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Old 15-02-2007, 18:11   #1
Alatriste
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I - El Mariscal Augereau

Una revisión irreverente de Napoleón y sus Mariscales

Capítulo I - Augereau, un Diamante en Bruto, muy en bruto.

Charles Pierre François Augereau nació el 14 de noviembre de 1757 en el Faubourg Saint Marceau, uno de los barrios menos "chic" de París. Su madre era verdulera en el mercado del barrio y su padre criado, o albañil según otras fuentes. Yo voto por el albañil, los criados tenían un poco más de estilo.

Su niñez estuvo marcada por la pobreza, y no es improbable que fuese objeto de malos tratos. En cualquier caso desarrolló un carácter muy difícil. Era fanfarrón, suspicaz, colérico, desleal y avaricioso. Además carecía de toda instrucción y nunca dejó de hablar en "gamin", el dialecto del proletariado parisino. Un físico corpulento y un rostro de rasgos duros rematado por una prominente nariz aguileña que contribuía a darle un amenazador aspecto de matón remataban un retrato decididamente poco atractivo. Si Hollywood hubiera querido un actor para encarnarlo Anthony Queen hubiera sido perfecto.

Se sabe poco de su infancia y primera juventud. Cuando dejó a sus padres se enroló en el regimiento Bourgogne-Cavalerie, una unidad de caballería pesada, equivalente a lo que bajo el imperio serían los coraceros, y después pasó a los carabineros, probablemente por su físico (los carabineros, como los granaderos en la infantería, solo aceptaban reclutas robustos y de elevada estatura). No sabemos cómo o cuando había aprendido esgrima, pero el joven Augereau pronto adquirió fama de pendenciero y duelista, y finalmente tuvo que huir a Suiza después de tirar de espada cuando se sintió insultado por un oficial. Según algunas fuentes lo mató, pero probablemente eso fuese una calumnia, porque cuando regresó a Francia nadie le dio importancia al asunto.

Desde entonces y hasta la Revolución Augereau se convirtió en un aventurero y sus actividades no están nada claras en muchos momentos. Se alistó en el ejército prusiano, donde debió participar en la breve y relativamente incruenta Guerra de Sucesión de Baviera de 1778-79. Probablemente debido una vez más a su físico fue asignado al regimiento de Guardias de a Pie, llegó con sorprendente rapidez a sargento, y sus oficiales, que le consideraban hombre prometedor, lo presentaron a Federico el Grande. El anciano monarca al parecer le dijo que era una lástima que fuera francés, porque en otro caso se hubiera podido hacer algo de él; como comenta un autor de la época, había llegado a despreciar lo francés tanto como antes lo había amado. Quizá fuera por este insulto o quizá no, porque el ejército prusiano se parecía mucho a una prisión, pero el caso es que el sargento Augereau decidió desertar, y demostrando que no era ningún idiota y que a pesar de su agrio carácter poseía dotes de liderazgo no lo hizo solo; convenció a todo su pelotón de que lo siguiera, desertaron en masa a la primera ocasión y consiguieron abrirse paso hasta la frontera sajona a pesar de la descomunal caza del hombre que se desencadenó. Que un pelotón entero de la Guardia Real desertara con éxito levantó ampollas, y probablemente Federico el Grande se acordó unas cuantas veces del gigantón francés.

En 1780 estaba en España como soldado del Regimiento de Guardias Valones y estuvo un tiempo de guarnición en Barcelona, o por lo menos eso contó él a sus oficiales cuando tenía su cuartel general allí durante la Guerra de Independencia, y algo más tarde estaba en Nápoles, donde se ganaba la vida a duras penas dando clases de esgrima. Se sabe que a pesar de sus dificultades económicas en algún momento de esta época viajó por Grecia; Entonces el país formaba parte del Imperio Otomano, y en cualquier caso Augereau no era la clase de hombre que decide viajar a Atenas solo para visitar las románticas ruinas de la Acrópolis, pero sus actividades en territorio turco están cubiertas por el misterio más absoluto. La conjetura más usual es que algún viajero, diplomático o comerciante lo contrató como guardaespaldas. Entre 1788 y 1791 pasó por los ejércitos de Nápoles y Portugal.

Pero cuando empezó la Revolución los franceses, que siempre habían sido bien recibidos en toda Europa, empezaron a estar mal vistos. Los que apoyaban la Revolución, por revolucionarios, los que habían abandonado el país por su oposición a la Revolución, los "emigrés" en la terminología de la época, por traer problemas con los revolucionarios y con el nuevo gobierno francés, y a los que afirmaban no ser ninguna de las dos cosas no les creía nadie. Hubo países como Nápoles que decidieron expulsar de su territorio a todos los ciudadanos franceses... Impulsado también por el estallido de la guerra en 1792, Augereau decidió regresar a la patria.

Por aquel entonces el gobierno estaba en manos de los moderados, que aspiraban a convertir a Francia en una monarquía constitucional según el modelo británico. Irónicamente habían sido ellos los que decidieron ir a la guerra con Austria contra la oposición de muchos radicales, que temían que una derrota significara el fin de la Revolución y una victoria la consolidación de la monarquía constitucional o una tiranía militar. Pero una alianza entre los moderados y una parte de los radicales, que sólo pensó en que la guerra con Austria provocaría la caída de la monarquía, alcanzó facilmente la mayoría precisa ayudada por la irresponsabilidad de la prensa y de Lafayette, que gozaba de una inmerecida reputación militar y sostuvo, con muy poco juicio, que el ejército francés estaba en condiciones de derrotar a Austria rápida y facilmente.

Pero volvamos a Augereau. Nuestro hombre ya tenía 35 años, pero en lo último que pensaba era en sentar la cabeza; a su llegada a París se afilió a los Cordeleros de Marat, revolucionarios extremistas que consideraban hasta a Robespierre y los jacobinos excesivamente tibios, y se enroló en la Guardia Nacional, donde con su experiencia, físico y carisma pronto fue elegido capitán de su compañía. En consecuencia estaba en el lugar justo y en el momento adecuado cuando se produjo la caída de los Girondinos. El nuevo gobierno radical purgó a lo que quedaba de la vieja oficialidad, que aún conservaba los mandos superiores, y lo substituyó por sans culottes más o menos auténticos como Houchard, Masséna y Augereau. Muchos de estos nuevos mandos resultaron desastrosos y acabaron muy mal, pero otros, como Augereau, habían nacido para el campo de batalla.

Su unidad pasó brevemente por Bretaña, tomó parte en la represión de la revuelta de los chuanes, y fue trasladada a los Pirineos Occidentales, donde las cosas en 1793 iban muy mal para los ejércitos franceses. Su actuación fue brillante y el 23 de diciembre fue ascendido a general de división, el rango más alto en los ejércitos de la República, que había abolido los de Teniente General y Capitán General, y también el Mariscalato. Una carrera fulgurante, aunque en modo alguno única en aquellos días.

El flamante general Augereau tuvo una parte destacada en las campañas de 1794 y 1795 en los Pirineos, y tras la paz entre España y la República Francesa pasó al Ejército de Italia, mandado por el viejo y adusto general Kellermann, el vencedor de Valmy. Allí se encontró con Masséna, que se parecía a él en muchos aspectos y se convirtió en su rival. Los dos eran endurecidos cuarentones de oscuro pasado; los dos eran más guerreros que soldados, más hechos a empuñar el sable a la cabeza de una columna que a estudiar informes, mapas y mensajes; los dos eran plebeyos de los pies a la cabeza; y los dos albergaban una ilimitada codicia, aunque Masséna era un viejo pirata con un apetito insaciable de mujeres, vino y diversión, mientras Augereau, sencillamente, amasaba dinero.

Cuando Kellermann fue destituido unos meses después, probablemente por haber sido demasiado franco sobre la situación, tanto Augereau como Masséna aspiraban a substituirlo y asumieron como cosa natural que si el puesto no era para uno sería para el otro. En cambio el Directorio, en una decisión absolutamente escandalosa, designó a un don nadie, un jovenzuelo anfibio mitad demagogo mitad militar que debía sus charreteras a su amistad con el hermano de Robespierre y a duras penas se había librado de la guillotina tras la caída de su padrino, un pálido intrigante medio italiano esquelético y mal vestido que parecía un espantapájaros, cuya experiencia mandando ejércitos se reducía a cañonear civiles en las calles de París y que, como era del dominio público, había recibido el Ejército de Italia como premio por haber librado a uno de los Directores de su ex amante, una fogosa mulata caribeña más bien madurita a la que el muy imbécil miraba con ojos de carnero degollado.

En fin. Un tal Nabolione Buonaparte.

La actitud de Augereau cambió en cuanto conoció en persona al nuevo general. Según una fuente de la época su asombrado comentario fue, en traducción un tanto libre, pero no demasiado:"¡Será cabrón el muy General Tapón !¡El tío ha conseguido asustarme!"

Por su parte el joven Bonaparte debió quedar asombrado (o tal vez se limitara a suspirar exasperado, porque tenía mucho que aguantar) al descubrir que el gigantesco y fanfarrón general de división Augereau no leía las órdenes escritas; las descifraba. Muchos años más tarde, en Santa Helena, recordaba como Augereau necesitaba que le leyeran la orden mientras le ponían el mapa delante de las narices. Entonces, con las instrucciones sonando en las orejas y el mapa en los ojos su mirada se iluminaba de repente y exclamaba "¡Ah, Claro! Que burro soy".

Pero Bonaparte también supo apreciar sus méritos: emplazaba con habilidad sus reservas, sabía mover sus columnas en el campo de batalla, se batía con coraje, y a pesar de que mantenía estrictamente el orden y la disciplina se hacía querer por sus soldados porque cuidaba de sus necesidades y se exponía al peligro más que ninguno de ellos.

El y su división se convirtieron en indispensables para Bonaparte, y sus hazañas se hicieron famosas. Cuando se trataba de caminar toda la noche, combatir todo el día y encabezar asaltos sable en mano, el feroz Augereau estaba en su elemento. Lodi, Montenotte, Arcola, Rivoli... Bonaparte en sus informes al Directorio siempre lo llamaba "el intrépido Augereau". Su comportamiento fue especialmente destacado durante la batalla de Castiglione, que muchos años después sería su ducado; pero en aquellos días nuestro hombre probablemente se hubiera partido de risa si alguien se lo hubiera dicho... o tal vez hubiera reventado de cólera, dado su caracter y sus convicciones políticas, que aparentemente seguían intactas.

Bonaparte lo escogió en 1797 para que llevase a París las banderas enemigas capturadas, un gesto que tradicionalmente indicaba que el portador en cuestión merecía un ascenso o un premio similar y que la Revolución no había abolido, pero que en este caso tenía otras connotaciones, porque Augereau llevaba a París manifiestos de las unidades del Ejército de Italia amenazando de muerte en términos inequívocos a los parlamentarios sospechosos de desear la restauración de la monarquía. En una de los soldados se podía leer

"¡Temblad, realistas! Del Adigio al Sena sólo hay un paso ¡Temblad! Vuestras iniquidades están contadas, y su recompensa en la punta de nuestras bayonetas".

Otra no menos rimbombante aunque de otro estilo procedía del Estado Mayor

"Hemos visto con indignación las intrigas de la realeza amenazar la libertad. Hemos jurado por los manes de los héroes muertos por la nación librar una guerra implacable contra los reyes y sus sicarios. Estos son nuestros sentimientos; son los vuestros, y los de todos los patriotas. Que los realistas se muestren a la luz, y sus días estarán contados".

Muchos diputados protestaron por esta descarada intromisión del ejército en la política, pero sin resultado. Al contrario, el Directorio felicitó calurosamente a Augereau y entre otros honores le regaló la bandera con la que se lanzó a cruzar el puente de Arcola con Bonaparte desafiando el fuego de los cañones austriacos emplazados en el otro extremo.

Cuando en septiembre (o Fructidor) de ese año el Directorio, es decir, el mismo gobierno de la República, dio un autogolpe de estado no sorprendió a nadie que Augereau, convenientemente llamado poco antes a París y nombrado gobernador militar, mandase las tropas implicadas. Se suponía que la Guardia del Legislativo, un batallón de 800 granaderos que para muchos autores fue el embrión de la futura Guardia Imperial, debería haberlas detenido, pero Augereau se acercó solo a sus filas y gritó "¡Soldados! ¿Sois republicanos?" Los granaderos lo vitorearon y se unieron a los golpistas. Cualquiera de ellos podría haberle pegado un tiro, pero si algo tenían en común los mariscales era un valor a toda prueba. Al menos, el Terror había terminado; nadie murió y nadie fue guillotinado, aunque muchos hombres inocentes de todo delito que no fuera tener diferencias políticas con el gobierno acabaron deportados a la Guayana.

Después su carrera declinó por un tiempo. Sorprendentemente Augereau, que había sido una de las estrellas del Ejército de Italia y había visitado el Imperio Turco no partió a Egipto con Bonaparte. Mandó el Ejército del Sambre-y-Mosa y el del Rhin, pero durante la breve paz de 1797-1798, y el Directorio no recurrió a él durante la gran crisis de 1799, cuando las tropas coaligadas del archiduque Carlos, Melas y Suvarov amenazaron las fronteras de Francia. Mientras tanto su viejo rival de Italia, Masséna, se cubría de gloria al mando del Ejército de Suiza. El viento había cambiado y los jacobinos, después de haber sido utilizados para acabar con los realistas, estaban siendo marginados.

Augereau se presentó a las elecciones, fue elegido miembro del Consejo de los 500, y se opuso a las intrigas de Napoleón a su vuelta de Egipto. Durante la crítica noche del 18 de Brumario, cuando el golpe de estado que estableció el Consulado estaba al borde del desastre y el Consejo debatía la proscripción de Bonaparte y sus cómplices, Augereau no lo defendió. Y sin embargo al día siguiente tuvo el asombroso cinismo de presentarse y decirle "¡Cómo, has querido hacer algo por la patria y no has llamado a Augereau!"

Como dijimos al principio, la lealtad no era su punto fuerte.

No queda constancia de lo que pensó Napoleón, o sus compañeros Cónsules, pero no emplearon a Augereau en el ejército durante las campañas de 1800. Volvió a ocupar un mando teóricamente operativo cuando reemplazó a Brune en Holanda, pero para entonces ése era un teatro pasivo. Aún peor, Brune fue enviado a mandar el Ejército de Italia y terminar la tarea de expulsar de la península a los austriacos mientras que Augereau, el famoso veterano de las campañas italianas, lo reemplazaba en una mera labor de ocupación.

Si a Augereau no le había complacido el Consulado difícilmente podía gustarle su evolución hacia una dictadura personal y mucho menos la idea de entronizar un Emperador, pero su punto débil era el dinero. A la mayoría de la gente no le disgusta, desde luego, y a muchos de sus compañeros mariscales les encantaba. Pero para emplearlo en algo. Lo de Augereau, que no tenía gusto, ni siquiera malo, ni inquietudes, ni estilo, ni hijos siquiera, era mera avaricia, un ansia insaciable de dinero y más dinero como solo quien había vivido toda su vida un solo paso por delante del hambre podía albergar. Napoleón conocía bien al hombre y lo compró con una fortuna y un bastón de mariscal, pero no confió en él.

En 1805 la guerra volvió a estallar y Augereau volvió al servicio activo, pero no recibió el mando de ninguno de los cuerpos de ejército destinados a la ofensiva principal ni el del Ejército de Italia, que fue para Masséna, sino el del pequeño VII Cuerpo, formado por reclutas bisoños y unidades dejadas en la costa del canal, y acabó protegiendo las líneas de comunicación de la Grande Armée en Baviera. Después de perderse Marengo, se había perdido Austerlitz. No era lo que el Augereau de Arcola, Castiglione y Rivoli acostumbraba, y probablemente estaba fuera de sí. Pero su mala racha no iba a durar siempre.

Al año siguiente Prusia declaró la guerra a Francia, alarmada por el crecimiento de la influencia francesa en Alemania, y el VII Cuerpo, que seguía en Baviera, se encontró en una posición ideal para intervenir. Augereau tuvo una buena actuación en la campaña de Jena, en la persecución de los restos del ejército prusiano hasta la antigua Polonia, en el combate de Golymin, y en la durísima campaña invernal que culminó en Eylau.

Ya antes de empezar la batalla caía una intensa nevada y Augereau estaba enfermo y tan febril que no podía sostenerse en su caballo, pero ordenó que lo ataran a la silla y encabezó en ese estado a sus tropas durante una terrible marcha bajo la nieve hasta Eylau. Durante el combate recibió orden de atacar, pero sus tropas se extraviaron en medio de otra intensísima nevada y su mala estrella las llevó a emerger frente a las posiciones de una gran batería rusa. El VII Cuerpo luchó heroicamente, pero sufrió bajas tan elevadas que tuvo que ser disuelto. El mismo Augereau fue herido y tuvo que ser evacuado a Francia. Napoleón se formó la opinión de que como mando independiente dejaba mucho que desear, pero quedó impresionado y lo incluyó entre los generales que iban a integrar su nueva nobleza. A pesar de sus quejas en el fondo no acababan de desagradarle los generales tenaces e impetuosos que le dejaban a él la dura e ingrata tarea de pensar. Así fue como el 19 de marzo de 1808 el antiguo chico de la calle, mercenario, sans culotte, y furibundo jacobino recibió un rico feudo en el norte de Italia y se convirtió en Su Excelencia el Duque de Castiglione.

En 1809 pasó a España, donde reemplazó a Saint Cyr en el mando del cuerpo encargado de mantener la ocupación de Cataluña, y muy a su pesar, porque no veía en ello gloria ni provecho. Difícilmente puede concebirse una misión menos adecuada para un hombre como él, codicioso, agrio, irreflexivo y colérico, que carecía por completo del tacto necesario para tener éxito en una campaña de contrainsurgencia, y menos en Cataluña, que a pesar de su cercanía a Francia y de haber estado ocupada desde antes de que estallara la insurrección fue una de las regiones donde la resistencia popular y militar fue más tenaz. Augereau probablemente lo entendía consciente o inconscientemente, y se incorporó a su nuevo destino de tan mala gana que Napoleón tuvo que ordenarle que dejara de remolonear en Francia.

Llegar en mitad del sitio de Gerona tampoco ayudó. Lo primero que hizo Augereau fue proponer a los gerundenses un pacto del estilo usual en las guerras civilizadas: una suspensión de hostilidades de un mes, pasado el cual si no había llegado un ejército de socorro la plaza se rendiría, sin bombardeos, enfermedades, hambre, asaltos, masacre ni saqueo. Para su sorpresa los defensores rechazaron esta propuesta y todas las demás y se vio obligado a reducir la plaza a sangre y fuego durante meses con un coste humano horrendo para ambos bandos. Toda su actuación subsiguiente siguió el mismo tenor de asombrada frustración, reacciones coléricas y crueles represalias que no llevaban a ninguna parte. Lo menos que se puede decir es que no fue ningún éxito, y el emperador lo destituyó en 1810, aunque la receta de mano dura que Augereau había aplicado era la que el mismo Napoleón prescribía una y otra vez.

Permaneció sin empleo hasta 1812, y para la campaña de Rusia recibió otra vez el mando de un cuerpo de reserva, el XI, destinado al papel secundario de mantener la ocupación de Prusia hasta que el desastre hizo que Napoleón le ordenara pasar a Rusia con sus fuerzas. Su actuación no destacó para bien ni para mal y su unidad, como todas las demás, se deshizo durante la Retirada y quedó aniquilada.

En 1813 mandó un cuerpo en la nueva Grande Armée bajo la supervisión cercana de Napoleón, y la desesperada tenacidad con la que defendió sus posiciones durante la batalla de Leipzig hizo que recuperase el favor imperial. A esas alturas Napoleón andaba muy escaso de generales que conservasen algo del fuego de antaño; eso hizo que cuando los aliados invadieron Francia decidiese asignar a Augereau un mando independiente.

Grave error.

Su misión consistía en marchar a Lyon y tomar el mando de un nuevo ejército. Con él debía rechazar a las fuerzas aliadas si invadían Francia desde Suiza, amenazar el flanco izquierdo del Ejército austriaco que avanzaba hacia París y, en el tiempo que le sobrase, cooperar con el virrey Eugenio en la defensa de Italia. Demasiado hasta en su mejor momento para el patético conjunto de reclutas adolescentes sin entrenamiento ni equipo, muchos de ellos italianos, guardias nacionales, viejos veteranos retirados y esqueletos de unidad retirados de España que recibió el pomposo nombre oficial de Ejército del Ródano.

Pero cuando Augereau llegó a Lyon no encontró nada. Absolutamente nada. A toda prisa consiguió reunir 1.000 guardias nacionales y 700 regulares sin caballería, artillería, estado mayor, bagajes, depósitos ni dinero peinando frenéticamente los alrededores, y con esa base empezó a trabajar.

Su actuación fue mayormente pasiva y se limitó a reaccionar a los movimientos enemigos para retrasar en lo posible el avance del general Bubna, que en efecto había desembocado en Francia desde Suiza con unos 20.000 hombres, casi todos de Austria y Hesse-Darmstadt, mientras sacaba un ejército de la nada, y es difícil sostener en serio que contaba con fuerzas para más.

Napoleón, frustrado y desesperado, le ordenó una y otra vez sin resultado que atacase hacia el Norte y cortase las comunicaciones de Schwarzenberg y su Ejército de Bohemia, cada vez más cercano a París, y le escribió amargas cartas de reproche diciéndole, entre otras cosas, que si aún era el Augereau de Castiglione volviese a calzarse las botas de 1793, a lo que supuestamente Augereau contestó que antes le diese los soldados que tenía entonces. Podría haber añadido que el audaz capitán de 1793 tenía ya casi 60 años y que su salud, minada por media vida de excesos y otra media de campañas, estaba empezando a dar señales preocupantes.

Finalmente, y gracias sobre todo a los refuerzos enviados por Suchet desde España, Augereau consiguió reunir unos 30.000 hombres, fuerzas suficientes para amagar un ataque hacia el Norte. El resultado, si por una parte justificó la idea de Napoleón de que el flanco izquierdo austriaco era vulnerable, por otra pone de manifiesto lo desesperado de la situación en 1814. Schwarzenberg reaccionó enviando 40.000 hombres más al sur, una reacción que la mayoría de los estudiosos de la campaña considera enormemente exagerada, pero que detuvo en seco a Augereau, reduciéndolo a la defensiva. Napoleón soñaba con un poderoso ataque que cortase la línea de comunicación del ejército austriaco; Augereau solo pensaba en cómo defender Lyon, la segunda ciudad de Francia, y durante los últimos días de la campaña se vio obligado a evacuarla y cederla sin lucha a los aliados.

Como París, Lyon no contaba con fortificación alguna, aunque al contrario que París las había tenido; pero fueron demolidas tras su toma por las fuerzas revolucionarias. La Convención llegó a decretar que la ciudad debía ser arrasada hasta dejar un solo muro en pie, en el que se grabaría "Lyon hizo la guerra a la Revolución; Lyon ya no existe".

Augereau no había estado a la altura de las locas esperanzas de Napoleón durante la campaña, pero dadas las circunstancias no lo había hecho nada mal. Había logrado desviar hacia el sur unos 60.000 soldados enemigos con unas fuerzas que no habían superado nunca 30.000 hombres mucho peor equipados y suministrados, y en no pocos casos peor motivados también. No se arriesgó a librar una batalla decisiva en el único momento en el que disfrutó de una cierta superioridad numérica, pero sobran razones para creer que los resultados no hubiesen sido buenos, porque desde que su caballería fue destruida en Rusia aunque los franceses venciesen no conseguían hacer demasiado daño a los aliados, que se retiraban en buen orden, mientras que si eran derrotados sus unidades de bisoños soldados adolescentes se deshacían como azucarillos.

Pero el momento estelar de Augereau en el gran drama de 1814 aún no había llegado: cuando recibió noticias de la abdicación del emperador Augereau hizo pública una proclama en la que denunciaba la tiranía de Napoleón y ordenaba a sus tropas que adoptaran la vieja escarapela blanca de la monarquía, terminando con un vibrante 'Vive le Roi'. Al menos en un aspecto el maduro mariscal seguía estando en plena forma.

En ese momento crucial las potencias coaligadas aún no habían decidido restaurar a los Borbones y barajaban otras opciones. Austria favorecía aceptar al hijo de Napoleón y declarar Regente a la emperatriz Maria Luisa, la esposa austriaca del emperador; a Rusia no le hubiera disgustado instalar en el trono a Bernadotte si era reemplazado por un sobrino del Zar Alejandro en Estocolmo; Prusia y Gran Bretaña no tenían las ideas tan claras. También se consideraba la opción de llamar al trono a la rama menor de los Orléans, como ocurrió en 1830.

La intransigencia de Napoleón había unido a los aliados en la firme decisión de librarse de él, pero no estaban dispuestos a buscarse problemas entre ellos o con Francia para imponer a este o aquel pretendiente, y aunque no fue el único, porque hubo otros que hicieron ver a los vencedores que los franceses no se opondrían al regreso de los Borbones, en ese momento de impasse el gesto de Augereau tuvo enorme trascendencia y le ganó un destacado puesto junto a Marmont, Bernadotte, Murat y Ney en la lista de traidores al emperador de los bonapartistas.

[Una nota, que pongo aquí porque más arriba me interrumpe la narración, qué carajo : la escarapela o cocarda era un disco de tela de color que los militares usaban como distintivo nacional. Casi siempre se llevaba en el sombrero, aunque en algún caso excepcional se llevara en el brazo o la solapa. España usaba el color rojo, Gran Bretaña negro, Austria amarillo y negro, Prusia blanco y negro, Piamonte azul, Baviera blanco y azul, etc., etc. El ejército real francés siempre había usado escarapelas blancas, pero desde la Revolución se usaban tricolores, que habían tenido su origen en unas pequeñas escarapelas de rojo y azul, los colores tradicionales de París, que usó la Guardia Nacional parisina prendidas sobre las blancas.]

No se puede decir que Luis XVIII se deshiciera en gestos de agradecimiento con Augereau. Lo nombró Par de Francia y Caballero de San Luis, es decir, más o menos lo mismo que a cualquier otro mariscal, y lo envió a un conveniente exilio en Normandía como comandante de la 14ª división militar. El vulgar, abrasivo y jacobino duque de Castiglione no tenía lugar en el nuevo régimen, y menos en el asfixiante ambiente de la Corte del rey, dominada desde la sombra por la ominosa sombra de Monsieur, el reaccionario hermano de Luis XVIII, y poblada por viejos emigrados regresados del exilio, apolillados prelados y jóvenes aristócratas ultras, la mayoría decididos a atrasar 30 años el reloj de los franceses.

No tiene nada de extraño que cuando Napoleón regresó en 1815 Augereau fuera uno de los primeros en tomar partido por él y pretendiera volver a su servicio como si nada hubiera ocurrido redactando otra proclama bastante distinta a la anterior en la que instaba a sus tropas a "marchar bajo las alas victoriosas de esas águilas inmortales que tantas veces os condujeron a la gloria".

Es casi enternecedor, y el comportamiento del emperador, que rechazó de plano sus servicios y borró su nombre de la lista de los mariscales, parece de alguna forma injusto y cruel, sobre todo porque su rencor se basaba en el convencimiento de que durante la campaña de 1814 le había traicionado y dirigido el ejército de Lyon de acuerdo con los aliados, algo falso y absolutamente contrario al carácter de Augereau, que nunca abandonó a sus amigos cuando aún podían ganar.

Y sin embargo ahora lo había hecho. Llevado por la ingratitud de Luis XVIII y por el recuerdo de que 20 años antes había cruzado a la carrera un puente con una bandera en las manos, codo con codo con Bonaparte, encabezando una columna de asalto y gritando como unos locos mientras los artilleros austriacos intentaban cargar sus piezas a toda prisa, se había comprometido antes de tiempo. Y Napoleón lo había rechazado.

Su situación no mejoró después de Waterloo, cuando Luis XVIII volvió a París. No le quedaba a quien traicionar. Los jacobinos no le perdonarían jamás que sirviera al imperio, ni los bonapartistas su supuesta deserción y su entusiasta chaqueteo de 1814. Los realistas nunca habían querido perdonarle su antiguo jacobinismo ni su inocultable origen humilde, y él mismo les había proporcionado una excusa perfecta al tomar partido por Napoleón en 1815. Si hubiera habido guerra o posibilidad de ella las cosas hubieran podido cambiar, pero en tiempos de paz nadie necesitaba un viejo general; ya había demasiados. Estaba acabado.

Enfermo, y más envejecido de lo que indicaban sus 59 años, se recluyó en sus tierras de Houssaye-en-Brie y murió menos de un año después, el 12 de junio de 1816, de una hidropesía pulmonar, tal vez causada por problemas cardiacos. Seguramente fue un alivio para él, que nunca había temido enfrentarse a la muerte.

Augereau es un caso único entre los mariscales de Napoleón. En un grupo en el que abundan personajes tan carismáticos que conservan admiradores 200 años después de su muerte Augereau, el soldadote fanfarrón, mercenario, vulgar y codicioso, resulta un contraste francamente poco atractivo. Pero no es su única peculiaridad. Era con diferencia el menos instruido, el de origen más humilde y el más extremista, y sin embargo al mismo tiempo era el único parisino, el único que había viajado por toda Europa y el único que había residido largos periodos en el extranjero.

Militarmente era un buen jefe de cuerpo de ejército, pero carecía de iniciativa y de entendimiento para mandos independientes, y no parece casual que en sus mayores éxitos militares su misión fuera defensiva; en ese tipo de combate la iniciativa contaba mucho menos y en cambio salían a relucir el coraje y la tenacidad férrea que probablemente fuesen sus mejores cualidades.

Dadas las circunstancias, la sentencia de Napoleón sobre él ("El vencedor de Castiglione habría podido dejar un nombre querido a Francia, pero la nación repudiará la memoria del desertor de Lyon") resulta comprensible, pero bastante injusta.
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Old 16-02-2007, 17:13   #2
kaoss
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Excelente post, Alatriste. Felicidades!
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Old 16-02-2007, 18:13   #3
Fjelltronen
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Lo empecé a leerlo en otro día y acabo de terminarlo. Excelente post Alatriste

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Panchito hijo, tú eres negro. Pero no debes avergonzarte. Negros eran los hombres de Cromagnon, los egipcios, los indios, los pueblos de Arabia. Negros los cántabros de tez morena, que tanto lucharon por su independencia. Negros de pelo crespo; los asirios, los persas, Antonio Machín, los vikingos del norte y los zares de Rusia. - El Milagro de P.Tinto
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Old 16-02-2007, 19:09   #4
Gauna
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¿Vas a seguir? Ya que has empezado con Augereau podrías seguir con Massena. Un hilo de marisacles franceses sería un gozada. Y veo que controlas.
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Old 16-02-2007, 20:46   #5
Alatriste
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Pues había pensado hacerlo por orden alfabético. Ahora le toca a Bernadotte, que ya tengo casi listo.

Y gracias a todos.
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Old 16-02-2007, 22:10   #6
Michel el Vasco
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Originally Posted by Alatriste
Ahora le toca a Bernadotte, que ya tengo casi listo.
¡Espero que le des cera! ¡Menudo bicho más inepto!

¡Y felicidades por el post!
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Los Hermanos Barbarroja
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Old 16-02-2007, 23:42   #7
Perri87
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Que trabajo Alatriste, magnifico! Interesante la vida de Augereau. Sabriais decirme algun libro bueno sobre la revolucion francesa y los temas militares? Los ejercitos y las campañas, y esas cosas...
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Old 17-02-2007, 07:29   #8
Alatriste
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Originally Posted by Michel el Vasco
¡Espero que le des cera! ¡Menudo bicho más inepto!

¡Y felicidades por el post!
Oh, no te preocupes. que se llevará la cera que (en mi modesta opinión) merece.

Pero respecto a su habilidad, las cosas no son tan simples, y B. sufrió una campaña de difamación por parte del lobby bonapartista, que ríase usted de cualquier paralelo moderno.

No es fácil citar batallas que el gascón perdiese...
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Old 17-02-2007, 07:44   #9
Alatriste
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Originally Posted by Perri87
Que trabajo Alatriste, magnifico! Interesante la vida de Augereau. Sabriais decirme algun libro bueno sobre la revolucion francesa y los temas militares? Los ejercitos y las campañas, y esas cosas...
La cosa es difícil... Resulta asombroso que habiendo tanto sobre Napoleón y Wellington, sea tan difícil encontrar algo sobre otras guerras del periodo.

Y no quiero decir "sobre las guerras napoleónicas", sino sobre Napoleón, y en menor medida sobre Wellington, el culto a la personalidad que reina en este campo es increíble. Intenta encontrar algo sobre la guerra ruso-sueca, sobre las guerras de Austria y Rusia contra Turquía o incluso sobre campañas francesas en las que no estuvieran ni Napoleón ni Wellington, como las campaña en Italia de Eugenio de Beauharnais (1809 y 1813) o de Masséna (1805) y es practicamente imposible encontrar nada.

Hay algún buen libro libro moderno, como el de Christopher Duffy sobre la campaña de Suvarov en Italia y Suiza (1799), pero si quieres algo de verdad sobre las guerras de la Revolución tal y como están las cosas lo mejor (si sabes francés) es acudir a Gallica, la Biblioteca Nacional Francesa en Internet, donde uno se puede descargar resmas de libros interesantísimos, o buscar en Google Books, donde también se pueden encontrar libros que valen su peso en oro, y en muchos más idiomas.
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Old 17-02-2007, 08:05   #10
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Originally Posted by Alatriste
La cosa es difícil... Resulta asombroso que habiendo tanto sobre Napoleón y Wellington, sea tan difícil encontrar algo sobre otras guerras del periodo.

Y no quiero decir "sobre las guerras napoleónicas", sino sobre Napoleón, y en menor medida sobre Wellington, el culto a la personalidad que reina en este campo es increíble. Intenta encontrar algo sobre la guerra ruso-sueca, sobre las guerras de Austria y Rusia contra Turquía o incluso sobre campañas francesas en las que no estuvieran ni Napoleón ni Wellington, como las campaña en Italia de Eugenio de Beauharnais (1809 y 1813) o de Masséna (1805) y es practicamente imposible encontrar nada.

Hay algún buen libro libro moderno, como el de Christopher Duffy sobre la campaña de Suvarov en Italia y Suiza (1799), pero si quieres algo de verdad sobre las guerras de la Revolución tal y como están las cosas lo mejor (si sabes francés) es acudir a Gallica, la Biblioteca Nacional Francesa en Internet, donde uno se puede descargar resmas de libros interesantísimos, o buscar en Google Books, donde también se pueden encontrar libros que valen su peso en oro, y en muchos más idiomas.
Gracias, mirare por ahi. He visto uno que se titula "Las Campañas de Napoleon" y parece que tiene buena pinta, aunque solo sea sobre Napoleon...
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Old 17-02-2007, 08:11   #11
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Originally Posted by Perri87
Gracias, mirare por ahi. He visto uno que se titula "Las Campañas de Napoleon" y parece que tiene buena pinta, aunque solo sea sobre Napoleon...
¿El de Chandler? Es la mejor introducción al periodo que existe, en mi opinión. Se le empiezan a notar un poco los años, y las investigaciones más modernas han cambiado bastante las ideas que se tenía, por ejemplo, sobre el ejército prusiano de 1806, pero sigue sin haber un libro que, en conjunto, se aproxime siquiera a este.

Y no es solo sobre Napoleon. También incluye todo sobre el condenado Wellington...
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Old 17-02-2007, 08:52   #12
Perri87
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Originally Posted by Alatriste
¿El de Chandler? Es la mejor introducción al periodo que existe, en mi opinión. Se le empiezan a notar un poco los años, y las investigaciones más modernas han cambiado bastante las ideas que se tenía, por ejemplo, sobre el ejército prusiano de 1806, pero sigue sin haber un libro que, en conjunto, se aproxime siquiera a este.

Y no es solo sobre Napoleon. También incluye todo sobre el condenado Wellington...
Si ese. Pues si es bueno lo comprare, por que queria uno sobre esa epoca, y si me dices que es un referente, pues mejor.
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Old 17-02-2007, 15:47   #13
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Y se ha traducido hace un par de años y eso que el libro original es de los 60. Solo trata las campañas en que Napoleón estuvo presente, así que la guerra peninsular no aparece mucho.
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Old 19-02-2007, 20:31   #14
Michel el Vasco
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Originally Posted by Perri87
Si ese. Pues si es bueno lo comprare, por que queria uno sobre esa epoca, y si me dices que es un referente, pues mejor.
Totalmente recomendable. Es de lo mejor que he leído sobre Napo. La explicación de sus conceptos tácticos y estratégicos son magníficas aunque como dicen Alatriste y Gauna, se nota que es de los 60. Por otro lado es un libro exclusivamente militar, entra poco en la parte política de la época, que es fascinante.

Otra cuestión es el precio (45€) aunque teniendo en cuenta que son unas 1200 paginitas vale la pena.
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