4.2.- La Batalla de Cracovia (1)
4.2.- La Batalla de Cracovia
El año de 1847 había acabado teñido de sangre en Europa. Sin embargo, los confiados monarcas absolutistas no se imaginaban lo que el año de 1848 iba a significar. Y el año comenzó con un hecho igualmente inimaginable: la caída del papado en los Estados Pontificios.
La revolución de Mazzini era ya una realidad en Roma, donde se había proclamado la República Romana (teniendo como bandera la Tricolor que había sido pensada para ser la enseña del futuro estado Italiano) y había entrado a gobernar un triumvirato formado por Carlo Armellini, el propio Giuseppe Mazzini y Aurelio Saffi. Este hecho, unido a los éxitos militares de los ejércitos napolitano y piamonteño en Dalmacia, además de las victorias lombardas en los alpes, hicieron pensar a todo Europa que la reunificación Italiana cada día estaba más cerca, y ya parecía casi imparable.
Pero Roma no era el único foco revolucionario de Europa. Una semana después, París también se levantó y derrocó a su monarca.
El pueblo francés, pese a tener un monarca constitucional y liberal, se sentía desengañado con su gobierno. En primer lugar, el sufragio censatario francés era elevadamente restringido, marginando a la pequeña burguesía y a los trabajadores. A este hecho se sumó la traición del llamado "Rey Ciudadano" a la nación de Polonia, la cual gozaba de muchas simpatías entre el pueblo francés. Así, siguiendo la estela revolucionaria que recorría Europa, sus gentes tumbaron el gobierno de Louis Fillipe d'Orleans e instauraron la Segunda República Francesa.
Sin embargo, la situación para Polonia seguía siendo cruda. El final de la Guerra de los Ducados permitió a todas las divisiones austríacas asignadas al conflicto regresar a Austria, y la intención era que ayudaran en la ocupación de Polonia.
Sin embargo, también el Zar estaba mobilizando a sus tropas. Además, las bajas autríacas en tierras ukranianas eran numerosas, y difícilmente podrían las fuerzas de élite austríacas plantar cara a la aplastante superioridad numérica rusa.
Así, este agitado mes de enero acabó con la ocupación total de Kielce por las tropas imperiales.
Cualquiera diría que Polonia estaba perdida, pero pronto se darían cuenta del error que cometían.
La nueva Guardia de Cracovia, que no había finalizado todavía su entrenamiento cuando los austríacos ocuparon la ciudad, habían continuado su formación ocultos en los bosques. Así, cuando los confiados ejércitos del Emperador se retiraron de la ciudad, la Guardia de Cracovia, organizada y con la moral por las nubes, comenzó a tomar la ciudad.
Sin embargo, las fuerzas austríacas que volvían de luchar en Dinamarca recibieron la noticia del alzamiento de la Guardia en el corazón de Cracovia y se dirigieron a la ciudad a enfrentarse a las tropas polacas.
Las fuerzas austríacas estaban bien entrenadas y con la moral alta, pero la Guardia de Cracovia no se quedaba atrás. Ambos sabían que el enfrentamiento no iba a ser corto, y la batalla se alargó durante meses convirtiéndose en una auténtica carnicería para ambos bandos.
La batalla comenzó en las afueras de Cracovia, bajo una intensa lluvia, y prácticamente sin coberturas ni ventajas territoriales posibles para ninguno de los dos bandos.
Mientras en Cracovia se libraba la peor batalla de todo el conflicto hasta la fecha, los ciudadanos varones mayores de 21 años de Polonia ya estaban uniformados y listos para enfrentarse a las tropas del Emperador.
Sin embargo, la profunda ocupación austríaca del territorio polaco, unido a la dispersión de las divisones creadas, no permitió reagrupar a todas las divisiones en Varsovia, quedando las tropas por el momento ocultas en los bosques, esperando la oportunidad para salir y unirse a sus compañeros en la guerra. Así, sólo 10.000 hombres más pudieron unirse a la reserva de Varsovia.
El general Zebrydowski, un militar sin formación académica al frente de las tropas de Varsovia, decidió por el momento no mover a las tropas, a la espera de refuerzos rusos o del resultado de la batalla en Cracovia. El motivo principal era que los austríacos se hallaban bien atrincherados en Radom, y estaban cerrando el cerco exitosamente en Lodz, así que atacar uno de los dos frentes, además de ser un suicidio, dejaría indefensa Varsovia. Además, un ejército formado por panaderos, zapateros y demás no podía medirse uno contra uno con las tropas de élite del Imperio Austríaco, así que la superioridad numérica debía ser su principal baza para ganar las batallas.
Pero pese a que el frente de Varsovia seguía inmóvil, en Cracovia las fuerzas de Austria habían hallado su Waterloo. Las bajas austríacas eran muy superiores a las polacas, además de que la población civil de Cracovia (dirigidas, sorprendentemente, por el clero) había levantado barricadas en Cracovia y se había enfrentado valientemente a sus ocupadores.
El coraje de las gentes de Cracovia dejó estupefactos a los mandos austríacos, que no esperaban tan brutal resistencia por parte de los polacos contra sus ocupadores. Este hecho, unido a las considerables bajas que tenían sus fuerzas en el frente contra la Guardia de Cracovia, minaron la moral de la tropa.
Pese a ello, el alzamiento en Cracovia acabó siendo fuertemente aplastado por las tropas austríacas presentes allá.
Las bajas más numerosas en la población cracoviana se produjeron entre los Jesuítas, los cuales habían tomado las armas y habían sido los auténticos protagonistas del levantamiento.
La población civil había visto que todavía no podían hacer frente a los militares de la ciudad, y que era mejor esperar a que la Guardia de Cracovia rompiera el frente y pudiese tomar la ciudad.
La inicial ofensiva austríaca había sido frenada en seco, pero todavía había más de medio país ocupado por los ejércitos del Emperador. Pese a la valerosa resistencia polaca, el Imperio seguía teniendo todas las de ganar, pese incluso a la proximidad de los refuerzos rusos.
Parecía que sólo un milagro podría lograr que los polacos derrotaran al Imperio. Un milagro, o bien que el gigante austríaco fallara desde dentro...
(continuará...)