Cap. XXXXIII. 1587-Mayo. Mosquetes.
El capitán de guardia acudió a la puerta tras la llamada de los hombres que la custodiaban. Inspeccionó la carreta e interrogó al conductor y al hombre al mando de la escolta. Todo parecía en orden.
Toda precaución era poca. El país estaba haciendo un esfuerzo supremo para dotar al ejército de los más modernos fusiles. Eran enormes, y tan pesados y potentes que no podían dispararse desde el hombro. Había que apoyarlos en una horquilla, de lo contrario, el hombre que los manejara acabaría en el suelo. Si esto se supiese en Francia tal vez no gustase demasiado...
Los mosquetes habían empezado a llegar con cuentagotas. Al principio sólo unos pocos hombres por compañía, y no todos los ejércitos, sino sólo los que estaban en Europa. Se seleccionaba a los hombres más robustos para dotarlos de semejante arma, y se les instruía para que se acostumbrasen a su mayor alcance y precisión.
Poco a poco fueron llegando piezas para reemplazar a la mayoría de los arcabuces. Los hombres más pequeños y ricos habían contratado pajes para que les llevasen la horquilla, de forma que ellos sólo tuvieran que llevar el arma. Al capitán no le gustaba esta solución, pero estaba claro que, si quería usar aquellas piezas... tendrían que tomar medidas excepcionales. Además, él mismo tenía un par de pajes que le llevaban la indumentaria y objetos personales, así que no dijo nada.
Poco a poco el número de piqueros y rodeleros había ido disminuyendo en los Tercios, del mismo modo que aumentaba el de arcabuceros y mosqueteros. Ahora, casi la mitad de los hombres llevaba un arma de ese tipo. El ejército español era temible... Hacía siglos que no perdía una guerra, y estaban decididos a continuar así. Sin duda, el empeño del rey por hacerles llegar aquellos artilugios era una buena noticia.
En cinco años, España pasó de Nivel 11 a Nivel 14 de Tecnología Terrestre. Un enorme esfuerzo para mantenerse a la altura de las potencias más importantes de Europa.
El capitán de guardia acudió a la puerta tras la llamada de los hombres que la custodiaban. Inspeccionó la carreta e interrogó al conductor y al hombre al mando de la escolta. Todo parecía en orden.
Toda precaución era poca. El país estaba haciendo un esfuerzo supremo para dotar al ejército de los más modernos fusiles. Eran enormes, y tan pesados y potentes que no podían dispararse desde el hombro. Había que apoyarlos en una horquilla, de lo contrario, el hombre que los manejara acabaría en el suelo. Si esto se supiese en Francia tal vez no gustase demasiado...
Los mosquetes habían empezado a llegar con cuentagotas. Al principio sólo unos pocos hombres por compañía, y no todos los ejércitos, sino sólo los que estaban en Europa. Se seleccionaba a los hombres más robustos para dotarlos de semejante arma, y se les instruía para que se acostumbrasen a su mayor alcance y precisión.
Poco a poco fueron llegando piezas para reemplazar a la mayoría de los arcabuces. Los hombres más pequeños y ricos habían contratado pajes para que les llevasen la horquilla, de forma que ellos sólo tuvieran que llevar el arma. Al capitán no le gustaba esta solución, pero estaba claro que, si quería usar aquellas piezas... tendrían que tomar medidas excepcionales. Además, él mismo tenía un par de pajes que le llevaban la indumentaria y objetos personales, así que no dijo nada.
Poco a poco el número de piqueros y rodeleros había ido disminuyendo en los Tercios, del mismo modo que aumentaba el de arcabuceros y mosqueteros. Ahora, casi la mitad de los hombres llevaba un arma de ese tipo. El ejército español era temible... Hacía siglos que no perdía una guerra, y estaban decididos a continuar así. Sin duda, el empeño del rey por hacerles llegar aquellos artilugios era una buena noticia.
El mosquete tenía mucho más alcance y precisión que el arcabuz, pero su peso y retroceso eran enormes. había que dispararlo desde un apoyo, no desde el hombro, y a veces, un soldado llevaba el arma y un paje pagado por este, la horquilla y la munición.
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