CAPÍTULO PRIMERO: “TRISTE ESPAÑA SIN VENTURA”.
El rey ha muerto. En circunstancias normales, se nombraría de inmediato un sucesor, en su caso su hijo varón de mayor edad o, si no lo tuviere, el pariente de sangre más próximo, siempre varón. Pero el rey Fernando, que tuvo una extraña manera de vivir, también tuvo una extravagante forma de nombrar a su heredero.
Recuerdo que aquella noche estaba cayendo un aguacero de otoño sin precedentes en donde todos esperábamos impactantes noticias sobre la salud del soberano.
Me senté en una de las sillas del vestíbulo de los aposentos del rey, que a la sazón estaban situados en La Granja de San Ildefonso, residencia real, y me acaricié las charreteras de la casaca.
Entonces, un siervo salió de una habitación y me indicó que pasara.
La habitación, (ricamente decorada) con un estilo un tanto anticuado, olía a eucalipto y desprendía un vaporcillo que hizo que me llorasen los ojos. Mejor, así todos pensarían que me daba emoción ver a aquel hombre enfermo, pálido y reposando en su cama, con muestras de una salud en extremo quebradiza. Nunca fue un rey amado, salvo por unos pocos.
La reina, María Cristina, se levantó y vino presta a saludarme, con su hermosura y encanto.
-Gracias a Dios, Francisco. El rey ha empeorado y… - se le humedecieron los ojos- Se le ha dado la extremaunción esta misma tarde. Se obsesionó con hablar contigo, ya sabes cómo es.
-Es nuestro rey. Ignoro porqué quiere hablarme a mí, el oficial más joven de esta sala.
Ella no respondió y, siguiendo órdenes de su marido, sacó de allí a todos los que estaban, incluso al médico, que salió a regañadientes tras aplicarle otro apósito para bajarle la fiebre. Así, quedamos solos ambos, y entonces, me sentí intimidado.
-Acércate, muchacho, esos de ahí fuera… sólo quieren que me muera.
-No hable así, majestad.
Hizo un leve movimiento con la mano, pidiéndome que me acercara. Luego sacó fuerzas de donde no había y me cogió fuerte de la muñeca.
-Mi hermano Carlos... pretende ser mi heredero, pero es demasiado despótico. Al final de mi vida, estoy comprendiendo que mi pueblo ya no volverá a soportar el absolutismo, Francisco… Por ello, quiero que nombréis heredera a mi hija Isabel.
Aquellas palabras cayeron como un mazo sobre mi cabeza.
Lo demás lo recuerdo mezclado y confuso. Recuerdo que el rey tuvo otro acceso fuerte de fiebre, y que el médico intentó salvarle, pero murió a las pocas horas. Recuerdo las miradas inquisitivas de los nobles de alto rango, y un canto lastimero de un cura.
Las consecuencias de lo que el rey me dijo fueron fatales. Han dividido a mi país, como en aquella vieja guerra entre los pretendientes Borbón y Habsburgo. Y aún más.
Esa es la razón por la que yo, Francisco Serrano y Domínguez, me encuentro escribiendo esta memoria en el campamento de los soldados de su Majestad María Cristina.
Según los últimos informes que hemos recibido, el general Espartero viene a marchas forzadas desde Madrid, pues se nos ha notificado que los soldados de Carlos, o carlistas, han tomado el petate y vienen hacia Bilbao pese a la nieve y el mal tiempo.
Debemos luchar contra el rancio absolutismo de Carlos. Si quiere ser rey, que lo sea, pero en la China. No soporto que se desprecie la (voluntad de un rey).
Campamento del Ejército Cristino, a dos de Enero de mil ochocientos y treinta y seis.
NOTA: Los textos entre paréntesis indican trozos del texto de difícil lectura por borrones de tinta, ya que Serrano escribía a pluma, como era usual en la época.
Abajo, los generales isabelinos Espartero y Serrano.