CAPITULO 35: Veinticinco Años de Paz
Tendría que reflexionar sobre el significado de su última visión. Las implicaciones, tomadas literalmente, eran... sencillamente monstruosas, y no podía forzarse siquiera a aceptarlas. De nuevo se sumergió en las crónicas, ya las últimas presentes en la biblioteca, para averiguar la continuación de la historia.
Tras la catarsis que había supuesto la cuarta cruzada, un hecho quedó claro. La época heroica de las cruzadas, toda una era de aventuras salvajes en Outremer había pasado. La casa de Antioquía había renunciado a pedir la participación de otra oleada de fanáticos procedente de Europa.
Realmente, poca falta le hacía. El Reino de Jerusalén había encontrado su lugar entre las naciones del cercano Oriente, su superiro imperio militar, afilado por más de un siglo de lucha continua, y atemperado por desastres y éxitos, y su control por las rutas de salida al mediterráneo de la ruta de la seda, proveniente de la lejana Cathay, le había asegurado una prosperidad económica, asentada tras la fructífera política de asentamientos e inmigración, así como de conversión, de la anterior casa de Anjou. Generales de la talla de Balduino III, Raimundo de Trípoli y posteriormente el rey Ricardo de Inglaterra, habían asegurado bajo la espada la tranquilidad en la zona y el control de los más ricos puertos de la zona. La supervivencia económica del Califato, ahora resurgente, dependía de los puertos de Tiro y Acre... la de Egipto de los puertos de Damietta y Alejandría, ahora controlados por los cristianos.
No sólo por la guerra, a pesar de la frecuencia con la que se había dado en la zona, se había asentado el reino, sino también por una sucesión de expertos cancilleres... primero Guillermo de Tiro, luego el propio Raimundo de Trípoli y ahora el nuevo rey Bohemundo veía su corte ensalzada por la buena labor de Juan de Ibelin, experto legalista, y tutor de la heredera Marie, hija única de la casa de Antioquía.
Un factor que resultaba altamente sorprendente era la ausencia de intriga política... la misma clase de lucha interna que tantas veces había estado a punto de llevar al desastre a la dinastía de Anjou. Más, la nobleza más pendenciera había sido eliminada en las últimas batallas, el proceso de centralización llevado tras la última cruzada habiendo culminado en una corte centro de toda actividad, con legistas y los nuevos nobles nativos centros de toda la actividad cortesana. Bohemundo bien podría haberse llamado "el pacífico" debido a su falta de ardor bélico... y su esfuerzo diplomático en contentar a todos sus vecinos. Incluso las antaño belicosas órdenes de Templarios y Hospitalarios parecían más centrados en sus actividades mercantiles que en la llamada de la espada.
Y eso que la situación del reino se prestaba a intrigas. Bohemundo no tenía más herederos que su hija Marie... y aquel que casara con ella sería el próximo rey. Dice mucho de su habilidad el hecho de que la decisión del rey fuera... salomónica. Ningún noble local alcanzaría la mano de Marie. El canciller Jean se ocuparía de dejar dicha decisión en manos del monarca más poderoso de occidente... Felipe Augusto de Francia, que había resultado victorioso de forma total y contundente sobre la antaño poderosa dinastía angevina. Felipe, agradeciendo este gesto de apoyo, que sabía era necesario para reafirmar la potencia e influencia de Francia en Oriente, ante los avances bizantinos contra el nuevo imperio latino de Constantinopla, accedió y dio su bendición a Juan de Brienne, uno de sus favoritos, como marido de Marie de Antioquía y heredero al reino de Jerusalén.
Finalmente, lo que todo occidente temía, se hizo realidad. En el invierno del 1220, el imperio de Nicea se apoderó de su capital de nuevo, restaurando el imperio griego de Bizancio. La casa de Courtenay tuvo que huir ante el desastre total, sus fuerzas aniquiladas de una manera pasmosamente fácil por el nuevo emperador Paleólogo. El imperio Latino tuvo que desplazarse, y la casa de Courtenay tomó nueva sede en la antiquísima ciudad de Atenas, donde los latinos reconstruyeron lentamente su poder, mientras que los griegos destruian con una saña no inferior a la mostrada por los católicos en la cuarta cruzada, todo vestigio de los invasores.
El reino de Jerusalén estaba aliado, al menos en nombre, con el imperio latino, y no se dejó de temer la llegada de una nueva guerra... esta vez contra los bizantinos, que conservaban aún casi toda Anatolia en sus manos. Más tal guerra no llegó.
Tanto los bizantinos como el reino de Jerusalén se hallaban inmersos en un proceso de reforma interna... los reinos de Oriente estaban... cambiando... evolucionando en este nuevo siglo hacia algo nuevo. Un nuevo código legal, con inspiración directa en el viejo código romano, más allá de las viejas formas francas consuetudinarias, fue impuesto por Jean d'Ibelin, al promulgar, con la aprobación del rey Bohemundo sus 'Assizes', una compilación de códigos que ayudó a unificar la administración de los grandes territorios del reino bajo una única ley real.
Atras quedarían los viejos tiempos de condes y barones bandidos, atrincherados en sus rocosas e inexpugnables fortalezas, capaces de ignorar el poder real, como Reinaldo de Chatillôn. Tales tiempos habían pasado... así como los tiempos de la seperación religiosa. Lentamente, y con no pocas revueltas se venció la resistencia ortodoxa en la zona, ahora forzando conversiones, ahora aumentando impuestos a los no católicos, ahora expulsando a mercaderes griegos y sirios e instalando a los nuevos colonos católicos, de origen franco o italiano pero ya firmemente asentadas sus raices en Outremer. Las peticiones de auxilio de los patriarcas ortodoxos al recien recuperado imperio bizantino cayeron en oidos sordos, al ser la prioridad de los paleólogos recuperar las ricas tierras de Macedonia, aún en pugna con el imperio latino de Atenas.
Y así, tras veinticinco años de paz, la costa de Outremer estaba ya practicamente ocupadas por ricas ciudades con una gran mayoría de población católica. Y con ello, la época 'heroica' de Outremer llegó a su fin.
¿Y qué había de David de Trípoli?
David examinó los documentos con ansia, esperando encontrar alguna referencia, aunque fuera de pasada, a tan insigne miembro de los templarios. Examinó los códices, las iniciaciones y registros de la orden... los cada vez más abundantes registros comerciales... y nada... como si se lo hubiese tragado la tierra tras su intervención en la cuarta cruzada.
Bueno... si David de Trípoli había nacido en el 1177... en el 1225 tendría... mmm... 48 años... y considerando su carrera y sus influencias debería ocupar un alto rango ya en la orden. Pero... nada. Nada de nada. Y eso no era normal, dado que la documentación parecía abundar más ahora que para las fechas iniciales.
Quizás durante los siguientes años encontrara una explicación... ah, una guerra por el comercio con el Califato... vaya, como habían cambiado las motivaciones del antiguo reino cruzado...