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Carlangas

Rey de Reyes
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Que el Régimen de Franco en su época original tuvo relaciones con el Tercer Reich es conocido por todos, sobre todo por parte de su cuñado Ramón Serrano Suñer, pero que hubo un gran distanciamiento entre ellos (que de hecho duró hasta la muerte del propio Franco) tras Hendaya también es claro, ¿por qué? Porque Serrano quería ir a la Guerra y Franco no.

PD: Otra cosa es que igual hubiera querido si hubiera creído que eso le favorecía, pero que Franco fue a Hendaya a metersela doblada a Hitler eso no tiene duda tampoco.

Hoygan el lisensiado Franco era un henio fue a robarle la plata a Adolfo Hitler

El régimen franquista se apoyaba en el ejército, Franco difícilmente iba a poner entrar en una guerra sin su apoyo y de Hendaya no sacó nada que ofrecerles, pero no, él era un hombre de paz y nunca quiso entrar en guerra, por eso no envió un considerable contingente de tropas a luchar.

Franco vio en Hitler alguien para pagarle la factura de la reconstrucción del pais. Y no salió bien, básicamente porque los alemanes estaban más preocupados de ganar una guerra que otra cosa...

Si por considerable contingente de tropas te refieres a una División formada sobre todo por voluntarios de entre sus estimadísmos falangistas y gente a la que sino hubiera tenido en la cárcel le importaba mucho

Iba a contestar en el hilo de política española pero dado el tocho que os voy a citar, sería una desvirtuación del hilo bastante importante, así que he preferido crear un hilo que seguramente no lea nadie pero aún así.

A continuación os cito el capítulo 15 del libro Franco: Caudillo de España, del genial Paul Preston. Va de los meses de septiembre-octubre de 1940 y aún siendo un tocho importante, se deja fuera todos los meses anteriores y posteriores del conflicto en los que la entrada de España en guerra de lado de Hitler estuvo muy cercana. Os recomiendo encarecidamente el libro si queréis saber más. O al menos los capítulos respectivos a los años 1936-1945 en los que se relatan las relaciones entre Franco y el Eje. Se leen muy rápidamente y son muy interesantes. Hay otras obras específicas que tratan más en profundidad el tema pero como digo la obra de Preston es magnífica, referencia mundial en cuanto al estudio de la figura de Franco, y es muy fácil de leer y comprender.

En el siguiente post va el tocho.
 

Carlangas

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El precio del imperio: Franco y Hitler,
septiembre-octubre de 1940
A comienzos del verano de 1940, la entrada de España en la guerra había suscitado más entusiasmo en Madrid que en Berlín. Era descaradamente obvio que Franco, Serrano Súñer e incluso Beigbeder aspiraban a participar después de lo más duro del combate pero antes del reparto del botín, aunque los alemanes habían desestimado displicentemente sus ofertas. En septiembre, seguro de una inminente victoria alemana sobre Inglaterra, Franco se apresuró a enviar a Serrano Súñer a Berlín para fijar las condiciones en las que España estaría representada en la mesa de conferencias final.
Los expertos militares y económicos alemanes no compartían el optimismo de Franco sobre la posible contribución de España al esfuerzo bélico del Eje. El 27 de agosto, el jefe del Estado Mayor, general Halder, habló de la beligerancia española como una fantasía de Hitler. El punto de vista de Halder fue confirmado esa misma mañana por el almirante Canaris, quien expuso la estremecedora carencia de alimentos y combustible de España, y la oposición a Franco de importantes generales y miembros del alto clero. El jefe del Abwehr recalcó que «desde el principio la política de Franco ha sido no entrar en la guerra hasta que Gran Bretaña esté derrotada, porque tiene miedo de su poder».1 Göring declaró que la magnitud de la ayuda solicitada por Franco era totalmente inviable. Incluso a pequeña escala se consideraba impracticable.2 La única ayuda que remitieron los alemanes fueron sesenta y dos toneladas de objetos religiosos, saqueados de Polonia, para reparar el daño que la Guerra Civil había causado a las iglesias españolas.3
En apariencia ignorante del profundo pesimismo alemán sobre la utilidad militar de España, el embajador Von Stohrer elaboró un borrador preliminar del protocolo de la entrada española en la guerra. Algo reelaborado, con la inclusión de opiniones del Oberkommando der Wehrmacht (Alto Mando Supremo de las Fuerzas Armadas), este documento formó la base de las instrucciones de Von Ribbentrop para tratar con Serrano Súñer, que debía llegar a Berlín a mediados de septiembre. Según los términos de la posición alemana, España determinaría el momento de su entrada en la guerra de acuerdo con las potencias del Eje; a cambio del equipo militar y las materias primas necesarias que le suministraría el Tercer Reich, España se comprometía a reconocer las deudas de la Guerra Civil con Alemania y las pagaría mediante futuros envíos de materias primas; España también accedía a la confiscación y cesión a Alemania de las propiedades mineras francesas y británicas en España y en el Marruecos español. El territorio español del golfo de Guinea pasaría a Alemania. La economía española se integraría en una economía europea dominada por Alemania en la que tendría solamente una función subordinada, limitando sus actividades a la agricultura, a la producción de materias primas y a las industrias «naturales de España».4
A principios de septiembre, Stohrer regresó a Madrid. El día 6, en una ceremonia que tuvo lugar en El Pardo, impuso a Franco la Gran Cruz de Oro de la Orden del Mérito del Águila. Era una señal de que Hitler apreciaba la acción decisiva de Franco en Tánger y sus ofertas de beligerancia. También era obvio, por el discurso de Stohrer, que el Führer estaba ahora dispuesto a reclamar el cumplimiento de esas promesas. El Caudillo, francamente emocionado, respondió hablando de su fe en «el triunfo de nuestros ideales comunes». Ese mismo día, el nuevo embajador italiano, Francesco Lequio, presentó sus credenciales y le dijo a Franco que podía confiar en el apoyo italiano a las legítimas aspiraciones de España.5
La cobertura deparada a ambas ceremonias fijó el tono de confraternidad de la futura misión de Serrano Súñer en Berlín. El hecho de que Serrano Súñer, que al fin y al cabo era ministro de la Gobernación, fuera el emisario enviado a Hitler reflejaba el deseo de Franco de utilizar a una persona que fuera del agrado de los alemanes. De modo característico, Franco intentó sacar un provecho adicional del viaje de Serrano Súñer. Las negociaciones con Vichy para la cesión de la zona próxima a Fez se retrasaban. Mientras la prensa italiana y española anunciaban a bombo y platillo que la visita de Serrano Súñer significaba la incorporación española al Eje y la inminente satisfacción de sus ambiciones coloniales en el norte de África, Franco ordenó a su embajador en Vichy, Lequerica, que reiterara las quejas españolas sobre la presunta agitación del Marruecos francés. Lequerica tenía instrucciones de transmitir a Pétain la amenaza inequívoca de una intervención española,6 con evidentes esperanzas de que la presencia de Serrano Súñer en Berlín, que sugería una estrecha amistad hispanoalemana, pudiera presionar a Vichy para hacer concesiones territoriales.
Los temores generados por el viaje de Serrano Súñer se reflejaron el 14 de septiembre en la acción del ministro británico para las Colonias, lord Lloyd, que informó extraoficialmente al embajador de España, duque de Alba, que había aconsejado a Churchill no oponerse a una ocupación española del Marruecos francés.7 Es posible que Churchill estuviera utilizando a Lloyd para tratar de contrarrestar las potenciales ofertas alemanas a Franco. Y no eran sólo los británicos y franceses quienes suponían que de la visita de Serrano Súñer resultaría la entrada de España en la guerra.8 Dos días antes de la llegada de éste, Hitler había expresado al general Halder su «intención de prometer a los españoles todo lo que quisieran, sin importar si la promesa se podía cumplir».9 De haber llevado adelante esta intención y perpetrado lo que más tarde llamaría su «grandioso embuste», Hitler hubiera podido arrastrar a Franco a la guerra. Pero de hecho, dado que estaba fallando su ataque a Gran Bretaña, al Führer le interesaba conservar la buena voluntad del régimen de Vichy. Por ello, no reaccionó como Franco esperaba a los comentarios alarmantes que partían de Madrid sobre los desórdenes de Marruecos, facilitando la ocupación española del territorio francés. En cambio, para evidente irritación del Caudillo, autorizó el envío de tropas senegalesas, carros de combate y aviones con objeto de reforzar el ejército colonial francés. A través de Beigbeder, el Caudillo seguía intentando persuadir a alemanes e italianos de que no se podía confiar en Pétain como guardián del norte de África.10 Serrano Súñer alegó el mismo argumento en Berlín.
Del rapaz hostigamiento de Vichy y de la misión de Serrano Súñer se deducía claramente que Franco entraría en guerra si los alemanes desembarcaban en Inglaterra. Sin embargo, su deseo de subirse al carro de los vencedores se veía obstaculizado por la alarmante escasez de víveres dentro de España, agravada por la quiebra de las redes de distribución que dependían del combustible importado.* Sin que esto supusiera ninguna alteración de su lealtad política, el Caudillo se vio obligado a recurrir a Estados Unidos en busca de ayuda económica. Olvidando que en junio había menospreciado con arrogancia las ofertas de ayuda de Weddell y Hoare, el 7 de septiembre de 1940 Franco envió a su ministro de Industria a pedir a Weddell un crédito de cien millones de dólares para comprar alimentos, combustible y materias primas. Weddell, como también Hoare, se inclinó a jugar la baza de la buena voluntad hacia España. Entonces se entabló un acalorado debate dentro del Departamento de Estado sobre si se debía conceder un crédito a Franco, debate alentado por los temores que provocó la visita de Serrano Súñer a Berlín.11 Al final, Norman H. Davis, presidente de la Cruz Roja americana e íntimo amigo del secretario de Estado de Estados Unidos, Cordell Hull, propuso una solución al dilema. Davis sugirió que se concedieran a España fondos de un presupuesto especial de ayuda. Eso demostraría la buena voluntad de Estados Unidos hacia el pueblo español, pero sería insuficiente para alentar los planes de guerra de Franco. Hull aceptó la idea con la esperanza de exigir a cambio a Franco garantías de que España seguiría sin ser beligerante.12
El 16 de septiembre de 1940, Serrano Súñer llegó a Berlín acompañado de un nutrido grupo de falangistas, entre los que se encontraba Dionisio Ridruejo, director general de Propaganda, para debatir la contribución de España al golpe definitivo contra Gran Bretaña. Impresionó sobremanera a Serrano el tren especial que los alemanes enviaron para recogerle en Hendaya, la disciplina de la guardia de honor y el aspecto derrotado de los franceses. A su vez, las autoridades de Vichy estaban indignadas porque Serrano Súñer se paseara por Francia como si fuera uno de los vencedores.13 Por muy encandilado que estuviera ante la visión de la victoriosa Wehrmacht, pronto aburrieron al cuñadísimo los esfuerzos por abrumarle con demostraciones del poderío alemán en forma de visitas a fábricas y unidades militares. No obstante, Ramón Garriga, representante en Berlín de la agencia de noticias EFE, recibió un claro mensaje de los miembros de la delegación española de que habían acudido a negociar la entrada en la guerra.14 Uno de ellos, Miguel Primo de Rivera, era partidario del envío de una división de voluntarios falangistas para colaborar en el ataque alemán a Gran Bretaña.15
La operación León Marino (Seeloewe) para la invasión de Gran Bretaña se había pospuesto temporalmente el 14 de septiembre y tres días después sería indefinidamente pospuesta como resultado del éxito de la Royal Air Force en la batalla de Inglaterra. En ese punto, los alemanes fueron poco sinceros con sus huéspedes españoles. De hecho, en su primer encuentro de tres horas del 16 de septiembre, Ribbentrop explicó a Serrano Súñer que en Inglaterra la situación empeoraba y «en breve no quedaría de Londres más que escombros y cenizas». Serrano Súñer expuso que el propósito formal de su visita, como miembro del gobierno y «representante del pueblo español», era llevar las conversaciones sobre la entrada española en la guerra más allá de las anteriores «tentativas esporádicas». Expresó Serrano su sorpresa porque los materiales necesarios para el esfuerzo bélico de España aún no hubieran llegado de Alemania. Repitió la lista de artículos requeridos y alegó que el Marruecos francés pertenecía «al Lebensraum de España». En un posterior intento para afirmar los credenciales de España como implacable miembro del Eje, expresó sin ambages las ambiciones de España con respecto a Portugal: «Geográficamente hablando, Portugal en realidad no existe; su independencia sólo tiene una justificación moral y política... España lo reconoce, pero tiene que exigir que Portugal se alinee en el grupo español».16
La aspereza y afectación de Ribbentrop pronto provocaron una intensa antipatía en Serrano Súñer.17 En la reunión del 16 de septiembre, Ribbentrop se quejó de las cantidades de material que solicitaba España, pero al final se acordó que recibiría lo que fuera absolutamente necesario. A continuación, reveló el abismo que separaba los intereses de Franco y los de Hitler en lo relativo a la participación de España en la guerra. Consciente de que los británicos responderían a la captura de Gibraltar conquistando las islas Canarias, las Azores o las islas de Cabo Verde, el Führer quería una isla canaria como base alemana y más bases en Agadir y Mogador con el «hinterland necesario». También exigió sustanciales concesiones económicas en concepto de satisfacción de la deuda de la Guerra Civil y participación en los intereses mineros de Marruecos. La reunión concluyó después de que el altanero Ribbentrop preguntara a quemarropa cuándo podría España entrar en la guerra, a lo que Serrano Súñer respondió que España estaría preparada en cuanto se instalase la artillería pesada alemana en la zona costera cercana a Gibraltar. Serrano Súñer había ido esperando ser tratado como un valioso aliado y en cambio estaba siendo tratado como representante de un Estado satélite. Siempre susceptible y apasionadamente patriota, consideró las exigencias de Ribbentrop una impertinencia intolerable, y cuando comprendió plenamente las lecciones de este viaje, éstas alterarían significativamente su actitud hacia el Tercer Reich y la cuestión de la entrada de España en la guerra.18
Esa noche, un bombardeo de la RAF obligó a la delegación española a descender al refugio antiaéreo del hotel, algo maltrecha su admirativa idea sobre la invulnerabilidad alemana.19 Al día siguiente, Hitler recibió a Serrano Súñer y mantuvieron una conversación de una hora. Serrano Súñer empezó transmitiendo un mensaje especial de Franco de gratitud, simpatía y alta estima hacia el Führer y de «lealtad de ayer, hoy y siempre». También llevaba consigo una carta de Franco a Hitler, escrita el 11 de septiembre de 1940 en San Sebastián, donde manifestaba que la misión de Serrano Súñer era continuación de las anteriores ofertas de beligerancia española hechas por Vigón. Acababa con una expresión de la «fe firme» del Caudillo «en su victoria inminente y definitiva, y con los mejores deseos para su salud personal y la felicidad y el bienestar del gran Reich alemán».20
Una vez concluidos los cumplidos, Serrano Súñer afirmó inequívocamente que España estaba dispuesta a entrar en la guerra en cuanto recibiera los suministros de alimentos y material bélico, y reiteró la petición de baterías costeras en las inmediaciones de Gibraltar. Hitler aseguró que se tardaría meses en instalar la artillería pesada y que sería más efectivo destacar un grupo de Stukas en la zona. Declaró vehementemente que la rápida toma de Gibraltar era muy importante, y fácil, pues ya había sido objeto del minucioso estudio de los expertos alemanes. Hitler sólo aludió de pasada a Canarias y sugirió un encuentro con Franco en la frontera hispanofrancesa. Poco después, Serrano Súñer volvió a reunirse con Ribbentrop, quien le presionó para obtener la cesión de una de las islas Canarias y añadió que Alemania quería la Guinea española y las islas de Fernando Poo (hoy Bioko), Annobón (Pagalu) y otras menores, a cambio del Marruecos francés. Serrano Súñer reaccionó negativamente, afirmando que, aunque la juventud española clamaba por Gibraltar, sería «absolutamente imposible» consentir otras amputaciones o limitaciones del territorio español. Sugirió por el contrario que Alemania utilizara la isla portuguesa de Madeira.21
Como resultado de esta reunión con Serrano Súñer, Hitler escribió a Franco el 18 de septiembre. Los problemas de la operación León Marino podían leerse entre líneas, en particular cuando el Führer recalcaba que el bloqueo británico de España sólo podía romperse expulsando a los ingleses del Mediterráneo, afirmando que esto «se conseguiría rápidamente y con seguridad gracias a la entrada de España en la guerra», que empezaría «con la expulsión de la flota inglesa de Gibraltar e inmediatamente después con la toma del fortificado peñón». A partir de entonces, añadía, la defensa de las costas españolas debía confiarse a unidades de bombardeo alemanas. Como la pérdida de Gibraltar empujaría a Gran Bretaña a intentar capturar alguna de las islas Canarias, Hitler instó a Franco a que permitiera emplazar allí unidades de Stukas o de cazas de largo alcance. Sin embargo, la importancia únicamente relativa que Hitler concedía a la entrada española se reflejó en sus palabras finales: «La entrada de España en el conflicto ayudará a demostrar a Inglaterra aún con más fuerza la inutilidad de continuar la guerra y le obligará a olvidar de una vez por todas sus injustificadas pretensiones».22
A pesar de la indignación de Franco y Serrano Súñer a causa de determinadas exigencias alemanas, ambos (y sobre todo Franco) tardarían mucho tiempo en caer en la cuenta de que el lugar de España en el orden nuevo sería el de un satélite agrario menor. Las ambiciones coloniales de Hitler de un gran imperio centroafricano con bases en las islas Canarias y el Marruecos español como puestos de escala, eran más importantes para él que las buenas relaciones con Franco.23 En cualquier caso, la beligerancia española sería solamente parte de una estrategia indirecta contra Gran Bretaña. Hitler no estaba lo bastante interesado en el flanco sur para querer cortejar a Franco. Esta «guerra en la periferia» era algo con lo que Hitler jugaba mientras preparaba sus grandiosos proyectos de aniquilar a Rusia y animar a Japón a declarar las hostilidades a Estados Unidos. Además, había que sopesar el coste de la cooperación española con respecto a las reivindicaciones de Italia y de la Francia de Vichy.24
Mientras Franco aún estaba digiriendo la carta de Hitler, Serrano Súñer partió para hacer un recorrido por los campos de batalla del frente occidental. Entre el 19 y el 20 de septiembre, Ribbentrop visitó Roma para tratar con Mussolini la futura dirección de la guerra a raíz de la suspensión de la operación León Marino. En el coche que le transportaba del aeropuerto, Ribbentrop le dijo a Ciano que la intervención española «parece ahora segura e inminente». A Mussolini le dijo: «España está preparada para entrar en la guerra». El Duce coincidió en que era «un acontecimiento de gran importancia».25 Mussolini sugirió que España se uniera a Italia y a Alemania en un Pacto Tripartito que se mantendría en secreto hasta la entrada española en la guerra, para no poner en peligro el ataque a Gibraltar. Sin embargo, con la vista puesta en sus propias ambiciones norteafricanas, el Duce intentó sembrar dudas en la mente de Ribbentrop sobre la eficacia militar española en Marruecos.26
Antes de abandonar Berlín, Serrano Súñer había enviado a Franco por avión especial una relación de sus reuniones con Ribbentrop. A su regreso a Berlín procedente de Bruselas, donde había finalizado su recorrido por el campo de batalla, le esperaba una larga carta de su cuñado. El texto demostraba de manera indudable que en ese momento Franco creía ciegamente en la victoria del Eje y que estaba completamente decidido a entrar en la guerra. El tono del Caudillo rezumaba arrobada adulación hacia Hitler: «Se aprecia como siempre la altura y el buen sentido del Führer». Las desagradables exigencias planteadas a Serrano Súñer se achacaron al «egoísmo y sentido desorbitado de los de abajo», subalternos que no comprendían que la Guerra Civil española había facilitado la victoria alemana sobre Francia. Franco instaba a Serrano Súñer a poner de manifiesto a los alemanes que el conflicto español había ayudado a Alemania a someter a prueba a hombres, tácticas y equipo que habían sido muy valiosos contra Francia. También hacía una referencia sesgada al modo en que él había contribuido a socavar la posición francesa en los quince meses anteriores a la guerra: «un constante trabajar en la sombra para el éxito más rápido de Alemania». Lo que ahora España ofrecía a Alemania era «una masa guerrera», su posición geoestratégica y la manera de separar las repúblicas sudamericanas del bloque americano.
Franco compartía la indignación de Serrano Súñer por la solicitud de una de las islas Canarias por parte de Ribbentrop, refiriéndose a «lo que justamente provocó tu indignación y que la pluma se resiste a escribir». A continuación exponía algunos medios con los que Serrano Súñer podría convencer a los alemanes para que redujeran sus exigencias. Sin embargo, seguía ansioso por asegurar la participación española en el reparto del botín. No hay ninguna razón para creer que Franco estuviera entonces manteniendo astutamente a raya a los alemanes. Por el contrario, estaba intentando convencerlos de que él era un aliado digno de confianza. Ceder una de las Canarias significaría crear otro Gibraltar. En una alianza hispanoalemana de guerra, «las bases de uno se convierten en bases eventuales del otro». Si los alemanes querían Agadir, no podía ser a perpetuidad, sino sólo como un préstamo durante noventa y nueve años. Las exigencias alemanas de materias primas procedentes del Marruecos francés podían satisfacerse en la medida en que primero fueran satisfechas las necesidades españolas. Franco consideraba los requisitos alemanes de controlar las compañías inglesas y francesas domiciliadas en España como imperialismo económico, se negaba a aceptar que expresaran los verdaderos deseos del Führer y los atribuía a traducciones deficientes o a un exceso de celo por parte de funcionarios subalternos de Hitler.
En tono optimista, escribía: «Estas pretensiones son incompatibles con la existencia de un tratado siquiera de amistad entre dos naciones»; es decir, al margen de la alianza militar a gran escala de la que se estaba hablando; «todo incompatible con la grandeza e independencia de una nación». Con respecto a la cuestión del pago de la deuda, Franco sugirió que las exigencias alemanas al menos se redujeran al mismo nivel que había considerado aceptable Italia, «país mucho más pobre». «Tal reducción no significaría nada para los alemanes, y si la rechazaran, serían malinterpretados por el pueblo español.» Cuando Serrano Súñer planteó a Hitler ese punto en concreto, el Führer se sintió herido en lo más hondo por la insinuación de mezquindad, estuvo enojado durante semanas, y se lo comunicó a Ciano y a Mussolini. Franco seguía luego comentando su reacción ante la carta enviada por Hitler, «que, como siempre, despeja el horizonte», confirmando su opinión de que él y el Führer estaban completamente de acuerdo y que todos los problemas derivaban de sus subordinados alemanes. En ese punto, el Caudillo hacía una referencia específica a la posible prolongación de la guerra que, lejos de percibir como una razón para no entrar en ella, le parecía ofrecer posibilidades para conseguir un premio mejor. Sugería que la oferta española se pusiera en práctica lo antes posible, mientras los alemanes pensaran que todavía les era necesaria.
Dado su conocimiento de primera mano de la guerra de desgaste, indicó que el conflicto podía no durar tanto como los alemanes creían, «pues en la guerra sucede un fenómeno que es que el vencedor no se apercibe de que está venciendo y su desgaste no le deja ver el daño que hace y pudiera suceder que estemos más cerca del fin que los iniciados creen». La confianza de Franco en el fin relativamente próximo de la guerra, junto con las espantosas dificultades económicas de España, le llevaba a decir: «Nos conviene estar dentro [del Eje] pero no precipitar las cosas». Estaba seguro de que ello sería posible, aferrándose a la esperanza de que lo que Hitler le había dicho a Serrano Súñer sobre un inminente ataque a Gibraltar hubiera sido una exageración de los intérpretes. «Hay acuerdo completo entre el Führer y nosotros, sólo queda la apreciación técnica de algunos factores que no son lo concluyentes que él afirma.»27
El hecho de que Berlín fuera bombardeado por la RAF durante su estancia y la visión del vertido de toneladas de cemento en las fortificaciones costeras alemanas, convencieron a Serrano Súñer de que la guerra sería larga. No obstante, a Ramón Garriga (de la agencia EFE), Serrano Súñer y sus seguidores le parecieron entusiasmados ante la demostración de poderío alemán que habían visto en su viaje.28 El 24 de septiembre, Ribbentrop y Serrano Súñer estaban de nuevo en Berlín para un encuentro extraordinariamente tenso en el que debatieron la propuesta de Mussolini de un pacto tripartito que había sido comunicada al ministro español durante su estancia en Bruselas. Para reforzar las pretensiones españolas en Marruecos, Serrano Súñer dijo que acababan de transmitirle de Madrid que el embajador británico había insinuado que después de la guerra su país no pondría objeción a que España se quedara con el Marruecos francés. (De hecho, Churchill había autorizado a Hoare para que informara a Beigbeder de que Gran Bretaña se alegraría de que las disputas hispano-francesas en Marruecos se resolvieran a satisfacción de España, lo cual comunicó Hoare diligentemente el 21 de septiembre.)29
Al comentar a Hitler la carta de Franco, Serrano Súñer declaró que el Generalísimo «se había consternado de un modo amistoso» por la petición alemana de obtener bases en Marruecos. «Con gran pesar (Franco) creía reconocer ciertos signos de desconfianza hacia España y, por tanto, le gustaría una vez más insistir solemnemente en que su actitud hacia Alemania no era un oportunismo pasajero, sino una realidad eterna». En una alianza con Alemania, todas las bases españolas, puertos y aeropuertos estarían a su disposición. Con respecto a las exigencias económicas de Alemania, en Madrid se consideraba que perjudicaban sin necesidad los intereses de España. En tono condescendiente, Ribbentrop presionó con fuerza a Serrano Súñer, preguntándole a bocajarro si España aceptaba la sugerencia del Duce de que el Pacto Tripartito no se hiciera público hasta el día en que España declarara la guerra con un ataque a Gibraltar. Serrano Súñer respondió de acuerdo con lo expuesto por Franco en la carta del 21 de septiembre sobre la firma de un protocolo que contuviera tres puntos: la decisión de España de participar en la guerra, con fecha a determinar; la garantía de ayuda militar y civil alemana a España, y el reconocimiento de las exigencias territoriales y nacionales españolas. Esto es más o menos lo que Franco y Serrano Súñer firmarían en Hendaya en el encuentro del 23 de octubre de 1940.
Serrano Súñer continuaba dando largas a la cuestión de las bases alemanas, afirmando que España podía reforzar por sí sola su capacidad defensiva en el norte de África con la ayuda que había solicitado de Alemania. A continuación, Ribbentrop le exigió con firmeza saber cuál era la respuesta de Franco a la petición de Hitler de una de las islas Canarias, la cesión de la Guinea española, Fernando Poo y las bases en Marruecos. Tras algunas evasivas, el cuñadísimo respondió negativamente en todos los casos.* Entonces Ribbentrop planteó la cuestión de las deudas de la Guerra Civil española y exigió que los activos comerciales británicos y franceses en España pasaran a Alemania. Serrano Súñer desplegó una defensa firme de los intereses españoles y, al final, las bases y las deudas se dejaron pendientes hasta la llegada de la respuesta de Franco a la carta de Hitler del 18 de septiembre.30 Comentando la reunión, el embajador Von Stohrer expresó con precisión el problema de las relaciones entre Franco y Hitler: «España no puede esperar de nosotros que le brindemos un nuevo imperio colonial con nuestras victorias y no obtengamos nada a cambio».31
La respuesta de Franco a Hitler tenía fecha del 22 de septiembre de 1940, pero no partió de Madrid hasta el día siguiente debido a los retrasos en la traducción al alemán.32 Esta carta iba acompañada de otro largo mensaje a Serrano Súñer, con fecha del 23 de septiembre, que proporciona una visión valiosísima sobre cuál era el razonamiento de Franco en el momento de escribir al Führer. Es de suponer que Franco estaba influido por el informe de Serrano Súñer sobre la marcha de las conversaciones, informe que no se ha conservado. Las cartas de Serrano Súñer a Franco estaban escritas a mano, él no guardaba copia y han desaparecido junto con la mayoría de los documentos de Franco. Como antes, el Caudillo seguía convencido de la buena voluntad de Hitler hacia su persona y atribuía todas las dificultades de la negociación a Ribbentrop.
Franco seguía pensando que el final de la guerra estaba más cerca de lo que los propios alemanes creían. A este respecto, hacía referencia a un informe entregado por el capitán Álvaro Espinosa de los Monteros, hermano del embajador en Berlín y agregado naval en Roma, sobre su almuerzo reciente en París con Herman Göring, quien había admitido que los bombardeos sobre Inglaterra no eran un éxito. A Franco no le convenció lo que le dijo el capitán Espinosa: «Creo que los bombardeos son de una grandísima eficacia y llegarán a derrumbar la actitud inglesa». Luego relataba con evidente aprobación que su colaborador, el general Vigón, había dicho a sir Samuel Hoare hacía unos días: «Están ustedes vencidos, no sean tontos y traten antes de que estén peor». Estaba convencido de que lo único que impedía la rendición británica era la desconfianza de Londres en las condiciones alemanas, las cuales —comentó condescendientemente— el Caudillo en persona o Mussolini podían garantizar.33
El 25 de septiembre, Serrano Súñer entregó la carta de Franco a Hitler. El texto combinaba un tono sinceramente elogioso con argumentos rebuscados para no satisfacer las peticiones de Hitler con respecto a Agadir, Mogador, las islas Canarias y las bases aéreas alemanas cerca de Gibraltar. Al fin y al cabo, semejantes exigencias eran incompatibles con la determinación de Franco de reconstruir la España imperial. No obstante, nada había en la carta que pudiera sugerir que Franco no seguía totalmente comprometido con la causa del Eje. Le parecía bien el encuentro propuesto en la frontera franco-española y dejaba claro que consideraba el pago de las deudas de la Guerra Civil («viejas cuestiones») y «el intercambio de productos después de la guerra» como asuntos técnicos menores de escasa importancia al lado de la gran empresa en la que estaban a punto de embarcarse.34
Después de escribir a Serrano Súñer la carta del 23 de septiembre, Franco meditó toda la noche sobre las exigencias económicas que los alemanes habían transmitido a Demetrio Carceller, un empresario falangista, y a García Figueras, secretario general del Alto Comisariado de España en Marruecos, ambos pertenecientes al partido de Serrano Súñer. García Figueras había llevado a Madrid los detalles del documento viajando en avión especial.35 El resultado de las reflexiones de Franco se tradujo en una nueva carta a Serrano Súñer. Empezaba ésta haciendo referencia al «nuevo punto que ha surgido inesperadamente», con lo que aludía a las exigencias transmitidas por García Figueras o a las opiniones del capitán Espinosa, quien se esforzaba por convencer a Franco de que la marina alemana era incapaz de derrotar a la Royal Navy.36 Es posible también que hubiera recibido la noticia de la decisión alemana de posponer la invasión de Inglaterra. Ciertamente parece que, por fin, aceptaba que la guerra sería larga.
El tono de la carta de Franco, aunque en ningún modo sugiere una alteración del compromiso subyacente con el Eje, era sin duda menos optimista de lo que había sido los días precedentes. «La alianza no tiene duda, está completamente* expresada en mi contestación al Führer y en la orientación de nuestra política exterior desde nuestra guerra.» Sin embargo, Franco mostraba ahora verdadera preocupación ante la perspectiva de una guerra prolongada. Además, se mostraba firme, como nunca antes, sobre la necesidad de una preparación económica y militar adecuada. El calibre de la ayuda requerida por España significaba que «hay que protocolizar el futuro y aunque no hay duda en nuestra decisión, tenemos que pensar las particularidades del acuerdo y las obligaciones de las partes». El pacto con el Eje se guardaría en secreto hasta que el país estuviera preparado para la guerra.37
A la evidencia de las dificultades alemanas se sumaba una creciente oposición a la beligerancia de España en las altas esferas del ejército español. El Estado Mayor informó que la Marina no tenía combustible, no existía una aviación digna de tal nombre, ni unidades mecanizadas eficaces, y que después de la Guerra Civil la población no toleraría más sacrificios. Ante el hervidero de tensiones entre los monárquicos anglófilos y los falangistas germanófilos, Franco se aferró a la idea de un protocolo secreto de alianza con el Eje, el cual esperaba que garantizase sus ambiciones territoriales pero que dejase en sus manos la fecha precisa de la entrada de España en guerra. Sin embargo, la cuestión de la fecha nunca se resolvería porque Hitler no podía, ni quería, pagar al Caudillo un precio doble: la previa financiación alemana de la preparación militar y económica española y la cesión a España de la zona francesa del norte de África. Las severas exigencias planteadas por Hitler y Ribbentrop en sus reuniones con Serrano Súñer en Berlín los días 16, 17, 24 y 25 de septiembre fundamentaron la inclinación de Franco a entrar en la guerra sólo si obtenía beneficios por adelantado.
Tras leer la carta de Franco del 22 de septiembre, Hitler y Serrano Súñer acordaron confiados que los diversos puntos importantes de las negociaciones quedaran para el encuentro del Führer con el Caudillo. A las ya existentes pretensiones de España, Serrano Súñer volvió a añadir la necesidad de someter a Portugal a una alianza subordinada. A pesar del disparate geográfico que supone la existencia de Portugal —declaró con arrogancia—, España declinaba adueñarse de él y de los siete millones de «portugueses llorones». El supuesto de que España estaba virtualmente subida al carro del Eje se hallaba implícito en un comunicado presentado por Serrano Súñer al embajador Von Stohrer después de su última conversación con el Führer, en el que reiteraba la «disposición» de España «a resumir en la forma de un pacto tripartito una alianza militar de diez años con Alemania e Italia». «Este protocolo secreto entrará en vigor cuando, de acuerdo con las otras dos potencias y con su ayuda, España haya completado sus preparativos militares y se haya abastecido de la materia prima, la gasolina y los alimentos necesarios.»38
Ambos bandos consideraron la visita de Serrano Súñer algo decepcionante. Los alemanes creían que pedía demasiado; Serrano, que Hitler ofrecía demasiado poco. El 27 de septiembre de 1940, Ciano escribió en su diario: «En general, la misión de Serrano Súñer no ha sido un éxito y él personalmente no consiguió agradar a los alemanes».39 Serrano Súñer regresó a España vía Italia.* Tanto él como el Caudillo veían en la conexión italiana un importante contrapeso a Alemania. Por tanto, antes de que Serrano Súñer partiera de Madrid con destino a Berlín, Franco había solicitado oficialmente una audiencia de su ministro con Mussolini y Ciano.40 El 1 de octubre Serrano fue recibido con mucha cordialidad por el Duce y Ciano. Habló vehementemente de su antipatía hacia las bravuconadas carentes de tacto de Ribbentrop, que ambos italianos se tomaron a broma. Dijo también que España se estaba preparando para tomar las armas y ajustar cuentas con Gran Bretaña, algo que esperaba uniese a las facciones enfrentadas que respaldaban a Franco. Mussolini respondió que siempre había creído que España no podía permanecer al margen de la contienda. Por eso creía que el Estado español debía acelerar los preparativos y, posteriormente, una decisión conjunta del Eje determinaría cuándo debía intervenir. El Duce sugirió conciliadoramente que la fecha adecuada debía ser el momento menos oneroso para España y el más útil para la causa común. Aclaró además que Italia no disponía de recursos sobrantes con los que ayudar a España. Serrano Súñer consideró esta frase como una insinuación de que Mussolini no tenía muchos deseos de que España se incorporara todavía a la guerra y le hizo sospechar que el Duce deseaba conservar su posición como único aliado mediterráneo de Hitler.41

Esta es la primera parte. Lo divido en dos porque es muy tocho.
 

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Lol que nuub soy. Quería crear un hilo para no desvirtuar este y al final lo pongo en este. Lol. Lo termino de poner y si eso lo movéis a un hilo propio.
 

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El 28 de septiembre, Hitler se entrevistó con Ciano en Berlín y no ocultó su impaciencia con los españoles, nacida de su experiencia durante la Guerra Civil, declarando que: «No se puede avanzar con los españoles sin acuerdos muy concretos y detallados». Hitler subrayó la pasmosa desproporción del acuerdo propuesto por Franco y Serrano Súñer: Alemania aportaría grano, combustible, equipo militar, todas las tropas y el armamento necesario para la conquista de Gibraltar, todo Marruecos y Orán, a cambio de lo cual España le prometía sólo su amistad. Comprensiblemente, el Führer expresó sus dudas de que España tuviera «la misma fuerza de voluntad para dar que para recibir». De hecho, en los doce días que llevaba Serrano Súñer en Berlín, el tenor de las relaciones hispanoalemanas había cambiado drásticamente. En particular, dichas conversaciones habían hecho comprender a Serrano Súñer la severidad y firmeza de la posición alemana.
Además, el curso de otros acontecimientos había llevado al Führer a recapacitar sobre la conveniencia de que España fuera beligerante. La principal preocupación de Hitler era que cualquier acuerdo por su parte para satisfacer las aspiraciones marroquíes de Franco pudiera llegar a conocimiento de los franceses y provocar un entendimiento entre las autoridades de Vichy en el norte de África francés y el general De Gaulle, lo que permitiría establecerse allí a los británicos. Si se consentía a los españoles apoderarse de Marruecos, al primer signo de ataque británico probablemente pedirían la ayuda alemana e italiana para defenderlo. «Además —declaró el Führer, en un comentario que revelaba su desprecio por la dirección de Franco en la Guerra Civil—, dejarían que el ritmo de su Guerra Civil prevaleciera en sus procedimientos militares.» En contraste con sus agrios recuerdos de la guerra española, a Hitler le había impresionado mucho la actuación de la guarnición de Vichy en Dakar (África occidental) el 23 de septiembre, al rechazar un ataque naval de los británicos y la Francia Libre. Ésta fue la clave de su actitud hacia Franco. Hitler empezaba ahora a especular con la posibilidad de incorporar la Francia de Vichy a su sistema de alianzas como miembro incondicional.
Hitler seguía indignado por las deudas impagadas de Franco durante la Guerra Civil. Considerando que la causa nacional en la Guerra Civil había sido una santa cruzada, Serrano Súñer había expresado claramente que consideraba la exigencia de pago por parte de los alemanes una confusión poco delicada de factores económicos e idealistas. En consecuencia, Hitler declaró a Ciano: «Como alemán, uno se siente hacia los españoles casi como un judío que quiere hacer negocios con las posesiones más santas de la humanidad». No era de extrañar que Hitler confesara a Ciano que se oponía a la intervención española, «porque costaría más de lo que vale».42 Era una admisión crítica. Durante meses, los españoles iban a aplazar su declaración de guerra en tanto los alemanes no enviaran comida y armas. Si Hitler hubiera deseado realmente inclinar a Franco en su favor, le habría resultado muy fácil hacerlo enviando suministros o adoptando una actitud más generosa con respecto a las ambiciones imperiales de aquél.
Durante la visita de Ciano a Berlín se acordó que Mussolini y Hitler se entrevistaran el 4 de octubre de 1940 en el Brennero. En dicha entrevista, Hitler repitió al Duce los mismos comentarios que había expresado a Ciano. Desestimó la entrada de Franco en la guerra, dado que su única importancia estratégica era la relativa a la conquista de Gibraltar. Basándose en los informes del almirante Canaris, Hitler creía que la ayuda militar del Caudillo sería nula. En cualquier caso, sabía que la toma de Gibraltar estaba supeditada a la de Suez: si tenía lugar antes de que Suez estuviera en manos del Eje provocaría un ataque británico a las Canarias. Hitler le dijo a Mussolini que Franco había propuesto prestar sus puertos en dichas islas a los alemanes. El verdadero temor de Hitler era que, si los franceses descubrían que estaba regateando con Franco sobre su imperio, simplemente abandonaran la defensa de éstas o las fuerzas francesas en África rompieran con Vichy.* En conclusión, Hitler dijo que pensaba escribir a Franco para decirle que no se podía ceder Orán a España.43
Por el momento, el Caudillo estaba entusiasmado con la perspectiva de obtener el Marruecos francés para España. Años más tarde, Serrano Súñer describió la actitud de Franco como la de «un niño ilusionado, encariñado con lo que había sido su deseo de siempre: el mundo en el que se había formado como gran jefe militar».44 Su optimismo era aún mayor por su convicción de que el punto de vista del Führer, su comprensión y generosidad estaban siendo socavadas por la mezquindad de sus subordinados. En el otoño y en el verano de 1940, lo más sorprendente de sus juicios sobre la guerra y su actitud hacia Hitler es la combinación de estrecha ingenuidad provinciana y una complacencia megalómana.
Mussolini no era el amigo desinteresado que el Caudillo y Serrano Súñer creían. El Duce, temeroso de que Franco pusiera sus manos en las zonas del norte de África que codiciaba Italia, alentó al Führer a posponer la entrada de España en el conflicto y sugirió que las demandas españolas se satisficieran después de la guerra. Hitler, por su parte, intentaba equilibrar las encontradas exigencias de Franco, Pétain y Mussolini, algo que sólo creía posible mediante un «grandioso embuste».* Cuando Ciano habló con Serrano Súñer, que se había quedado en Roma para saber las novedades de la reunión del Brennero, le sorprendió la inocencia del español. Para asombro de Ciano, el cuñadísimo parecía ciego al hecho de que los alemanes «llevaban mucho tiempo con el ojo puesto en Marruecos».45
En un esfuerzo por sacar partido a la visita de Serrano Súñer a Berlín, el 21 de septiembre Beigbeder le dijo a Hoare que España había recibido la promesa de «estabilidad económica, Gibraltar y el Marruecos francés» si se incorporaba al Eje, e insinuó que Gran Bretaña podía intentar evitarlo incrementando la ayuda económica a España y haciéndola pública. Beigbeder y Hoare coincidieron en el valor que tendría alguna expresión de simpatía británica hacia las ambiciones españolas en Marruecos.46 El 29 de septiembre, Churchill escribió a Halifax: «Preferiría ver a los españoles en Marruecos antes que a los alemanes, y si los franceses tienen que pagar por su despreciable actitud, es mejor que paguen en África a los españoles que en Europa a cualquiera de las potencias culpables. En realidad, creo que deberíamos hacerles saber que no constituiremos un obstáculo a sus ambiciones marroquíes, siempre que mantengan la neutralidad en la guerra».47 Ante la franca hostilidad de los alemanes hacia su persona, el voluble Beigbeder demostraba a Hoare una abierta anglofilia. En la breve coexistencia de la línea pro británica de Beigbeder con la postura pro Eje de Serrano Súñer quizá se encuentren las semillas de la táctica de jugar a ambos bandos que Franco emplearía más tarde en la guerra con mayor o menor grado de tosquedad.
Los británicos y la Francia de Vichy estaban, en efecto, considerando la posibilidad de hacer concesiones a España que pudieran contrarrestar las ofertas hechas por los alemanes a Serrano Súñer. El 30 de septiembre, con la esperanza de proporcionar a Franco un motivo para no unirse al Eje en pos de algún premio en el Marruecos francés, Vichy propuso la cesión del territorio reclamado por España a cambio de la renuncia a otras ambiciones. No es de extrañar que la oferta se declinara porque Franco era reacio a poner en peligro sus ambiciosos planes sobre el Marruecos francés, que esperaba cumplir gracias a Hitler.48 Asimismo, tras haber expresado a Alba y Beigbeder sus simpatías hacia un reajuste de las fronteras marroquíes en favor de España, los británicos buscaban otros medios para convencer a Franco de que no entrara en guerra. En un Consejo de Ministros del 2 de octubre de 1940, lord Halifax volvió a proponer la publicación de un comunicado oficial en el que Gran Bretaña se declarase dispuesta a tratar la cuestión de Gibraltar después de la guerra. Una vez más, Churchill señaló que si Gran Bretaña ganaba, la opinión pública no permitiría devolver Gibraltar y que, si perdía, no quedaría otro remedio. Tras posteriores presiones, se acordó hacer la declaración general de que «todas las cuestiones pendientes pueden resolverse amistosamente entre los dos países».49
Mientras coaccionaba al gobierno de Vichy para que hiciera concesiones inmediatas en Marruecos, y a pesar de sus grandiosos sueños imperiales, el Caudillo aún tenía que vérselas con la acuciante crisis de alimentos en España. La distribución empezaba a desintegrarse y en algunas zonas existía una severa escasez de pan. Ante la amenaza de una hambruna, hubo que dejar entreabierta la puerta a la ayuda angloamericana. Ésta topaba con el obstáculo de la indignación estadounidense ante los esfuerzos propagandísticos españoles dirigidos a América Latina favorables al Eje y contrarias a Estados Unidos. La Falange Exterior, el equivalente español de la Auslandorganisation nazi, era el conducto para la agitación antiamericana en las repúblicas suramericanas.50 No obstante, en apoyo a la iniciativa británica de neutralizar a Franco mediante una ayuda cuidadosamente medida, Washington seguía estudiando la propuesta de Norman Davis de tramitar envíos de trigo a España a través de la Cruz Roja. El 30 de septiembre, Weddell le dijo a Beigbeder que la ayuda norteamericana dependía de que España permaneciera fuera de la guerra. A la luz del persistente entusiasmo de Serrano Súñer por la beligerancia, hay que entender la respuesta de Beigbeder como expresión de sus sentimientos personales o, lo que es más probable, un ejemplo de la incipiente doblez de Franco. Beigbeder le dijo al embajador estadounidense «oficialmente, en nombre de su gobierno, que España se quedaría al margen del conflicto europeo a menos que fuera atacada» y restó importancia al viaje de Serrano Súñer que calificó de mera visita de cortesía.51
Pensara lo que pensase el embajador de Estados Unidos sobre las aseveraciones de Beigbeder, debió de resultarle difícil no juzgar la postura de Franco desde el punto de vista de la retórica pro Eje y de los espectaculares desfiles militares que el martes 1 de octubre acompañaron la celebración del día del Caudillo. Las numerosas delegaciones de la Italia fascista y la Alemania nazi marcaron el tono. En Madrid, Franco fue objeto de una ostentosa ceremonia de adulación desplegada en el palacio de Oriente.52 Poco quedaba de «hábil prudencia» en la afectada vanidad del aprendiz de emperador. Para mortificación del cuerpo diplomático, Franco los recibió en el salón del trono bajo palio. Los embajadores convocados tenían instrucciones de desfilar ante él y hacer una reverencia, proceder que nunca habían exigido ni siquiera los reyes de España.53
El 2 de octubre, Beigbeder le dijo a Weddell en tono solemne: «Su presidente puede cambiar la política de España y de Europa mediante un telegrama que anuncie el suministro de trigo a España».54 La clara implicación era que semejante gesto podría contrarrestar las gestiones belicistas de Serrano Súñer. Tras algunas consultas entre Washington y Londres, se decidió utilizar el mecanismo políticamente neutral de un envío de alimentos a través de la Cruz Roja. Los británicos consintieron «a condición de que los agentes norteamericanos en España distribuyeran el trigo, que no se reexportara ninguna cantidad, que se diera publicidad a todo el asunto, que los cargamentos de trigo se enviaran de uno en uno y cesaran si algo iba mal». El 8 de octubre Franco aceptó estas condiciones.55 Sin embargo, el Departamento de Estado era reacio a proseguir con esta política sin nuevas garantías de Franco de que España persistiría en la neutralidad. Con todo, ignorantes de lo cerca que éste estaba de entrar en guerra, Roosevelt y Hull decidieron hacer un gesto de generosidad.56
Las sugerencias de Beigbeder a Hoare y Weddell, y el subsiguiente consejo de éstos, se vislumbraban en un significativo discurso que Churchill pronunció en la Cámara de los Comunes el 8 de octubre. Habló de la disposición de su gobierno a corregir el bloqueo para satisfacer las necesidades españolas y del deseo británico de ver a España ocupar su «merecido lugar como gran potencia mediterránea y como miembro importante e ilustre de la familia de Europa y de la cristiandad». Aunque la prensa controlada por Serrano Súñer informó del discurso, se omitieron las referencias a España,57 lo cual indicaba que la iniciativa de Beigbeder, el trigo americano y las palabras amistosas de Churchill no bastarían para apagar el entusiasmo a favor del Eje que sentía el círculo inmediato de Franco. Dicho entusiasmo se hizo patente el 11 de octubre cuando Mussolini envió a Madrid al mariscal De Bono para imponer a Franco el collar de la Orden de la Annunziata. Visiblemente emocionado, el Caudillo dio las gracias efusivamente a De Bono, expresándose en términos no de prudente neutral sino de aliado comprometido.58 Asimismo, al enviar un mensaje a Salazar en un esfuerzo por restar importancia a sus lazos cada vez más fuertes con Alemania, Franco no pudo evitar revelar su convencimiento de que el Imperio británico estaba acabado y a punto de ser absorbido por Estados Unidos.59
El creciente fervor por el Tercer Reich se reveló del modo más esclarecedor en el cese de los dos ministros del gobierno de Franco más favorables a los aliados. El 16 de octubre de 1940, Luis Alarcón de la Lastra fue sustituido como ministro de Industria y Comercio por Demetrio Carceller Segura, empresario falangista, calculador y sin escrúpulos. Carceller era el arquitecto de la política económica por la que España exportaba alimentos y materias primas a Alemania con la esperanza de ganarse su favor a tiempo para el reparto de posguerra.60 Beigbeder fue reemplazado como ministro de Asuntos Exteriores por Serrano Súñer, y se enteró de su cese por los periódicos.* Nada se le había dicho durante la larga reunión que en la noche del 15 de octubre mantuvo con Franco después de cenar.61 Beigbeder creía que Stohrer había solicitado a Franco su sustitución debido a sus negociaciones con Weddell sobre el trigo.62 Serrano Súñer ya había regresado de Berlín con el mensaje de que Hitler consideraba a Beigbeder como un anglófilo inaceptable. Su cese causó honda impresión en la embajada británica en Madrid y despertó los temores de una inminente declaración de guerra por parte de España.63 Una vez cesado, el vehemente Beigbeder se acercó aún más a Hoare. Fue irresponsablemente indiscreto sobre su hostilidad hacia los alemanes y se refería a Franco como «el enano de El Pardo».64
El nombramiento de Serrano Súñer alimentó los extendidos rumores de que Franco podría abandonar la presidencia del gobierno y cederla a su cuñado.65 Ciertamente, la acumulación de poder del cuñadísimo era ahora considerable. Como no se nombró nuevo ministro de la Gobernación, Serrano Súñer seguía controlando ese ministerio así como el de Asuntos Exteriores y, en la práctica, la Falange. Franco pidió a su cuñado que propusiera un nuevo ministro de la Gobernación; Serrano Súñer insinuó al Caudillo que él mismo asumiera el cargo. Al principio Franco dudó hasta que Serrano Súñer le recordó que Mussolini solía ocupar carteras ministeriales. El juego del cuñadísimo estaba claro. Franco no tendría tiempo de ocuparse en persona de la dirección diaria del ministerio, que por tanto recaería en el muy eficaz subsecretario, José Lorente Sanz, nombrado por Serrano Súñer. Cuando este último anunció a su leal grupo de confidentes que había sido nombrado ministro de Exteriores, dijo «en un momento delicado y serio, nos hacemos cargo de los Asuntos Exteriores y Lorente permanecerá aquí. De este modo evitaremos que entre un neutral».66 Sus fieles amigos Ridruejo y Tovar aún conservaban puestos clave en la sección de prensa y propaganda del ministerio. Así, a través de estos partidarios, Serrano Súñer conservaba el control efectivo del Ministerio de la Gobernación.
El 19 de octubre de 1940, Mussolini escribió a Hitler diciéndole que la reestructuración ministerial de Franco «nos permite asegurarnos de que las tendencias hostiles al Eje se han eliminado o al menos neutralizado».67 Como nueva muestra de la creciente proximidad entre la España de Franco y el Tercer Reich, el domingo 20 de octubre el Reichsführer de las SS, Heinrich Himmler, iniciaba una visita de tres días a España, respondiendo a la invitación de Serrano Súñer. Se le tributaron los honores más altos que se puedan imaginar. En la estación le recibieron el ministro de Asuntos Exteriores y máximas autoridades de la Falange, y entró en Madrid por calles engalanadas con banderas de la cruz gamada. Franco recibió a Himmler en El Pardo y éste asistió a una corrida de toros ofrecida en su honor.68 En parte, el propósito de su viaje era preparar las medidas de seguridad para el inminente encuentro entre Hitler y Franco en Hendaya. Sin embargo, también se trató la cooperación a largo plazo entre la Gestapo y la policía española. La función de enlace quedó a cargo del Sturmbannführer de las SS, Paul Winzer, agregado de seguridad de la embajada alemana en Madrid. Winzer había participado en el entrenamiento de la policía franquista al final de la Guerra Civil. Como resultado del acuerdo alcanzado, se concedieron mayores facilidades a la Gestapo para perseguir e interrogar a los enemigos del Tercer Reich que huían a España.69 Sin embargo, el propio Himmler quedó sorprendido por la magnitud de la represión de posguerra, con las cárceles aún rebosantes de miles de presos y las silenciosas ejecuciones de anónimos prisioneros a la orden del día. Himmler creía que tenía más sentido incorporar a los obreros militantes al nuevo orden que aniquilarlos.70
Durante el mes de octubre de 1940, el proceso de represalias políticas se hizo por breve tiempo más público. En 21 de octubre, se procedió a un juicio sumarísimo contra un grupo de distinguidos republicanos* capturados en la Francia ocupada a petición de Lequerica y entregados a la España franquista por la Gestapo. Todos fueron sentenciados a muerte menos uno, Teodomiro Menéndez, gracias a la intervención de Serrano Súñer que compareció como testigo de la defensa. El 9 de noviembre, Julián Zugazagoitia, que como ministro de la Gobernación de la República, había salvado la vida del general Agustín Muñoz Grandes, monseñor Escrivá de Balaguer (el fundador del Opus Dei), Miguel Primo de Rivera y Raimundo Fernández Cuesta, fue ejecutado junto con el periodista Cruz Salido.71 Una extradición igualmente notoria, más tarde atribuida por Serrano Súñer a Lequerica, fue la del presidente catalán Lluís Companys.72 El 14 de octubre de 1940 se le juzgó sumariamente por «rebelión militar»; al día siguiente fue fusilado.73 Sin inquietarse por duda alguna sobre la culpabilidad de sus enemigos, Franco no prestaba mucha atención a los legajos de sentencias de muerte que le presentaban para su firma.
Washington y Londres supusieron razonablemente que los cambios ministeriales del 18 de octubre y la inminente cumbre entre Franco y Hitler constituían pasos trascendentales del Generalísimo en dirección al Eje. Sin embargo, tanto Hoare como Weddell aconsejaron que se mantuvieran abiertas las conversaciones sobre la ayuda alimentaria a España. En consecuencia, Hull encargó a Weddell que dejara claro a Franco que la ayuda dependía de sus intenciones.74 Dado que las negociaciones con Hitler eran inminentes, ni Franco ni su nuevo ministro de Exteriores estuvieron disponibles para tratar sobre la oferta americana de grano hasta que regresaron de Hendaya.
El miércoles 23 de octubre de 1940, Franco acudió al histórico encuentro con Hitler en Hendaya con la esperanza de obtener una recompensa adecuada a sus reiteradas ofertas de unirse al Eje. Posteriormente, sus propagandistas afirmarían que Franco contuvo a las hordas nazis en Hendaya manteniendo brillantemente a raya a un Hitler amenazador. De hecho, el examen del encuentro no indica una presión desmesurada por parte de Hitler en favor de la beligerancia española; tampoco contradice la conclusión de que en el otoño de 1940 Franco seguía tan ansioso de formar parte del nuevo orden mundial del Eje como lo había estado a principios del verano. Fue a Hendaya para sacar provecho de lo que consideraba la eliminación de la hegemonía anglofrancesa que había mantenido a España en una posición subordinada durante más de dos siglos. Hitler viajó al sur de Francia para sopesar los costes respectivos de asegurar la colaboración de la Francia de Vichy y la de la España de Franco. El martes 22 de octubre se entrevistó con Pierre Laval en Montoire-sur-Loire, una estación de ferrocarril de un remoto pueblecito cerca de Tours; al día siguiente, con Franco en Hendaya, y el jueves 24 con Pétain, otra vez en Montoire.
Hitler no tenía intención de exigir a Franco que España entrara en la guerra de inmediato, lo cual habría sido contrario a la naturaleza exploratoria de su viaje. Al Führer le preocupaba la impaciencia de Mussolini que estaba a punto de comprometerse en una guerra prolongada e inoportuna en los Balcanes a consecuencia de su ataque a Grecia. Estaba, por tanto, aún más convencido de que ceder el Marruecos francés a los españoles era hacerlos más vulnerables a un ataque británico. Como el 28 de octubre le diría a Mussolini en Florencia, después de Dakar creía que debía dejar a los franceses la defensa del Marruecos francés. Hendaya y Montoire fueron un viaje de reconocimiento para ver si existía un modo de hacer compatibles las aspiraciones de Franco y de Pétain, y para permitirle decidir su futura estrategia en el suroeste de Europa.75 El Führer era consciente de que sus consejeros militares y diplomáticos creían que no debía incorporar a Franco a la guerra. Su comandante en jefe, Brauchitsch, y su jefe de Estado Mayor, Halder, creían que «la situación interior de España está tan deteriorada que resulta un socio político inservible. Tenemos que lograr los objetivos esenciales para nosotros (Gibraltar) sin su participación activa».76 Weizsäcker, el secretario de Estado, escribió: «En mi opinión, debe dejarse a España fuera del juego. Gibraltar no vale la pena. Perdiera lo que perdiese allí Inglaterra, pronto lo compensaría con las islas Canarias. Hoy día España no tiene ni pan ni petróleo». Desde su punto de vista, la incorporación de España al Eje carecía de «valor práctico».77
Incurriendo en el desdén de los alemanes allí reunidos, el tren de Franco, que sólo había tenido que recorrer unos pocos kilómetros, entró en la estación poco después de las tres de la tarde, con ocho minutos de retraso. Según Paul Schmidt, funcionario del ministerio alemán de Exteriores, el tren llegó una hora tarde, aunque nada respalda esa afirmación en los informes de la época ni en las diversas descripciones de los hechos de Serrano Súñer.78 Posteriormente, los apologistas de Franco explicaron, sin más fundamento que una fanfarronada del Caudillo de la que hizo alarde en 1958, que la supuesta tardanza fue un hábil recurso para desorientar a Hitler.79 Franco no tenía ningún motivo para desear hacer eso. En realidad, le mortificó el pequeño retraso que sufrió su tren.* Al percibir que quedaría mal a los ojos de Hitler, amenazó con cesar al teniente coronel responsable de la organización del viaje.80 Muchos testimonios fotográficos del encuentro inicial en el andén de la estación de Hendaya sugieren que Franco estaba feliz de reunirse con el Führer. Era sin duda comprensible que los ojos de Franco brillaran de emoción, pues, para él, el encuentro constituía un momento señaladamente histórico.
En la medida en que es posible reconstruir la reunión que siguió en el coche salón del tren especial de Hitler, el Erika, pocos datos avalan la hipótesis de que «la habilidad de un hombre contuvo al que no consiguieron contener todos los ejércitos de Europa, incluido el francés».81 Resulta imposible hacer una reconstrucción absolutamente precisa y minuciosamente detallada de la reunión, a pesar de la existencia de varias descripciones de testigos en teoría presenciales. Participaron en ella seis personas: Hitler, Franco, Ribbentrop, Serrano Súñer y los dos intérpretes, Gross y el barón de las Torres. Un séptimo, Paul Schmidt, secretario de prensa e intérprete de Ribbentrop, permaneció entre bastidores. Cuatro de los siete presentes, Serrano Súñer, el barón de las Torres, Ribbentrop y Schmidt, han dejado testimonios con diversos grados de detalle y fiabilidad.82 La versión más extensa es la contenida en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, elaborada por Schmidt. Pero este informe está incompleto, al igual que otros documentos concernientes a las relaciones entre Hitler y Franco, se ha perdido inexplicablemente.83
El almirante Canaris había advertido previamente a Hitler que le desilusionaría conocer a Franco: «No es un héroe sino un pequeño mequetrefe» (statt eines Helden, ein Würstchen).84 La reunión empezó con bastante cordialidad a las tres y media de la tarde. Al saludo de Franco: «Estoy encantado de verle, Führer», Hitler respondió: «Por fin cumplo un antiguo deseo, Caudillo». A partir de entonces, en lugar de la conversación que Hitler acaso había esperado dominar, hubo monólogos indirectamente opuestos. Hitler dio la impresión de tener problemas más importantes en que pensar que convenir un trato con Franco. Ciertamente, su conducta no era la de alguien que está a punto de hacer amenazas. Divagó sin entrar en materia con una extensa justificación de las presentes dificultades de Alemania en la guerra, haciendo particular énfasis en el papel de la climatología en la batalla de Inglaterra. Hitler ofreció una visión general de su potencial militar disponible, pero no dijo, como se afirmó en la España de Franco: «Soy el amo de Europa y, como tengo doscientas divisiones a mis órdenes, no queda más alternativa que obedecer».*
Hitler sí explicó, laboriosamente y con palabras rebuscadas, el motivo por el cual el cumplimiento de las ambiciones españolas en Marruecos era problemático, dada la necesidad de cooperar con la Francia de Vichy. A este respecto, se refirió a su conversación del día anterior con Laval y a su próximo encuentro con Pétain, con el que trataría sobre la posibilidad de que, si Francia se unía a Alemania, sus pérdidas territoriales fueran compensadas con colonias británicas. El trago más amargo para Franco fue la siguiente declaración de Hitler: «Si la cooperación con Francia resulta posible, los resultados territoriales de la guerra tal vez no sean tan grandes; sin embargo, el riesgo sería menor y el éxito sería más rápido. Según su opinión, en tan dura contienda resultaría mejor aspirar a un pronto éxito en breve tiempo, aun cuando las ganancias fueran menores, que en las largas guerras de desgaste. Si con la ayuda de Francia, Alemania podía ganar más rápido, estaba dispuesta a ofrecer a cambio condiciones de paz menos gravosas para aquélla».
Es imposible que Franco no alcanzara a comprender que sus esperanzas de una gran adquisición territorial sin costes prácticamente se desvanecían ante sus ojos. Había acudido a la reunión ingenuamente convencido de que Hitler, su amigo, sería generoso. Por tanto, intentó agobiar al Führer con un recitado de los derechos históricos de España sobre Marruecos, la terrible situación económica de España, la lista de suministros requeridos para facilitar sus preparativos militares y la presuntuosa afirmación de que España podía conquistar Gibraltar sola. Según Schmidt, Franco irritó a Hitler con su imperturbable cachaza y su insistente cantinela «en voz baja y reposada, cuyo monótono soniquete recordaba al almuédano llamando a los fieles a la oración».85 A Hitler le enfureció en especial que Franco repitiera una opinión que había tomado del capitán Espinosa de los Monteros en el sentido de que, aun cuando se conquistase Inglaterra, el gobierno y la flota británica continuarían haciendo la guerra desde Canadá con apoyo estadounidense.86 El indignado Führer se puso nerviosamente en pie de un salto, exclamando que no tenía objeto seguir hablando. A Hitler le exasperaba lo que consideraba una incorregible estrechez de miras por parte de Franco al albergar dudas sobre la victoria alemana ante Inglaterra, y su mal gusto al expresarlas. Sin embargo, evidentemente lo pensó dos veces antes de interrumpir el encuentro y se volvió a sentar.87
Según De las Torres, Hitler salió de la reunión murmurando «con estos tipos no hay nada que hacer» («mit diesem Kerl ist nichts zu machen»).88 Está claro que si Hitler hubiera amenazado con utilizar doscientas divisiones contra España no habría hecho un comentario que más bien revela impotencia.* La entrevista finalizó a las seis y cinco de la tarde y, tras un corto intervalo durante el que se entrevistaron Serrano Súñer y Ribbentrop, el grupo cenó en el vagón de Hitler. Según el mariscal Keitel, que habló brevemente con Hitler durante la pausa para cenar, éste «estaba muy descontento con la actitud de los españoles y era partidario de terminar las conversaciones allí mismo. Estaba muy irritado con Franco y particularmente molesto por la actuación que había tenido Serrano Súñer, su ministro de Exteriores; según Hitler, Serrano Súñer tenía a Franco en el bolsillo».89
Los dos ministros de Exteriores procedieron después a esbozar un protocolo.90 Es significativo que en la conversación entre Serrano Súñer y Ribbentrop que siguió a continuación, el cuñadísimo «observó al comienzo que el Caudillo no había entendido precisamente los asuntos concretos tratados en las conversaciones con el Führer». En particular, no podía aceptar que Hitler deseara colaborar con Pétain, a quien el Caudillo consideraba acabado.91 Serrano Súñer expresó a Ribbentrop su sorpresa ante la nueva línea que Hitler seguía con respecto al África francesa la cual lamentaba, porque «esto sería hacer caso omiso de las reivindicaciones máximas españolas». Con todo, coherente con las anteriores propuestas del propio Franco, accedió a la elaboración de un protocolo secreto. Otra aspiración española que no se satisfaría en el acuerdo escrito era la solicitud de una rectificación de la frontera pirenaica para entregar la Cataluña francesa a España.92
Este documento aún no se había terminado cuando se interrumpieron las conversaciones. No se sabe de qué hablaron el Caudillo y el Führer mientras sus ministros de Exteriores estaban negociando. Parece ser que, en ausencia de Ribbentrop, Hitler consiguió devolver a Franco el entusiasmo por el Tercer Reich. Las palabras de despedida del Caudillo revelaban su compromiso emocional con el Eje: «A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara, me tendría incondicionalmente a su lado, y sin ninguna exigencia». Para alivio de Serrano Súñer, el intérprete alemán no tradujo lo que creyó una mera cortesía formal.93
Con una sorprendente mezcla de ingenuidad y codicia, Franco dijo a Serrano Súñer después de la entrevista: «Es intolerable esta gente; quieren que entremos en la guerra a cambio de nada; no nos podemos fiar de ellos si no contraen, en lo que firmaremos, el compromiso formal, terminante, de cedernos desde ahora los territorios».94 Lo sorprendente de los comentarios de Franco era su creencia implícita en que «un compromiso formal» de Hitler habría tenido algún valor real. Esta afirmación, y de hecho el tono general de la reunión, delatan lo absurdo de la pretensión posterior de Franco y de Serrano Súñer de que estaban conteniendo a Hitler hábilmente. Su determinación no era la de mantenerse en la neutralidad, sino poner las bases de un imperio colonial. Su buena suerte quiso que Hitler tuviera otros compromisos y no pudiera satisfacer sus ambiciones. En consecuencia, la neutralidad se convirtió en una suerte de premio de consolación.
Después de la reunión, cuando por fin arrancó el tren de Franco, lo hizo de forma tan violenta que sólo la intervención del general Moscardó evitó que el Caudillo cayera de cabeza sobre el andén. En el camino de regreso a San Sebastián llovió y en el viejo tren, antaño empleado por Alfonso XIII y conocido como el «break de Obras Públicas», caló el agua cayendo sobre Franco y Serrano Súñer.95 Al regresar al palacio de Ayete, Serrano Súñer y Franco trabajaron sobre un texto de protocolo entre las dos y las tres de la madrugada. El texto preparado de antemano por los alemanes llamaba a España a incorporarse a la guerra cuando el Reich lo considerara necesario. En su texto, el Generalísimo y su cuñado trataron de encontrar una fórmula menos rígida que dejara algún espacio para negociar dicha incorporación. Antes del alba apareció el general Eugenio Espinosa de los Monteros, embajador español en Alemania. En vista de la impaciencia alemana, que les comunicó, él mismo llevó el texto a Hendaya. Ribbentrop se negó a aceptar las pequeñas enmiendas al protocolo, aunque Serrano Súñer ocultó esa noticia a Franco.96 A pesar de su vaguedad, el protocolo constituía un compromiso formal por parte de España para entrar en guerra al lado del Eje.97
Sobre las conversaciones de Hendaya, Goebbels anotó en su diario: «El Führer ha mantenido su proyectada reunión con Franco. Me han informado por teléfono de que todo ha ido como una seda. Según la información, España es definitivamente nuestra. A Churchill le esperan malos tiempos».98 Goebbels no fue el único en recibir esa llamada. Ribbentrop también telefoneó a Ciano y le expresó su satisfacción por el encuentro.99 Ambos comentarios son absolutamente coherentes con el hecho de que Hitler había realizado una especie de viaje de reconocimiento para calibrar las posturas de Franco y de Pétain. Franco había manifestado una actitud de total lealtad hacia el Eje, aunque reservándose el derecho de decidir el momento de la participación española en la guerra. En Madrid se suponía que España entraría pronto en guerra. En el cuerpo diplomático cundió el pánico y la embajada portuguesa se inundó de peticiones de visados.100 Sólo más tarde, cuando la beligerancia española se aplazó indefinidamente, empezó Hitler a considerar la reunión como un fracaso total.
Pero esto no significa que hubiera disfrutado con el encuentro. Tras pasar nueve horas no seguidas en compañía de Franco, Hitler le dijo a Mussolini más adelante que «antes de volver a pasar por eso, prefiero que me saquen tres o cuatro muelas».101 Tanto a Hitler como a Ribbentrop les irritaba el hecho de que, insensible a las necesidades de la política alemana hacia Vichy, Franco repitiera machaconamente lo que ellos consideraban unas exigencias imperiales ridículamente exageradas. Mientras se alejaba de Hendaya en su coche, Ribbentrop supuestamente tachó a Serrano Súñer de «jesuita» y a Franco de «cobarde desagradecido».102 A Ribbentrop le exasperaban las dificultades que había encontrado con Serrano Súñer, quien «con frecuencia revelaba una insuficiente comprensión del hecho de que la realización de las aspiraciones españolas dependía exclusivamente de los éxitos militares de las potencias del Eje y, por tanto, estas aspiraciones debían subordinarse a la política del Eje para conseguir la victoria final».103 El coronel Gerhard Engel, consejero militar de Hitler, informó a Halder que el Führer estaba enfurecido por el encuentro de Hendaya, despotricando del «cerdo jesuita» y del «extemporáneo orgullo español».104
Los propagandistas franquistas y el propio Serrano Súñer han citado estos comentarios insultantes como prueba de que Hitler y Ribbentrop estaban al borde de la apoplejía porque la hábil retórica de Franco y su cuñado estuviera conteniendo el poderío alemán. De hecho, semejantes comentarios invalidan por completo la hipótesis de que Franco frenó la amenaza alemana en Hendaya. Si Hitler hubiera tenido realmente doscientas divisiones en espera, nada de lo que dijera Franco o Serrano Súñer habría importado. Los insultos son más indicativos de un desdén teutónico por las egoístas pretensiones del Caudillo y su engreída presunción de estar en el mismo plano que el Führer. El orgullo y patriotismo manifiestos de Franco y Serrano Súñer debieron de parecer irritantemente injustificados en los representantes de una nación económica y militarmente tan débil como España.
De hecho, la exasperación de Hitler se debía también a su contrariedad por no haber podido engañar a los españoles sobre el Marruecos francés diciendo con aparente franqueza que no podía dar lo que aún no era suyo. Claro está que, en definitiva, confiaba en poder disponer del imperio colonial francés a su antojo, pero no tenía intención de cedérselo a Franco. Éste era su «grandioso embuste». El jefe del Ministerio de Asuntos Exteriores, Weizsäcker, concedía poca importancia al hecho de que «no se acordara nada en concreto con respecto a la entrada de España en la guerra» y creía que Hendaya era más bien un fracasado «truco de prestidigitación».105 Años más tarde, Serrano Súñer sugirió que la mentira de Hitler no había dicho lo bastante grande. En su opinión, la obsesión africanista de Franco con Marruecos era tal que si Hitler se lo hubiera ofrecido, habría entrado en la guerra.106 Se ha dicho que el propio Franco comentó al gobernador civil de León, Antonio Martínez Cattaneo, que «fue Hitler el que no aceptó mis condiciones».107 Mientras aguardaba la llegada del tren de Franco, Hitler por su parte reveló los motivos por los cuales, siquiera una vez, no podía arriesgarse a una mentira a gran escala. Charlando con Ribbentrop en el andén de Hendaya, comentó que no se podían hacer promesas firmes sobre el territorio francés porque, «con estos charlatanes latinos, seguro que los franceses se enterarían tarde o temprano».108
Fue una suerte para Franco que Hitler no pudiera ni quisiera pagar el precio requerido. Al fin y al cabo, una de sus razones para desear la participación española en la guerra era poder controlar el norte de África e impedir cualquier aumento de la resistencia francesa en la zona. El precio de Franco —la cesión de las colonias francesas— ciertamente habría precipitado un movimiento antialemán encabezado por De Gaulle que habría allanado el camino para los desembarcos aliados. El encuentro de Hendaya llegó a un punto muerto precisamente por ese problema. Se firmó el protocolo, comprometiendo a España a unirse a la causa del Eje en la fecha decidida por «común acuerdo de las tres potencias», pero una vez completados los preparativos militares. En la práctica, eso dejaba la decisión en manos de Franco. No obstante, el Führer podía haberle empujado a ello, iniciando el suministro de víveres y pertrechos militares. Hitler realizó promesas firmes sólo en lo concerniente a Gibraltar y fue impreciso sobre el futuro control español de las colonias francesas en África. Las vagas promesas que hizo no fueron suficientes para el Caudillo. Después de Hendaya, Franco se vio obligado a reconocer que nada importaban a Hitler sus pretensiones imperiales, y empezó a disminuir su apasionada admiración por el Führer.

Segunda parte del capítulo.
 

Txini

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Anda Txini, haz magia moderadora y llévate ésto a otro hilo. :D


A ti tampoco te parece interesante? Tú también hijo mío? :( Ya sé que no versa sobre celtas o Marduk pero a mi me parece un apartado interesante de la historia. De hecho de la historia contemporánea de España es lo único que me gusta.
 

Vacceo

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Es interesante pero no para éste hilo.
 

bolondro2

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A ti tampoco te parece interesante? Tú también hijo mío? :( Ya sé que no versa sobre celtas o Marduk pero a mi me parece un apartado interesante de la historia. De hecho de la historia contemporánea de España es lo único que me gusta.

Desde luego no me parece interesante hacer un copy-paste de un capitulo de un libro para realizar un post en el foro.
 

Trencavel

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Desde luego no me parece interesante hacer un copy-paste de un capitulo de un libro para realizar un post en el foro.

Hombre, es algo parecido a hacer un copy-paste de una noticia de un periódico y comentarlo, no le veo el problema.
 

bolondro2

Odio a la etica Disney
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trencavel said:
Hombre, es algo parecido a hacer un copy-paste de una noticia de un periódico y comentarlo, no le veo el problema.


Ladrillaco del doce. y segun parece tiene intencion de postear todo el capitulo. A mi forma de ver, lo que procede es hacer una sintesis y citar la fuente, por si alguien quiere profundizar, no citar textualmete el capitulo.
 
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Carlangas

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Desde luego no me parece interesante hacer un copy-paste de un capitulo de un libro para realizar un post en el foro.

Hombre, es algo parecido a hacer un copy-paste de una noticia de un periódico y comentarlo, no le veo el problema.

Ladrillaco del doce. y segun parece tiene intencion de postear todo el capitulo. A mi forma de ver, lo que procede es hacer una sintesis y citar la fuente, por si alguien quiere profundizar, no citar textualmete el capitulo.

En anteriores ocasiones he defendido exactamente lo mismo pero de forma resumida, a lo que se me ha contestado que eso no fue así. Esperaba que leyendoos ese capitulito (y si estáis interesados el resto del libro) de un autor de prestigio y autoridad quedaran los hechos muy claros. Una de las falacias más grandes de la historiografía profranquista ha sido la de colar como verdadera la tesis de que Franco frenó a Hitler, cuando fue al revés: Hitler tenía muy poco interés en la participación española en la guerra mientras que Franco quería su hueco en la historia participando, pero no a cualquier precio obviamente. Hubiera bastado un simple embuste prometiéndole Hitler a Franco el marruecos francés para que el Caudillo hubiera entrado en guerra. Siento el copy-paste pero no esperarías que copiara palabra por palabra todo el capitulo ¿no? Yo evidentemente el libro lo tengo original porque lo compré cuando hice el trabajo sobre este mismo tema (de matrícula por cierto :p) para mi clase de Franquismo.

Ahora lo arreglaré corrigiendo las separaciones y quitando las notas a pie de página y crearé hilo para debatir. Si no estás de acuerdo con la tesis que defiendo perfecto, expón tu argumentación que estaré encantado de revatirla. No es la primera vez que cito a Preston y defiendo los mismos argumentos, pero parece que si lo pongo yo es mentira pero si pongo directamente el capítulo de Preston la cosa ya cambia. Entonces el problema ya es que he copypasteado todo el capítulo...

¿Por casualidad te has molestado siquiera en leer un trozo Bolondro?
 

bolondro2

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En anteriores ocasiones he defendido exactamente lo mismo pero de forma resumida, a lo que se me ha contestado que eso no fue así. Esperaba que leyendoos ese capitulito (y si estáis interesados el resto del libro) de un autor de prestigio y autoridad quedaran los hechos muy claros. Una de las falacias más grandes de la historiografía profranquista ha sido la de colar como verdadera la tesis de que Franco frenó a Hitler, cuando fue al revés: Hitler tenía muy poco interés en la participación española en la guerra mientras que Franco quería su hueco en la historia participando, pero no a cualquier precio obviamente. Hubiera bastado un simple embuste prometiéndole Hitler a Franco el marruecos francés para que el Caudillo hubiera entrado en guerra. Siento el copy-paste pero no esperarías que copiara palabra por palabra todo el capitulo ¿no? Yo evidentemente el libro lo tengo original porque lo compré cuando hice el trabajo sobre este mismo tema (de matrícula por cierto :p) para mi clase de Franquismo.

Ahora lo arreglaré corrigiendo las separaciones y quitando las notas a pie de página y crearé hilo para debatir. Si no estás de acuerdo con la tesis que defiendo perfecto, expón tu argumentación que estaré encantado de revatirla.

Con un post de este estilo puedo discrepar (o no), pero si que me parece interesante. Aunque evidentemente no en este hilo.

Y desde luego me da lo mismo que hagas un copy paste o que lo copies palabra por palabra. De hecho, si lo copias palabra por palabra me parece peor, que pegarse un curro pa na es tonteria.
 

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Yo tenía la idea de que Franco quería ir a la guerra mundial a cambio de cosas que la intervención española no valía, y que Hitler pasaba de meter a España en la guerra y luego tener que cargar con ella a lo Italia, y que estaba satisfecho con explotar sus recursos estratégicos comercialmente sin que España tuviera que sufrir bloqueos navales ni invasiones ni nada.
Lo de Franco poniéndo los huevos encima de la mesa en Hendaya tengo entendido que era propaganda.
 

Vacceo

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Si Hitler desconfiaba de un ejercito relativamente moderno y regularizado como el Italiano (y ya no digamos de otros aliados del eje como Rumania), la desconfianza estrategica tanto suya como de sus generales a lo que pudiera aportar España era total. Ademas de que el ejercito salido de la Guerra Civil habria que rearmarlo de arriba a abajo para hacerlo minimamente operativo y que los aliados no lo barriesen del mapa.

Por otro lado, España es el pais de Europa con mas kilometros de costa: suma una infraestructura hecha mierda (de modo que mover material y gente se pone jodido) y una cantidad inmoral de costa para desembarcar y empezamos a entender como los nazis no lo veian nada claro.
 

VACU

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Por otro lado, España es el pais de Europa con mas kilometros de costa: suma una infraestructura hecha mierda (de modo que mover material y gente se pone jodido) y una cantidad inmoral de costa para desembarcar y empezamos a entender como los nazis no lo veian nada claro.

En 1940, caida Francia, dudo mucho que los ingleses tuvieran con que barrer a España del mapa, tendrian bastante con defenderse.
La entrada de España supondría el cierre del estrecho, dificultaría el suministro a las tropas britanicas en Egipto, facilitandole las cosas a los italianos.
¿Cual sería el impacto de las grandes unidades de superficie alemanes si tuvieran por base Cadiz o Ferrol? Uno de los problemas de la Kriegsmarine era que era relativamente facil cortar sus salidas, o por el canal o por las Orcadas con la Home Fleet en Escapa Flow y con los aerodromos ingleses al lado. El dominio del estrecho incluso permitiría la salida al atlantico de la flota italiana, etc..
Con respecto a lo de los quilometros de costa, la fachada noroeste se caracteriza por la existencia de muchas montañas y costas con acantilados. Es decir si logran desembarcar, despues tendrán que abrirse camino atraves de terreno montañoso. Conclusión otro Gallipoli a la vista.
El problema es el de siempre, tanto ahora como antes, las importaciones y exportaciónes españolas se hacen por mar y sin el dominio de este, no hay comercio y se para el país. Y Alemania no querría asumir el coste de tener que sostener a España.