Primer cronista. Xabier Sanz de Acedo
La primera página del Libro prohibido soltó un crujido, un lamento quizá, cuando el bibliotecario la dobló para continuar la lectura. Los dedos le temblaban de emoción. Marcos, en cambio, parecía contrariado.
- ¿Qué idioma es ese? No hay quien entienda tu libro misterioso.
- Sí se entiende –respondió Roberto-. Está escrito en un castellano primitivo. A partir de ahora intentaré traducir lo que lea a nuestro idioma actual para que puedas… Un momento… ¡Vaya!, no va a hacer falta. Mira, en la segunda página el autor utiliza un castellano más moderno y sencillo de comprender para nosotros. Seguramente, se trata de otro escritor y este no viviría tan aislado del vulgo como el abad en su monasterio.
- Entonces, sigue leyendo, que estoy intrigado.
- Yo también, aunque, de verdad, estoy asustado. No sé si deberíamos…
“Quando en la granja vence la discordia, el toro ataca al caballo; el lobo, a las gallinas; el perro se pelea con el cerdo, e los buitres espantan a las ovejas. Las diminutas e inofensivas hormigas, mientras, corretean entre las patas de sus ‘hermanos’ grandes e, al cabo, terminan por reinar en la granja e repartirse los restos de los antiguos dueños, aquestos que les menospreciaron”
Carlos, por la gracia de Dios, rey de Nauarra, duque de Nemours, en veinte de jenero l‘aynno del nacimiento de nuestro Señor mil cuatrocientos y diez y nueve, asistió a la consagración de la reformada catedral de Santa María de Pamplona. Los centenares de vasallos que acudieron al recinto quedaron asombrados por la magnificencia de los muros e, non menos, por la nobleza del rey.
Vista exterior de la catedral de Pamplona.
Quien esto escribe, Xabier Sanz de Acedo, vio entonces por primera vez a don Carlos. Alto e de buen porte, su cabeza era estrecha e su mandíbula menguada; la boca e la frente le correspondían, e non assí su nariz, ni menos aún sus ojos, enormes, vivaces, llenos de razón.
Una vez terminada la ceremonia, el rey descendió del altar mayor de la catedral, con el abad don Xulian de Baraibar a su lado, e dirigiose a paso lento hacia el claustro, entre dos filas de personas nobles e ilustres. Uno de aquestos era servidor, invitado por el propio abad. Quando los ilustres llegaron hasta mi frente, inclinome, como es precepto, e ambos se detuvieron.
- Mi señor Carlos, este es el noble Xabier Sanz de Acedo, señor de la Berrueza e reconocido letrado. Es mi elección para el puesto de chronista que su majestad solicitó - anunció el abad.
El rey moviose ni un ápice, con sus enormes ojos fixos en la puerta del claustro, pero inquiriome.
- ¿Qué ve?
Tentóme responder al momento e decirle que al noble rey de los nauarros; por fortuna, la lucidez correspondiome en aquel momento e respondí con acierto a la prueba del monarca:
- Con mis ojos, nada, mi señor. Son débiles e pecadores. Con los de la Historia, que en ocasiones tomo prestado por la gracia del Señor, veo a un hombre noble, de cuna e actos, que ciñe la corona de Nauarra por derecho e legitimidad.
El rey mirome entonces complacido e sentenció:
- Serás el chronista del Reyno e de mis obras e hazañas. E tus hijos lo serán de lo que dispenseren los míos. Dado en gracia especial e ante el testimonio del abad e de nuestro Señor.
Assí, durante los meses siguientes, e annos serán si la gracia del Señor lo dispone, este humilde letrado non apartose baxo ninguna circunstancia de la vera del rey.