INTRODUCCIÓN:
Las buenas historias se cuentan a posteriori. Siempre ha sido así. Solo de esta manera, querido Alvise, las pasiones que consumen a los hombres caen al fondo de los pensamientos y la verdad, el que debe ser el mayor de tus afanes, sale a flote. Por eso hoy no te hablaré de las grandes nuevas que traen los mercaderes de pies polvorientos y exquisita educación, ni de los viajes de Marco Polo que sé que tanto te apasionan. No, esta vez te contaré otra cosa, te contaré la historia de un hombre del pasado, un hombre cuya vida es hoy una sombra que apenas alcanzan a ver los pocos monjes de la abadía que tienen acceso a la Biblioteca. Su nombre era Giacopo y no queda constancia de su nacimiento ni de su infancia, no sabemos quienes eran sus padres y su linaje se ha perdido en la noche de los tiempos. Que no conservemos registros, no quiere decir que no tengamos datos que a través de canciones y leyendas se han dado desde hace siglos por ciertas. Por ellas suponemos que se educó en Roma bajo el ministerio de alguno de los soldados que por entonces se reunían en torno a la Corte del Papa.
Eran tiempos difíciles, Alvise, una época oscura en la que la traición se había aferrado ferozmente al corazón de los hombres y la corrupción y la muerte se habían apoderado de las calles. Hay algo que debes saber siempre, es en los momentos de mayor desazón cuando los grandes hombres dan un paso adelante y son capaces de mirar a los ojos al destino. Giacopo fue uno de esos hombres. No sabemos cómo, pero ascendió desde las calles a los salones regios. Curtido por la violencia de la que provenía y con la determinación de los que nada poseen, accedió al círculo más íntimo del Papa. Esto lo sabemos porque se conserva un acta de la compra de una casa en el Esquilinus donde se le cita como Mariscal de las Legiones Pontificias.
No era una posición cualquiera, Alvise. En sus manos estaba la comandancia de los ejercitos católicos, miles de soldados que, bajo el signo de la Cruz, trataban de expulsar de tierras cristianas al Infiel. Desde esta posición, pudo hacerse fuerte en Roma y dar rienda suelta a su ambición. Combatió en Sicilia junto a los normandos con un pequeño destacamento, rechazó incursiones musulmanas en Ostia y amedrantó al senado local de Roma para postrarlo a los pies del Papa. Su poder era digno de leyenda, pero ese fulgor mismo desató las pasiones de los grandes hombres y fue el que le apartó del poder. Porque sí, Alvise, la gloria no es eterna y, tras la misa de Año Nuevo, en el 1066 después del Nacimiento de Nuestro Señor, Alejandro II, por entonces Vicario de Cristo, le cedió unas tierras al norte de Roma, una baronía pobre donde enviarlo para sacarlo de la misma Roma. Así, en el invierno de 1066, Giacopo Orsini, que era su nombre completo, llegó a Orvieto.
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Explicación: Me he decidido a hacer mi primer AAR con una partida comenzada en el Crusader Kings II que llevo ya bastante avanzada. Desde el principio quise hacerla, pero no tenía muy claro si debía o no. Ahora el tiempo ha pasado y me he decidido a hacerlo, pero no tengo capturas de batallas ni de mapas previos a la situación actual. Por ello me he decidido a darle un grado de verosimilitud contándolo desde el momento en el que me encuentro, con capturas de los personajes y tirando de recuerdo para narrar los sucesos ocurridos desde entonces. Creo que esto que en principio puede parecer negativo, le da un aire de realidad, toda vez que en la época del juego la información era realmente escasa. Nada más, el siguiente episodio lo subiré esta semana. Espero que os guste.
Las buenas historias se cuentan a posteriori. Siempre ha sido así. Solo de esta manera, querido Alvise, las pasiones que consumen a los hombres caen al fondo de los pensamientos y la verdad, el que debe ser el mayor de tus afanes, sale a flote. Por eso hoy no te hablaré de las grandes nuevas que traen los mercaderes de pies polvorientos y exquisita educación, ni de los viajes de Marco Polo que sé que tanto te apasionan. No, esta vez te contaré otra cosa, te contaré la historia de un hombre del pasado, un hombre cuya vida es hoy una sombra que apenas alcanzan a ver los pocos monjes de la abadía que tienen acceso a la Biblioteca. Su nombre era Giacopo y no queda constancia de su nacimiento ni de su infancia, no sabemos quienes eran sus padres y su linaje se ha perdido en la noche de los tiempos. Que no conservemos registros, no quiere decir que no tengamos datos que a través de canciones y leyendas se han dado desde hace siglos por ciertas. Por ellas suponemos que se educó en Roma bajo el ministerio de alguno de los soldados que por entonces se reunían en torno a la Corte del Papa.
Eran tiempos difíciles, Alvise, una época oscura en la que la traición se había aferrado ferozmente al corazón de los hombres y la corrupción y la muerte se habían apoderado de las calles. Hay algo que debes saber siempre, es en los momentos de mayor desazón cuando los grandes hombres dan un paso adelante y son capaces de mirar a los ojos al destino. Giacopo fue uno de esos hombres. No sabemos cómo, pero ascendió desde las calles a los salones regios. Curtido por la violencia de la que provenía y con la determinación de los que nada poseen, accedió al círculo más íntimo del Papa. Esto lo sabemos porque se conserva un acta de la compra de una casa en el Esquilinus donde se le cita como Mariscal de las Legiones Pontificias.
No era una posición cualquiera, Alvise. En sus manos estaba la comandancia de los ejercitos católicos, miles de soldados que, bajo el signo de la Cruz, trataban de expulsar de tierras cristianas al Infiel. Desde esta posición, pudo hacerse fuerte en Roma y dar rienda suelta a su ambición. Combatió en Sicilia junto a los normandos con un pequeño destacamento, rechazó incursiones musulmanas en Ostia y amedrantó al senado local de Roma para postrarlo a los pies del Papa. Su poder era digno de leyenda, pero ese fulgor mismo desató las pasiones de los grandes hombres y fue el que le apartó del poder. Porque sí, Alvise, la gloria no es eterna y, tras la misa de Año Nuevo, en el 1066 después del Nacimiento de Nuestro Señor, Alejandro II, por entonces Vicario de Cristo, le cedió unas tierras al norte de Roma, una baronía pobre donde enviarlo para sacarlo de la misma Roma. Así, en el invierno de 1066, Giacopo Orsini, que era su nombre completo, llegó a Orvieto.
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Explicación: Me he decidido a hacer mi primer AAR con una partida comenzada en el Crusader Kings II que llevo ya bastante avanzada. Desde el principio quise hacerla, pero no tenía muy claro si debía o no. Ahora el tiempo ha pasado y me he decidido a hacerlo, pero no tengo capturas de batallas ni de mapas previos a la situación actual. Por ello me he decidido a darle un grado de verosimilitud contándolo desde el momento en el que me encuentro, con capturas de los personajes y tirando de recuerdo para narrar los sucesos ocurridos desde entonces. Creo que esto que en principio puede parecer negativo, le da un aire de realidad, toda vez que en la época del juego la información era realmente escasa. Nada más, el siguiente episodio lo subiré esta semana. Espero que os guste.
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