El 28 de septiembre, Hitler se entrevistó con Ciano en Berlín y no ocultó su impaciencia con los españoles, nacida de su experiencia durante la Guerra Civil, declarando que: «No se puede avanzar con los españoles sin acuerdos muy concretos y detallados». Hitler subrayó la pasmosa desproporción del acuerdo propuesto por Franco y Serrano Súñer: Alemania aportaría grano, combustible, equipo militar, todas las tropas y el armamento necesario para la conquista de Gibraltar, todo Marruecos y Orán, a cambio de lo cual España le prometía sólo su amistad. Comprensiblemente, el Führer expresó sus dudas de que España tuviera «la misma fuerza de voluntad para dar que para recibir». De hecho, en los doce días que llevaba Serrano Súñer en Berlín, el tenor de las relaciones hispanoalemanas había cambiado drásticamente. En particular, dichas conversaciones habían hecho comprender a Serrano Súñer la severidad y firmeza de la posición alemana.
Además, el curso de otros acontecimientos había llevado al Führer a recapacitar sobre la conveniencia de que España fuera beligerante. La principal preocupación de Hitler era que cualquier acuerdo por su parte para satisfacer las aspiraciones marroquíes de Franco pudiera llegar a conocimiento de los franceses y provocar un entendimiento entre las autoridades de Vichy en el norte de África francés y el general De Gaulle, lo que permitiría establecerse allí a los británicos. Si se consentía a los españoles apoderarse de Marruecos, al primer signo de ataque británico probablemente pedirían la ayuda alemana e italiana para defenderlo. «Además —declaró el Führer, en un comentario que revelaba su desprecio por la dirección de Franco en la Guerra Civil—, dejarían que el ritmo de su Guerra Civil prevaleciera en sus procedimientos militares.» En contraste con sus agrios recuerdos de la guerra española, a Hitler le había impresionado mucho la actuación de la guarnición de Vichy en Dakar (África occidental) el 23 de septiembre, al rechazar un ataque naval de los británicos y la Francia Libre. Ésta fue la clave de su actitud hacia Franco. Hitler empezaba ahora a especular con la posibilidad de incorporar la Francia de Vichy a su sistema de alianzas como miembro incondicional.
Hitler seguía indignado por las deudas impagadas de Franco durante la Guerra Civil. Considerando que la causa nacional en la Guerra Civil había sido una santa cruzada, Serrano Súñer había expresado claramente que consideraba la exigencia de pago por parte de los alemanes una confusión poco delicada de factores económicos e idealistas. En consecuencia, Hitler declaró a Ciano: «Como alemán, uno se siente hacia los españoles casi como un judío que quiere hacer negocios con las posesiones más santas de la humanidad». No era de extrañar que Hitler confesara a Ciano que se oponía a la intervención española, «porque costaría más de lo que vale».42 Era una admisión crítica. Durante meses, los españoles iban a aplazar su declaración de guerra en tanto los alemanes no enviaran comida y armas. Si Hitler hubiera deseado realmente inclinar a Franco en su favor, le habría resultado muy fácil hacerlo enviando suministros o adoptando una actitud más generosa con respecto a las ambiciones imperiales de aquél.
Durante la visita de Ciano a Berlín se acordó que Mussolini y Hitler se entrevistaran el 4 de octubre de 1940 en el Brennero. En dicha entrevista, Hitler repitió al Duce los mismos comentarios que había expresado a Ciano. Desestimó la entrada de Franco en la guerra, dado que su única importancia estratégica era la relativa a la conquista de Gibraltar. Basándose en los informes del almirante Canaris, Hitler creía que la ayuda militar del Caudillo sería nula. En cualquier caso, sabía que la toma de Gibraltar estaba supeditada a la de Suez: si tenía lugar antes de que Suez estuviera en manos del Eje provocaría un ataque británico a las Canarias. Hitler le dijo a Mussolini que Franco había propuesto prestar sus puertos en dichas islas a los alemanes. El verdadero temor de Hitler era que, si los franceses descubrían que estaba regateando con Franco sobre su imperio, simplemente abandonaran la defensa de éstas o las fuerzas francesas en África rompieran con Vichy.* En conclusión, Hitler dijo que pensaba escribir a Franco para decirle que no se podía ceder Orán a España.43
Por el momento, el Caudillo estaba entusiasmado con la perspectiva de obtener el Marruecos francés para España. Años más tarde, Serrano Súñer describió la actitud de Franco como la de «un niño ilusionado, encariñado con lo que había sido su deseo de siempre: el mundo en el que se había formado como gran jefe militar».44 Su optimismo era aún mayor por su convicción de que el punto de vista del Führer, su comprensión y generosidad estaban siendo socavadas por la mezquindad de sus subordinados. En el otoño y en el verano de 1940, lo más sorprendente de sus juicios sobre la guerra y su actitud hacia Hitler es la combinación de estrecha ingenuidad provinciana y una complacencia megalómana.
Mussolini no era el amigo desinteresado que el Caudillo y Serrano Súñer creían. El Duce, temeroso de que Franco pusiera sus manos en las zonas del norte de África que codiciaba Italia, alentó al Führer a posponer la entrada de España en el conflicto y sugirió que las demandas españolas se satisficieran después de la guerra. Hitler, por su parte, intentaba equilibrar las encontradas exigencias de Franco, Pétain y Mussolini, algo que sólo creía posible mediante un «grandioso embuste».* Cuando Ciano habló con Serrano Súñer, que se había quedado en Roma para saber las novedades de la reunión del Brennero, le sorprendió la inocencia del español. Para asombro de Ciano, el cuñadísimo parecía ciego al hecho de que los alemanes «llevaban mucho tiempo con el ojo puesto en Marruecos».45
En un esfuerzo por sacar partido a la visita de Serrano Súñer a Berlín, el 21 de septiembre Beigbeder le dijo a Hoare que España había recibido la promesa de «estabilidad económica, Gibraltar y el Marruecos francés» si se incorporaba al Eje, e insinuó que Gran Bretaña podía intentar evitarlo incrementando la ayuda económica a España y haciéndola pública. Beigbeder y Hoare coincidieron en el valor que tendría alguna expresión de simpatía británica hacia las ambiciones españolas en Marruecos.46 El 29 de septiembre, Churchill escribió a Halifax: «Preferiría ver a los españoles en Marruecos antes que a los alemanes, y si los franceses tienen que pagar por su despreciable actitud, es mejor que paguen en África a los españoles que en Europa a cualquiera de las potencias culpables. En realidad, creo que deberíamos hacerles saber que no constituiremos un obstáculo a sus ambiciones marroquíes, siempre que mantengan la neutralidad en la guerra».47 Ante la franca hostilidad de los alemanes hacia su persona, el voluble Beigbeder demostraba a Hoare una abierta anglofilia. En la breve coexistencia de la línea pro británica de Beigbeder con la postura pro Eje de Serrano Súñer quizá se encuentren las semillas de la táctica de jugar a ambos bandos que Franco emplearía más tarde en la guerra con mayor o menor grado de tosquedad.
Los británicos y la Francia de Vichy estaban, en efecto, considerando la posibilidad de hacer concesiones a España que pudieran contrarrestar las ofertas hechas por los alemanes a Serrano Súñer. El 30 de septiembre, con la esperanza de proporcionar a Franco un motivo para no unirse al Eje en pos de algún premio en el Marruecos francés, Vichy propuso la cesión del territorio reclamado por España a cambio de la renuncia a otras ambiciones. No es de extrañar que la oferta se declinara porque Franco era reacio a poner en peligro sus ambiciosos planes sobre el Marruecos francés, que esperaba cumplir gracias a Hitler.48 Asimismo, tras haber expresado a Alba y Beigbeder sus simpatías hacia un reajuste de las fronteras marroquíes en favor de España, los británicos buscaban otros medios para convencer a Franco de que no entrara en guerra. En un Consejo de Ministros del 2 de octubre de 1940, lord Halifax volvió a proponer la publicación de un comunicado oficial en el que Gran Bretaña se declarase dispuesta a tratar la cuestión de Gibraltar después de la guerra. Una vez más, Churchill señaló que si Gran Bretaña ganaba, la opinión pública no permitiría devolver Gibraltar y que, si perdía, no quedaría otro remedio. Tras posteriores presiones, se acordó hacer la declaración general de que «todas las cuestiones pendientes pueden resolverse amistosamente entre los dos países».49
Mientras coaccionaba al gobierno de Vichy para que hiciera concesiones inmediatas en Marruecos, y a pesar de sus grandiosos sueños imperiales, el Caudillo aún tenía que vérselas con la acuciante crisis de alimentos en España. La distribución empezaba a desintegrarse y en algunas zonas existía una severa escasez de pan. Ante la amenaza de una hambruna, hubo que dejar entreabierta la puerta a la ayuda angloamericana. Ésta topaba con el obstáculo de la indignación estadounidense ante los esfuerzos propagandísticos españoles dirigidos a América Latina favorables al Eje y contrarias a Estados Unidos. La Falange Exterior, el equivalente español de la Auslandorganisation nazi, era el conducto para la agitación antiamericana en las repúblicas suramericanas.50 No obstante, en apoyo a la iniciativa británica de neutralizar a Franco mediante una ayuda cuidadosamente medida, Washington seguía estudiando la propuesta de Norman Davis de tramitar envíos de trigo a España a través de la Cruz Roja. El 30 de septiembre, Weddell le dijo a Beigbeder que la ayuda norteamericana dependía de que España permaneciera fuera de la guerra. A la luz del persistente entusiasmo de Serrano Súñer por la beligerancia, hay que entender la respuesta de Beigbeder como expresión de sus sentimientos personales o, lo que es más probable, un ejemplo de la incipiente doblez de Franco. Beigbeder le dijo al embajador estadounidense «oficialmente, en nombre de su gobierno, que España se quedaría al margen del conflicto europeo a menos que fuera atacada» y restó importancia al viaje de Serrano Súñer que calificó de mera visita de cortesía.51
Pensara lo que pensase el embajador de Estados Unidos sobre las aseveraciones de Beigbeder, debió de resultarle difícil no juzgar la postura de Franco desde el punto de vista de la retórica pro Eje y de los espectaculares desfiles militares que el martes 1 de octubre acompañaron la celebración del día del Caudillo. Las numerosas delegaciones de la Italia fascista y la Alemania nazi marcaron el tono. En Madrid, Franco fue objeto de una ostentosa ceremonia de adulación desplegada en el palacio de Oriente.52 Poco quedaba de «hábil prudencia» en la afectada vanidad del aprendiz de emperador. Para mortificación del cuerpo diplomático, Franco los recibió en el salón del trono bajo palio. Los embajadores convocados tenían instrucciones de desfilar ante él y hacer una reverencia, proceder que nunca habían exigido ni siquiera los reyes de España.53
El 2 de octubre, Beigbeder le dijo a Weddell en tono solemne: «Su presidente puede cambiar la política de España y de Europa mediante un telegrama que anuncie el suministro de trigo a España».54 La clara implicación era que semejante gesto podría contrarrestar las gestiones belicistas de Serrano Súñer. Tras algunas consultas entre Washington y Londres, se decidió utilizar el mecanismo políticamente neutral de un envío de alimentos a través de la Cruz Roja. Los británicos consintieron «a condición de que los agentes norteamericanos en España distribuyeran el trigo, que no se reexportara ninguna cantidad, que se diera publicidad a todo el asunto, que los cargamentos de trigo se enviaran de uno en uno y cesaran si algo iba mal». El 8 de octubre Franco aceptó estas condiciones.55 Sin embargo, el Departamento de Estado era reacio a proseguir con esta política sin nuevas garantías de Franco de que España persistiría en la neutralidad. Con todo, ignorantes de lo cerca que éste estaba de entrar en guerra, Roosevelt y Hull decidieron hacer un gesto de generosidad.56
Las sugerencias de Beigbeder a Hoare y Weddell, y el subsiguiente consejo de éstos, se vislumbraban en un significativo discurso que Churchill pronunció en la Cámara de los Comunes el 8 de octubre. Habló de la disposición de su gobierno a corregir el bloqueo para satisfacer las necesidades españolas y del deseo británico de ver a España ocupar su «merecido lugar como gran potencia mediterránea y como miembro importante e ilustre de la familia de Europa y de la cristiandad». Aunque la prensa controlada por Serrano Súñer informó del discurso, se omitieron las referencias a España,57 lo cual indicaba que la iniciativa de Beigbeder, el trigo americano y las palabras amistosas de Churchill no bastarían para apagar el entusiasmo a favor del Eje que sentía el círculo inmediato de Franco. Dicho entusiasmo se hizo patente el 11 de octubre cuando Mussolini envió a Madrid al mariscal De Bono para imponer a Franco el collar de la Orden de la Annunziata. Visiblemente emocionado, el Caudillo dio las gracias efusivamente a De Bono, expresándose en términos no de prudente neutral sino de aliado comprometido.58 Asimismo, al enviar un mensaje a Salazar en un esfuerzo por restar importancia a sus lazos cada vez más fuertes con Alemania, Franco no pudo evitar revelar su convencimiento de que el Imperio británico estaba acabado y a punto de ser absorbido por Estados Unidos.59
El creciente fervor por el Tercer Reich se reveló del modo más esclarecedor en el cese de los dos ministros del gobierno de Franco más favorables a los aliados. El 16 de octubre de 1940, Luis Alarcón de la Lastra fue sustituido como ministro de Industria y Comercio por Demetrio Carceller Segura, empresario falangista, calculador y sin escrúpulos. Carceller era el arquitecto de la política económica por la que España exportaba alimentos y materias primas a Alemania con la esperanza de ganarse su favor a tiempo para el reparto de posguerra.60 Beigbeder fue reemplazado como ministro de Asuntos Exteriores por Serrano Súñer, y se enteró de su cese por los periódicos.* Nada se le había dicho durante la larga reunión que en la noche del 15 de octubre mantuvo con Franco después de cenar.61 Beigbeder creía que Stohrer había solicitado a Franco su sustitución debido a sus negociaciones con Weddell sobre el trigo.62 Serrano Súñer ya había regresado de Berlín con el mensaje de que Hitler consideraba a Beigbeder como un anglófilo inaceptable. Su cese causó honda impresión en la embajada británica en Madrid y despertó los temores de una inminente declaración de guerra por parte de España.63 Una vez cesado, el vehemente Beigbeder se acercó aún más a Hoare. Fue irresponsablemente indiscreto sobre su hostilidad hacia los alemanes y se refería a Franco como «el enano de El Pardo».64
El nombramiento de Serrano Súñer alimentó los extendidos rumores de que Franco podría abandonar la presidencia del gobierno y cederla a su cuñado.65 Ciertamente, la acumulación de poder del cuñadísimo era ahora considerable. Como no se nombró nuevo ministro de la Gobernación, Serrano Súñer seguía controlando ese ministerio así como el de Asuntos Exteriores y, en la práctica, la Falange. Franco pidió a su cuñado que propusiera un nuevo ministro de la Gobernación; Serrano Súñer insinuó al Caudillo que él mismo asumiera el cargo. Al principio Franco dudó hasta que Serrano Súñer le recordó que Mussolini solía ocupar carteras ministeriales. El juego del cuñadísimo estaba claro. Franco no tendría tiempo de ocuparse en persona de la dirección diaria del ministerio, que por tanto recaería en el muy eficaz subsecretario, José Lorente Sanz, nombrado por Serrano Súñer. Cuando este último anunció a su leal grupo de confidentes que había sido nombrado ministro de Exteriores, dijo «en un momento delicado y serio, nos hacemos cargo de los Asuntos Exteriores y Lorente permanecerá aquí. De este modo evitaremos que entre un neutral».66 Sus fieles amigos Ridruejo y Tovar aún conservaban puestos clave en la sección de prensa y propaganda del ministerio. Así, a través de estos partidarios, Serrano Súñer conservaba el control efectivo del Ministerio de la Gobernación.
El 19 de octubre de 1940, Mussolini escribió a Hitler diciéndole que la reestructuración ministerial de Franco «nos permite asegurarnos de que las tendencias hostiles al Eje se han eliminado o al menos neutralizado».67 Como nueva muestra de la creciente proximidad entre la España de Franco y el Tercer Reich, el domingo 20 de octubre el Reichsführer de las SS, Heinrich Himmler, iniciaba una visita de tres días a España, respondiendo a la invitación de Serrano Súñer. Se le tributaron los honores más altos que se puedan imaginar. En la estación le recibieron el ministro de Asuntos Exteriores y máximas autoridades de la Falange, y entró en Madrid por calles engalanadas con banderas de la cruz gamada. Franco recibió a Himmler en El Pardo y éste asistió a una corrida de toros ofrecida en su honor.68 En parte, el propósito de su viaje era preparar las medidas de seguridad para el inminente encuentro entre Hitler y Franco en Hendaya. Sin embargo, también se trató la cooperación a largo plazo entre la Gestapo y la policía española. La función de enlace quedó a cargo del Sturmbannführer de las SS, Paul Winzer, agregado de seguridad de la embajada alemana en Madrid. Winzer había participado en el entrenamiento de la policía franquista al final de la Guerra Civil. Como resultado del acuerdo alcanzado, se concedieron mayores facilidades a la Gestapo para perseguir e interrogar a los enemigos del Tercer Reich que huían a España.69 Sin embargo, el propio Himmler quedó sorprendido por la magnitud de la represión de posguerra, con las cárceles aún rebosantes de miles de presos y las silenciosas ejecuciones de anónimos prisioneros a la orden del día. Himmler creía que tenía más sentido incorporar a los obreros militantes al nuevo orden que aniquilarlos.70
Durante el mes de octubre de 1940, el proceso de represalias políticas se hizo por breve tiempo más público. En 21 de octubre, se procedió a un juicio sumarísimo contra un grupo de distinguidos republicanos* capturados en la Francia ocupada a petición de Lequerica y entregados a la España franquista por la Gestapo. Todos fueron sentenciados a muerte menos uno, Teodomiro Menéndez, gracias a la intervención de Serrano Súñer que compareció como testigo de la defensa. El 9 de noviembre, Julián Zugazagoitia, que como ministro de la Gobernación de la República, había salvado la vida del general Agustín Muñoz Grandes, monseñor Escrivá de Balaguer (el fundador del Opus Dei), Miguel Primo de Rivera y Raimundo Fernández Cuesta, fue ejecutado junto con el periodista Cruz Salido.71 Una extradición igualmente notoria, más tarde atribuida por Serrano Súñer a Lequerica, fue la del presidente catalán Lluís Companys.72 El 14 de octubre de 1940 se le juzgó sumariamente por «rebelión militar»; al día siguiente fue fusilado.73 Sin inquietarse por duda alguna sobre la culpabilidad de sus enemigos, Franco no prestaba mucha atención a los legajos de sentencias de muerte que le presentaban para su firma.
Washington y Londres supusieron razonablemente que los cambios ministeriales del 18 de octubre y la inminente cumbre entre Franco y Hitler constituían pasos trascendentales del Generalísimo en dirección al Eje. Sin embargo, tanto Hoare como Weddell aconsejaron que se mantuvieran abiertas las conversaciones sobre la ayuda alimentaria a España. En consecuencia, Hull encargó a Weddell que dejara claro a Franco que la ayuda dependía de sus intenciones.74 Dado que las negociaciones con Hitler eran inminentes, ni Franco ni su nuevo ministro de Exteriores estuvieron disponibles para tratar sobre la oferta americana de grano hasta que regresaron de Hendaya.
El miércoles 23 de octubre de 1940, Franco acudió al histórico encuentro con Hitler en Hendaya con la esperanza de obtener una recompensa adecuada a sus reiteradas ofertas de unirse al Eje. Posteriormente, sus propagandistas afirmarían que Franco contuvo a las hordas nazis en Hendaya manteniendo brillantemente a raya a un Hitler amenazador. De hecho, el examen del encuentro no indica una presión desmesurada por parte de Hitler en favor de la beligerancia española; tampoco contradice la conclusión de que en el otoño de 1940 Franco seguía tan ansioso de formar parte del nuevo orden mundial del Eje como lo había estado a principios del verano. Fue a Hendaya para sacar provecho de lo que consideraba la eliminación de la hegemonía anglofrancesa que había mantenido a España en una posición subordinada durante más de dos siglos. Hitler viajó al sur de Francia para sopesar los costes respectivos de asegurar la colaboración de la Francia de Vichy y la de la España de Franco. El martes 22 de octubre se entrevistó con Pierre Laval en Montoire-sur-Loire, una estación de ferrocarril de un remoto pueblecito cerca de Tours; al día siguiente, con Franco en Hendaya, y el jueves 24 con Pétain, otra vez en Montoire.
Hitler no tenía intención de exigir a Franco que España entrara en la guerra de inmediato, lo cual habría sido contrario a la naturaleza exploratoria de su viaje. Al Führer le preocupaba la impaciencia de Mussolini que estaba a punto de comprometerse en una guerra prolongada e inoportuna en los Balcanes a consecuencia de su ataque a Grecia. Estaba, por tanto, aún más convencido de que ceder el Marruecos francés a los españoles era hacerlos más vulnerables a un ataque británico. Como el 28 de octubre le diría a Mussolini en Florencia, después de Dakar creía que debía dejar a los franceses la defensa del Marruecos francés. Hendaya y Montoire fueron un viaje de reconocimiento para ver si existía un modo de hacer compatibles las aspiraciones de Franco y de Pétain, y para permitirle decidir su futura estrategia en el suroeste de Europa.75 El Führer era consciente de que sus consejeros militares y diplomáticos creían que no debía incorporar a Franco a la guerra. Su comandante en jefe, Brauchitsch, y su jefe de Estado Mayor, Halder, creían que «la situación interior de España está tan deteriorada que resulta un socio político inservible. Tenemos que lograr los objetivos esenciales para nosotros (Gibraltar) sin su participación activa».76 Weizsäcker, el secretario de Estado, escribió: «En mi opinión, debe dejarse a España fuera del juego. Gibraltar no vale la pena. Perdiera lo que perdiese allí Inglaterra, pronto lo compensaría con las islas Canarias. Hoy día España no tiene ni pan ni petróleo». Desde su punto de vista, la incorporación de España al Eje carecía de «valor práctico».77
Incurriendo en el desdén de los alemanes allí reunidos, el tren de Franco, que sólo había tenido que recorrer unos pocos kilómetros, entró en la estación poco después de las tres de la tarde, con ocho minutos de retraso. Según Paul Schmidt, funcionario del ministerio alemán de Exteriores, el tren llegó una hora tarde, aunque nada respalda esa afirmación en los informes de la época ni en las diversas descripciones de los hechos de Serrano Súñer.78 Posteriormente, los apologistas de Franco explicaron, sin más fundamento que una fanfarronada del Caudillo de la que hizo alarde en 1958, que la supuesta tardanza fue un hábil recurso para desorientar a Hitler.79 Franco no tenía ningún motivo para desear hacer eso. En realidad, le mortificó el pequeño retraso que sufrió su tren.* Al percibir que quedaría mal a los ojos de Hitler, amenazó con cesar al teniente coronel responsable de la organización del viaje.80 Muchos testimonios fotográficos del encuentro inicial en el andén de la estación de Hendaya sugieren que Franco estaba feliz de reunirse con el Führer. Era sin duda comprensible que los ojos de Franco brillaran de emoción, pues, para él, el encuentro constituía un momento señaladamente histórico.
En la medida en que es posible reconstruir la reunión que siguió en el coche salón del tren especial de Hitler, el Erika, pocos datos avalan la hipótesis de que «la habilidad de un hombre contuvo al que no consiguieron contener todos los ejércitos de Europa, incluido el francés».81 Resulta imposible hacer una reconstrucción absolutamente precisa y minuciosamente detallada de la reunión, a pesar de la existencia de varias descripciones de testigos en teoría presenciales. Participaron en ella seis personas: Hitler, Franco, Ribbentrop, Serrano Súñer y los dos intérpretes, Gross y el barón de las Torres. Un séptimo, Paul Schmidt, secretario de prensa e intérprete de Ribbentrop, permaneció entre bastidores. Cuatro de los siete presentes, Serrano Súñer, el barón de las Torres, Ribbentrop y Schmidt, han dejado testimonios con diversos grados de detalle y fiabilidad.82 La versión más extensa es la contenida en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, elaborada por Schmidt. Pero este informe está incompleto, al igual que otros documentos concernientes a las relaciones entre Hitler y Franco, se ha perdido inexplicablemente.83
El almirante Canaris había advertido previamente a Hitler que le desilusionaría conocer a Franco: «No es un héroe sino un pequeño mequetrefe» (statt eines Helden, ein Würstchen).84 La reunión empezó con bastante cordialidad a las tres y media de la tarde. Al saludo de Franco: «Estoy encantado de verle, Führer», Hitler respondió: «Por fin cumplo un antiguo deseo, Caudillo». A partir de entonces, en lugar de la conversación que Hitler acaso había esperado dominar, hubo monólogos indirectamente opuestos. Hitler dio la impresión de tener problemas más importantes en que pensar que convenir un trato con Franco. Ciertamente, su conducta no era la de alguien que está a punto de hacer amenazas. Divagó sin entrar en materia con una extensa justificación de las presentes dificultades de Alemania en la guerra, haciendo particular énfasis en el papel de la climatología en la batalla de Inglaterra. Hitler ofreció una visión general de su potencial militar disponible, pero no dijo, como se afirmó en la España de Franco: «Soy el amo de Europa y, como tengo doscientas divisiones a mis órdenes, no queda más alternativa que obedecer».*
Hitler sí explicó, laboriosamente y con palabras rebuscadas, el motivo por el cual el cumplimiento de las ambiciones españolas en Marruecos era problemático, dada la necesidad de cooperar con la Francia de Vichy. A este respecto, se refirió a su conversación del día anterior con Laval y a su próximo encuentro con Pétain, con el que trataría sobre la posibilidad de que, si Francia se unía a Alemania, sus pérdidas territoriales fueran compensadas con colonias británicas. El trago más amargo para Franco fue la siguiente declaración de Hitler: «Si la cooperación con Francia resulta posible, los resultados territoriales de la guerra tal vez no sean tan grandes; sin embargo, el riesgo sería menor y el éxito sería más rápido. Según su opinión, en tan dura contienda resultaría mejor aspirar a un pronto éxito en breve tiempo, aun cuando las ganancias fueran menores, que en las largas guerras de desgaste. Si con la ayuda de Francia, Alemania podía ganar más rápido, estaba dispuesta a ofrecer a cambio condiciones de paz menos gravosas para aquélla».
Es imposible que Franco no alcanzara a comprender que sus esperanzas de una gran adquisición territorial sin costes prácticamente se desvanecían ante sus ojos. Había acudido a la reunión ingenuamente convencido de que Hitler, su amigo, sería generoso. Por tanto, intentó agobiar al Führer con un recitado de los derechos históricos de España sobre Marruecos, la terrible situación económica de España, la lista de suministros requeridos para facilitar sus preparativos militares y la presuntuosa afirmación de que España podía conquistar Gibraltar sola. Según Schmidt, Franco irritó a Hitler con su imperturbable cachaza y su insistente cantinela «en voz baja y reposada, cuyo monótono soniquete recordaba al almuédano llamando a los fieles a la oración».85 A Hitler le enfureció en especial que Franco repitiera una opinión que había tomado del capitán Espinosa de los Monteros en el sentido de que, aun cuando se conquistase Inglaterra, el gobierno y la flota británica continuarían haciendo la guerra desde Canadá con apoyo estadounidense.86 El indignado Führer se puso nerviosamente en pie de un salto, exclamando que no tenía objeto seguir hablando. A Hitler le exasperaba lo que consideraba una incorregible estrechez de miras por parte de Franco al albergar dudas sobre la victoria alemana ante Inglaterra, y su mal gusto al expresarlas. Sin embargo, evidentemente lo pensó dos veces antes de interrumpir el encuentro y se volvió a sentar.87
Según De las Torres, Hitler salió de la reunión murmurando «con estos tipos no hay nada que hacer» («mit diesem Kerl ist nichts zu machen»).88 Está claro que si Hitler hubiera amenazado con utilizar doscientas divisiones contra España no habría hecho un comentario que más bien revela impotencia.* La entrevista finalizó a las seis y cinco de la tarde y, tras un corto intervalo durante el que se entrevistaron Serrano Súñer y Ribbentrop, el grupo cenó en el vagón de Hitler. Según el mariscal Keitel, que habló brevemente con Hitler durante la pausa para cenar, éste «estaba muy descontento con la actitud de los españoles y era partidario de terminar las conversaciones allí mismo. Estaba muy irritado con Franco y particularmente molesto por la actuación que había tenido Serrano Súñer, su ministro de Exteriores; según Hitler, Serrano Súñer tenía a Franco en el bolsillo».89
Los dos ministros de Exteriores procedieron después a esbozar un protocolo.90 Es significativo que en la conversación entre Serrano Súñer y Ribbentrop que siguió a continuación, el cuñadísimo «observó al comienzo que el Caudillo no había entendido precisamente los asuntos concretos tratados en las conversaciones con el Führer». En particular, no podía aceptar que Hitler deseara colaborar con Pétain, a quien el Caudillo consideraba acabado.91 Serrano Súñer expresó a Ribbentrop su sorpresa ante la nueva línea que Hitler seguía con respecto al África francesa la cual lamentaba, porque «esto sería hacer caso omiso de las reivindicaciones máximas españolas». Con todo, coherente con las anteriores propuestas del propio Franco, accedió a la elaboración de un protocolo secreto. Otra aspiración española que no se satisfaría en el acuerdo escrito era la solicitud de una rectificación de la frontera pirenaica para entregar la Cataluña francesa a España.92
Este documento aún no se había terminado cuando se interrumpieron las conversaciones. No se sabe de qué hablaron el Caudillo y el Führer mientras sus ministros de Exteriores estaban negociando. Parece ser que, en ausencia de Ribbentrop, Hitler consiguió devolver a Franco el entusiasmo por el Tercer Reich. Las palabras de despedida del Caudillo revelaban su compromiso emocional con el Eje: «A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara, me tendría incondicionalmente a su lado, y sin ninguna exigencia». Para alivio de Serrano Súñer, el intérprete alemán no tradujo lo que creyó una mera cortesía formal.93
Con una sorprendente mezcla de ingenuidad y codicia, Franco dijo a Serrano Súñer después de la entrevista: «Es intolerable esta gente; quieren que entremos en la guerra a cambio de nada; no nos podemos fiar de ellos si no contraen, en lo que firmaremos, el compromiso formal, terminante, de cedernos desde ahora los territorios».94 Lo sorprendente de los comentarios de Franco era su creencia implícita en que «un compromiso formal» de Hitler habría tenido algún valor real. Esta afirmación, y de hecho el tono general de la reunión, delatan lo absurdo de la pretensión posterior de Franco y de Serrano Súñer de que estaban conteniendo a Hitler hábilmente. Su determinación no era la de mantenerse en la neutralidad, sino poner las bases de un imperio colonial. Su buena suerte quiso que Hitler tuviera otros compromisos y no pudiera satisfacer sus ambiciones. En consecuencia, la neutralidad se convirtió en una suerte de premio de consolación.
Después de la reunión, cuando por fin arrancó el tren de Franco, lo hizo de forma tan violenta que sólo la intervención del general Moscardó evitó que el Caudillo cayera de cabeza sobre el andén. En el camino de regreso a San Sebastián llovió y en el viejo tren, antaño empleado por Alfonso XIII y conocido como el «break de Obras Públicas», caló el agua cayendo sobre Franco y Serrano Súñer.95 Al regresar al palacio de Ayete, Serrano Súñer y Franco trabajaron sobre un texto de protocolo entre las dos y las tres de la madrugada. El texto preparado de antemano por los alemanes llamaba a España a incorporarse a la guerra cuando el Reich lo considerara necesario. En su texto, el Generalísimo y su cuñado trataron de encontrar una fórmula menos rígida que dejara algún espacio para negociar dicha incorporación. Antes del alba apareció el general Eugenio Espinosa de los Monteros, embajador español en Alemania. En vista de la impaciencia alemana, que les comunicó, él mismo llevó el texto a Hendaya. Ribbentrop se negó a aceptar las pequeñas enmiendas al protocolo, aunque Serrano Súñer ocultó esa noticia a Franco.96 A pesar de su vaguedad, el protocolo constituía un compromiso formal por parte de España para entrar en guerra al lado del Eje.97
Sobre las conversaciones de Hendaya, Goebbels anotó en su diario: «El Führer ha mantenido su proyectada reunión con Franco. Me han informado por teléfono de que todo ha ido como una seda. Según la información, España es definitivamente nuestra. A Churchill le esperan malos tiempos».98 Goebbels no fue el único en recibir esa llamada. Ribbentrop también telefoneó a Ciano y le expresó su satisfacción por el encuentro.99 Ambos comentarios son absolutamente coherentes con el hecho de que Hitler había realizado una especie de viaje de reconocimiento para calibrar las posturas de Franco y de Pétain. Franco había manifestado una actitud de total lealtad hacia el Eje, aunque reservándose el derecho de decidir el momento de la participación española en la guerra. En Madrid se suponía que España entraría pronto en guerra. En el cuerpo diplomático cundió el pánico y la embajada portuguesa se inundó de peticiones de visados.100 Sólo más tarde, cuando la beligerancia española se aplazó indefinidamente, empezó Hitler a considerar la reunión como un fracaso total.
Pero esto no significa que hubiera disfrutado con el encuentro. Tras pasar nueve horas no seguidas en compañía de Franco, Hitler le dijo a Mussolini más adelante que «antes de volver a pasar por eso, prefiero que me saquen tres o cuatro muelas».101 Tanto a Hitler como a Ribbentrop les irritaba el hecho de que, insensible a las necesidades de la política alemana hacia Vichy, Franco repitiera machaconamente lo que ellos consideraban unas exigencias imperiales ridículamente exageradas. Mientras se alejaba de Hendaya en su coche, Ribbentrop supuestamente tachó a Serrano Súñer de «jesuita» y a Franco de «cobarde desagradecido».102 A Ribbentrop le exasperaban las dificultades que había encontrado con Serrano Súñer, quien «con frecuencia revelaba una insuficiente comprensión del hecho de que la realización de las aspiraciones españolas dependía exclusivamente de los éxitos militares de las potencias del Eje y, por tanto, estas aspiraciones debían subordinarse a la política del Eje para conseguir la victoria final».103 El coronel Gerhard Engel, consejero militar de Hitler, informó a Halder que el Führer estaba enfurecido por el encuentro de Hendaya, despotricando del «cerdo jesuita» y del «extemporáneo orgullo español».104
Los propagandistas franquistas y el propio Serrano Súñer han citado estos comentarios insultantes como prueba de que Hitler y Ribbentrop estaban al borde de la apoplejía porque la hábil retórica de Franco y su cuñado estuviera conteniendo el poderío alemán. De hecho, semejantes comentarios invalidan por completo la hipótesis de que Franco frenó la amenaza alemana en Hendaya. Si Hitler hubiera tenido realmente doscientas divisiones en espera, nada de lo que dijera Franco o Serrano Súñer habría importado. Los insultos son más indicativos de un desdén teutónico por las egoístas pretensiones del Caudillo y su engreída presunción de estar en el mismo plano que el Führer. El orgullo y patriotismo manifiestos de Franco y Serrano Súñer debieron de parecer irritantemente injustificados en los representantes de una nación económica y militarmente tan débil como España.
De hecho, la exasperación de Hitler se debía también a su contrariedad por no haber podido engañar a los españoles sobre el Marruecos francés diciendo con aparente franqueza que no podía dar lo que aún no era suyo. Claro está que, en definitiva, confiaba en poder disponer del imperio colonial francés a su antojo, pero no tenía intención de cedérselo a Franco. Éste era su «grandioso embuste». El jefe del Ministerio de Asuntos Exteriores, Weizsäcker, concedía poca importancia al hecho de que «no se acordara nada en concreto con respecto a la entrada de España en la guerra» y creía que Hendaya era más bien un fracasado «truco de prestidigitación».105 Años más tarde, Serrano Súñer sugirió que la mentira de Hitler no había dicho lo bastante grande. En su opinión, la obsesión africanista de Franco con Marruecos era tal que si Hitler se lo hubiera ofrecido, habría entrado en la guerra.106 Se ha dicho que el propio Franco comentó al gobernador civil de León, Antonio Martínez Cattaneo, que «fue Hitler el que no aceptó mis condiciones».107 Mientras aguardaba la llegada del tren de Franco, Hitler por su parte reveló los motivos por los cuales, siquiera una vez, no podía arriesgarse a una mentira a gran escala. Charlando con Ribbentrop en el andén de Hendaya, comentó que no se podían hacer promesas firmes sobre el territorio francés porque, «con estos charlatanes latinos, seguro que los franceses se enterarían tarde o temprano».108
Fue una suerte para Franco que Hitler no pudiera ni quisiera pagar el precio requerido. Al fin y al cabo, una de sus razones para desear la participación española en la guerra era poder controlar el norte de África e impedir cualquier aumento de la resistencia francesa en la zona. El precio de Franco —la cesión de las colonias francesas— ciertamente habría precipitado un movimiento antialemán encabezado por De Gaulle que habría allanado el camino para los desembarcos aliados. El encuentro de Hendaya llegó a un punto muerto precisamente por ese problema. Se firmó el protocolo, comprometiendo a España a unirse a la causa del Eje en la fecha decidida por «común acuerdo de las tres potencias», pero una vez completados los preparativos militares. En la práctica, eso dejaba la decisión en manos de Franco. No obstante, el Führer podía haberle empujado a ello, iniciando el suministro de víveres y pertrechos militares. Hitler realizó promesas firmes sólo en lo concerniente a Gibraltar y fue impreciso sobre el futuro control español de las colonias francesas en África. Las vagas promesas que hizo no fueron suficientes para el Caudillo. Después de Hendaya, Franco se vio obligado a reconocer que nada importaban a Hitler sus pretensiones imperiales, y empezó a disminuir su apasionada admiración por el Führer.