Jornada 30: Sunderland
Ya ha pasado por las páginas de este AAR Tony Cascarino. Y ahora le llega el turno a su compañero en la delantera más mítica de la selección de Eire, Niall Jon Quinn, a quien los buenos aficionados recordarán de la fase de clasificación para el mundial de Estados Unidos, en el gran partido de Julito Salinas en Landsowne Road.
Quinn comenzó a jugar al fútbol en el Manortown United de Dublín pero en 1983, con 17 años, los ojeadores del Arsenal se enamoraron de su juego y se lo llevaron a Highbury. Una vez en Londres le costó un poco entrar en los planes del primer equipo, pero en 1986, con los 20 recién cumplidos, se convirtió en un habitual de las alineaciones de los Gunners y en uno de los principales “culpables” de que los del norte de Londres se llevaran la Copa de la Liga de 1987.
El futuro parecía brillante para el jovencísimo irlandés, que además ya había debutado con la selección absoluta de su país. Pero ese mismo verano el Arsenal, con urgencias históricas acuciantes (no ganaba la liga desde hacía 15 años) fichó a Alan Smith, del Leicester, que terminó robándole el sitio en el once titular y convirtiéndose en el héroe de los Gunners no mucho después… como ya veremos en su momento.
Niall, de todos modos, seguía siendo inamovible en la selección irlandesa, y con ella participó en el mundial de Italia 1990. Allí Eire, contra todo pronóstico, se plantó en los cuartos de final… sin ganar ningún partido. Empató los tres de la fase de grupos (el último, contra Holanda, gracias a un gol de Quinn a un cuarto de hora del final, que dio el pase a octavos), y empató a cero con Rumanía en octavos y pasó gracias a los penaltis.
Sus goles en las escasas apariciones con el Arsenal y su buena actuación en el Mundial (dentro de las posibilidades de Eire, claro) llamaron la atención del Manchester City, que pagó 800.000 libras ese mismo verano para llevárselo a Maine Road. Esta vez sí, Quinn se convirtió en uno de los líderes del vestuario y del equipo titular. En abril 1991 se consagró como un mito entre los mitos cuando, en un partido contra el Derby County, marcó un gol en los primeros minutos que adelantó a los Citizens, y paró un penalti en los últimos minutos de la primera parte que impidió el empate de los Rams. El portero, Tony Coton, había sido expulsado justo por cometer ese penalti. ¿Que por qué el City no sustituyó al portero por otro? Pues porque por entonces en el banquillo solo podían sentarse tres jugadores en el banquillo, y los entrenadores raramente incluían a un portero entre ellos.
Quinn en su etapa con el Sunderland
La exitosa carrera de Quinn en Manchester se vio truncada en la temporada 1993-1994 por una lesión del ligamento cruzado, que además le impidió tomar parte en el mundial de Estados Unidos. Y cuando en 1996, ya con los 30 cumplidos, fichó por el Sunderland, esa lesión todavía le daba problemas: los primeros seis meses con los Black Cats fueron un infierno. Después, eso sí, volvió a convertirse en un goleador tan prolífico como antes. En realidad, exactamente igual de prolífico que antes. Si con el City había marcado 90 goles en 204 partidos, con el Sunderland fueron 91 goles en 203 partidos. Junto con Kevin Phillips, se convirtieron en una de las mejores delanteras de Inglaterra y fueron la clave principal de la temporada 1998-1999, cuando el Sunderland ascendió a la Premier después de batir todos los records posibles en la First Division (hoy Championship).
En 2002 Quinn ya era toda una leyenda para la afición de los Black Cats, y a sus 36 años participó en su tercer mundial (Eire fue eliminada en octavos de final por España en los penaltis). Y después de eso… se retiró. Fue entrenador del Sunderland muy brevemente y después se convirtió en un habitual de tertulias televisivas y comentarista de retransmisiones de partidos.
Hasta 2006. Ese año su destino volvió a cruzarse con los Black Cats. Compró una participación mayoritaria y cumplió el sueño de todo friki FMero. Se convirtió en presidente y, a la vez, en entrenador. Vamos, un Dimitri Piterman de la vida. O, mejor, un Graham Turner, el dueño-presidente-secretario técnico-entrenador del Hereford United. Bueno, no, en realidad un Piterman: perdió cuatro de sus primeros seis partidos como míster y, tipo listo, decidió que lo mejor era dejar las cosas en manos de alguien que de verdad supiera. Para sorpresa de todos, fichó a Roy Keane, con el que había tenido un fuerte encontronazo en la concentración previa al mundial de 2002, y el Sunderland consiguió ese mismo año el ascenso de vuelta a la Premier.
Durante las celebraciones de ese ascenso, Quinn tuvo oportunidad de elevar aún más su categoría de mito adorado e idolatrado por los aficionados del Sunderland. El ascenso se consiguió en Cardiff y, en el vuelo de vuelta, desde el aeropuerto de Bristol los empleados de EasyJet no permitieron a 80 aficionados Black Cats, borrachos como cubas, subirse al avión. La compañía pretendía dejarlos en tierra un día, hasta que se recuperaran de la curda, pero Quinn, visiblemente enfadado, les gritó “Those are MY people!! You cannot treat them like that!”. Acto seguido, salió a la parada de taxis del aeropuerto, hizo subir a los aficionados a 18 taxis y pagó de su bolsillo la carrera de todos ellos hasta… Sunderland. 310 millas de nada (500 kilómetros) de viaje en taxi, y una factura de 8.000 libras.
El partido iba bien, incluso muy bien, hasta el minuto 75. Dominábamos el juego y deberíamos haber marcado dos o tres goles más, sin que la expulsión de Bale nos afectara demasiado. Despues... el desastre:
En un cuarto de hora nos han barrido completamente, han tirado a puerta nueve de las 13 veces que aparecen ahí, nos han marcado 3 goles y nuestro segundo gol solo ha servido para disimular el ridículo. Menuda bronca les he echado en el vestuario.