Capítulo 42: Jubileo
"Estas redes son para atrapar el oro, no el alma de los hombres. Peculiares pescadores son ahora los discípulos de Cristo" observó David Asbhless al pasar a caballo junto a sus dos acompañantes. El viejo guerrero gruñía ante la visión de los enviados de Bonifacio, el obispo de Roma, preparando su llegada y esquilmando a los peregrinos en el puente de entrada a la ciudad de Jerusalén. Pocos podían hacer ese tipo de observación, y menos aún en la presencia en la que se encontraba. Pero el poderoso noble, viejo pero aún no anciano, aprovechaba su propia fama y leyenda y el respeto que le profesaba el pueblo y el rey para lanzar tamañas acusaciones en la propia cara de Guillermo de Monferrato, legado papal y uno de los inquisidores más despiadados que el mundo había conocido. O tal era su propia fama.
Guillermo, un hombre relacionado por sangre con el mismo rey, se limitó a gruñir mientras que el diácono Alfredo de Hibernia se limitó a poner cara horririzada. Más, al penetrar en las callejuelas, supervisando el complejo trazado que llevaría al gran Benedicto Gaetani, Bonifacio VIII, al templo de Jerusalén para celebrar en gloria el jubileo del año del señor de 1300, hizo un comentario que sorprendió a sus dos acompañantes. Si bien provocó dos reacciones bien distintas. Mientras el viejo guerrero noble de Outremer estalló en una sonora carcajada, los ojos de Alfredo casi se salieron de las órbitas.
"Bah... este no es el oro de los nobles, sino el cobre del pueblo. Apenas dará para cubrir gastos, me temo."
Alfredo se apresuró a protestar ante una opinión tan... mundada. Desde la llegada a Ascalón a estas tierras tan aún bárbaras y peligrosas había supuesto que el gran inquisidor Guillermo le hubiera apoyado ante la nobleza local, pero estaba descubriendo muy a su pesar que las simpatías del dominico cada vez caían más y más del lado de los duros nobles descendientes de los cruzados.
"Jesús, María y José os perdonen vuestras impías palabras, caballeros. Atentáis contra la dignidad de los peregrinos al denigrar así sus justas y generosas donaciones a la iglesia que facilitarán su entrada en los cielos. ¡No toda la cristiandad tiene la oportunidad de morir en lor de santidad o en las guerras contra los infieles para asegurar su salvación!"
Los otros dos hombres cruzaron una mirada de entendimiento mientras la sombra del gran templo empezaba a cubrirles. Ambos habían visto, incluso en dos partes del mundo bien distintas lo que representaba realmente el honor y la gloria, así como a aquellos que se decían píos y devotos pero más bien hacían que les llamaran así bajo el miedo de las armas y el poder y la recompensa del oro. El propio Guillermo había oído decir de labios del mismo Santo Padre en una cena celebrada durante el anterior año que el hombre no tenía más esperanza de vida tras la muerte... que el pollo asado al que estaba desgajando un muslo. El mismo Santo Padre que venía a celebrar el jubileo a la sagrada ciudad de Jerusalén por primera vez para bendecir a la humanidad desde el lugar de martirio de Cristo, pero cuyo auténtico propósito era forjar alianzas con las familias nobles de Outremer, muchas de las cuales estaban bien relacionadas con sus parientes en la Occitania francesa y la propia Francia, como parte de la cruel y despiadada lucha por el poder que sostenía con el rey Felipe el Hermoso de Francia.
Así, el cínico inquisidor y el veterano guerrero, libres de distintas formas de las peores hipocresías, habían congeniado de una forma instantánea, para la desesperación del orondo diácono.
Así, tras librarse del rechoncho Alfredo en el castillo del rey y tras llegar a una discreta taberna a la sombra del mismo, ambos se pudieron poner adecuadamente al corriente de la situación real del mundo.
"... sin duda, vendrán agentes de Felipe. El propio Nogaret, quizás... aunque los templarios no le soportan. Ha estado interfiriendo mucho en sus operaciones en Francia.¿Qué dicen vuestros amigos del templo, por cierto? Vuestra familia tiene muchos contactos allá, me han dicho."
El viejo Ashbless, tras beber un trago de su tazón de vino endulzado con miel, se limpió la barba y se encogió de hombros.
"No tantos como antaño. Mi propio hijo se está formando con ellos, sin embargo, y quizás me comente algo la próxima vez que le vea. De todas formas, como ya decís, Molay no puede soportar ni a Felipe ni a sus ministros. Si no fuera por el príncipe Felipe, hace tiempo que su conflicto hubiera estallado. Desde luego el hermano del rey y el príncipe heredero hacen todo lo posible para que así sea."
Guillermo estalló en carcajadas de nuevo.
"¡Si el rey supiera que un noble de Jerusalén sabe tanto sobre los más secretos sentimientos de su corte, se sentiría suficientemente preocupado para lanzarse contra los templarios!"
David levantó las manos seriamente, pero en sus labios había una sonrisa "Paz. No sólo tengo amigos templarios.Aunque ya no tantos como antaño, siguen llegando a nuestros puertos jóvenes nobles deseosos de bordar la cruz sobre sus vestiduras. Afortunadamente, las cosas están tranquilas y pronto ven que alancear sarracenos ya no es lo que solía ser, ni la propia guarida real y las mesnadas de los principales nobles lo ven de una forma tan complaciente. Y son una gran fuente de noticias sobre Europa."
"Bien... si me permitís decirlo, ojalá Felipe se diera cuenta que el hijo al que más le ha legado su caracter y su fuerza fue aquel al que le dió su nombre. Luis... que Dios nos ampare cuando herede. Su padre es testarudo pero este... el único que deja que influya en su caracter es su tío Carlos, que no es más que un cabrón sediento de poder y de tierras, las que le ha negado su nacimiento. Y ahí está mi esperanza. Esperaba promover un entendimiento entre el rey y la curia... y el temple. Felipe es un rey sabio y justo a pesar de todo. Aborrece las guerras aunque no las teme. Sólo desea que Francia sea pacífica y rica... y aunque lo haga consolidándola bajo su mandato supremo, los resultados son innegablemente buenos. Con las bodas de sus hijos y su propia boda ha conseguido más para Francia que el propio San Luis."
David, una vez acabada su copa, escuchó las palabras del inquisidor, pasando lentamente su pulgar por el borde su tazón de vino.
"Lo que decís no es descabellado. Pero tanto Felipe como Bonifacio son... un par de testarudos hijos de puta."
"¿Y Molay?"
"Mmm... Molay es más... razonable, eso es cierto. Y sigo teniendo influencia sobre él. Quizás el oro del temple sirva para deshacer este entuerto, si es oro lo que Felipe y Bonifacio necesitan. Puedo acordar una cita... si os libráis de ese sacerdote fofo y relamido..."
El dominico entornó los ojos y sonrió "Alfredo no será un problema..."
...
"Algo malo está pasando, lo noto en los huesos."
David estrechó la mano con firmeza de Guillermo, ambos embozados en capas de lana ante la fría noche ya casi invernal en Jerusalén. Guillermo miró hacia arriba y simplemente se encogió de hombros "Es sólo... este tiempo tenebroso. Vayamos a la reunión."
Ambos hombres se dirigieron hacia el temple, tomando la puerta... privada, esto es secreta, de la base, que les llevaría directamente a la biblioteca.
"No hay un guardia aquí. Debería haberlo." El noble de Jerusalén desenfundó su espada, y para su aprobación, el dominico hizo surgir de sus ropajes negros una larga y brillante daga. "Padre... nunca me lo hubiera imaginado." Guillermo simplemente sonrió "Son estos tiempos peligrosos..." Antes de activar la entrada, David simplemente observó "Siempre lo han sido..."
Una imagen dantesca les sorprendió. Sangre, hermanos templarios muertos por doquier.Los dos hombres, temiendo lo peor, se deslizaron hacia la planta superior, donde se iba a celebrar la reunión. Pero tras pasar la puerta, encontraron lo que temían.
"Molay y sus consejeros... el... el enviado del rey... Nogaret... Todos... todos muertos. Dios mío, ¿quién ha podido penetrar en la más segura fortaleza de la cristiandad y provocar una carnicería así?"
David entonces se dio cuenta que uno de los hombres no estaba muerto... ya que temblando había alcanzado con su mano para sujetar su pie en un desesperado y final intento de llamar su atención.
"Pier... dios mío... Pier! Estáis... vivo..."
El hombre, gorgoteando con su propia sangre, se aferró con sus temblorosas manos al pecho de David "David... la... botella... la... botella..." Una convulsión súbita sacudió al moribundo y repentinamente cayó para siempres.
Guillermo arrugó el entrecejo "¿La botella? Estaba delirando sin d..." y de repente cayó al ver que la barbada faz de su compañero había palidecido. "¿Eh? ¿¡Adonde vais?!" "Las catacumbas... ¡ahora!"
Ambos guerreros se apresuraron escaleras abajo, casi tropezando en su afan de alcanzar las salas más profundas y protegidas del templo, siguiendo un restro de sangre, terror y oscuridad, y al alcanzar la última puerta, traspasar el último sello que el propio David había colocado, creyéndolo inviolable...
"Llegáis tarde... tarde... tarde... tarde... jojojo... Una pena, os habéis perdido una gran fiesta..."
En el fondo de la sala, envuelto en los simples ropajes de un mercader judío, había un viejo sosteniendo una gran y brillante botella, de un vidrio puro y resplandeciente que ofrecía extraños reflejos desde su interior. David y Guillermo miraban incrédulos al inofensivo en apariencia viejo... rodeado de extrañas sombras, que al adelantarse revelaron unas afiladas dagas de metal.
"Esperaba poder acabar contigo como tú estuviste a punto de acabar conmigo. Hasta... había conseguido el medio oportuno pero no puedo dejar pasar esta oportunidad, David... el juego ha acabado. Mi pueblo, tu pueblo aunque lo hayas olvidado, tendrá una nueva oportunidad. Una oportunidad de recuperar las tierras prometidas. Algo que aquí. Ahora. No podría ya conseguir con los hijos del nazareno."
David no era hombre de palabras sino de hechos. Lejos de responder con su voz, se abalanzó hacia el viejo, mientras que sus fanáticos seguidores se interponían en su camino. Con desesperación oía morir a Guillermo a su lado, su garganta atravesada por un puñal... y sólo a dos metros del viejo oía los cantos del anciano, del judío errante, del maldito... las místicas palabras de la cábala sellando, rodeando la botella, y de repente esa... extraña sensación.
...
"... están en las puertas! ¡Los armenios están en las puertas!"
Las voces en árabe de la muchedumbre le despertaron. Su barba estaba sucia, y no estaba vestido con su cota de malla sino con holgadas ropas de mercader. Cuando se levantó de repente, ahuyando, dos mujeres y un anciano dieron un salto, pero se tranquilizaron al ver que era sólo un anciano loco.
"Gui... llermo... viejo... viejo.... demasiado lento..."
Con respeto, una de las mujeres se acercó "¿Os... os encontraís bien?"
David miró a su alrededor. Estaba en Jerusalén, sin duda. Pero... todo era tan distinto. Tranquilizándose, aceptó la mano de la mujer y contestó "N... no lo sé... donde... creo... que me di un golpe... he despertado... qué pasa... ¿por qué grita la gente?"
La mujer le miró con compasión y uno de los ancianos se adelantó y dijo con orgullo "El rey armenio ha llegado a las puertas de Jerusalén, maldito sea, y se dispone a exigir el paso para rendir su malsano culto, profanando la mezquita. Cuando los mamelucos vuelvan... ah... será la guerra santa de nuevo. Y ni los ejércitos del Gran Khan podrán oponerse a la ira de Allah!"
"Ar... ¿armenios? ¿Y... el rey... de... de Jerusalén?"
El viejo le miró con sorpresa. "¿Qué rey de Jerusalén? El gran sultán de los mamelucos de Egipto nos gobierna, bendito sea su nombre. Y espero que venga pronto para dar una lección a cristianos y paganos tártaros que así se atreven a amenazarnos."
Los recuerdos se escapaban de su cabeza, mientras una nueva realidad la inundaba. No... no.... no... después de todo... de tanto tiempo... no... todo perdido... debía... recordar... pero... no podía... no podía... Y así todo acabó. Ni siquiera había empezado.
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David se levantó del suelo y se sacudió el polvo de la biblioteca. Le había costado casi siete siglos, pero por fin recordaba. Lo recordaba todo. Salir de la biblioteca perdida era ahora sencillo. Se adelantó hacia la casi derruida pared, y presionó en los lugares apropiados. El portal secreto costaba un poco de empujar, pero una nueva fuerza llenaba sus entrañas. Por vez primera sabía quien era, sabía que quería y qué debía hacer.
Y que los infiernos protegieran a este mundo, porque nadie más lo haría.