Ha sido un largo camino, pero he llegado a Kalisz. Tengo veinticuatro horas de permiso. Tiro de las riendas a Natasha para que frene el paso. El cartel que anuncia la entrada al pueblo está chamuscado y agujereado por las balas. Algún soldado alemán lo utilizó como diana para sus prácticas de tiro. La madera está medio podrida. Nadie se ha molestado en cuidar el cartel durante los últimos cuatro años.
Tomo el caminito que lleva al pueblo. La aldea no está en mucha mejor condición que el cartel de la entrada. La última vez que la ví estaba humeante y en llamas. Entonces me juré que volvería. Y he vuelto.
Veo muchas caras largas entre la gente, como la del viejo Eugenius, el panadero. No es extraño. Pasan hambre porque no hay cosechas. Apenas tienen un techo bajo el que cobijarse porque todas las casas están medio derruidas. Lo han perdido todo.
Los vecinos me señalan y hacen comentarios. "¡Mirad, el pequeño de los Kowalczyk ha vuelto!" "¡Mirad, que buena estampa hace, con su uniforme y montado en su caballo!" Me siento orgulloso de mí mismo. Reparto tablillas de chocolate americano entre mis paisanos, con gesto paternalista. Los niños pronto forman un corro a mi alrededor. Cuando llego a la que fue mi casa, veo que no ha sido privilegiada. Está quemada, como las demás. Efectos del bombardeo. Pregunto a Josef, el carnicero, qué ha sido de mi familia. Josef pone cara seria, y me señala apesumbrado dos cruces que hay en nuestro huerto.
No hay nombres, pero no me cuesta imaginar quienes están enterrados. Desmonto del caballo. Avanzo dos pasos hacia las cruces, y caigo de rodillas. No puedo asimilarlo. Paso diez minutos en silencio, y luego noto una mano posada en mi hombro. Es Marian, mi hermana. Hacía cuatro años que no la veía. Tiene mal aspecto y un niño de pocos meses en sus brazos.
- ¿Son Padre y Madre, verdad?
- Si, Jan.
- ¿Qué les ocurrió?
- Madre murió durante el bombardeo, hace cuatro años. A Padre lo fusilaron las SS hace dos años, como represalia por la acción de los partisanos.
La noticia cae como un yunque sobre mis espaldas. Me pregunto para qué he estado luchando todo este tiempo.
El niño comienza a llorar. Se me ha adelantado.
- Tiene hambre. Tengo que darle el pecho.
- ¿Es hijo tuyo? ¿y cómo es que tienes un hijo?
Marian baja la mirada.
- Hace algo mas de un año, unos soldados alemanes que volvían del frente oriental pasaron por aquí... se emborracharon mucho...
Mi único consuelo es que, si fueron mandados de vuelta al frente oriental, ahora estarían probablemente muertos.
Tiro el macuto y el fusil al suelo.
- ¿Qué haces, Jan?
- Me quedo aquí.
- ¿Te has vuelto loco?
- No puedo marcharme después de ver en qué condiciones está todo. No puedo dejarte aquí sola con un niño y sin nadie que cuide de tí.
- Hasta ahora me las he apañado sin compañía. Además no estoy sola aquí. La gente del pueblo me ayuda, y yo les ayudo a ellos. Los tiempos difíciles sacan a relucir la solidaridad de la gente.
La guerra saca lo mejor y lo peor de cada uno. De mi, probablemente, ha sacado lo peor.
- Jan, me gustaría que te quedaras pero... tienes un deber que cumplir. ¿Que pasaría si todos los soldados desertaran?
- Tienes razón, Marian.
Ojalá tuviera su sentido común, su serenidad, y su capacidad para sacar fuerzas ante la adversidad. Le doy todo el chocolate que me queda, y un fuerte abrazo de despedida. Le prometo que le escribiré lo más frecuentemente que pueda, y que trataré de enviarle comida, dinero o lo que sea desde el frente. Luego vuelvo a montar en Natasha, tomo el camino de salida y me alejo de Kalisz, mi pueblo. El frente me espera de nuevo. Pero he comprobado que, en cuanto a crudeza, la retaguardia no le va muy a la zaga al frente.