Toda la puta campiña parece igual… A finales de Mayo, en España estará brillando un sol de justicia. Y aquí sin embrago, estas malditas nubes.
El teniente estaba con los brazos en cruz, apoyados sobre el borde de la escotilla de la torreta, con su cabeza reposando sobre ellos.
En su rostro, manchado, sin afeitar, se leía el cansancio. Sus ojos, rojizos, presentaban largísimas ojeras.
El T-34 pasó junto al cartel que marcaba el puesto fronterizo entre Bélgica y Francia. El teniente clavó la mirada en el cartel, girando lánguidamente el cuello para seguir su trayectoria mientras se perdía en el horizonte.
Adiós, Bélgica.
*Clonk*
- ¿Qué ha sido eso, camarada? Preguntó alguien desde dentro del tanque.
El teniente giró el cuello de la misma forma lánguida. Una cosa negra se había desprendido de la parte de abajo del tanque, y ahora se perdía en el horizonte, como el cartel fronterizo.
- Nada, que este cacharro ha perdido otra pieza…
- ¿Paramos para recogerla?
- El trasto sigue funcionando ¿no?
- Si
- Entonces ¿para que coño vamos a parar? Lo único que puede pasar es que luego no podamos ponerlo en marcha.
Había perdido la cuenta de las reparaciones de urgencia que le había tenido que hacer al cacharro. Sus manos manchadas de grasa eran testimonio de ello. Al principio le horrorizaba la idea de usar piezas de recambio francesas. Claro que era o eso o luchar a pie.
Su tanque ya no era ese pedazo de acero lustroso que se movía majestuosamente con sus brillantes cadenas de acero, recién salido de la Fábrica de Tractores de Valencia. Ahora tenía marcas y rasguños por todas partes, y mas esquirlas que lentejuelas un traje de luces.
Solo había añadido tres esvásticas a su cuenta. La suerte del primer día no se había repetido. Y aún había tenido suerte de que no hubiera sido alguno de esos condenados fascistas el que le hubiera añadido a él.
Bélgica había sido un infierno. No habían llegado a tiempo de salvar Artois, pero se habían atrincherado detrás del Mosa. Los fascistas no podrían cruzar el río para tomar Bruselas.
Resistieron con fortaleza cuando, a mediados de mayo, los nazis intentaron cruzar el Mosa. Pero no podían estar por todas partes. Holanda cayó, y entonces les tomaron por la retaguardia. Al final, habían tenido que retirarse ante el peligro de ser embolsados.
Escuchó ruido de motores, en el cielo. La fuerza aérea expedicionaria española se estaba dejando los huevos en el cielo. Pero la Luftwaffe era la Luftwaffe.
En cuanto los alemanes se reorganizaran, lanzarían el martillo hacia París y romperían el frente. ¿Y quien les pararía entonces? Porque los franceses estaba claro que no sabían a lo que estaban jugando.
El teniente estaba con los brazos en cruz, apoyados sobre el borde de la escotilla de la torreta, con su cabeza reposando sobre ellos.
En su rostro, manchado, sin afeitar, se leía el cansancio. Sus ojos, rojizos, presentaban largísimas ojeras.
El T-34 pasó junto al cartel que marcaba el puesto fronterizo entre Bélgica y Francia. El teniente clavó la mirada en el cartel, girando lánguidamente el cuello para seguir su trayectoria mientras se perdía en el horizonte.
Adiós, Bélgica.
*Clonk*
- ¿Qué ha sido eso, camarada? Preguntó alguien desde dentro del tanque.
El teniente giró el cuello de la misma forma lánguida. Una cosa negra se había desprendido de la parte de abajo del tanque, y ahora se perdía en el horizonte, como el cartel fronterizo.
- Nada, que este cacharro ha perdido otra pieza…
- ¿Paramos para recogerla?
- El trasto sigue funcionando ¿no?
- Si
- Entonces ¿para que coño vamos a parar? Lo único que puede pasar es que luego no podamos ponerlo en marcha.
Había perdido la cuenta de las reparaciones de urgencia que le había tenido que hacer al cacharro. Sus manos manchadas de grasa eran testimonio de ello. Al principio le horrorizaba la idea de usar piezas de recambio francesas. Claro que era o eso o luchar a pie.
Su tanque ya no era ese pedazo de acero lustroso que se movía majestuosamente con sus brillantes cadenas de acero, recién salido de la Fábrica de Tractores de Valencia. Ahora tenía marcas y rasguños por todas partes, y mas esquirlas que lentejuelas un traje de luces.
Solo había añadido tres esvásticas a su cuenta. La suerte del primer día no se había repetido. Y aún había tenido suerte de que no hubiera sido alguno de esos condenados fascistas el que le hubiera añadido a él.
Bélgica había sido un infierno. No habían llegado a tiempo de salvar Artois, pero se habían atrincherado detrás del Mosa. Los fascistas no podrían cruzar el río para tomar Bruselas.
Resistieron con fortaleza cuando, a mediados de mayo, los nazis intentaron cruzar el Mosa. Pero no podían estar por todas partes. Holanda cayó, y entonces les tomaron por la retaguardia. Al final, habían tenido que retirarse ante el peligro de ser embolsados.
Escuchó ruido de motores, en el cielo. La fuerza aérea expedicionaria española se estaba dejando los huevos en el cielo. Pero la Luftwaffe era la Luftwaffe.
En cuanto los alemanes se reorganizaran, lanzarían el martillo hacia París y romperían el frente. ¿Y quien les pararía entonces? Porque los franceses estaba claro que no sabían a lo que estaban jugando.