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Madridista
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AAR Victoria VIP: Isabel, un imperio bajo el sol
Isabel, un imperio bajo el sol
Parche 1.03c y VIP 0.4b Objetivo: Convertir la España isabelina en la primera potencia mundial tanto industrial como colonial. Capitulo 1: Vencer y convencer San Sebastián se prepara Precisamente ahora, cuando empezaban a marcharle un poco mejor las cosas, tenía que estallar aquel maldito conflicto. Si es que ya se lo decía su madre: el comercio es cosa de herejes, la tierra y nada más que la tierra es el único lugar digno donde podemos y debemos trabajar los Lopetegui de Tolosa. ¿Tendría razón?. ¿Qué hacer?. ¿Lo dejaba todo, abandonaba San Sebastián y volvía Tolosa?. ¿Abandonaba a sus hombres, sus dos barcos que tanto le había costado adquirir, sus contactos comerciales en Portsmouth, sus contratos y regresaba al caserío?. Siendo hijo del alcalde de Tolosa y hermano de un cura y dos monjas no creía que fuesen a hacerle muchas preguntas, ni aún tras haber pasado cinco años en San Sebastián, “estercolero liberal de nuestra Santa Guipúzcoa” como lo definía su hermano en todas sus homilías. Aún así, era tanto lo que perdía… Mientras paseaba junto a la muralla ajeno a todo, el resto de sus vecinos se preparaban ya para la defensa. No hacia veinte años aún que los ingleses habían arrasado la ciudad para “echar” a los franceses y nadie estaba por la labor de repetir la experiencia. Habría que resistir con uñas y dientes. Si al menos el Gobierno de Madrid diera algún síntoma de vida. Si al menos estuviesen preparando una gran ofensiva que cortase de raíz esta guerra que se presumía larga y cruenta como pocas. Sin embargo el panorama no podía ser más desmoralizante: las tropas destacadas en Madrid se aprestaban a defender la capital y tan solo, y tras muchas discusiones, habían consentido desplazar una división a Toledo. En Cataluña, una división de coraceros, que componía todo el rimbombantemente denominado “Ejercito de Levante” corría al galope a guarnecerse en Barcelona. Y en Bilbao… en Bilbao las cosas aún pintaban peor: conscientes de la imposibilidad de su defensa, los consejeros de la reina madre habían abogado por su evacuación, cosa que ya se daba por segura aunque muchos no lo pudiesen creer. ![]() ¿Qué podía hacer entonces San Sebastián sola y aislada?. Aunque resistir era la única opción, porque los carlistas no iban a dejar, se lo habían prometido en Aranzazu a la Virgen, “cabeza sobre cuello liberal alguno”, todos sabían que se trataba más de lograr un aplazamiento a una muerte segura que de otra cosa. Una niña de unos cuatro años ayudaba a su padre a proteger las ventanas con tablas y barro. A penas podía con las tablas, pero nadie podía negar que ponía el mismo empeño que el más fuerte de los hombres. La miró con curiosidad por unos instantes. Aquel diminuto cuerpecito descalzo saltaba como un mono de un sitio a otro acercando ahora clavos, ahora tablas a su padre. Había tomado una decisión. Cuando llegó a su oficina los dos capitanes de sus pinazas le esperaban intranquilos. “coged a vuestras mujeres e hijos y llevadlos a Hendaya, una vez allí, los que queráis conservar el empleo, volved y aprestémonos a la defensa, el resto, que se sepa despedido y rotos nuestros compromisos mutuos”. No esperó más respuesta que un seco “sí, señor”. Las cartas estaban echadas y no era tiempo de discursos ni “peros”. Había luchado mucho por labrarse un futuro y no serían los carlistas quienes se lo destrozaran. Si al menos el ejercito liberal diese señales de vida…. Cuestión de Fe… de mucha Fe Si lo decía el alcalde, sus razones tendría, pues se le sabía, como era natural, bien relacionado con las altas esferas madrileñas, pero resultaba tan descabellado. Desde el mes de febrero San Sebastián había quedado completamente aislado por tierra. El mar, completamente despejado, permitía a la ciudad resistir el bloqueo con peor que mejor fortuna, pero lo que realmente importaba era que, salvo algún pequeño conato, los carlistas se habían contentado con dejar una pequeña guarnición bloqueando los caminos y destinar al resto de sus hombres a la toma de Bilbao. De esta manera, por mar y desde Santander, llegaban a San Sebastián barcos con alimentos, armas y noticias, aunque algunas fueran tan difíciles de entender, sino creer, como aquella que les estaba dando el alcalde en ese momento frente a un enorme mapa de España. El caso era saberse comunicados con el resto de la España liberal y cualquier noticia de fuera ayudaba a elevar la moral. Incluso aquella. ![]() “Caballeros, escúchenme: lo que les digo es cierto. Es verdad que los carlistas se están extendiendo como una mancha de aceite por todo el norte de la Península y que Bilbao malamente podrá resistir mucho tiempo más, pero no es menos cierto que han detenido su avance a Madrid y que en Cuba y Cataluña se están reclutando nuevas unidades que inclinarán a nuestro favor el fiel de la balanza de esta guerra fraticida”. La cara de su buen amigo Álvaro de Yrigoyen pintaba tan gris como la suya propia. Aquello más parecían cantos de sirena que otra cosa. Divisiones en Cataluña, divisiones en Cuba. Las unas lejos y las otras más. ¿Acaso pensaban liberarles de los carlistas dentro de tres años?. ¿Acaso pensaban que quedaría algo que salvar dentro de año y medio?. Porque era año y medio lo más que los más optimistas aventuraban que San Sebastián resistiría una vez caído Bilbao. Y eso, claro, siempre y cuando los ejércitos carlistas siguiesen en dirección a Galicia y no optasen por volver sobre sus pasos y destrozar la ciudad. ¿Qué tal le recibirían en Tolosa ahora?. Nadie hablaba de eso, nadie quería hablar, pero todo el mundo había tenido ya conocimiento de terribles crímenes y represalias contra personas de ambos bandos. A la madre de tal general carlista la había fusilado tras sacarle los ojos, al nieto de tal alcalde liberal lo habían degollado tras castrarle… ¿Qué pasaría con San Sebastián si caía?. ¿Qué pasaría con él? Solos Aunque todos lo esperaban como algo que tarde o temprano habría de ocurrir, la conquista carlista de Bilbao cayó como un jarro de agua fría sobre todos ellos. Las noticias de los otros frentes, cada vez más escasas, tampoco invitaban al optimismo. El Gobierno estaba tratando de mitigar el daño propagandístico que la caída de Bilbao le había producido tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Por fortuna, sabíamos, Rusia se había negado a prestar apoyo económico a los carlistas, pero tanto Prusia como Austria-Hungría además de numerosos nobles franceses estaban enviando un notable caudal de divisas a las arcas del pretendiente. Por contra, desde Madrid, se trataba de continuar con el clima de ficticia bonanza económica que artificialmente venían manteniendo desde el principio de la guerra a base de endeudar cada vez de una forma más brutal al estado. En una guerra civil una subida de impuestos puede llevar a centenares de miles de hombres a pasarse al bando enemigo, eso estaba claro, pero de ahí a gastar más que nunca en educación o lucha contra la delincuencia, a no subir los impuestos del 33% a ninguna de las clases sociales y tratar de sufragar todos los gastos tan solo mediante la subida de los aranceles y los precios, era poco menos que un locura. Además, una subida de precios siempre incide sobre todo en los más pobres, lo que provocaba a su vez que el Gobierno se viera obligado a aprobar costosísimas medidas sociales como una sanidad pública aceptable para evitar el empobrecimiento masivo de la población. Así, si bien en ambos bandos se encontraban al borde de la bancarrota, algo natural en una guerra, era en el liberal donde, solos y sin ayudas exteriores, más cercana se intuía la catástrofe. ![]() Aunque tampoco le faltase razón al ministro de la Hacienda que, preguntado por la reina, se decía que le había respondido que, tal vez gastando ahora en los súbditos y su educación, evitásemos más guerras en el futuro. Lo cierto es que, como bien dice el refrán, a perro flaco todo son pulgas, y la ilegalización de la esclavitud (medida aprobada para no contrariar a los escasos gobiernos liberales que apoyaban a la reina), el aumento del gasto en educadores que llevasen a cabo la alfabetización nacional y demás políticas por el estilo tan solo venían a agravar la ya galopante crisis. Y ni siquiera una desamortización de los bienes de la Iglesia, que hubiera parcheado la situación, se consideró oportuna pues no se quería soliviantar más a los curas. Y, para colmo, los carlistas seguían avanzando en todas direcciones. Urgull e Igeldo Tras la caída de Bilbao las fuerzas sitiadoras habían incrementado notablemente su actividad. Al principio se conformaban con lanzar andanadas artilleras de vez en cuando y poco más, pero, ahora, con más moral y algunos hombres recuperados del frente vizcaíno, parecía que el ataque final no se iba a postergar hasta ver morir lentamente a la ciudad de hambre. Además, el ejemplo de San Sebastián, estaba empezando a elevar la moral de las tropas liberales en todos los frentes. Precisamente cuando menos alimentos y armas llegaban al puerto, cuando más baja debía ser la moral, más unido se encontraba el pueblo y más ejemplo de fortaleza daban. Se dice que fue el general Cabrera quien, sabedor de la merma que para los suyos había supuesto la muerte de Zumalacarregui durante la toma de Bilbao trazó un plan que bautizó él mismo como la “Gran Ofensiva” y que buscaba la caída simultanea de Madrid, Barcelona y San Sebastián. ![]() Lo más complicado de su estrategia era lograr simultanear un levantamiento en Barcelona contra las tropas allí acantonadas con el ataque a Madrid, pero para sorpresa de muchos de sus colaboradores, el plan salió a pedir de boca y, de la noche a la mañana, las desmoralizadas tropas liberales se vieron luchando por mantener sus principales plazas. En San Sebastián el ataque comenzó un par de días después: conscientes del éxito de los primeros momentos, los sitiadores comunicaron al alcalde que, o rendía la plaza o esta sería tomada a sangre y fuego. A la negativa del alcalde le siguió un bombardeo de casi tres horas en el que más de trescientos vecinos perdieron la vida. Cuando terminó, lo que esperaba a continuación era conocido por todos. San Sebastián se encuentra enclavado en la bahía de la Cocha y rodeado por los montes Igueldo y Urgull. Aquél que controlase los fuertes que los protegían tendría la ciudad a su alcance. Lo que él había de hacer estaba no menos claro: sus hombres, buenos marineros aunque escasamente preparados para un combate cuerpo a cuerpo en tierra le siguieron hasta el fuerte que protegía el monte Igueldo. No llevaban muchas armas y tampoco abundaban las municiones, pero al menos estaban protegidos del fuego de la artillería carlista. Junto a ellos, vecinos y refugiados calaban bayonetas junto a los barbacanas. Pocos tiros habría, todo sería cuestión de rajar o ser rajado… Una gitana de Cádiz Dicen que fue una gitana de Cádiz la primera persona que avistó a la flota rompiendo la línea del horizonte. Otros dicen que fue un padre franciscano. Fuera quien fuera, a los pocos días toda la provincia lo sabía ya: treinta mil hombres, en su mayoría antillanos habían desembarcado procedentes de Cuba y habían quedado a la espera de órdenes acuartelados en Sevilla y Cádiz. La noticia aún tardaría dos semanas en llegar a Madrid, envuelta como estaba en el ataque carlista, y se la llevaron los propios hombres destinados en Toledo y que habían sido enviados a la capital ante el más que seguro riesgo de que ésta cayese. La balanza estaba comenzando a inclinarse del bando liberal, y no solo en Madrid, donde el contingente toledano había obligado a los carlistas a levantar el sitio y huir, también en Barcelona las tropas leales habían sofocado el levantamiento con rapidez y comenzaban a reforzarse con los grandes contingentes reclutados meses atrás. ![]() Tan solo San Sebastián había de seguir resistiendo, sola y aislada, los constantes ataques carlistas. Cada vez con menos hombres y sin medios apenas, ya habían sido rechazadas cinco oleadas y parecía que a la sexta no le quedaría mucho tiempo más de vida. De los sesenta hombres que le habían acompañado al fuerte le quedaban treinta y cinco. De esos tan solo cuatro podían presumir de no tener ni un rasguño. Un enorme corte bajo su ojo derecho, marca que le acompañaría ya el resto de su vida, durase ésta lo que Dios quisiera que fuese a durar, le impedía poder presumir de su suerte. Al principio, los tres primeros días, había estado intranquilo, asustado, preocupado por no fallar a sus hombres, a aquellos a los que había hecho permanecer a su lado, después, poco a poco, empezó a pensar que él ya estaba muerto y que aquello era solo un cruel purgatorio antes de su más que segura bajada al infierno. Había visto morir a tantos a su lado y a tanto frente a él, exhalando su último aliento al cabo del filo de su bayoneta, que ya todo parecía no importarle nada. Ni vivir ni morir parecían cosas que tuvieran mucha importancia en ese momento, en ese lugar. El silbido de Satanás La mañana del trigésimo día de asaltos llegó envuelta en una espesa bruma marina que no permitía ver a más de dos varas. Tan solo los gritos descarnados de los asaltantes carlistas les permitían saber que de nuevo el enemigo marchaba a la carga contra ellos. Durante tres horas estuvo manteniendo junto a otros tres hombres, uno de ellos casi un niño, la puerta este del fuerte. Le dolían los brazos, el cuerpo entero, el alma. Apenas había dormido los últimos tres días, y menos aún comido, más, aún así, resistió. Resistieron, él y sus tres camaradas. Ni uno solo de los treinta o cuarenta carlistas que trataron de entrar por allí pudo regresar a la niebla que los escupía con algo de vida en su interior. Sin embargo, cuando la niebla se dispersó a media mañana, aún se sorprendió al comprobar que su capacidad de sentir dolor todavía podía aumentar más si cabía. Abajo, en las faldas del monte, junto a un lienzo de muralla que estaba pronto a caer dando lugar a una formidable brecha, se acumulaban más y más tropas de refresco recién llegadas del feudo reaccionario de Tolosa. Aquello era el final. Ellos había resistido, pero la ciudad iba a sucumbir igualmente al asalto carlista. Una lágrima, tal vez la última de su vida, surcó su cara manchada de sangre y pólvora reseca. De pronto algo silbó muy fuerte sobre su cabeza. Se sobresaltó mientras un escalofrío recorría su cuerpo velozmente. Si aquel ruido no era obra del mismísimo Satanás él acababa de salir de un baño turco. Inmediatamente, sin darle tiempo ni a él ni a ninguno de sus compañeros a reaccionar, a ese silbido le siguieron tres más. Luego diez. Luego más, tal vez un centenar. Del lado norte y este del fuerte comenzaron a llegar a través de las galerías gritos desgarradores. ¿Aquellos gritos no sonaban acaso a júbilo?. ¿No eran gritos de alegría lo que llegaba a sus oídos?. Aún miraba extrañado al muchacho que tan valientemente había permanecido a su lado en la defensa del último ataque cuando el suelo comenzó a retumbar. Era como si alguien estuviera echando colchones al suelo, un sonido sordo y hueco. Abajo, a sus pies, junto al lienzo de muralla pronto a derrumbarse, un centenar de balas de cañón caían sobre los atacantes dejando entre muertos y heridos de la primera andanada a más de la mitad. Del lado norte comenzaron a llegar hombres corriendo, llorando, cantando, abrazándose, gritando. Uno de ellos, piloto de una de sus pinazas, le empujó al lado norte del fuerte mientras le quitaba el sitio para contemplar el escenario que se sucedía a sus pies junto a la muralla. Aún sin comprender del todo recorrió las angostas galerías en dirección a la parte norte. A su paso, el hedor de la muerte que durante días les había acunado a cada hora, dejaba paso a la alegría de aquellos con los que se cruzaban. El primer golpe de luz casi le cegó al asomarse, por poco lanzarse, por una de las troneras del fuerte. Al poco sus ojos comenzaron a dibujarle el paisaje más maravilloso que jamás hubiese contemplado: frente a él, junto a la costa, rodeando y cerrando la bahía, cerca de un centenar de buques de guerra habrían fuego contra las tropas acuarteladas al otro lado de las murallas. Tal vez alguno de los marineros que aquella mañana, medio día ya, le vieron asomado junto a otros centenares, sucio, hecho harapos, gritando como un loco, riendo bajo el silbido de las granadas de los barcos, pudo olvidar con los años ese día. Él, eso seguro, no. ![]() Un mes después, controladas ya Bilbao y San Sebastián, Tolosa y Pamplona, el ejército liberal marchó sobre Estella. En Levante, abandonadas sus posiciones cuando los carlistas tuvieron noticia de la perdida de sus feudos norteños, las cosas no marchaban mucho mejor. Poco a poco el frente estaba cayendo por todas partes y, aunque los carlistas aún controlaban gran parte del tercio norte, estaba claro que si no eran capaces de resistir en Estella, capital oficiosa del reino, todo habría acabado para ellos. La furia sin fin, la paz por fin Espartero, a lomos de su caballo, muy hombre, muy viril, muy como a él le gustaba, galopó sin prisa frente a las primeras filas de su ejército. ¿Así se sentirían Alejandro Magno o Cesar?. Tal vez. Al final, lo poco agrada pero lo mucho cansa, trotó hasta una pequeña loma desde la que pudiera ser visto por el mayor número de soldados posible y arengó a gritos a todos los presentes. Mucho de España, mucho de señores soldados, mucho de valor y cojones, y no menos de perros carlistas a los que iban a ensartar uno a uno. A él, tras resistir el cerco a San Sebastián, aquello le sonaba a música celestial. Podía haber permanecido en la, a pesar de todo, “bella Easo”, pero no quería perderse por nada del mundo el espectáculo de poder entrar a saco en Estella. Bastante pena le había dado haberse perdido el primer ataque por quedarse en Tolosa unos días junto a su madre y hermanas. ![]() Tras un primer ataque que los carlistas habían podido rechazar con mejor que peor fortuna, se aprestaba a ejecutarse un segundo y, como había prometido Espartero, habría un tercero, un cuarto, un quinto. Una furia sin fin acompañaría a las armas liberales hasta ver a los carlistas derrotados, había jurado. Desmoralizados, cansados, escasos de hombres y armas, los carlistas no aguantaron mucho. Él no es que sacase mucho botín, pero al menos tendría para pagarse una tercera pinaza con la que reflotar su negocio. Además, ahora lo sabía, contaba con un puñado de hombres que, además de estar dispuestos a todo, eran sus hermanos. Hermanos de sangre y sitio. Malos tiempos podían llegar que peores no iban a ser. Dos semanas después de la toma de Estella y en calidad de representante de los héroes de San Sebastián, presenciaba como el carlista general Maroto se rendía en lo que se llamó el “Abrazo de Vergara”. La guerra había terminado y todos los soldados carlistas pasaban a formar parte del ejército liberal. Aún es más, dos divisiones aún en periodo de instrucción también se integraban a las armas nacionales. Tal vez fuera una paz demasiado clemente, pero no era hora de venganzas con quienes, a fin de cuentas, habían luchado de frente y con valor. Ahora era momento de reconstruir una nación entre todos, incluidos ellos. Desde luego, la crisis económica era un negro nubarrón no muy lejano, pero la paz permitía mirarlo con optimismo. A eso y a lo que fuera. Al final, la reina madre había tenido razón. No se trataba de vencer. Había que vencer y convencer. Last edited by Yuste; 13-06-2006 at 13:12. |
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#2 |
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Otomaníaco y racinguista
![]() Join Date: May 2005
Location: Santander, Cantabria
Posts: 2,493
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¡AAR del Vicky!¡¡Con España!!
Aqui tienes un lector fiel asegurado. Y excelente capítulo. |
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#3 |
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Gran Maestre
Moderator
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Join Date: Jun 2002
Location: Zaragoza (Aragón, Spain)
Posts: 2,936
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Interesante ...
¿y el siguiente capítulo?
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Mi Web de EU2: AAR Orden Hospitalaria Web de estrategia: glosario, clasificación, análisis Co-webmaster de EuLatino Somos las espadas en la oscuridad, los vigilantes del muro. El fuego que arde contra el frío. La luz que trae el amanecer. El cuerno que despierta a los durmientes. El escudo que protege los reinos de los hombres Socio #29 del Club de Solter@s Paradoxeros Sin Fronteras |
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#4 |
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¡Cuidado, adolescente!
Join Date: Aug 2006
Location: Invadiendo Rusia en invierno
Posts: 575
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Interesante AAR ,sigue posteando y no cambies tu estilo.
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#5 |
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Guardia de la Noche
Join Date: Dec 2002
Location: El Muro
Posts: 1,577
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Asi se empieza! A ver que pasa en el segundo capitulo!
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Cuando el hacha entro en el bosque un árbol le dijo a otro "No temas, el mango es de los nuestros" (Proverbio oriental) El culebron de las AAR: Los McLean sobrevivi como aldeano en Villalobos II sobrevivi como lobo (saboteador) en Villalobos IX |
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