Con algunos parroquianos sentados a la barra, y la tarde bien entrada entró aquel joven de castaño pelo y dura mirada. No tendría muchas primaveras, pero ya había vivido más de lo que algunos quisieran. Sus ojos revelaban una sabiduría que solo tienen algunos curtidos ancianos. Despeinado y algo cansado, con harapos rasgados y sucios, miró los asientos libres y se sentó en un taburete. Alzó su mano derecha, la cual llamaba la atención por su cicatriz, el desgaste de la piel y el dorado y extraño sello que llevaba en su dedo índice, y dijo:
-¡Camarero!
El baarman lo miró con cierto recelo, pero enseguida acertó a ver en él un gran personaje.
-Prefiero que me llamen Baarman- Y ambos quedaron mirándose unos segundos, esperando el vampiro una petición de aquel personaje.
-Un vodka con limón, por favor.
Dióse la vuelta el vampiro, preguntándose quién sería aquel joven aventurero. Agarró la botella, y con la maestría adquirida tras años de servir copas, lo volvió a mirar a los profundos y marrones ojos mientras servía el vodka en un vaso con 3 hielos.
-Y...¿Cuál es tu historia, joven amigo?
El muchacho apoyó sus tempramente fuertes brazos en la barra, sonrió sin separar los labios y giró la cabeza primero hacia su derecha y hacia abajo. Levantó la cabeza, clavó la mirada en el pálido vampiro y su ruda voz emitió una respuesta:
-Ya lo sabrás, viejo, ya lo sabrás.