Capítulo 39: Revelaciones
"Padre... ¿Quién... soy yo?"
El viejo caballero inglés se inclinó pesadamente sobre su sillón favorito, al lado de la ventana que daba al mar. Los físicos le habían dicho que el aire del mar no beneficiaba a su reumatismo, pero ellos... ¿qué sabían? No había vuelto a su nativa Inglaterra en décadas, pero la cercanía al mar siempre le recordaba a su lejano origen. Ahora era un señor de Outremer, uno de los pares del reino de Jerusalén, el imperio de Outremer. Y ahora se veia obligado, a su pesar, a revelar uno de los más preciados secretos del ya establecido reino cruzado.
"Para empezar, como ya habrás adivinado, no eres realmente mi hijo."
Tomando una copa de especiado vino, el anciano inglés dejó que el joven se desfogara. Ah, sí... era igual que como le recordaba... veinte... no... treinta o cuarenta años antes, cuando acababa de llegar a Acre, como en el pozo de Ain Yalut, cubiertos de sangre ambos, antes de que la amargura y el cinismo poblaran sus rasgos.
"Lo que me estáis diciendo no explica... esta locura. Mis rasgos, los alaridos de muerte del viejo rey... y esos misteriosos asesinos que intentan cazarme. Por no hablar de la carta de mi propio puño y letra que el gran maestre del Temple me ha hecho llegar. Son demasiadas coincidencias padre... y el propio señor de Vichiers me confirmó su autenticidad. Pero... esto es una locura, os digo de nuevo. ¿Cómo pude escribir yo mismo una carta firmada hace 30 años?"
Sí... sí... la misma impaciencia, y esa mirada oscura, inquisitiva...
"David. Así fue, tenéis que creerme. Tú mismo escribiste esa carta desde la lejana Arabia... y en mi presencia. Siéntate... esto es una larga historia. Y..." elevó su mano ante la boca abierta del joven "... y no me interrumpas, haz el favor. Ten un respeto por alguien que si bien no es tu padre, ha cuidado de tí como si su propio hijo fueras."
El joven apretó los labios con fuerza y se sentó frente al anciano inglés, que apuró su copa hasta las heces, antes de continuar.
"Yo conocí a un joven caballero templario llamado David de Trípoli... sí, el mismo nombre escrito con vuestra letra, que adorna esa carta..." El viejo se aclaró la garganta y prosiguió. "Le conocí en Chipre. Yo era uno de los jóvenes caballeros que se habían unido, dejando familia y heredad en Inglaterra, a la brillante cruzada de Ricardo Plantagenet, rey de Inglaterra. David era el hijo bastardo de uno de los más importantes nobles de Outremer, el conde Raimundo de Trípoli. Todo un personaje... Yo le conocí ya viejo, pero en su época fue un guerrero de primera... escurridizo y nervudo... se parecía mucho a vos... a David... por eso a nadie le costó aceptar que fuera bastardo suyo... al contrario que nosotros."
Ante la mirada de impaciencia del joven, William se dispuso a proseguir.
"Sí... lo sé... divago. Bien, el caso es que en la tercera cruzada nos hicimos amigos... David y yo... y nos involucramos en las más increibles y desesperadas aventuras que te puedas imaginar. Sobrevivimos a la batalla del pozo de Goliath... participamos en ese loco y continuo saqueo que fue la expedición a constantinopla. Donde vencimos, de alguna forma... a un angel. Sí, no creas que chocheo. A un angel te digo. Ya recordarás..."
Con temblorosas manos llenó de nuevo su copa. La mirada del angel de los infortunios, aquella noche en Constantinopla, era algo difícil de olvidar. Aún se despertaba ciertas noches con esa mirada clavada en su ser.
"Finalmente nos... mejor dicho... te diste cuenta que había algo más. Esos misteriosos asesinos que mataron a Conrado de Monferrat, había algo extraño en ellos. Parecían demasiado enterados de todo y de todos, y David se puso a investigar como un loco sobre ellos. Al final, mi amigo David alcanzó el grado de jefe militar de los templarios... el segundo puesto en importancia, el caballero Mariscal, sólo después del Gran Maestre... y presionó para atacar Baghdad, donde sus informes le llevaban... donde un viejo judío había desaparecido, según él. Siguió su pista tras la matanza en el palacio Califal hasta Basrah. El propio David torturó al anciano hasta arrancarle esa información.
Y en Basrah... le encontró. O eso creo. Esa fortaleza fue dura de roer, y David se aseguró que nadie pudiera salir. El día que entramos por fín en la ciudad, poniendo fin a la guerra, David por fin reconoció al viejo que buscaba, y se lanzó a por él. Era una emboscada. Yo apenas sobreviví, pero el propio David cayó ante los puñales de los asesinos. El viejo... luego te daré una descripción, pero sólo quiero decirte que ese hombre... es muy peligroso. Se movía como una anguila, y que me aspen si no era un brujo o algo así. Pero sin duda era el mismo judío que estaba en la toma de Ascalón hace un siglo, cuando el buen rey Balduino III".
Ante la mirada de incredulidad absoluta del joven, William no pudo evitar una honda carcajada, un gorgoteo más bien, y continuó.
"Si crees que esto es extraño... no acaba más que empezar. Cuando al día siguiente nos recuperábamos, fui a ver el cuerpo de mi amigo... y ya no estaba. Sólo sus ropas vacías. Y un pequeño bulto que se movía entre ellas." El viejo dejó una pausa dramática "Un bebé. Un precioso y sano bebé. Yo por supuesto, no sabía que hacer. Pero... no creia que nadie hubiera robado el cadaver... para sustituirlo por un recien nacido. Me hice cargo como pude, y volví a Trípoli. Pero allí me encontré con una historia más extraña todavía. Unos escritos del viejo conde, dispuestos para la ocasión, donde se afirmaba que le había pasado lo mismo... sí... lo mismo que a mí.
Había acompañado a un caballero templario al lejano norte, para la batalla del valle de Ahora, frente al Ararat, donde consiguió su fama el conde. Allí murió el caballero, pero cuando acudió al lugar de su muerte el día siguiente... lo mismo. El conde Raimundo encontró un recién nacido en su lugar. Y cuando creció estuvo claro que efectivamente era el mismo... igual que yo he vuelto a ver a mi viejo amigo David de Trípoli crecer de nuevo en tí. Sois el mismo... David Ashbless... David de Trípoli... David de Palau... y Dios sabe cuantos más. Dios sabe desde cuando hollas el mundo, David, porque yo desde luego no lo sé. Y Dios sabe por cuanto tiempo lo hollarás."
Bien, al menos había conseguido dejar a David sin habla. Pero sabía que era verdad... todo... todo encajaba en su mente, hasta sus visiones... el era David... David mismo... hasta... no... no podía ser. Hizo un esfuerzo para apartar el recuerdo, el terrible recuerdo que empezaba a reptar hacia su memoria, desde el más oscuro agujero de su alma. No estaba preparado para eso aún.
"Esos asesinos que encontraste dos días, y que te reconocieron, son los hombres del viejo. El y tú está claro que sois viejos conocidos. Y aunque tú no le recuerdes... él sí que lo hace. Oh sí... te he ocultado bien hasta ahora. Pero eso se acabó. Has de encontrar tu propio camino... o reencontrarlo, más bien. Está claro que ese viejo es un enemigo del reino. Muchas veces he descubierto planes secretos que sólo nos han perjudicado... y cuyas consecuencias se extienden hacia Europa misma. Y tiene aliados... sí... ya lo creo... enemigos que hiciste, sí, que tú hiciste en el pasado. Árabes, bizantinos... Todos conspiran contra el reino... y contra tí, como si tu fueras su corazón mismo, y no el viejo rey Bohemundo. Yo ya he hecho todo cuanto estaba en mi mano. Ahora tú debes volver a Egipto. Me dijiste una vez que te recordara que volvieras a la capilla de San Jorge de Lalibela. La última vez te ayudó a recordar, sin duda."
Ante las dudas y el desazón que se había apoderado del joven David, sin palabras por primera vez en su vida, el viejo no pudo evitar sentir cierta compasión, quizás un poco contento por fin por haber podido liberar su alma de este pesado secreto.
"Lo que sea que hagas, tu anciano padre, puesto que así ha sido para tí estos años, te recomienda que así lo hagas. Mi amigo David siempre solía tener razones de peso para hacer lo que hacía. La vieja corona alemana ha caido, el caos se ha apoderado del viejo imperio occidental...
Ahora el más brillante reino, el centro de la cristiandad, se halla aquí, en la frontera, y no en París o en Roma. Si... si Jerusalén cayera, y no me cabe duda que eso es lo que pretenden nuestros enemigos... no sé que sería de nosotros, de nuestra causa. Las costas de Outremer e incluso el mar Rojo ya están habitados por fin, de nuevo, por los fieles, por los seguidores de nuestra fe, y así ha de ser, porque Dios lo quería.
Está en tu mano... lo sé... lo presiento... salvarnos o dejar que todo lo que hemos hecho acabe tan convertido en arena como el viejo califato de los infieles."
El viejo se levantó con dificultad, y avanzó hacia el boquiabierto joven. Posando sus pesadas manos en sus hombros, le miró directamente a los ojos, a su alma.
"Sé que pongo una pesada carga... pero es la que tú mismo me pusiste hace tiempo. Ve a San Jorge de Lilibeo, y allí tus preguntas serán contestadas."