Bueno, vayamos a cosas más provechosas.
Su Majestad Jânbulât I era un hombre infeliz. Gracias a los actos de su abuelo, y en menor medida de su padre, era el incontestado Sultán de Egipto, así como Emir de Siria y Custodio de los Santos Lugares. Pero le faltaba algo. Su campaña en Iraq unos años antes había sido todo un éxito, y el dominio de los Mamelucos sobre el Levante, desde las costas mediterráneas al Golfo Pérsico, era ahora firme. Pero Jânbulât era un hombre ambicioso, y aún quedaba una tarea por hacer.
En 1026 fuerzas mamelucas procedentes de Egipto se unieron a las guarniciones locales que se organizaban en La Meca y Medina, y emprendieron la marcha sobre los dominios de los Tahiridas, antaño aliados, que desde Saná gobernaban el sur de la Península tras su conquista de Omán, como un cuchillo apuntando a la espalda de la Dinastía Burji. En menos de un año, Saná y Mascate abrían sus puertas a los ejércitos de Jânbulât, que el miércoles 26 Rabî Al-Awwal de 1028 era coronado en La Meca Gran Sultán de Arabia. Era el principio de una nueva era.
Aunque los tahiríes aún se agarraban a algunas regiones rurales, la caída de las principales ciudades del sur de la península arábiga en manos
de los Burji de El Cairo supuso la efectiva unificación de Arabia.
El nuevo imperio arábigo se vio pronto puesto a prueba cuando Rusia decidió continuar con la merma de las posiciones otomanas en Crimea. Llamado por su aliado, el Gran Sultán no podía ahora abandonar a sus hermanos de fe en la lucha contra el infiel, máxime cuando éstos no hacían sino defenderse de la agresión de los Zares. Así pues, la finalización de la campaña en Yemen habría de ser pospuesta.
Mientras en Egipto se reorganizaban los ejércitos que habían combatido en Yemen, desde Iraq y Siria se pusieron en marcha hacia el norte las huestes arábigas, dispuestas a llevar la guerra al infiel. El siguiente año y medio vio poca acción para los aliados, pues las fuerzas otomanas campaban a sus anchas por el sur de Rusia y los árabes permanecieron acantonados en Imereti, marca otomana en el Cáucaso. Más acción vio la flota, que mantuvo el cerco a la escasa costa rusa en el Mar Negro. No sería hasta más tarde, cuando a finales de 1623, según el calendario cristiano, Polonia se unió a la guerra, que sus esfuerzos serían requeridos. Las primeras batallas en Crimea entre otomanos y polacos se saldaron con una clamorosa derrota otomana, que pronto vio esfumarse buena parte de lo ganado hasta entonces. Para julio de 1624 los polacos habían logrado levantar el asedio a la fortaleza de Manych tras una cruenta batalla, y ahora marchaban sobre Astacán, en manos turcas. Los ejércitos musulmanes les salieron al paso, en un sangriento bautismo de fuego para las fuerzas arábigas. La batalla tuvo lugar en las estepas de Kuma, a medio camino entre ambas fortalezas.
Los dos bandos sufrieron grandes bajas, pero finalmente la mayor disponibilidad de reservas cristianas decantó la lucha.
Los cristianos, envalentonados por su victoria, decidieron abandonar sus planes sobre Astracán y marcharon hacia el sur, hacia el Cáucaso. En Alania, el último reducto del pueblo circasio, que había sido expulsado de su tierra natal por los bárbaros rusos, la caballería polaca demostró nuevamente su supremacía sobre el campo de batalla casi un año después de la batalla de Kuma.
El terreno montañoso pasó factura a los húsares, que sin embargo lograron alzarse finalmente con la victoria en otra igualada lucha.
Tratando de rodear las montañas del Cáucaso, el ejército cristiano pivotó hacia el este para lanzar una nueva ofensiva, ya sobre territorio turco, a través de la costa caspia, en la región del Daguestán. En Shirvan otra vez los polacos demostraron su valía al rechazar a un poderoso ejército musulman. En ese momento hubo fuertes recriminaciones en el bando mahometano, pues algunos generales árabes argumentaban que el Sultán otomano había retenido 3 poderosas fuerzas que podrían haber decantado la balanza ante la superioridad numérica cristiana.
La batalla de Shivran marcó el mayor punto de avance de las fuerzas cristianas en la guerra.
Como quiera que fuese, el ejército otomano intentó envolver a la poderosa columna cristiana y cortarle la retirada, para lo que los ejércitos otomanos intactos de la anterior batalla atravesaron Imeritia hasta Tarki, donde un contingente ruso logró resistir lo suficiente para evitar la aniquilación hasta que la columna principal pudo retroceder apresuradamente, abandonando los asedios que había emprendido más al sur, y rechazarlos.
La tan osada como fallida táctica otomana no logró sus objetivos.
Mientras estos hechos tenían lugar, en Polonia el pueblo se resentía de una guerra que consideraba injusta. Decenas de miles de jóvenes habían muerto en las estepas rusas o en las montañas del Cáucaso para mayor gloria de los Zares de Moscú; miles de ducados se habían invertido en pagar mercenarios de toda Europa para sustituirlos, y el dinero español sólo alcanzaba a pagar parte. El campesinado polaco estaba sufriendo por una guerra a miles de kilómetros, y acabó por explotar. Casi 200.000 rebeldes se alzaron en armas entre finales de 1626 y la primera mitad de 1627 en el oeste y norte de Polonia.
Las rebeliones se generalizan.
Como resultado de lo anterior, los polacos se vieron obligados a retirar un gran número de hombres y enviarlos a sofocar las rebeliones en casa. Los ejércitos rusos, que tan mal habían combatido al principio de la guerra, se vieron pronto desbordados por el contraataque mahometano.
En Kartli un ejército ruso es rechazado definitivamente de suelo turco con muy pocas bajas.
Un mes más tarde en Imereti los árabes interceptan un ejército ruso que acudía a Alania a socorrer al grueso de las fuerzas cristianas,
que se enfrentaban al avance de los turcos. Esta batalla menor forzó la retirada de otros 2 ejércitos rusos rezagados al sur que no pudieron
unirse a sus camaradas.
Un tercer ejército ruso es alcanzado por los árabes mientras intentaba esquivar a las fuerzas otomanas, ya en Mingrelia.
Para mayo de 1628, la guerra había entrado en una nueva fase de letargo. Sin las fuerzas polacas, los rusos eran incapaces de mantener el terreno ocupado, y los combates habían vuelto a desplazarse de la montaña a la estepa del norte. Las flotas rusa y polaca eran un recuerdo, regalo de la breve intervención francesa en el Mar Báltico, y las costas del mar Negro eran fieramente patrulladas por las armadas otomana y árabe, que habían establecido un férreo bloqueo naval en la región.
Aunque Polonia y el Imperio Otomano aún mantenían importantes ejércitos en liza, el coste del despliegue estaba pasando factura a las cuentas árabes, y Rusia se tambaleaba, sostenida sólo por el oro español. Una generación se había perdido en las montañas del Cáucaso, y la mitad del país se encontraba ocupada por ejércitos menores turcos que habían marchando sin oposición desde Asia Central. Llegados a este punto, se estima que casi un millón de personas habían muerto en la guerra.
- Rusia: 300.000
- Imperio Otomano: 200.000
- Polonia: 180.000
- Arabia: 120.000