink:
Pero cuando un general noruego desconocido le pegó una paliza a las huestes del general Edward Braddock, las cosas se pusieron realmente feas.
Afortunadamente, la llegada de refuerzos al mando del general James Abercrombie puso las cosas en su sitio, es decir, a los noruegos de vuelta a Escandinavia y a sus aliados indios dando cuenta de sus actos al Gran Manitú.
Pero la calma no podía continuar. Todo empezó con el Tratado de Breda (1702) (2), que puso fin a una de las disputas comerciales tripartitas hispanoangloholandesas (3). A cambio de salvar la cara y que la flota inglesa dejara de hundir a mansalva a la holandesa, se acordó que Inglaterra se quedaría con las colonias holandesas (Nieuw-Nederland) en América del Norte y que España, muy gentilmente, cedería un trozo de tierra inmundo e inhabitable a la República holandesa. Con la certeza de haber sido esquilmados, los neerlandeses se retiraron a lamerse las heridas jurando en su lengua hereje, mientras los españoles, con la extraña sensación de haber salvado las vergüenzas gracias a los ingleses, se dedicaban a mantener su imperio a flote y a expandirlo por el norte de África.
A ver, capullo, que el francés está buscandote las cosquillas y tú cazando gamusinos en el quinto cuerno.
Pero, claro está, Francia no podía soportar la idea de ver a sus vecinos medrar y, lógicamente, tuvo que buscar una excusa para intentar sacar partido de todo aquello. Y, por uno de esos irónicos giros de la historia, París encontró la justificación perfecta en Holanda cuando, a la muerte de William III, la república se encontró con dos candidatos para el poder (4).
(1) Una cosa es querer mantener el imperio español en pie. Otra muy distinta es aguantarme las ganas de putear a los Austria para tenerlos entretenidos, porque, si me despisto, se ponen a colonizar el Quebec. Y por ahí no pasamos, señores.

(2) Cualquier coincidencia con el histórico tratado de 1667 es voluntaria.

(3) Los holandeses, en esta partida, están de un chulito que me tiene harto, y como el oro les sale por las orejas, cuando se aburren, se lían a hostias con los españoles, los que, por su parte, tienen unas ganas locas de meterles de todo menos miedo a los muy herejes, como se imaginará el lector. Así que, cada dos por tres, yo estoy metido en la guerra, de un lado o de otro. Hasta que llegó la guerra de 1702 y los holandeses se quedaron pacificados de una vez.

(4) Supongo que de tanto trastear el save ocasioné algún efecto mariposa, porque, de verdad de la buena, no me explico que media Holanda se volviera rebelde de la noche a la mañana. Y yo y Peti con cara de pasmo.:blink: