Jornada 23: Bolton Wanderers
Los Wanderers fueron los protagonistas del que, sin duda alguna, es el partido más famoso que se jugó nunca en el antiguo Wembley. Y hará falta algo muy extraordinario para que en el nuevo pase algo similar. Hablamos, claro, de la final de la FA Cup de 1923, el partido que sirvió para inaugurar la catedral del fútbol inglés, y que enfrentó a los de Bolton con el West Ham.
El Bolton ganó 2-0, con goles de David Jack y Jack Smith. Pero eso es lo de menos. Lo interesante ocurrió, de hecho, antes de que sonara el silbato que dio comienzo al choque. La capacidad de Wembley quedó fijada en 120.000 espectadores. Y el nuevo estadio, además del partido, había concitado un enorme interés entre los londinenses, deseosos de ver el majestuoso proyecto.
Tantísimo interés que donde se suponía que entraban 120.000, entraron una cifra mucho mayor, entre 240.000 y 300.000 según diferentes cálculos de la época que, no, por mucho que podáis pensar, no son exagerados. Es más, otras 60.000 personas se quedaron a las puertas del estadio, muchas de ellas, de hecho, con entrada para el partido. Más de la mitad de la gente que entró al campo no había pagado para ello.
Wembley minutos antes de la hora del comienzo de la final: hasta los topes
Las autoridades no habían previsto semejante afluencia de público y, afortunadamente, todavía no había vallas en los estadios, con lo que no hubo tragedia. Pero claro, todos no entraban en las gradas, y el césped se llenó de gente, lo que impedía el comienzo del partido. Los escasos policías presentes en la final, sin medios para poner orden, hicieron una llamada de emergencia. Y a esa llamada respondió un solo hombre, George Scorey, que acudió con su caballo Billy, un enorme alazán blanco.
Con infinita paciencia y legendaria amabilidad (como son estos british), Scorey fue abriendo hueco entre los aficionados y, él solo y sin ayuda de más policías, consiguió después de tres cuartos de hora que los aficionados, al menos, dejaran libre el terreno de juego. Centenares de ellos se quedaron de pie en las líneas de banda y en los enormes espacios tras las porterías (el semicírculo que provocaba la pista de atletismo).
Scorey y Billy haciendo su trabajo... y con éxito, sorprendentemente. Nótese el mogollonazo de gente.
El partido pudo jugarse, pero con notables dificultades. Cada poco rato, y como consecuencia de los empujones, algún aficionado pisaba el terreno de juego, aunque no se recuerda que ninguno interrumpiera el juego. Y los corners fueron un suplicio: los jugadores no tenían espacio para coger carrera antes de lanzarlos. En el descanso los equipos se quedaron sobre el césped. Por un lado, temían que volviera a producirse la situación del principio del encuentro. Por otro, sencillamente, la entrada a los vestuarios estaba taponada por centenares de personas de pie.
A pesar de las dificultades, y gracias a Scorey y Billy, el partido se salvó (y no menos importante, el rey Jorge salió vivo de lo que tres horas antes parecía una trampa mortal, con los aficionados cada vez más furiosos). El agradecimiento es tal que, en el nuevo Wembley, una pasarela peatonal cercana al estadio, y que lo une con la estación de cercanías, lleva el nombre de “White Horse Bridge”.
Ya hablaremos más a fondo de ese puente en el futuro, porque ha traído cola.
De momento, el partido contra el Bolton, otro de los que pelea duramente por el ascenso. Un partido igualadísimo, con dos equipos jugando al ataque y muy buen juego. Y un empate bastante justo. Tres visitas complicadas en los últimos cuatro partidos y tres empates. Podría haber sido mejor… pero desde luego que podría haber sido mucho peor.
Además, un empate que nos viene de perlas, porque la clasificación queda así:
Si mantenemos el nivel del último mes y medio, no habrá problemas para ascender a la Premier. La segunda vuelta, a partir de mañana que ya está bien por hoy.