Continuación...
Nos encontramos a día 7 de enero de 1084. El secretario del condado, Pablo García, se dirige en busca de su señor Diego para informarle sobre lo acontecido en su petición. Pablo había encontrado toda una candidatura de jovenes y prometedoras esposas para la tercera generación de los Asturias que llegaba. Esta vez las influencias y los tiros habían tirado por el este. Ducados y condados con primogenitura sálica que no tenían de descendientes varones o eran aún lo suficiente débiles como para sucumbir ante los dulces caramelos de la vida.
En esta situación encontramos a Don Diego a unos metros de palacio, en San Miguel de Lillo, rezando una plegarias a Dios y pidiéndole un día más, como siempre que dejara todo en su sitio, por supuesto si esa era su voluntad.
- In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen. - terninaba Diego su oración al ver llegar a Pablo. - ¡Qué buenas me traes! - grito a lo lejos, lo que valió que el párroco lo mirase mal.
- Mi señor, si gritais tanto en lugar sagrado os van a llover piedras, nada más que ver la fulminante mirada del cura de la iglesia, que más bien estaba cuidando a sus cerdos que no intentando sangrar más al pueblo con bulas y artimañas. - dejó caer el secretario.
- Ven joven, más temo que Dios nuestro señor te oiga decir semejantes barbaridades en lugar sagrado y nos deje a todos sin gochos y sin pites. - comentó Diego saliendo hacia el exterior del Santo lugar. - Y respecto de ese cura; a ese me lo calzo yo cuando quiera, por arriba y por abajo, que esta bien que Dios tenga dominio en su casa, pero que de vez en cuando nos deje algo para los que vivimos aquí. En fin, que, me has hecho ya la lista o tengo que esperar a adivinarla. - Dijo el conde.
- Pero si no cayáis, apenas una palabra me has dejado pronunciar desde que hemos salido de casa del Señor. - alegó Pablo en su defensa - si no te importa, acerquemonos a un lugar donde podamos descansar, pues tenemos para rato.
Así fue como los dos hombres se dirijieron en dirección a palacio, y ahí, apartados sobre una piedra, Pablo sacó un pergamino de su pastoral zurrón.
- Mire Diego, estas han sido las elegidas bajo mi criterio. Por un lado tenemos a Sirvart Roupinid, hermana del príncipe de Armenia Menor. Su hermano tiene dos varones de muy frágil edad, y en cuanto al otro, no tenemos noticias de que nupcias vaya a contraer. Además, que he oido que la princesa es bastante guapa, vamos que... quien piyara a la rapaza, pero aparte de su ascendencia y belleza también he de comentaros que es una mujer bastante intrigante
(intriga 11). Creo que es la candidata ideal para Ramón, que ya está crecidito y tiene ganas de volar con el pajarito.
- ¡Pablo, no me seas vulgar, que es mi hijo coño!, seguro que el pajarito ya le voló hace mucho con alguna de sus sobrinas, y que Dios no lo tenga en cuenta, que niñerías son todas. Pero vamos, sigue, no te cortes. - dijo a Pablo el conde Diego.
- Pues bien, otra de las niñas en las que he puesto la vista es Aikaterine Komnenus; sobrina de las mujeres de Lope. Ella tiene dos hermanos más pequeños que algún día, si no les pasa nada, accederán al trono, y en caso de faltar ellos, pues algún varón de la joven princesita habría de hacerlo digo yo. Si seguimos más al norte, Eikaterina Rurikovich y su hermana Feodosiia, y estás si que no se pueden escapar. Actualmente gobierna su padre con la primogenitura semisálica, y carece de varones, así que van a ser ellas las que por la entrepierna situen en el este a un asturiano, recomiendo en cuanto sean las dos casaderas no perdamos tiempo.
- ¿¿Y como andan de belleza?? - se interesó Diego.
- Pues hombre, conde, ¡¡¡Nos van a dar un condado, e incluso puede dos ducados!!! ¿Acaso importa la belleza? Además, Dios bien sabe que ninguna mujer es fea por donde mea, mi señor - dijo sonriendo - en fin... que me voy. Que la siguiente... a ver, que ya me perdí...
- A veces pienso que hace un paleto de pueblo como tú aconsejándome - le dijo Diego.
- Si le hablo con franqueza mi señor... pues salvarle el culo a su dinastía, que si alguna vez vuelven los apestados de los sureños hijos de satanás puede que haya que tener alguna corte a la que ir. Bueno, a lo que iba, la siguiente madame... pues.. esta, sí, María Orkney. Es hija de Paul Orkney, duque de las Islas Orcadas. Tiene un hermano y una hermana mayor, pero son tan feos los dos, que dudo consigan aliviar su sexo salvo consigo mismos, además, tengo informado que el primogénito es obispo, vamos, que por no decir que ha salido un poco desviado y que quiere aprovechar la juventud dando amor a Dios y al prójimo antes de asumir nuevos cargos.
- Si es que alguna vez los asume, porque puede que quede ppr el camino - dijo dejando ver una amplia sonrisa Diego. - La verdad que me ha sorprendido de forma grata vuestra lista - Dijo Diego zanjando este asunto. - Continúa trabajando en ello.
- Pero señor, ¿como sabes qué he acabado? - preguntó Pablo desconcertado.
- Pues porque yo también se leer. - dijo Diego. - En fin, que por lo que veo habrá que pensar de otra manera. Sé que yo no lo veré nunca Pablo, y puede que tu tampoco, pero estoy convencido que algún día los Asturias serán recordados.
Tras la conversación Diego se dirigió al cercano palacio con el resto de la corte para pasar un día más.
Y así fue como se decidió todo. Mientras tanto el año fue pasando. Las relaciones internacionales eran desde hacía unos años estables, sin guerras. La malaria estaba asolando parte del norte de la península, y Don Diego que quería ver unificados los Reinos de Castilla León y Galicia veía un poco lejos su propósito. Pues Sancho I de Castilla no acababa de morir y casaba a su única hija con un extranjero, a eso había que añadir la excelente idea que tuvo el monarca de reconocer los derechos de sus nietos, pese a que eso ultrajase la dinastía jimena; pero lo que más quería Sancho era evitar que Alfonso, al que como un perro había arrebatado la plaza de Zamora a la muerte de Elvira, se saliera con la suya. En este panorama, a nivel sanitario, fallecía en Oviedo
(18 de diciembre)Theodora Komnenus, la esposa de Lope, en el parto.
Panteón Condal, donde descansa la ahora fallecida Theodora
En el condado de hablaba de maldición, se decía que era un castigo de Dios a Fernando por el pecado cometido con un prostituta en un día de lujuria, de la que habría nacido Lope; y esta era la manera divina de hacer pagar de por vida a Fernando, prohibiéndole de descendientes. Junto a Theodora moría un bebé, pues casi había perdido el más descendencia que los 6 hijos de su hermana que habían tenido prole.
...Continuará.