6-7 de octubre de 2003
A pesar de toda la desconfianza que Urquhart sentía por su ministro de exteriores, lord Irwin estaba demostrando ser bastante leal y útil, siempre listo apra llevar a cabo cualquier encargo que le mandara su primer ministro y sin quejarse al respecto.
Entonces fue cuando Colin Powell, el secretario de estado de Bush, durante un discurso sobre la política exterior norteamericana que llevaba a cabo en Los Ángeles, metió la pata hasta el fondo. Las palabras de Powell causaron una reacción mundial cuando, al hacer referencia a la invasión desalmada de España contra Portugal, Powell revisó los crímenes de los gobiernos sindicalistas y terminó llamándolos "el imperio del mal", haciendo largas referencias a las detenciones masivas y los asesinatos extrajudiciales que tuvieron lugar en esos países y estados títeres, y que parecían repetirse en el invadido estado luso.
El régimen de Gautier y sus colegas era ‘ilegal’, afirmó Powell, y el resto de los líderes sindicalistas eran lo más alto de un "cartel de asesinos". Para terminar su discurso, Powell animó a las "naciones libres del mundo" que expresara su apoyo a la causa de la libertad cotando relaciones diplomáticas con los estados sindicalistas "si continuaban con su camino de mentiras, terror y asesinatos".
La mayoría de los países libres se sintieron perplejos ante las afirmaciones de Collins. Por si acaso, Urquhart dejó clara a su ministro de exteriores que Canadá iba a lucha hombro con hombro con Estados Unidos hasta el final y que, por tanto, Lord Irwin tenía que dejarlo muy claro a todo el mundo. Era muy fácil decirlo, pero no tanto hacerlo.
El problema no eran "los sospechosos habituales" que iban a criticar a Collins dijera lo que dijera, sino otras naciones, como el Alto Comisionado de Egipto en Ottawa, que estaba muy ofendido tanto por los comentarios de Powell como por el apoyo que le había prestado Lord Irwin, que fue tachado de "poco diplomático" e "innecesariamente agresivo".Aunque Egipto era un aliado de Canadá, mantenía relaciones comerciales con diversos países sindicalistas y con algunos que también negociaban con ello, lo que les reportaba pingues beneficios. Para Urquhart eso era, simplemente, alta traición, pero por el momento decidió fingir que no se había enterado y dejar a Egipto para un tratamiento especial en un futuro más o menos distante. Mientras tanto, algún submarino despistado podría hundir dos o tres barcos egipcios con rumbo a puertos poco recomendables...
También India expresó su disgusto a lord Irwin, dejando a Urquhart perplejo. Después de todo, Delhi tenía la República Popular de Bengala al otro lado de la frontera. Extraño, se dijo el primer ministro... algo tendremos que hacer al respecto...
Mientras Lord Irwin seducía, engañaba y calmaba a los enfadados, Urquhart quedó convencido de haber hecho una buena elección con Irwin, pues había logrado calmar a muchos sin enfadar a nadie salvo a los que querían estarlo, por lo que nada importante se había perdido.
Entonces llegó el lío holandés: todo comenzó cuando un parlamentario holandés dimitió del Senado y huyó a Sudáfrica. Al dia siguiente otro hizo lo mismo, lo que empezó a preocupar a Urquhart. Este parlamentario, representante de Apeldoorn en el sentado, había sido acusado por el periódico de Volkskrant de espiar para terceros países y había sido interrogado por las fuerzas de segurirdad holandesas. Al no encontrar nada incriminatorio, lo habían dejado ir, y el parlamentario había escapado. Poco después el mismo periódico acusó al primer parlamentario huido de cargos similares.
Había tenido razón el periódico y esos dos habían resultado ser espías de la Unión Británica?
De repente ambos políticos, considerados verdaderos patriotas de la derecha holandesa, habían sido acusados por la prensa de ser espías... Holanda había quedado reducida al silencio pasmado.