Veamos donde desemboca esto...
EDITADO: Este AAR lo he decidido hacer en video, así que podréis segirlo en youtube.
Año 1066 d.C
Cripta del castillo de Leighlin, condado de Leinster.
El viejo conde paseaba por la lóbrega galería abovedada, como siempre que necesitaba pensar sin intromisiones. Las toscas estatuas de piedra que jalonaban la estancia y que representaban a sus antepasados le habían acompañado en los momentos dificiles, cuando el conde se retiraba a meditar. Le gustaba imaginar que aquellas efigies de rostros orgullosos y adustos habían bregado en vida contra las mismas dificultades y habían salido triunfantes en la mayoría de las ocasiones. A sus setenta y dos años Diarmaut MacDonnchad Ua Cheinnselaig temía a pocas cosas ya de este mundo. Solamente el inevitable temor a la muerte permanecía latente en un apartado rincón de su mente. La muerte era el fín de todas las cosas, buenas y malas. Nadie había vuelto del eterno abrazo del Señor, para contar que había tras el velo de la parca. Gozaba hasta el momento de una salud envidiable, pero era consciente de que su tiempo en este mundo estaba llegando lenta pero inexorablemente a su fin.
Aquí está el prenda en cuestión
Cuando el miedo era lo suficientemente grande para aflorar y escapar del oscuro rincón en el que el Conde lo ocultaba, había dos cosas que se podían hacer. Una de ellas era visitar las alcobas de las cortesanas, las cuales, conocedoras de las habilidades del conde en el ámbito sexual, accedían gustosas a sus caprichos, amen de la recompensa en monedas de oro que recibían si satisfacían a su Señor. La otra opción era aquella que estaba haciendo en esos momentos, acudir al amparo de aquellas estatuas mohosas que representaban siglos de aventuras y desventuras de los Ua Cheinnselaig, y que le proporcionaban la paz interior que anhelaba. A menudo se imaginaba charlando con su difunto padre, el conde Donnchad, o con su abuelo, del que había heredado entre otras cosas el nombre de Diarmait.
Arbol genealógico de Darmait Ui Cheinnselaig, conde de Leinster
A menudo, le gustaba imaginar que aquellas estatuas contestaban a sus preguntas y le reconfortaban, diciéndole que todo iría bien, y que estaban orgullosos de él, y del legado que dejaría tras de sí. Leinster era un condado próspero y pacífico, amparado por el Señor.
Aún así, las largas noches de invierno -aquellas que pasaba en soledad- se hacían más largas aún, desde la muerte hacía ya quince años de la que fue su esposa durante más de 50 años, Derbforgail Nic Donnchad, su devota esposa que había aguantado con la paciencia digna de un santo los conocidos devaneos de su marido, y que con sus dotes como negociadora había sacado al conde de más de un apuro. Pese a todas las infidelidades, pese a todos los sufrimientos que Diarmait había causado a su esposa, la había amado con devota pasión. Su matrimonio había sido fruto del amor sincero, en un mundo en el que la heredad y el poder se adquirían a través de matrimonios concertados desde la infancia, en muchas ocasiones.
Pero aquella maldita enfermedad se la había llevado. Aquella peste que se llevó a miles de personas, le arrancó al Conde a su querida Forgail, como el la llamaba. El mundo estuvo un tiempo al revés, pero el tiempo vuelve todo a su cauce, como un rio tras la tormenta. El dolor de la pérdida quedó aplacado por el sentido de la responsabilidad. Aún le quedaba su querida segunda esposa, que no le abandonaría jamás, Aún le quedaba Leinster, para gobernarla y cumplir con lo que sus pétreos ancestros le ordenaban con sus miradas orgullosas.
Derbforgail le había dado dos hijos a Darmait, Murchad y Enna. Su primogénito era ahora el Señor de Dublin, y Enna, el pequeño Enna, el favorito del conde, hacía tiempo que vestía los hábitos para servir al Señor, pese a lo que su padre hubiera deseado para él. Cuando Enna abandonó Leighlyn, darmait quedó muy dolido ya que en Enna había depositado las esperanzas que Murchad, su hijo mayor no había sabido acaparar. Por lo tanto, no mantenía una relación fluida con ninguno de sus hijos.
El Conde Diarmait se quedó mirando la trémula llama de la antorcha colgada en la pared, que hacía danzar inquietas a las sombras de las estatuas, y a su propia sombra. El graznido de un cuervo, afuera, le sacó de su ensimismamiento repentinamente. Miró a su interior, y, una vez más, se sintió reconfortado por sus augustos antepasados. Afuera debía estar anocheciendo. Diarmait perdía la noción del tiempo cuando bajaba a la cripta. En poco tiempo la cena estaría servida en el Gran Salón Común, Con una calida hoguera en el centro y algún trovador amenizando la velada con una entretenida oda, Ciervo asado y Oca al punto, regada con la mejor cerveza de trigo del condado. Pero antes tenía que atender asuntos de Estado: Había convocado a Su Consejo para analizar la situación más alla de sus tierras, algo convulsa últimamente.
Aquel rato de meditación no había sido en vano. El conde había tomado una decisión.
Se casaría de nuevo.
(continuará...)
EDITADO: Este AAR lo he decidido hacer en video, así que podréis segirlo en youtube.
Año 1066 d.C
Cripta del castillo de Leighlin, condado de Leinster.
El viejo conde paseaba por la lóbrega galería abovedada, como siempre que necesitaba pensar sin intromisiones. Las toscas estatuas de piedra que jalonaban la estancia y que representaban a sus antepasados le habían acompañado en los momentos dificiles, cuando el conde se retiraba a meditar. Le gustaba imaginar que aquellas efigies de rostros orgullosos y adustos habían bregado en vida contra las mismas dificultades y habían salido triunfantes en la mayoría de las ocasiones. A sus setenta y dos años Diarmaut MacDonnchad Ua Cheinnselaig temía a pocas cosas ya de este mundo. Solamente el inevitable temor a la muerte permanecía latente en un apartado rincón de su mente. La muerte era el fín de todas las cosas, buenas y malas. Nadie había vuelto del eterno abrazo del Señor, para contar que había tras el velo de la parca. Gozaba hasta el momento de una salud envidiable, pero era consciente de que su tiempo en este mundo estaba llegando lenta pero inexorablemente a su fin.
Aquí está el prenda en cuestión
Cuando el miedo era lo suficientemente grande para aflorar y escapar del oscuro rincón en el que el Conde lo ocultaba, había dos cosas que se podían hacer. Una de ellas era visitar las alcobas de las cortesanas, las cuales, conocedoras de las habilidades del conde en el ámbito sexual, accedían gustosas a sus caprichos, amen de la recompensa en monedas de oro que recibían si satisfacían a su Señor. La otra opción era aquella que estaba haciendo en esos momentos, acudir al amparo de aquellas estatuas mohosas que representaban siglos de aventuras y desventuras de los Ua Cheinnselaig, y que le proporcionaban la paz interior que anhelaba. A menudo se imaginaba charlando con su difunto padre, el conde Donnchad, o con su abuelo, del que había heredado entre otras cosas el nombre de Diarmait.
Arbol genealógico de Darmait Ui Cheinnselaig, conde de Leinster
A menudo, le gustaba imaginar que aquellas estatuas contestaban a sus preguntas y le reconfortaban, diciéndole que todo iría bien, y que estaban orgullosos de él, y del legado que dejaría tras de sí. Leinster era un condado próspero y pacífico, amparado por el Señor.
Aún así, las largas noches de invierno -aquellas que pasaba en soledad- se hacían más largas aún, desde la muerte hacía ya quince años de la que fue su esposa durante más de 50 años, Derbforgail Nic Donnchad, su devota esposa que había aguantado con la paciencia digna de un santo los conocidos devaneos de su marido, y que con sus dotes como negociadora había sacado al conde de más de un apuro. Pese a todas las infidelidades, pese a todos los sufrimientos que Diarmait había causado a su esposa, la había amado con devota pasión. Su matrimonio había sido fruto del amor sincero, en un mundo en el que la heredad y el poder se adquirían a través de matrimonios concertados desde la infancia, en muchas ocasiones.
Pero aquella maldita enfermedad se la había llevado. Aquella peste que se llevó a miles de personas, le arrancó al Conde a su querida Forgail, como el la llamaba. El mundo estuvo un tiempo al revés, pero el tiempo vuelve todo a su cauce, como un rio tras la tormenta. El dolor de la pérdida quedó aplacado por el sentido de la responsabilidad. Aún le quedaba su querida segunda esposa, que no le abandonaría jamás, Aún le quedaba Leinster, para gobernarla y cumplir con lo que sus pétreos ancestros le ordenaban con sus miradas orgullosas.
Derbforgail le había dado dos hijos a Darmait, Murchad y Enna. Su primogénito era ahora el Señor de Dublin, y Enna, el pequeño Enna, el favorito del conde, hacía tiempo que vestía los hábitos para servir al Señor, pese a lo que su padre hubiera deseado para él. Cuando Enna abandonó Leighlyn, darmait quedó muy dolido ya que en Enna había depositado las esperanzas que Murchad, su hijo mayor no había sabido acaparar. Por lo tanto, no mantenía una relación fluida con ninguno de sus hijos.
El Conde Diarmait se quedó mirando la trémula llama de la antorcha colgada en la pared, que hacía danzar inquietas a las sombras de las estatuas, y a su propia sombra. El graznido de un cuervo, afuera, le sacó de su ensimismamiento repentinamente. Miró a su interior, y, una vez más, se sintió reconfortado por sus augustos antepasados. Afuera debía estar anocheciendo. Diarmait perdía la noción del tiempo cuando bajaba a la cripta. En poco tiempo la cena estaría servida en el Gran Salón Común, Con una calida hoguera en el centro y algún trovador amenizando la velada con una entretenida oda, Ciervo asado y Oca al punto, regada con la mejor cerveza de trigo del condado. Pero antes tenía que atender asuntos de Estado: Había convocado a Su Consejo para analizar la situación más alla de sus tierras, algo convulsa últimamente.
Aquel rato de meditación no había sido en vano. El conde había tomado una decisión.
Se casaría de nuevo.
(continuará...)
Last edited: