Capítulo IV: Nuevos partidos, viejos enemigos
Las elecciones, buscadas con ahínco por la derecha y por gran parte de la izquierda, eran parte del esfuerzo del presidente Alcalá Zamora de “centrar la República”. Estaba muy decepcionado por el nuevo régimen y la constitución. Su idea de la República era una democracia liberal con los mismos derechos para todos, una democracia que solucionaría los acuciantes problemas sociales, pero, sobretodo, como un estado con unas leyes objetivas y que no estaría sujeta a los caprichos políticos del partido de turno -una pena que no se aplicara así mismo esta regla...
Todos sus intentos de formar un potente partido de centro fracasaron de nuevo. Los pequeños grupos centristas, liderados por Miguel Maura, Melquiades Álvarez, el mismo Alcalá Zamora y otros políticos, apenas tenían unos pocos diputados en las Cortes. Peor aún, no cooperaban entre ellos y se enfrentaban de vez en cuando. Algo parecido sucedía entre los socialistas. El más moderado de todos ellos, Julián Besteiro, fue marginado por Largo Caballero y apartado de las fuentes del poder del partido. El futuro de España estaba siendo dejado en manos de los radicales de ambos bandos.
La campaña liberal fue relativamente pacífica, salvo por los habituales incidentes típicos de la España de los años 30. El fuerte lenguaje usado tanto por los socialistas como por la CEDA no ayudó a evitar esa violencia, sin embargo. Los socialistas llamaban a la revolución, mientras que la CEDA afirmaba que se necesitaba un “estado fuerte” y “una política totalitaria.” Los estallidos de violencia anticlerical, casi una costumbre en estos tiempos, y los enfrentamientos entre las alas paramilitares del PSOE y de la CEDA ensangrentaron a veces el panorama, pero, en general, la Guardia de Asalto logró mantener la paz usando la brutalidad con gran generosidad.
En este embrollo, el nuevo partido creado por Manuel Azaña, Izquierda Republicana, no tuvo tiempo para crear un espacio como partido izquierdista republicano moderado. Azaña no confiaba en los socialistas. Era consciente de su odio hacia la República, pues para ellos no era mejor que la monarquía. Por desgracia, él se acabaría convirtiendo en una pieza clave en la destrucción final de la Segunda República.
La calma reinó durante las votaciones, que fueron las más libres y legales celebradas hasta la fecha. Cuando terminó la segunda vuelta, los claros vencedores eran los socialistas. El PSOE, apoyado por le voto popular, surgió como el mayor partido, con 102 diputados. La CEDA, apoyada por las clases burguesas, logró una representación desproporcionada para su número, con 88 escaños. El gran derrotado fue Lerroux, ya que su partido, el PRR, fue casi aniquilado y apenas pudo retener 59 asientos en las Cortes.
Azaña (derecha) y el general Francisco Franco (izquierda).
Como demostrarían los hechos, la historia les deparaba
bandos enfrentados pero, paradójicamente, el mismo destino.
Se había dado un claro cambio en la opinión de centro y de centro derecha, amén de una grandísima movilización del voto de izquierdas, sin embargo, el cambio en sí era menos drástico de lo que el reparto de escaños indicaba. La abstención había sido similar a la de las anteriores elecciones: un 32%. Estaba por encima de la media europea, pero, para un país con un 25% analfabetismo adulto y un gran movimiento anarquista que propugnaba la abstención, tampoco era tan algo.
En total, los socialistas recibieron 2.5 millones de votos, la CEDA casi 1.7 millones y los Republicanos Radicales poco más de un millón. La extrema derecha sumó 800.000 votos, los comunistas y otros partidos de extrema izquierda menos de 200.000. Preocupante era, sin lugar a dudas, la virtual desaparición del centro democrático, que, de todos los sectores, había atraído hasta entonces una gran pluridad de votantes.
Las elecciones fueron limpias, salvo por las ya habituales impugnaciones de resultados, sobre todo en Andalucía. Ambos bandos cometieron diversos fraudes, siendo el más destacado el que se dio en la provincia de Granada, donde la derecha cometió casi los mismos atropellos legales que la izquierda había realizado en 1931. La derrotada derecha reaccionó con ira ante una derrota que consideraban injusta, y no estuvo, inicialmente, dispuesta a aceptarla, y quiso impugnar los resultados. Al final, esta idea fue abandonada y decidieron subvertir el orden legal mediante la manipulación política.
Ahora era turno socialista de mover ficha.
PD: Otros resultados electorales: Partido Agrario 1 diputado, 2.1% de votos, 29 escaños perdidos; Lliga Regionalista 12 diputados, 2.5% de votos, 12 escaños perdidos; Comunión Tradicionalista 15 diputados, 1.9 % de votos, 5 escaños perdidos; PNV 12 diputados, 1.9 % de votos, 1 escaño ganado; Falange Española 3 diputados, 3,0 % de los votos, 2 escaños ganados.