Prólogo:
Las ruedas de un carrito repleto de libros chirriaban por los lóbregos pasillos de la biblioteca. Era de noche. A esa hora sólo permanecían en el interior del recinto el bibliotecario, un joven de porte esquelético, tez pálida y manos huesudas, llamado Roberto, y su fornido ayudante, Marcos.
Roberto paseaba su mirada por las estanterías con la boca entreabierta, como pasmado. Periódicamente se detenía y apuntaba con el dedo índice hacia uno de los gastados letreros. De sus labios brotaba entonces un nombre, apenas inteligible, antes de que la mitad de su cuerpo se sumergiera dentro del carrito. Tras rebuscar entre los libros, se incorporaba con un ejemplar y se lo pasaba a su ayudante, quien, atendiendo a la indicación precisa, lo acomodaba en la balda.
Era una rutina tediosa, pero Roberto y Marcos apenas hablaban. Aún próximos en edad, no tenían nada en común. Aquella noche, Marcos había emitido un puñado de gruñidos. Roberto, como de costumbre, se limitaba a balbucear los nombres de los autores y, quizá, alguna crítica, algún elogio, que se perdían en el vacío.
Sin embargo, al atravesar el último pasillo, el correspondiente a la letra Z, Marcos se fijó, al fondo, en la puerta de una pequeña habitación que siempre permanecía cerrada.
- ¿Adónde lleva aquella puerta?-, preguntó de improviso.
. ¿Cómo?-.
- ¿Digo que adónde se va por ahí?-, aclaró, señalando la puerta.
- ¿Por ahí? A ninguna parte. Sólo hay una habitación… pequeña-, farfulló Roberto, nervioso.
- ¿Y para qué se utiliza?-.
- Es un… almacén, sí, un almacén-.
A Marcos aquello le sonó a más libros, posiblemente mal apilados, desordenados. Es decir, más trabajo. No obstante, picado por la curiosidad, entornó los ojos y alcanzó al leer un pequeño cartel: “Zona reservada”.
- ¿Por qué ese almacén es una zona reservada?-, inquirió.
- ¿A qué te refieres?-, soltó, ya sobresaltado, el bibliotecario.
- Nunca entramos ahí y en la puerta avisa que es una zona reservada-.
Roberto se mantuvo en silencio, aunque no pudo ocultar su agitación.
-¿No lo sabes o no me lo quieres decir?- añadió Marcos. -¿Tienes la llave?-.
- ¡No! Y además, es cierto, no se puede entrar ahí.
- Ajá, entonces, algo sabes. ¿Por qué es una zona reservada?
- No pue…
- Me lo vas a decir.
- Pero…
El ayudante se acercó a la puerta y zarandeó el pomo. Se escuchó un chasquido propio de herrumbre raspada.
- Por las buenas no se abre, pero habrá que ver si aguanta por las malas-, anunció Marcos. Al tiempo, dio dos pasos hacia atrás y se balanceó para embestir con el hombro. Roberto, asustado ante la posibilidad de que derribara la puerta, se adelantó:
- ¿Qué haces? No. Espera. Tengo la llave. Ya abro- dijo.
- Muy bien. Veamos que escondéis las ratas de biblioteca.
Los dedos temblorosos de Roberto erraron en sus dos primeros intentos de introducir la llave en el ojo de la cerradura, pero, al fin, acertó, giró la muñeca y la puerta se abrió emitiendo un quejido.
El bibliotecario buscó a tientas el interruptor de la luz. No lo encontró. Nunca había entrado en esa habitación y no sabía dónde buscarlo. Marcos, a su espalda, entornó totalmente la puerta y dejó que penetrara la luz del pasillo.
- ¡Pero si aquí dentro no hay nada!-, escupió el ayudante, desilusionado al ver que la habitación estaba prácticamente vacía.
El bibliotecario, en cambio, estaba emocionado. Esas historias, que él había creído cuentos para simples, eran verdad. La prueba estaba allí delante.
- Aquí dentro se guarda la Historia…-, masculló.
- ¿Cómo?
Roberto se acercó al pequeño arcón que presidía la sala y cogió entre sus manos un voluminoso ejemplar que reposaba solo, bajo dos fantasmagóricas estatuillas: una representaba a la musa de la historia, Clío, y la otra a un demonio.
- Este libro…-.
- ¿Por qué es tan importante?-, interrumpió Marcos.
- Lo que has aprendido en la escuela, aquello que te han contado, es mentira.
- ¿Qué insinúas?-.
- No insinúo nada. Esta es la verdad. Hace siglos, un pequeño reino creció a golpe de acero y llamas. Su poder aumentó de forma imparable y llegó a dominar a todos los demás. Sus reyes subyugaron a miles de personas: monarcas, nobles, hombres de la Iglesia, campesinos… Pero los vencidos reaccionaron. Se unieron y hubo una guerra brutal. La desesperación fue la mejor arma de los rebeldes. Sólo les quedaba ganar o morir. Y vencieron, sufriendo millones de pérdidas. Fue una catástrofe. Por eso, los rebeldes decidieron borrar de la historia a aquel reino que habían combatido.
- No… no es posible. Mis maestros…-.
- Ellos son simples transmisores de una mentira. Los vencedores determinaron que nunca más se oiría hablar de ese reino funesto. Pero dejaron una prueba. Y está aquí. La verdadera historia- dijo Roberto, acariciando el lomo dorado de aquel ejemplar. -Todo está aquí. En el ‘LIBRO PROHIBIDO’-.
Las ruedas de un carrito repleto de libros chirriaban por los lóbregos pasillos de la biblioteca. Era de noche. A esa hora sólo permanecían en el interior del recinto el bibliotecario, un joven de porte esquelético, tez pálida y manos huesudas, llamado Roberto, y su fornido ayudante, Marcos.
Roberto paseaba su mirada por las estanterías con la boca entreabierta, como pasmado. Periódicamente se detenía y apuntaba con el dedo índice hacia uno de los gastados letreros. De sus labios brotaba entonces un nombre, apenas inteligible, antes de que la mitad de su cuerpo se sumergiera dentro del carrito. Tras rebuscar entre los libros, se incorporaba con un ejemplar y se lo pasaba a su ayudante, quien, atendiendo a la indicación precisa, lo acomodaba en la balda.
Era una rutina tediosa, pero Roberto y Marcos apenas hablaban. Aún próximos en edad, no tenían nada en común. Aquella noche, Marcos había emitido un puñado de gruñidos. Roberto, como de costumbre, se limitaba a balbucear los nombres de los autores y, quizá, alguna crítica, algún elogio, que se perdían en el vacío.
Sin embargo, al atravesar el último pasillo, el correspondiente a la letra Z, Marcos se fijó, al fondo, en la puerta de una pequeña habitación que siempre permanecía cerrada.
- ¿Adónde lleva aquella puerta?-, preguntó de improviso.
. ¿Cómo?-.
- ¿Digo que adónde se va por ahí?-, aclaró, señalando la puerta.
- ¿Por ahí? A ninguna parte. Sólo hay una habitación… pequeña-, farfulló Roberto, nervioso.
- ¿Y para qué se utiliza?-.
- Es un… almacén, sí, un almacén-.
A Marcos aquello le sonó a más libros, posiblemente mal apilados, desordenados. Es decir, más trabajo. No obstante, picado por la curiosidad, entornó los ojos y alcanzó al leer un pequeño cartel: “Zona reservada”.
- ¿Por qué ese almacén es una zona reservada?-, inquirió.
- ¿A qué te refieres?-, soltó, ya sobresaltado, el bibliotecario.
- Nunca entramos ahí y en la puerta avisa que es una zona reservada-.
Roberto se mantuvo en silencio, aunque no pudo ocultar su agitación.
-¿No lo sabes o no me lo quieres decir?- añadió Marcos. -¿Tienes la llave?-.
- ¡No! Y además, es cierto, no se puede entrar ahí.
- Ajá, entonces, algo sabes. ¿Por qué es una zona reservada?
- No pue…
- Me lo vas a decir.
- Pero…
El ayudante se acercó a la puerta y zarandeó el pomo. Se escuchó un chasquido propio de herrumbre raspada.
- Por las buenas no se abre, pero habrá que ver si aguanta por las malas-, anunció Marcos. Al tiempo, dio dos pasos hacia atrás y se balanceó para embestir con el hombro. Roberto, asustado ante la posibilidad de que derribara la puerta, se adelantó:
- ¿Qué haces? No. Espera. Tengo la llave. Ya abro- dijo.
- Muy bien. Veamos que escondéis las ratas de biblioteca.
Los dedos temblorosos de Roberto erraron en sus dos primeros intentos de introducir la llave en el ojo de la cerradura, pero, al fin, acertó, giró la muñeca y la puerta se abrió emitiendo un quejido.
El bibliotecario buscó a tientas el interruptor de la luz. No lo encontró. Nunca había entrado en esa habitación y no sabía dónde buscarlo. Marcos, a su espalda, entornó totalmente la puerta y dejó que penetrara la luz del pasillo.
- ¡Pero si aquí dentro no hay nada!-, escupió el ayudante, desilusionado al ver que la habitación estaba prácticamente vacía.
El bibliotecario, en cambio, estaba emocionado. Esas historias, que él había creído cuentos para simples, eran verdad. La prueba estaba allí delante.
- Aquí dentro se guarda la Historia…-, masculló.
- ¿Cómo?
Roberto se acercó al pequeño arcón que presidía la sala y cogió entre sus manos un voluminoso ejemplar que reposaba solo, bajo dos fantasmagóricas estatuillas: una representaba a la musa de la historia, Clío, y la otra a un demonio.
- Este libro…-.
- ¿Por qué es tan importante?-, interrumpió Marcos.
- Lo que has aprendido en la escuela, aquello que te han contado, es mentira.
- ¿Qué insinúas?-.
- No insinúo nada. Esta es la verdad. Hace siglos, un pequeño reino creció a golpe de acero y llamas. Su poder aumentó de forma imparable y llegó a dominar a todos los demás. Sus reyes subyugaron a miles de personas: monarcas, nobles, hombres de la Iglesia, campesinos… Pero los vencidos reaccionaron. Se unieron y hubo una guerra brutal. La desesperación fue la mejor arma de los rebeldes. Sólo les quedaba ganar o morir. Y vencieron, sufriendo millones de pérdidas. Fue una catástrofe. Por eso, los rebeldes decidieron borrar de la historia a aquel reino que habían combatido.
- No… no es posible. Mis maestros…-.
- Ellos son simples transmisores de una mentira. Los vencedores determinaron que nunca más se oiría hablar de ese reino funesto. Pero dejaron una prueba. Y está aquí. La verdadera historia- dijo Roberto, acariciando el lomo dorado de aquel ejemplar. -Todo está aquí. En el ‘LIBRO PROHIBIDO’-.
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