LA FALSEDAD DEL DUCE
El Duce llegó a Roma entre un gran secretismo. El atentado a Ciano había sido ocultado lo mejor posible a la prensa y el pueblo. Se había dicho simplemente que un coche se había incendiado en el ministerio y había explotado pero que afortunadamente el ministro estaba de camino de Etíopia para tratar asuntos con el gobierno local.
A pesar de la mentira mucha parte del pueblo lo sabía y los embajadores y espias extranjeros lo sabían. El problema era que sin Ciano el gobierno no sabía muy bien como tratar el tema con los paises extranjeros, el ministerio de asuntos exteriores no funcionaba sin su cabeza y los demás ministros no tenían demasiada idea de la diplomacia.
El Ministro de seguridad Albini pidió consejo al Rey y este, que nunca sabía que hacer y odiaba decidir nada por miedo a equivocarse y que le pidieran responsabilidades llamó a Mussolini a pesar de que este quería estar 15 días sin preocuparse del estado.
Pero Mussolini volvía del mejor humor posible, los ministros, los generales y la casa de Saboya últimamente se le subían a las barbas y comenzaban a discutir ordenes y poner pegas a los planes del Duce. Mas ahora, que las cosas se ponían feas, todos se encogían y buscaban el apoyo del Duce.
Cuando el avión aterrizó en Roma un coche ya esperaba al Duce y Albini esperaba junto a Pariani al lado del mismo, los dos ministros eran los más leales a Mussolini dentro del Gran Consejo Fascista.
-Buenos días caballeros. Digo buenos por decir algo, porque parece que son aciagos. -dijo el Duce sin dar tiempo a los dos caballeros a decir nada.- ¿Qué se sabe del conde?
-Que esta mal. El impacto no ha sido directo porque parte del dispositivo ha fallado, pero aún así ha sido golpeado duramente y tiene lesiones internas. -informó Albini abriendo la puerta del coche.
El Duce entró en el coche seguido de los dos ministros. El coche arrancó y con la única escolta de dos coches de policia partió hacía el hospital Militar de Roma.
-¿Y mi hija? -preguntó el Duce.
-Su hija esta bien, dentro del disgusto claro. Pero no debe preocuparse por ella, los medicos la han tranquilizado. -contestó Albini.
-Quiero una investigación exhaustiva al respecto. ¿Quien se esta encargando? -dijo el Duce mirando por la ventana.
-Amé, los servicios de inteligencia estan trabajando en ello.
-Cesaré... No me basta, Albini, quiero que usted se ocupe también de la misma. Esta más discreta, la haréis sin que nadie lo sepa. La oficial la hará Ame, esa será la que llegué al Rey y al Gran Consejo, yo recibiré la otra. ¿Entendido?
-A sus órdenes mi Duce.
El Duce se quedó pensativo y los otros dos caballeros respetaron su pensamiento con un sepulcrar silencio. Pariani estaba especialmente tenso, a pesar de no haber abierto la boca desde la llegada del Duce.
Finalmente el convoy llegó al hospital y se introdujo directamente dentro del garaje. El Duce subió por el ascensor directamente hasta el piso donde se encontraba Ciano con Albini y Pariani franqueandole y cuatro soldados armados como escolta.
En el tercer piso les esperaba el equipo médico que había asistido a Ciano y varios ministros, como Bardoglio, Cavagnari, Amé y Valle. Además del asistente personal de Su Majestad que estaba interesandose por el estado.
-Si lo saben los Saboya ya lo sabe todo el mundo... -le dijo Mussolini por lo bajo a Albini que asintió.
Los Ministros pertenecientes al Ejercito dieron el taconazo y se pusieron en posición de firmes para saludar al Duce, que devolvió el saludo. Rápidamente el jefe del equipo médico se acercó a Mussolini que se acercó a darle la mano.
-Doctor, sacadme de esta intriga. ¿Cómo se encuentra el Conde?
-Mi Duce, el Conde se encuentra más o menos bien. Su vida no corre peligro, aunque su recuperación será larga.
-Me quita un peso de encima doctor. Os recomiendo los más firmes cuidados sobre el Conde. ¿Puedo verle?
-Podría pasar. Pero el Conde Ciano esta dormido. Preferiría sin embargo que no lo hiciera, ya hemos impedido a su mujer verle porque su estado rodeado de tubos es algo grotesco. Pero se pondrá bien si sigue así mi Duce.
-Esta bien, dejemos que se recupere. Si ocurre cualquier novedad, ya sea negativa o positiva hagamelo saber a mi antes que nadie. La salud del Conde es un secreto de estado.
-El asistente de Su Majestad me pidió que avisará primero a Su Majestad. -dijo el medico algo desconcertado.
-Aviseme a mi primero y yo se lo comunicaré al Rey doctor.
-Si mi Duce.
El Duce pasó a la habitación donde estaban su mujer y su hija. Saludo a su esposa cortesmente y luego abrazó a su hija, a la que le pidió valor, fuerza y entrega por la patria en estos días aciagos. Los dictadores se tenían tan aprendido el discurso que a veces les costaba hablarle de otro modo a su familia.
Mussolini salió de la habitación y se acercó a Bardoglio.
-Pietro, creo que, ya que estamos aquí deberiamos visitar a los heridos.
-Me parece una buena idea mi Duce.
Rápidamente todo se preparó y varios heridos se colocaron en formación para recibir al Duce y a sus combativos generales.
El Duce paso revista a todos, pero tuvo uno de sus mayores rídiculos al tender la mano a un soldado de las guarniciones de Hispania que había perdido una mano. El soldado solo pudo saludar con el saludo fascista hasta que el Duce, dandose cuenta de su error, retiró la mano.
Una vez acabada la visita, que los heridos juraran su fidelidad al Duce y lanzaran cientos y cientos de vivas al Duce, al Fascismo y a varios generales (al rey como siempre ni nombrarlo) el Duce se retiró al palacio de Venecia acompañado de Albini.
Allí pasó a su despacho donde se sentó en su gran mesa invitando a Albini a hacer lo propio.
-Bien, dime ya lo que llevas todo el día deseando decirme pero que el no estar solos te ha impedido decir. -dijo el Duce sonriendo a Albini.
-Mi Duce, las SS han perpetrado el atentando.
-Lo sé, hace un mes que descubrí los planes, pero no he hecho nada para impedirlo.
Albini se quedó petrificado sin saber que decir. El Duce no solía mentir en estos temas, así que supusó que no habría hecho nada.
-Vamos Albini. ¿Por qué iba a irme a descansar a Hispania precisamente ahora? Ciano ha hecho mucho por el Imperio, lo sé, pero había exasperado a los Alemanes y me exasperaba a mi. Era el único obstáculo para la guerra. Mientras él estuviera en contra muchos ministros lo estarían. Además últimamente no me fiaba demasiado de él.
-Pero es vuestro...
-Mi Yerno si, pero mi hija lo superaría. De todos modos no ha muerto, pero ahora no podrá negarse a la guerra.
-¿Por qué?
-Porque haremos creer a todos, a él el primero, que los Franceses han intentado matarle. Conseguir que Amé averigüe eso. Os acabo de confiar un secreto de estado, espero que estéis a la altura.
-Mi Duce, puede estar tranquilo. Amé sabrá lo que usted desea que se sepa. Me voy a trabajar en ello.
Mussolini le despidió con un gesto de mano, Albini saludó y se marchó. Nada más salir Mussolini tomó el telefono y llamó a Berlin, allí el Fhürer se puso al telefono.
-Adolf, has fallado. Ciano no ha muerto, pero de todos modos arreglaremos el asunto de la guerra.
-No te preoupes Benito, lo haremos de nuevo y...
-No, es ínutil. No hagáis nada. Ya he solucionado el problema. En Enero entraremos en Francia.
Dicho esto Mussolini colgó el télefono.
¿Serían de verdad los alemanes tan torpes como Ciano le decía?
El Duce a su llegada al Hospital.
El Duce tiende la mano a un soldado sin manos, que improvisa el saludo Fascista.