La República de los Países Bajos ha continuado la expansión territorial por el territorio de las Diecisiete Provincias y en estos años se ha hecho con el control de Gueldre y Frisia Oriental. De los desajustes producidos en el país se ha aprovechado la Casa de Orange, que ha logrado finalmente imponer -en un error descomunal- a unos de sus candidatos al puesto de Gran Pensionario con carácter vitalicio. Como suele suceder con los orangistas se trata de un militar excepcional y no tanto en los campos diplomático y político. Sumado a los costes de la integración de los nuevos territorios, la República ha sufrido un indeseable parón en el ritmo de las reformas emprendidas, que pudiera ser fatal. También se cometen errrores en el campo diplomático, donde la falta de información sobre la entrada de Colonia en la alianza de Gelre casi cuesta una dolorasa y costosa derrota, que sólo el auxilio de nuestros aliados ingleses y franceses evitó. La República se considera en deuda con ambas naciones y espera saldarla pronto. Pero no para ayudar a ninguna a combatir contra la otra. Lamentamos la reciente hostilidad entre ambas naciones, que esperamos se pueda solucionar. Por otra parte, y no sin cierta sorpresa, se conocen las aspiraciones expansionistas y belicosas del electorado de Brandeburgo que pretende hacerse con toda la "costa alemana", alegando que los holandeses no son alemanes (¡pero si el toponímico con el que nos denominan nuestros amigos ingleses es precisamente ese, alemanes!) y que tiene el beneplácito del Emperador. El mismo beneplácito, sorpresivamente, que tiene nuestra pacífica República. En un gesto indisimuladamente agresivo el elector garantiza Oldemburgo, que iba a ser tomado por tropas neerlandesas. En respuesta garantizamos a la Hansa y su centro de comercio. Aprovechando sin embargo nuestros problemas con la guerra de Gueldre y que Suecia -también nuestra aliada- está imposibilitada de intervenir, hace vasalla a la Hansa y toma Lübeck. Para añadir el insulto a la injuria, nos tacha de rivales poco después, con todas las consecuencias diplomáticas que ello acarrea. Escasos años después inicia una nueva guerra expansionista, con la idea de conquistar Sajonia y Bremen, pero los Países Bajos actúan con rapidez y conquista primero el importante puerto. La República no desea la enemistad de Brandeburgo, pero tampoco va a sentarse de brazos cruzados mientras ese país se expande a su alrededor y ocupa o amenaza zonas que la República juzga vitales. Consideramos que lo idóneo será negociar, pero siempre desde una posición de igualdad. Brandeburgo no es el Emperador y su derecho sobre esas provincias no es mayor que el nuestro.
Un último apunte en relación con esta crisis es el papel de mediador ejercido por el rey de Francia, el cual agradecemos. Al mediador natural en el Imperio, a su máxima autoridad, a quién tenía buenas relaciones tanto con los Países Bajos como con Brandeburgo y una posición envidiable para actuar de árbitro y evitar el conflicto antes de que se enquistase, el Emperador, no se le ha visto Confiamos en que esta situación cambie y medie en este absurdo conflicto.