MEHMED I El Breve
CAPÍTULO I: El puño turco de Alláh comienza a embestir.
Mehmed I governaba un país muy pobre pero alzado en armas. Años de lucha con los otros pueblos de Asia menor había hollado profundo en la economía del reino. Las victorias militares se habían sucedido, y aunque Mehmed había logrado proclamarse sultán en Anatolia y Rumelia, la península seguía disgregada y en manos de múltiples caudillos corruptos y débiles.
Los súbditos del Imperio Otomano no disponían de los más mínimos conocimientos sobre infraestructuras, los caminos eran de tierra, las casas de adobe, y el agua se tenía que ir a buscar a los ríos. La tradición política beneficiaba a la nobleza, y puesto que los mercaderes escaseaban en el reino, Mehmed I favorecío aún más a la aristrocacia en sus acciones como gobernante. Tener de su lado a la caballería de los nobles turcos le daría el poder que ansiaba para unificar Anatolia.
El comercio era inexistente, cada uno vivía de lo que producía, y si no, lo conseguía haciendo uso de la fuerza, el hurto o las artimañas. Los campesinos veían acongojados cómo la hogaza de pan que se dirigía a su boca era arrebatada a medio camino por el guante de cuero de los soldados turcos que campaban aquí y allá ociosos.
Mehmed viendo esto, decidió cambiar el orden de las cosas, y enviar a sus soldados al frente para que fueran otros pueblos y no el elegido por Alláh quien les alimentara. El enemigo ancestral, el Imperio Bizantino se hallaba ya moribundo por los golpes recibidos a lo largo del último siglo. Era hora de golpear con fuerza en sus carcomidas columnas para que se derrumbara como un mueble vetusto, anacrónico y débil, impropio de la nueva era que debía ser dominada por los héores del islam.
En marzo de 1419, Mehmed I le declaró formalmente la guerra a Bizancio. La capital de Asia no podía ser cristiana, era tierra santa y debía ser extirpada de las garras del infiel. Trebisonda, reconociendo la nueva fuerza surgida del corazón de Turqúía se postró ante el sultán y no osó levantar las armas ante él. Rompió el tratado de alianza con Bizancio y aplaudió las maniobras. Las hordas otomanas se lanzaron sobre los poblados romanos, violando y saqueando por la gloria del profeta. Las catafractas y legiones bizantinas se hacían trizas frente a la caballería turca avanzando en cuña. Ningún líder destacó en especial, la valentía y arrojo de los soldados era extendida, y el fervor religioso creaba un sentimiento de arropamiento y comunidad que ninguna espada oxidada infiel podría jamás mellar.
La apisonadora otomana invadió por completo las tierras enemigas, y en pocos meses Thracia y Morea sucumbieron al coordinado asedio de las dos ciudades. El emperador bizanino solicitó la paz ofreciendo un folio en blanco para que el Sultán pusiera sus condiciones, que serían inmediatamente aceptadas. Morea, la provincia griega de Bizancio y todo el oro de sus arcas pasarían a manos Turcas. El fin del imperio romano de occidente y la toma de Istambul se había comenzado a forjar.
No había tiempo que perder, ahora que la moral estaba alta y los ejércitos en marcha, tocaba partir rumbo al sur de anatolia antes de que los otros pueblos de la península coonspiraran para atacar al nuevo señor de la guerra otomano. En pocas semanas, los estandartes del sultán ondeaban ante las fortalezas de Teke y Karamán. Ante las caras de estupor de los caciques locales, el sultán hizo una generosa oferta: deponed las armas, entregad las llaves de la ciudad y del tesoro a vuestro nuevo Rey y sólo seréis torturados una semana. Presas del pánico los ejércitos de la alianza sureñas salieron corriendo de los castillos en desbandada oponiendo una leve resistencia que se acalló bajo el filo de las cimitarras ensangrentadas de la nobleza otomana.
En pocos días todas las ciudadelas de las 4 provincias sureñas de Anatolia estaban bajo un férreo asedio, cayendo la primera a los pocos días. La gloriosa reunificación se avecinaba.
A las victorias militares acompañaron los avanzes en la ciencia gracias a la bonanza económica producto de los saqueos. Se descubrieron las técnicas propias del renacimiento temprano en infraestructuras y en comercio ya presentes en los paises de europa, y una legión de profesionales entraron en las universidades turcas para levantar el imperio de Alláh de la nueva era islámica.
A nivel diplomático, en medio de las campañas militares se optó por el aislacionismo. No se concertaron matrimonios para no condicionar la elección de futuros enemigos en la expansión del imperio, y no se firmó ninguna alianza, pues los fuertes caminan solos, y los débiles solo pueden hacer que aminorar su marcha.
Lamentablemente, en medio de la campaña, una disentería atacó a Mehmed I, ocasionándole tales malestares, que las fiebres y las dolencias acabaron con su salud dándole muerte en Mayo de 1421. Será recordado como Mehmed I el breve, pues tan sólo 30 meses de su reinado pudieron ser recogidos por los historiadores, cayendo prácticamente en el olvido sus acciones anteriores.
Así pués el balance de mi gestión en cuanto a cambios númericos respecto al inicio se puede resumir en:
Inflación de 0.0 % (sin cambios). Tesoro con 99 ducados (-411). Estabilidad de 0 (1 punto menos). Política doméstica movida 1 punto hacia aristocracia. Conquista de Morea a Bizancio. Karamán (3 Provincias) y Teke (1 Provincia) ocupadas y en vías de solicitar tratado de paz. Ejército de 32 mil hombres, 20 mil infantes y 12 mil caballeros amén de 7 cañones (30 mil menos que al comienzo, perdiendo a partes iguales infantería y caballería y 1 cañón). Ingresos mensuales de 15.1 ducados (8.9 más que al inicio, contando que hay provincias enemigas saqueadas, esta cifra cambiará al firmarse el tratado de paz con los enemigos). Base de reclutamiento de 21 mil (2 mil más que al principio) y límite de mantenimiento de 29 mil (4 mil más). Estas últimas cifras también se recalcularían tras el tratado de paz. La flota no perdió ni un barco, disponiendo de 20 galeras y 10 transportes.
Espero que mi gestión haya sido grata para mi sucesor por la gloria de Alláh.