EUROPA DESPUES DE AMIENS Y DE LUNÉVILLE
En marzo de 1802 se firmó un tratado formal de paz en Amiens, en el norte de Francia. Inglaterra había logrado importantes éxitos en el Báltico y Egipto; pero los triunfos de Bonaparte resultaban más impresionantes todavía. Napoleón y su ministro de asuntos exteriores, Talleyrand, jugaron sus cartas con gran habilidad. El resultado fue un tratado cuyas condiciones llenaron de disgusto a la mayoría de los súbditos británicos, por muy fervientemente que acogiesen a la paz como tal. Egipto, aunque perdido para los franceses, fue devuelto a Turquía. Malta fue prometida una vez más a los Caballeros de San Juan. Todas las conquistas de Gran Bretaña en el Mediterráneo, e incluso Ciudad de El Cabo en África, tuvieron que ser devueltas a sus antiguos propietarios, quedando solo Trinidad y Ceilán como adquisiciones perdurables. Francia, por otro lado, se limitó a evacuar los Estados Pontificios y el reino de Nápoles, reconoce al mismo tiempo la nueva república de las islas Jónicas bajo protección conjunta ruso-turca. Por lo demás, no se rindió ni una sola conquista de la República o del Consulado. Visto desde París, el tratado expresaba la plena aceptación de la primacía francesa en el Continente por la potencia que durante tanto tiempo y tan obstinadamente la había rechazado. Visto desde Londres, el acuerdo no ofrecía otra cosa sino un respiro para la recuperación económica y quizá diplomática. Parece que hubo en Inglaterra poca confianza de que la paz durase, pero sí un gran deseo de sacarle el mayor partido posible mientras tanto.
Expansión de Francia Revolucionaria.
Todas las conquistas fueron confirmadas en la paz general de 1802.
Gran Bretaña se esforzaba por poner su casa en orden y prepararse para un nuevo enfrentamiento. William Pitt es destituido y se nombra primer ministro a su amigo Henry Addington. Se realizan diversas reformas internas debido a los gigantescos problemas económicos: grave escasez de alimentos, una deuda nacional elevada a 500 millones de libras y un presupuesto anual que se había triplicado en ocho años. Aparte el primer ministro adoptó otras medidas que mostraban cuán fuertemente el ejemplo de la Francia revolucionario-consular empezaba a influir en sus más irreconciliables enemigos. Dejando a un lado principios políticos, ya fuesen igualitarios o dictatoriales, estaba claro que la terrible República había desarrollado mecanismos administrativos para acumular una energía nacional que ningún rival podía permitirse el lujo de ignorar
Las repúblicas satélites de Francia, así como los no menos subordinados reinos italianos, descubrieron rápidamente que el tratado de Lunéville estaba convirtiéndose cada vez más en una cínica fachada del control directo francés. Entre los otros estados continentales, el más dócil aliado de Francia era el reino de España (victorioso sobre Portugal en 1801), el cual estaba exhausto por los seis años de guerra contra Gran Bretaña que concluyó en Amiens. Prusia, pese a su mal encubierto deseo de apropiarse Hannover (dominio germano bajo gobierno británico) se unió a la mayoria de los demás estados después de Lunéville y Amiens en una vigilancia sin compromiso.
La potencia del Continente que sufrió un cambio político más importante durante la era del consulado de Bonaparte fue Rusia. El zar Pablo I había pasado de unos sentimientos violentamente antifranceses en 1799 a un entusiasmo literalmente frenético por Bonaparte, además de un furioso resentimiento contra sus aliados austriaco y británico en la Segunda Coalición. Pero el asesinato del zar en el palacio Mijailovski de San Petersburgo en aquella noche de marzo de 1801 evitó a los británicos la amenaza de una liga marítima en el Báltico dirigida contra ellos. Fue una conjura de poderosos personajes, el conde Panin, el general Bennigsen, el conde Pahlen (comandante militar de la capital) y otras figuras influyentes. Estrangularon a su soberano impulsados por la desesperación a que los llevaron sus caprichosos cambios de política y su atroz conducta con respecto a sus subordinados, incluyendo al héroe militar Suvorov. Todos los hombres acabaron temiendo por su propio futuro. Así que habiendo matado al padre, instalaron en el trono como zar Alejandro I a su momentáneamente desconcertado hijo.
Zar Pablo I (1754-1801)
Asesinato del zar en sus aposentos el 23 de marzo, oficialmente "apoplejia".
Zar Alejandro I (1777-1825)
Con esta única excepción rusa, las potencias permanecieron esencialmente estáticas. No ocurrió así con los miembros más pequeños del Sacro Imperio Romano. El tratado de Lunéville había estipulado que los príncipes germanos privados de territorios en la orilla izquierda del Rin mediante cesión a Francia serían compensados en la orilla derecha, primordialmente a través de la secularización de las tierras eclesiásticas. Teóricamente, habría de ser la propia Dieta del Imperio en Ratisbona la que fijaría tales indemnizaciones. En la práctica aquella corporación quedó dividida sin esperanza, oponiéndose violentamente las delegaciones eclesiásticas y las de la mayoría de las ciudades libres a todo juego de manos con las fronteras. Fue el propio Napoleón quien virtualmente dictó el arreglo final.
La política del primer cónsul para Alemania encerraba varios propósitos diferentes. Deseaba aislar a la Austria de los Habsburgos, mantener a Prusia en actitud amistosa (sin permitirle convertirse en una potencia gigantesca), y reducir el número de estados germanos en el Sur y el Oeste, aumentando su tamaño lo suficiente para que la alianza con ellos fuese más significativa, aunque manteniendo esta zona tapón de principados claramente dependiente de Francia. El 5 de febrero de 1803, la comisión imperial para ajustes territoriales presentó a la Dieta una amplia resolución endosada por Napoleón y el zar Alejandro, encantado este con su papel de mediador. Dicho documento era el Reichsdeputatíonshauptschluss (Edicto definitivo de la delegación imperial), cuyo mismo título ha dejado heladas a generaciones de estudiosos de la Historia. Impuesto en la Dieta por los príncipes seculares, satisfizo las exigencias del dictador francés. También destruyo la sustancia que hubiera podido retener durante el siglo XVIII el Sacro Imperio Romano.
Los que perdieron dentro de Alemania fueron los prelados y las ciudades libres imperiales. De estas últimas, 42, de un total de 48, fueron abolidas (absorbidas por estados territoriales), quedando solamente los tres antiguos puertos hanseáticos de Bremen, Hamburgo y Lübeck, además de Francfort del Main, Nuremberg y Augsburgo. Dos de los tres arzobispados electorales, Trier y Colonia, desaparecieron simplemente, aunque el arzobispo de Maguncia, pese a haber perdido su ciudad episcopal, sobrevivió como soberano territorial en virtud de un traslado a tierras de la orilla derecha del Rin. La mayoría de los otros microcosmos eclesiásticos fueron engullidos por principados seculares vecinos, Baviera y los nuevos electorados de Württemberg, Baden y Hesse Cassel fueron los más pródigamente recompensados. Prusia ya había recibido cierto número de obispados y abadías bajo un tratado especial con Francia en 1802, pero Bonaparte seguía negándole la presa más codiciada, Hannover, con la excusa de encontrarse en paz con el rey de Inglaterra. Pero no importaba: el primer cónsul tenía poco que temer del resentimiento en Alemania cuyos príncipes no austriacos eran ahora sus marionetas. Dueño ya, de un modo u otro, de Francia, Bélgica, Holanda, Alemanía al oeste del Rin, Suiza y gran parte de Italia, así como patrono de España. Según le comentó a un asombrado diplomático podía «trazar de nuevo el mapa del Sacro Imperio Romano y enviarlo a Ratisbona para que se, le pusiera el sello de "oficial"».
Alemania 1802 / Alemania 1804
SE REANUDA LA GUERRA: 1803
Mientras Bonaparte proseguía así su reorganización de Alemania, el breve intervalo de paz general estaba ya tocando a su fin. Del mismo modo que Inglaterra había sido la última potencia en ponerse de acuerdo con Francia, en la primavera de 1802, también fue la primera en reanudar las hostilidades en la primavera de 1803. Napoleón había demostrado, casi desde el día mismo en que se firmó el tratado de Amiens, que no pensaba dejar que las condiciones del mismo fuesen un obstáculo para él. Seguía considerando a Gran Bretaña, en el mejor de los casos, como un adversario temporalmente no beligerante. Sus actos en el Sacro Imperio Romano, su anexión del Piamonte y su resuelto fortalecimiento de las medidas de control en los estados tributarios holandeses, suizos e italianos, hicieron ver a Londres que no se había logrado en el Continente un equilibrio o estabilidad perdurable. Aún más: rechazando el consejo de algunos de sus consejeros, que deseaban el reavivamiento del comercio anglo-francés, Napoleón excluyó primeramente las exportaciones británicas con destino a la República, y en diciembre de 1802 extendió la prohibición a Holanda e Italia. Al mismo tiempo hizo saber que la marina de guerra francesa sería incrementada en más de un 50 por 100, hasta alcanzar una fuerza de 66 navíos de línea.
Enfrentado con una serie de amenazas en el Mediterráneo el gobierno de Addington pospuso la evacuación de Malta. Napoleón aprovechó esta demora en el cumplimiento de aquella cláusula del acuerdo de Amiens para presentarla como prueba evidente de la mala fe de Londres en todos los aspectos. El embajador inglés fue objeto durante el invierno de 1802-1803 de un trato tan vejatorio como para sugerir que existía de nuevo un virtual estado de guerra. No puede haber duda alguna respecto a que la negativa británica a devolver Malta a sus Caballeros constituía una violación de una de las cláusulas de un tratado; pero era una violación que había que juzgar a la luz del desprecio del primer cónsul con respecto a otras incontables promesas hechas y esperanzas alimentadas en Amiens o Lunéville. En aquella ocasión, Napoleón habló como si la minúscula isla de Malta fuese «el gozne de Europa», mientras se desentendía de las quejas con la siguiente observación de: «El Piamonte, Suiza y Holanda son bagatelas.»
Nunca ha estado claro si Napoleón esperaba sinceramente o no permanecer en paz con Gran Bretaña. Lo que parece claro es que su política no intentaba relajar la tensión, incluso hizo volver al estado de hostilidades formales al cauteloso y flexible Addington. El 17 de mayo de 1803, resuelta a movilizar sus propios recursos antes que Francia lograse ventajas prohibitivas, Inglaterra declaró bruscamente la guerra. Dos meses antes, en una recepción en las Tullerías, Napoleón le había dicho agriamente a lord Whitworth: «Ustedes serán los primeros en sacar la espada; yo seré el último en envainarla.» La mitad de su profecía se había cumplido ahora.
Escudo de armas y bandera del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.
La guerra no se extendió en seguida al Continente, salvo por la rápida ocupación francesa de Hannover. La Royal Navy reanudó sus operaciones en el mar, mientras Bonaparte empezaba a reunir una inmensa fuerza de invasión en el canal de la Mancha, en torno a Boulogne. Durante dos años enteros las otras potencias se mantuvieron al margen, reacias a comprometerse en una nueva alianza contra el formidable poderío de Francia. En el curso de este intervalo, Gran Bretaña volvió de nuevo sus ojos a Pitt en demanda de caudillaje. El dominio personal de Addington sobre los Comunes nunca fue muy seguro, y como ministro de la guerra carecía por completo de chispa inspiradora. Tras meses de vacilación (durante los cuales el rey Jorge III complicó más las cosas al sufrir otro de sus intermitentes accesos de locura) Pitt aceptó finalmente, en mayo de 1804, formar un nuevo gobierno. Fue un gabinete de defensa nacional, en el que Pitt habría incluido hasta a su antiguo adversario, Charles James Fox, si el rey no se hubiera opuesto violentamente. El "ejército de Inglaterra" francés estuvo formándose durante todo aquel año. A comienzos de 1805 España declaró la guerra a Gran Bretaña, lo que supuso más navíos de guerra a la creciente fuerza naval de Bonaparte. Visto desde Londres, el cielo se cubría de negros nubarrones.
William Pitt, el Joven (1759-1806).
Primer Ministro británico 1784-1801 y 1803-1806.
NACE LA TERCERA COALICIÓN
En 1804, enterado de una nueva conspiración interior contra su persona en el mes de febrero, ejecutó a varios sospechosos altamente situados. El general Moreau, el héroe de Hohenlinden, estuvo a punto de no poder huir a América. Hasta aquí, desde luego, solo estaban en juego los asuntos internos franceses. El 14 marzo, sin embargo, Bonaparte ordenó la detención del joven duque de Enghien, Luis Antonio Enrique, un príncipe emigrado del linaje de los Borbón-Condé. Vivía tranquilamente en la ciudad alemana de Ettenheim en la neutral Baden, al otro lado del Rin. El arresto se efectuó enviando una unidad de dragones francesa al mando del general de brigada Michel Ordener al territorio del Sacro Imperio Romano, arrogante afrenta infligida a Viena. Y, lo que aún fue más grave, el día 21 Enghien fue sumariamente ejecutado por traición en Vincennes, después que un consejo de guerra le condenara, sin pruebas convincentes, como agente inglés.
Fusilamiento del duque de Enghien
Luis Antonio Enrique de Borbón-Condé (1772-1804)
Un estremecimiento de estupor y de horror sacudió a todas las cortes principescas de Europa. «Fue más que un crimen; fue un error», opinó el ministro de Policía Joseph Fouché. Esta ejecución no provocó una inmediata declaración de guerra pero hizo que los gobernantes europeos fueran verdaderamente conscientes del fracaso de la Paz de Lunéville. Indiferente al impacto producido por el asunto Enghien, el primer cónsul se hizo proclamar en mayo Napoleón I, emperador de los franceses, por el Senado y el Tribunado. Un plebiscito nacional aprobó este acto por el notable margen de 3.572.329 votos contra 2.569; y el 2 de diciembre tuvo lugar en Notre Dame de París la coronación, con asistencia del Papa Pío VII, aunque este escasamente oficiase. Como diría más tarde el conde Nicolás Mollien:«de alguna forma nunca supo cuando debía abandonar».
Coronación de Napoleón y Josefina. 2 Diciembre de 1804.
A todos les preocupaba ya donde se detendría Napoleón
Tras el incidente de Enghien, que le costo a Bonaparte la admiración del zar Alejandro I, en Rusia comenzaron los preparativos para un posible enfrentamiento con Francia; se iniciaron contactos con Viena. El emperador Habsburgo, Francisco II, no quería implicarse en otra coalición debido a las derrotas anteriores, las grandes perdidas de territorios y prestigio, y al lamentable estado interno del país. Así pues solo se firmo un vago acuerdo el 4 de noviembre de 1804. A continuación los diplomáticos del zar entablaron negociaciones con Gran Bretaña. Las últimas vacilaciones de Austria y Rusia empezaron a desvanecerse en marzo de 1805, al anunciar Napoleón que la República Italiana sería en adelante el reino de Italia y que él mismo aceptaría la corona, como efectivamente hizo en Milán en el mes de mayo. Al mes siguiente, la República de Liguria fue formalmente incorporada al Imperio francés.
Bandera del Imperio Ruso
Nuevos escudos de armas de Alejandro I: tradicional y "afrancesado"
Así pues tanto, el 11 de abril Rusia e Inglaterra habían firmado el tratado de San Petersburgo, comprometiéndose a un esfuerzo conjunto para restablecer el equilibrio europeo. El 9 de agosto Austria se incorporó a esta Tercera Coalición, prometiendo, aunque de manera nada realista, un total de 315.000 soldados. Aunque Suecia también se adhirió, Prusia se mantuvo al Margen, con la esperanza de que los franceses le entregarían Hannover como recompensa por la neutralidad de Berlín. Al llegar el otoño, sin embargo, las líneas estaban establecidas para la lucha de los «años medios» de Napoleón en el poder. La primera beneficiaria del ampliamente extendido conflicto fue Inglaterra, había pasado de estar aislada a forjar una coalición con un ejército, al menos sobre el papel, de casi un millón de hombres.
En marzo de 1802 se firmó un tratado formal de paz en Amiens, en el norte de Francia. Inglaterra había logrado importantes éxitos en el Báltico y Egipto; pero los triunfos de Bonaparte resultaban más impresionantes todavía. Napoleón y su ministro de asuntos exteriores, Talleyrand, jugaron sus cartas con gran habilidad. El resultado fue un tratado cuyas condiciones llenaron de disgusto a la mayoría de los súbditos británicos, por muy fervientemente que acogiesen a la paz como tal. Egipto, aunque perdido para los franceses, fue devuelto a Turquía. Malta fue prometida una vez más a los Caballeros de San Juan. Todas las conquistas de Gran Bretaña en el Mediterráneo, e incluso Ciudad de El Cabo en África, tuvieron que ser devueltas a sus antiguos propietarios, quedando solo Trinidad y Ceilán como adquisiciones perdurables. Francia, por otro lado, se limitó a evacuar los Estados Pontificios y el reino de Nápoles, reconoce al mismo tiempo la nueva república de las islas Jónicas bajo protección conjunta ruso-turca. Por lo demás, no se rindió ni una sola conquista de la República o del Consulado. Visto desde París, el tratado expresaba la plena aceptación de la primacía francesa en el Continente por la potencia que durante tanto tiempo y tan obstinadamente la había rechazado. Visto desde Londres, el acuerdo no ofrecía otra cosa sino un respiro para la recuperación económica y quizá diplomática. Parece que hubo en Inglaterra poca confianza de que la paz durase, pero sí un gran deseo de sacarle el mayor partido posible mientras tanto.
Expansión de Francia Revolucionaria.
Todas las conquistas fueron confirmadas en la paz general de 1802.
Gran Bretaña se esforzaba por poner su casa en orden y prepararse para un nuevo enfrentamiento. William Pitt es destituido y se nombra primer ministro a su amigo Henry Addington. Se realizan diversas reformas internas debido a los gigantescos problemas económicos: grave escasez de alimentos, una deuda nacional elevada a 500 millones de libras y un presupuesto anual que se había triplicado en ocho años. Aparte el primer ministro adoptó otras medidas que mostraban cuán fuertemente el ejemplo de la Francia revolucionario-consular empezaba a influir en sus más irreconciliables enemigos. Dejando a un lado principios políticos, ya fuesen igualitarios o dictatoriales, estaba claro que la terrible República había desarrollado mecanismos administrativos para acumular una energía nacional que ningún rival podía permitirse el lujo de ignorar
Las repúblicas satélites de Francia, así como los no menos subordinados reinos italianos, descubrieron rápidamente que el tratado de Lunéville estaba convirtiéndose cada vez más en una cínica fachada del control directo francés. Entre los otros estados continentales, el más dócil aliado de Francia era el reino de España (victorioso sobre Portugal en 1801), el cual estaba exhausto por los seis años de guerra contra Gran Bretaña que concluyó en Amiens. Prusia, pese a su mal encubierto deseo de apropiarse Hannover (dominio germano bajo gobierno británico) se unió a la mayoria de los demás estados después de Lunéville y Amiens en una vigilancia sin compromiso.
La potencia del Continente que sufrió un cambio político más importante durante la era del consulado de Bonaparte fue Rusia. El zar Pablo I había pasado de unos sentimientos violentamente antifranceses en 1799 a un entusiasmo literalmente frenético por Bonaparte, además de un furioso resentimiento contra sus aliados austriaco y británico en la Segunda Coalición. Pero el asesinato del zar en el palacio Mijailovski de San Petersburgo en aquella noche de marzo de 1801 evitó a los británicos la amenaza de una liga marítima en el Báltico dirigida contra ellos. Fue una conjura de poderosos personajes, el conde Panin, el general Bennigsen, el conde Pahlen (comandante militar de la capital) y otras figuras influyentes. Estrangularon a su soberano impulsados por la desesperación a que los llevaron sus caprichosos cambios de política y su atroz conducta con respecto a sus subordinados, incluyendo al héroe militar Suvorov. Todos los hombres acabaron temiendo por su propio futuro. Así que habiendo matado al padre, instalaron en el trono como zar Alejandro I a su momentáneamente desconcertado hijo.
Zar Pablo I (1754-1801)
Asesinato del zar en sus aposentos el 23 de marzo, oficialmente "apoplejia".
Zar Alejandro I (1777-1825)
Con esta única excepción rusa, las potencias permanecieron esencialmente estáticas. No ocurrió así con los miembros más pequeños del Sacro Imperio Romano. El tratado de Lunéville había estipulado que los príncipes germanos privados de territorios en la orilla izquierda del Rin mediante cesión a Francia serían compensados en la orilla derecha, primordialmente a través de la secularización de las tierras eclesiásticas. Teóricamente, habría de ser la propia Dieta del Imperio en Ratisbona la que fijaría tales indemnizaciones. En la práctica aquella corporación quedó dividida sin esperanza, oponiéndose violentamente las delegaciones eclesiásticas y las de la mayoría de las ciudades libres a todo juego de manos con las fronteras. Fue el propio Napoleón quien virtualmente dictó el arreglo final.
La política del primer cónsul para Alemania encerraba varios propósitos diferentes. Deseaba aislar a la Austria de los Habsburgos, mantener a Prusia en actitud amistosa (sin permitirle convertirse en una potencia gigantesca), y reducir el número de estados germanos en el Sur y el Oeste, aumentando su tamaño lo suficiente para que la alianza con ellos fuese más significativa, aunque manteniendo esta zona tapón de principados claramente dependiente de Francia. El 5 de febrero de 1803, la comisión imperial para ajustes territoriales presentó a la Dieta una amplia resolución endosada por Napoleón y el zar Alejandro, encantado este con su papel de mediador. Dicho documento era el Reichsdeputatíonshauptschluss (Edicto definitivo de la delegación imperial), cuyo mismo título ha dejado heladas a generaciones de estudiosos de la Historia. Impuesto en la Dieta por los príncipes seculares, satisfizo las exigencias del dictador francés. También destruyo la sustancia que hubiera podido retener durante el siglo XVIII el Sacro Imperio Romano.
Los que perdieron dentro de Alemania fueron los prelados y las ciudades libres imperiales. De estas últimas, 42, de un total de 48, fueron abolidas (absorbidas por estados territoriales), quedando solamente los tres antiguos puertos hanseáticos de Bremen, Hamburgo y Lübeck, además de Francfort del Main, Nuremberg y Augsburgo. Dos de los tres arzobispados electorales, Trier y Colonia, desaparecieron simplemente, aunque el arzobispo de Maguncia, pese a haber perdido su ciudad episcopal, sobrevivió como soberano territorial en virtud de un traslado a tierras de la orilla derecha del Rin. La mayoría de los otros microcosmos eclesiásticos fueron engullidos por principados seculares vecinos, Baviera y los nuevos electorados de Württemberg, Baden y Hesse Cassel fueron los más pródigamente recompensados. Prusia ya había recibido cierto número de obispados y abadías bajo un tratado especial con Francia en 1802, pero Bonaparte seguía negándole la presa más codiciada, Hannover, con la excusa de encontrarse en paz con el rey de Inglaterra. Pero no importaba: el primer cónsul tenía poco que temer del resentimiento en Alemania cuyos príncipes no austriacos eran ahora sus marionetas. Dueño ya, de un modo u otro, de Francia, Bélgica, Holanda, Alemanía al oeste del Rin, Suiza y gran parte de Italia, así como patrono de España. Según le comentó a un asombrado diplomático podía «trazar de nuevo el mapa del Sacro Imperio Romano y enviarlo a Ratisbona para que se, le pusiera el sello de "oficial"».
Alemania 1802 / Alemania 1804
SE REANUDA LA GUERRA: 1803
Mientras Bonaparte proseguía así su reorganización de Alemania, el breve intervalo de paz general estaba ya tocando a su fin. Del mismo modo que Inglaterra había sido la última potencia en ponerse de acuerdo con Francia, en la primavera de 1802, también fue la primera en reanudar las hostilidades en la primavera de 1803. Napoleón había demostrado, casi desde el día mismo en que se firmó el tratado de Amiens, que no pensaba dejar que las condiciones del mismo fuesen un obstáculo para él. Seguía considerando a Gran Bretaña, en el mejor de los casos, como un adversario temporalmente no beligerante. Sus actos en el Sacro Imperio Romano, su anexión del Piamonte y su resuelto fortalecimiento de las medidas de control en los estados tributarios holandeses, suizos e italianos, hicieron ver a Londres que no se había logrado en el Continente un equilibrio o estabilidad perdurable. Aún más: rechazando el consejo de algunos de sus consejeros, que deseaban el reavivamiento del comercio anglo-francés, Napoleón excluyó primeramente las exportaciones británicas con destino a la República, y en diciembre de 1802 extendió la prohibición a Holanda e Italia. Al mismo tiempo hizo saber que la marina de guerra francesa sería incrementada en más de un 50 por 100, hasta alcanzar una fuerza de 66 navíos de línea.
Enfrentado con una serie de amenazas en el Mediterráneo el gobierno de Addington pospuso la evacuación de Malta. Napoleón aprovechó esta demora en el cumplimiento de aquella cláusula del acuerdo de Amiens para presentarla como prueba evidente de la mala fe de Londres en todos los aspectos. El embajador inglés fue objeto durante el invierno de 1802-1803 de un trato tan vejatorio como para sugerir que existía de nuevo un virtual estado de guerra. No puede haber duda alguna respecto a que la negativa británica a devolver Malta a sus Caballeros constituía una violación de una de las cláusulas de un tratado; pero era una violación que había que juzgar a la luz del desprecio del primer cónsul con respecto a otras incontables promesas hechas y esperanzas alimentadas en Amiens o Lunéville. En aquella ocasión, Napoleón habló como si la minúscula isla de Malta fuese «el gozne de Europa», mientras se desentendía de las quejas con la siguiente observación de: «El Piamonte, Suiza y Holanda son bagatelas.»
Nunca ha estado claro si Napoleón esperaba sinceramente o no permanecer en paz con Gran Bretaña. Lo que parece claro es que su política no intentaba relajar la tensión, incluso hizo volver al estado de hostilidades formales al cauteloso y flexible Addington. El 17 de mayo de 1803, resuelta a movilizar sus propios recursos antes que Francia lograse ventajas prohibitivas, Inglaterra declaró bruscamente la guerra. Dos meses antes, en una recepción en las Tullerías, Napoleón le había dicho agriamente a lord Whitworth: «Ustedes serán los primeros en sacar la espada; yo seré el último en envainarla.» La mitad de su profecía se había cumplido ahora.
Escudo de armas y bandera del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.
La guerra no se extendió en seguida al Continente, salvo por la rápida ocupación francesa de Hannover. La Royal Navy reanudó sus operaciones en el mar, mientras Bonaparte empezaba a reunir una inmensa fuerza de invasión en el canal de la Mancha, en torno a Boulogne. Durante dos años enteros las otras potencias se mantuvieron al margen, reacias a comprometerse en una nueva alianza contra el formidable poderío de Francia. En el curso de este intervalo, Gran Bretaña volvió de nuevo sus ojos a Pitt en demanda de caudillaje. El dominio personal de Addington sobre los Comunes nunca fue muy seguro, y como ministro de la guerra carecía por completo de chispa inspiradora. Tras meses de vacilación (durante los cuales el rey Jorge III complicó más las cosas al sufrir otro de sus intermitentes accesos de locura) Pitt aceptó finalmente, en mayo de 1804, formar un nuevo gobierno. Fue un gabinete de defensa nacional, en el que Pitt habría incluido hasta a su antiguo adversario, Charles James Fox, si el rey no se hubiera opuesto violentamente. El "ejército de Inglaterra" francés estuvo formándose durante todo aquel año. A comienzos de 1805 España declaró la guerra a Gran Bretaña, lo que supuso más navíos de guerra a la creciente fuerza naval de Bonaparte. Visto desde Londres, el cielo se cubría de negros nubarrones.
William Pitt, el Joven (1759-1806).
Primer Ministro británico 1784-1801 y 1803-1806.
NACE LA TERCERA COALICIÓN
En 1804, enterado de una nueva conspiración interior contra su persona en el mes de febrero, ejecutó a varios sospechosos altamente situados. El general Moreau, el héroe de Hohenlinden, estuvo a punto de no poder huir a América. Hasta aquí, desde luego, solo estaban en juego los asuntos internos franceses. El 14 marzo, sin embargo, Bonaparte ordenó la detención del joven duque de Enghien, Luis Antonio Enrique, un príncipe emigrado del linaje de los Borbón-Condé. Vivía tranquilamente en la ciudad alemana de Ettenheim en la neutral Baden, al otro lado del Rin. El arresto se efectuó enviando una unidad de dragones francesa al mando del general de brigada Michel Ordener al territorio del Sacro Imperio Romano, arrogante afrenta infligida a Viena. Y, lo que aún fue más grave, el día 21 Enghien fue sumariamente ejecutado por traición en Vincennes, después que un consejo de guerra le condenara, sin pruebas convincentes, como agente inglés.
Fusilamiento del duque de Enghien
Luis Antonio Enrique de Borbón-Condé (1772-1804)
Un estremecimiento de estupor y de horror sacudió a todas las cortes principescas de Europa. «Fue más que un crimen; fue un error», opinó el ministro de Policía Joseph Fouché. Esta ejecución no provocó una inmediata declaración de guerra pero hizo que los gobernantes europeos fueran verdaderamente conscientes del fracaso de la Paz de Lunéville. Indiferente al impacto producido por el asunto Enghien, el primer cónsul se hizo proclamar en mayo Napoleón I, emperador de los franceses, por el Senado y el Tribunado. Un plebiscito nacional aprobó este acto por el notable margen de 3.572.329 votos contra 2.569; y el 2 de diciembre tuvo lugar en Notre Dame de París la coronación, con asistencia del Papa Pío VII, aunque este escasamente oficiase. Como diría más tarde el conde Nicolás Mollien:«de alguna forma nunca supo cuando debía abandonar».
Coronación de Napoleón y Josefina. 2 Diciembre de 1804.
A todos les preocupaba ya donde se detendría Napoleón
Tras el incidente de Enghien, que le costo a Bonaparte la admiración del zar Alejandro I, en Rusia comenzaron los preparativos para un posible enfrentamiento con Francia; se iniciaron contactos con Viena. El emperador Habsburgo, Francisco II, no quería implicarse en otra coalición debido a las derrotas anteriores, las grandes perdidas de territorios y prestigio, y al lamentable estado interno del país. Así pues solo se firmo un vago acuerdo el 4 de noviembre de 1804. A continuación los diplomáticos del zar entablaron negociaciones con Gran Bretaña. Las últimas vacilaciones de Austria y Rusia empezaron a desvanecerse en marzo de 1805, al anunciar Napoleón que la República Italiana sería en adelante el reino de Italia y que él mismo aceptaría la corona, como efectivamente hizo en Milán en el mes de mayo. Al mes siguiente, la República de Liguria fue formalmente incorporada al Imperio francés.
Bandera del Imperio Ruso
Nuevos escudos de armas de Alejandro I: tradicional y "afrancesado"
Así pues tanto, el 11 de abril Rusia e Inglaterra habían firmado el tratado de San Petersburgo, comprometiéndose a un esfuerzo conjunto para restablecer el equilibrio europeo. El 9 de agosto Austria se incorporó a esta Tercera Coalición, prometiendo, aunque de manera nada realista, un total de 315.000 soldados. Aunque Suecia también se adhirió, Prusia se mantuvo al Margen, con la esperanza de que los franceses le entregarían Hannover como recompensa por la neutralidad de Berlín. Al llegar el otoño, sin embargo, las líneas estaban establecidas para la lucha de los «años medios» de Napoleón en el poder. La primera beneficiaria del ampliamente extendido conflicto fue Inglaterra, había pasado de estar aislada a forjar una coalición con un ejército, al menos sobre el papel, de casi un millón de hombres.
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