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Old 23-12-2003, 19:58   #1
Gorion
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Don Álvaro o la Fuerza del Condestable. Crónica del reinado de Juan II.

Este es mi primer Reporte de Después de la Acción. Lamentablemente, mientras jugaba pensaba que estaba tomando screenshots, pero no era así. Lo único que puedo ofrecer hasta después de la primera guerra es uno tomado en 1419. La partida está jugada con el EU2 1.07 y la última versión del EEP, en very hard/normal.

El Reino de Castilla y León


Su Majestad Real



Don Juan de Trastámara,
por la gracia de Dios Rey de Castilla y de León, de Galicia, de Toledo, de Sevilla, de Córdoba, de Jaén, de Murcia, de los Algarves y de las Islas Canarias, Señor de Vizcaya y de Molina

DIP: 4 MIL: 5 ADM: 4

El Bueno

Nuestro héroe
Don Álvaro, Condestable de Castilla

El Malo

Cabeza de la malvada rama aragonesa de la familia Trastámara
Alfonso, Rey de Aragón


INTRODUCCIÓN

Alcázar de Segovia
Primero de Enero del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Diez y Nueve




El salón de ceremonias supuraba nobleza. Los Grandes del Reino, envueltos en la más fina tela italiana, se entremezclaban con la flor y nata de la Iglesia castellana. Aquí y allá podía verse algún dignatario extranjero acompañado por su séquito más o menos numeroso. Entre todos ellos destacaba Alfonso el Magnánimo, Rey de Aragón, que aparentaba estar encantado con el destino de su primo. Recogido en una esquina, conversaba animadamente con sus hermanos Enrique y Juan. Estos se habían quedado en Castilla para regentar las extensas propiedades de la familia, tras partir su padre Fernando a Aragón para hacerse con el trono de dicho país, hacía ya siete años. Su primogénito Alfonso le había sucedido, y desde entonces veía raramente a sus hermanos pequeños.

Las conversaciones se detuvieron cuando el mayordomo real anunció a viva voz la llegada del Rey de Castilla. Juan de Trastámara, luciendo las galas ceremoniales con los motivos del Castillo y el León, penetró en la sala con paso firme. O al menos, intentaba dar impresión de firmeza. Juan era un jovencito de 13 años, que había crecido viendo cómo su madre y su tío se tiraban los trastos a la cabeza para repartirse el poder. Su poder. Afortunadamente para el reino y para la paz familiar, su tío Fernando había divisado pastos más verdes en la vacante Corona de Aragón y había dejado el gobierno castellano en las manos de su cuñada Catalina. La madre del chiquillo se encargó pues de la regencia hasta su muerte, ocurrida hacía unas semanas.

Aquella ceremonia, en la que Juan iba a ver reconocida su mayoría de edad, era su primera prueba como dignatario. Acabó de recorrer el salón y, volviéndose, comenzó a hablar, pronunciando sílabas, palabras que sonaban extrañas a sus oídos, como si el que las emitía fuese el rechoncho embajador francés y no él mismo. Las había memorizado hacía tan sólo unas horas. Contempló como en sueños cómo los presentes se inclinaban, se alzaban, pronunciaban juramentos, se volvían a inclinar, uno de ellos se adelantaba y decía algo, mientras el Rey niño se movía y contestaba mecánicamente, y la escena parecía repetirse en el infinito, hasta que sólo una pequeña fracción de su ser seguía atenta a la representación.

¿Os ocurre algo, majestad? Juan se dió cuenta de que la ceremonia había terminado, y de alguna manera, había bajado del estrado y se encontraba entre los nobles que conversaban entre sí. Los cocineros habían entrado portando viandas y unos músicos se habían puesto a tocar en una esquina. Se recordó que tenía que felicitar a su mayordomo por cumplir tan bien sus órdenes.

Oh, no os preocupéis, Don Álvaro, estoy... nervioso, eso es todo.

Es normal, Majestad. Hablar en público siempre el difícil, sobretodo a vuestra edad. Si lo deseais, yo puedo daros algún consejo. Fui amigo de vuestra madre, ¿sabéis? Ella hubiera estado muy orgullosa de vos, estoy seguro.

"Es un tipo agradable, este Don Álvaro", pensó el Rey. Pasaos mañana por mis aposentos, Don Álvaro. Me gustaría que me hablaseis de mi madre. Y ahora, comamos.

Será un placer, Majestad, contestó Álvaro con una sonrisa.

PRIMEROS ACTOS DE GOBIERNO (1419-1423)

En los meses que siguieron a la ceremonia, Álvaro se ganó la confianza del joven Juan. A base de cacerías compartidas y clases de política y esgrima, el Rey llegó a considerarle su amigo. Fue aconsejado por Álvaro como el Rey Juan tomó sus primeras decisiones en materia administrativa. Reorganizó el sistema fiscal en la Meseta y concedió licencias a mercaderes castellanos para que se establecieran en Lisboa (creación de recaudadores en Castilla, León, Toledo y Estremadura, envío de mercaderes a Tago). Con los nuevos ingresos que obtuvo así la Corona, se fortalecieron las mesnadas reales (+1 en calidad, reclutamiento de 5000 de caballería). La buena mano del Rey dió sus frutos, y la estabilidad del reino aumentó y se abrieron nuevos caminos reales para fomentar el comercio (evento de buenas políticas de gobierno).
Pero el destino soplaba nubes de mal agüero en dirección a Castilla.

Un bosque en las cercanías de la Villa de Olmedo
Séptimo Día de Febrero del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Veinte




JUAN:¿Buena cacería, verdad Don Álvaro?

ÁLVARO:Sin duda, mi señor. Pero debemos regresar a la villa. Ya anochece.

GUARDIA REAL:¡Alto ahí! ¿Quién va? Deteneos en nombre del Rey.

MENSAJERO:¡Porto una misiva del Rey de Aragón! (inclinándose). Majestad, vuestro amado primo os ofrece una alianza y os ruega ayuda para defenderse de la agresión del injusto Papa y de los perros napolitanos que le apoyan. Sus posesiones en Sicilia peligran, pero no duda de que los bravos guerreros de Castilla no permanecerán impasibles ante un daño a vuestra familia y a España entera.

J: (palideciendo) Yo... supongo que debo ayudar a mi misma sangre... mensajero, decidle a vuestro Rey que...

Á: Un momento, Majestad. (en un aparte). Amigo mío, lo que vuestro primo tenga en Italia él se lo ha buscado. Desde que accedió al trono ha tenido sueños de gloria italiana y desvaríos peligrosos en un Rey cristiano. La injusta agresión no es tal, sino legítima defensa. Y por si fuera poco, no podéis ignorar que una guerra con el Papado, aparte de inmoral y canallesca, echaría por tierra nuestras exportaciones de lana. Recordad que la aristocracia ya ha protestado por los aranceles en la Meseta, y esto podría empujarlos a la sublevación abierta. Recordad también que son los hermanos de Alfonso los que dirigen el partido nobiliario. Temo, y me duele tener que decíroslo a vos, que os considero un amigo aparte de un Rey, temo digo, que vuestro primo pretenda ver a su hermano Juan ocupando vuestro trono.

J: ¡Dios mío! Vete a tu reino, mensajero, y dile a tu amo que Castilla no puede permitirse el sacrificio que nos pide.

A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. El 22 de abril, el rey moro de Granada cancelaba su vasallaje para con Castilla, y al día siguiente, sorprendía al mundo aliándose con Aragón y declarando la guerra al heredero del sillón de Pedro. La aberración que eso supuso se comentó durante meses en todas las cortes bienpensantes de Europa, al igual que se comentó la cobardía castellana. El Rey Juan no siguió el curso que parecía más normal, y se abstuvo de invadir Aragón y Granada. La delicada situación del tradicional aliado francés probablemente fue el motivo que frenó la espada justiciera de nuestro reino. En lugar de eso, Juan se contentó con firmar una alianza con el vecino portugués con el objetivo de asegurarse las espaldas.

El 17 de octubre tuvo lugar un acontecimiento bochornoso que estuvo a punto de empujar a toda la Península a la guerra. Enrique de Aragón, el hermano de Alfonso y cabecilla del partido nobiliario, en un acto de traición sin igual, encerró a Juan durante varias horas en su propio palacio de Segovia y trató de obtener de él concesiones arancelarias. Afortunadamente, los leales a la Corona retomaron rápidamente el Alcázar. Álvaro tuvo que utilizar todas sus dotes diplomáticas para evitar que Juan declarase la guerra esa misma noche. Se dice que el Rey estaba tan enfadado que ordenó ejecutar a todos los seguidores de Enrique, y a este lo mando encerrar en la mazmorra más profunda del Álcazar después de golpearlo durante una hora.

Trancurrieron dos años de tensas relaciones entre el Rey y su nobleza, y de ocasionales escaramuzas en las frontera orientales. Juan se sentía cada vez más a gusto en las labores administrativas, pero también más dependiente de Álvaro. Éste último aconsejó a Juan que se limitara a esperar y a observar, mientras el ejército aragonés era masacrado en Italia. El noble caballero de Luna subió puestos con asombrosa rapidez en la administración castellana. La nobleza murmuraba que el Rey estaba dejando al reino en manos de un valido de oscuro origen aragonés con aires de grandeza, autoritario y militarista. El incipiente patriarcado urbano favorecia sin embargo a Álvaro, más que nada, por aquello de que "el enemigo de mi enemigo...". Lentamente, se estaba fraguando una lucha de intereses entre el partido nobiliario, acaudillado por Juan de Aragón, y el partido realista de Don Álvaro. Hubo reunión de Cortes en Valladolid, y las diferencias entre la nobleza y el tercer estado, que apoyaba al Rey, evitaron que se alcanzase ninguna resolución, aparte de forzar a la Corona a que liberase al levantisco Enrique de Aragón. La estabilidad de Castilla pendía de un hilo.

Finalmente, el 1 de enero de 1423, el Rey nombró a Don Álvaro Condestable de Castilla y le puso al mando del ejército real, con órdenes de encaminarse a Sevilla. Una parte importante del mismo le fue confiada al Conde de Talavera, que se dirigió a Molina, en la frontera con Aragón. El nombramiento sentó como un desaire al partido nobiliario, que lo publicitó ampliamente en Burgos, Valladolid, Salamanca y demás ciudades importantes como "el triunfo final de un déspota sediento de poder, y la subyugación de la libertad del Reino a los designios personales del amigo favorito del Rey".

La Alhambra, Granada
Vigésimo Tercer Día de Enero del Año de Nuestro Señor de Mil Cuetrocientos Veinte y Tres




Hacía un maravilloso día en la capital de Al-Andalus para esa época del año. El viento del Sur había barrido el cielo de nubes, y el Sol calentaba los ánimos y la tierra. La nieve relucía primorosamente en las cimas de Sierra Nevada. El Sultán era feliz. Se encontraba en el Patio de los Leones disfrutando del clima mientras un poeta le recitaba sus últimas composiciones.
En ese momento entró un mensajero, que tras los saludos de rigor le entregó una misiva con el sello real de Castilla y León. Mohammed IV rompió la cera y desenrrolló el pergamino. Decía así:

Toledo, 2 de enero de 1423:

Nos, Don Juan de Trastámara, por la gracia de Dios Rey de Castilla y de León, de Galicia, de Toledo, de Sevilla, de Córdoba, de Jaén, de Murcia, de los Algarves, de las Islas Canarias, Señor de Vizcaya y de Molina, considerando que Vos, Rey de Granada, por causa de romper vuestro juramento de fidelidad hacia Nos, sin motivo ni daño alguno por Nuestra parte, y hacer guerra contra el Santísimo Padre de Roma, Representante de Nuestro Señor Jesucristo en esta tierra, y mantener actitudes infieles y heréticas, habéis vulnerado el sagrado principio de la convivencia entre naciones y habéis roto el pacto feudal que os ataba a Mi como Señor, perdiéndo así el beneficio sincero de Mi protección y amistad, mando a Mis leales que marchen contra Vos en justa guerra, para daros justo castigo y os anuncio el estado de hostilidad bélica entre Nuestros reinos.
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Old 23-12-2003, 23:15   #2
Umarth
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Bravo! Excelente comienzo.
Una preguntilla si no te importa, ¿cómo es que era vasalla Granada de CyL? ¿En este mod es vasalla, o te la vasallizaste previamente?
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Tu destino está en ti mismo, no en tu nombre.

Capitán del HMS Inflexible (RPG Jutlandia).
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Old 24-12-2003, 10:00   #3
Gorion
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Pues si, en el EEP Granada empieza como vasallo para impedir que Castilla se la coma antes de tiempo.
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Old 25-12-2003, 19:22   #4
elmitxel
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Muy buen AAr Gorion, me gusta el tonillo que le estas dando a la narracion.
Suerte y vamos a esperar a la proxima actualizacion
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Old 25-12-2003, 23:28   #5
Gorion
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GUERRA EN LA PENÍNSULA (23 de enero de 1423/1 de enero de 1425)

11 leguas al sureste de Sevilla
Vigésimo Día de Marzo del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Veinte y Tres




En lo alto de una árida loma, barridos por el viento que sube desde la llanura, se encuentran cuatro jinetes. Uno de ellos es don Diego de Rojas, enviado del rey. Sus tres acompañantes constituyen su guardia personal.

Don Diego: Paresciera que los moros se baten en retirada. Ved a Don Álvaro cómo les hostiga la retaguardia, capitaneando a nuestros arrojados caballeros. ¡Juro a Dios que es un hombre de valía, de la imagen de aquel Rodrigo Díaz de los cantares!

Los otros: ¡Es el mancebo más noble de Castilla!

DD: ¿Veis, Tomasito, cómo no se equivocaba Don Álvaro al esperar aquí a los moros? ¡Mucho daño les hace a los infieles nuestra superior caballería en estas planicies sevillanas, que no les haría en las peñas de Granada!

Tomasito: ¡Bah! Igualmente les hubieran sometido nuestras mesnadas en Granada, o en Roma, pues tales infieles son poco aptos para las labores de la guerra, y quebrántanse sus hombres a la vista de un fiero caballero de Castilla. Estaríamos ya a las puertas de Granada y no aún en Castilla, si fuera yo el que comandara esas huestes.

DD: ¡O felón! ¡O loco travieso! Perdonan tu estulticia las boberías propias de la juventud. Deja al César lo que es del César, y la guerra a los verdaderos comandantes. Pero en pago por tu lenguetería, te encargo que te quedes conmigo, mientras tus dos compadres corran a Toledo a informar al Rey de la victoria, que él les sabrá corresponder con mercedes dignas de tal nueva.

Los Dos: Partimos presto, mi señor.

(Don Diego y Tomasito bajan al campo de batalla. Aparece Don Álvaro exhultante, con la armadura abollada y cubierta de sangre)

DD: ¡Enhorabuena, don Álvaro! Castilla entera os honrrará mañana. Los moros corren en desbandada como alma que lleva el diablo, a refugiarse en Sierra Nevada. ¡Muchos lustros han de pasar antes de que un ejército infiel ponga el pie en Castilla! ¡Qué feliz día para la Cristiandad!

Álvaro: Dios os oiga, mi bien amado amigo. Pero luego habrá tiempo de entender de festejos. ¿Hay nuevas de Aragón? ¿Se han decidido ya los navarros?

DD: Precisamente arrivó un mensajero del Norte mientras vos librabais esforzada lucha en el llano. El muy leal Conde de Talavera asedia ya Zaragoza. Ningún ejército enemigo parece por Aragón, salvo pequeñas partidas desorganizadas. Mas el necio Rey de Navarra, que en un principio paresció dudoso de apoyar a los traidores y heréticos aragoneses, marcha con una importante mesnada hacia la villa de Bilbao.

Á: ¡A traidor! Pagarán sus felonías todos ellos, ya lo veréis. El buen Rey Juan de Portugal, único vecino valioso en tal nido de víboras, ha enviado aguerridos soldados a Castilla para que la defiendan de invasiones y traiciones de los perros seguidores de Alfonso. Pero dejemos esta agradable charla para momento más ocioso. Debo preparar al ejército de nuestro señor para dar persecución a los granadinos. La villa de Gibraltar aguarda a ser liberada y su vuelta al redil de Cristo será motivo de gozo para toda Europa.

Murcia se rebela, Cantabria se rinde

El 1 de enero la Ciudad de Murcia amaneció a un asedio. La numerosa población rural, mayoritariamente mahometana, calentada durante meses contra el Rey y su valido por el partido nobiliario, se había levantado en armas durante la noche, proclamando su apoyo a los "agredidos granadinos" y haciéndose eco de muchas de las quejas de los infantes de Aragón. La eficiencia de los sublevados llevó a pensar en la existencia de una mano negra detrás del tumulto. Muchos murmuraron el nombre del vengativo Enrique de Aragón, pero no se pudo probar nada. El caso es que sólo Murcia y Cartagena permanecieron fieles al Rey, rodeadas por más de veinte mil campesinos pobremente armados, que controlaban el resto del Reino de Murcia. Los ejércitos reales, ocupados en Gibraltar y Zaragoza, se mantuvieron al margen, y durante nueve meses los rebeldes camparon a sus anchas.
"Las desgracias nunca vienen solas", según el sabio pueblo de Castilla. El 28 del mismo mes, el ejército de Navarra, después de importantes victorias en Guipúzcoa y Vizcaya, aceptaba la rendición de Santander. Una parte importante del norte de Castilla quedaba en manos enemigas. El viejo rey Carlos, llevado por la euforia, exigió que se le entregaran esas tierras a Navarra, incluyendo la gran Ciudad de Burgos, Caput Castellae. Juan se lo tomó como una afrenta personal, y mandó contestar a Carlos que si quería Burgos, antes tendría que tomar cada plaza y villa de Castilla y León. (cómo se pasa la IA con las ofertas de paz).

Una herrería de Zaragoza
Vigésimo Día de Octubre del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Veinte y Tres




El corpulento Pedro afilaba cansinamente su última obra, un mandoble de recio acero, decorado en su empuñadura con una retahíla de leyendas en latín. Era el capricho de un noble zaragozano, el regalo que tenía pensado para su hijo a punto de casarse. Tan concentrado estaba y tan alto era el ruido de la afiladora, que se sobresaltó cuando alguien le puso la mano en el hombro, y a punto estuvo de lanzarle el mandoble a la cabeza.

-¡Tranquilo, viejo truhán! ¿Es esa forma de saludar a un amigo que viene a visitarte? - Pedro se tranquilizó al ver que era Pablo, el zapatero.

-¡Mal diablo te lleve! Casi me sacas el corazón del pecho. - El herrero se apartó un mechón de negro cabello de la cara, dejó a un lado la espada y se levantó para saludar a su amigo.

-¿Te has enterado? Acabamos de rendirnos. Los notables de la ciudad en pleno se inclinaron ante el malnacido general castellano y le entregaron las llaves de la ciudad.

-Ya me olía algo, ayer la soldadesca dejó de atosigarme a encargos. ¡En buena hora! Esta misma hoja que ves ahí, llevo dos meses con ella encargada, y hasta hoy que no he podido ponerme.

-¡Caradura! ¡Vago! ¿Te quejarás de tener abundante trabajo? ¡No sabes los que es un asedio para el provecho de un humilde zapatero! - comentó lastimeramente Pablo, sacudiendo su rubia melena.

-Se ve que conoces bien poco mi negocio- dijo Pablo negando con la cabeza - Una sola daga que le cuele a un noble me aprovecha más que mil arreglos a un miserable soldado. Y con el cuento de la guerra me veo obligado a hacerles descuentos. - El herero bufó para dejar clara su opinión de la guerra. - Pero digo yo, ¿que hay de nuestros amigos, los navarros? Los pregones no se cansaban de repetir que resistiésemos, que ya Navarra controlaba media Castilla y que era cuestión de tiempo que levantasen el asedio a Zaragoza.

-¡Ay, los navarros! ¡Ay, los malnacidos! El hideputa de su Rey, cual vil mendigo, aceptó 97 míseros ducados del perro Juan a cambio de retirarse a su patria y dejar la guerra y el apoyo a nuestro bienamado Alfonso. - Pablo parecía verdaderamente ofendido por la cobardía del aliado.

-¡Tranquilízate, enano! Esas riñas de reyes e hijosdalgo no son de nuestra incumbencia. Comámos y holguémos, que es ya mediodía y yo te invito. ¡Vamos al mesón de Justo! - dijo alegremente Pedro mientras asestaba un cariñoso puñetazo al brazo de su amigo.

Frente a la costa de Almería
Tercero de Febrero del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Veinte y Cuatro




El cielo amenazaba lluvia, la mar, como presa de una pesadilla, se agitaba intranquila. Gotas ocasionales caían sobre las cubiertas de la flota que se dirigía al puerto de Almería, luciendo el pabellón rojodorado de Aragón. Los tripulantes venían a apoyar a sus aliados granadinos, cuya capital ya estaba siendo asediada por Don Álvaro, que hacía un mes que había tomado Gibraltar.
De pronto apareció en el horizonte un nutrido grupo de navíos. Un grupo heterogéneo, con buques vizcaínos y gallegos más aptos para el Cantábrico, galeras mediterráneas de Cartagena e incluso barcos de la armada real portuguesa. Era la flota de Castilla y León.
El comandante aragonés debió de verlos, porque sus navíos intentaron alcanzar la protección del puerto. Pero era demasiado tarde. Los castellanos habían sabido escoger bien su vector de acercamiento.
La batalla careció de estrategia. Los navíos se rociaban unos a otros de flechas, mientras los castellanos intentaban acercarse lo suficiente como para abordar. Cuando lo conseguían, se entablaba una sangrienta lucha en la cubierta, como la que se pudiera haber entablado en una taberna de tierra firme. La batalla fue larga, pero finalmente prevalecieron los números. Los aragoneses se retiraron hacia el Este, dejando tras de sí varios barcos de ambos bandos ardiendo o hundiéndose.
La ayuda a Granada se había cortado.

Tienda de Campaña del Conde de Talavera, cercanías de la ciudad de Valencia, en poder castellano
Madrugada del Décimo Día de Abril del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Veinte y Cuatro




En el centro de la tienda hay una mesa de campaña con mapas y manuscritos. A la derecha, en un sillón de mármol ricamente decorado, se sienta el Rey Juan. Por la izquierda entra una figura encapuchada.

Alfonso, Rey de Aragón: (quitándose la capucha y descubriéndose) Espero que se respete la palabra que me ha sido dada, o vil traidor, primo ingrato que agredió sin motivo ni razón a mis aliados y mató y causó daño y perjuicio grande a mi reino y a mis súbditos.

Juan: (enfureciéndose) ¡Cállate, rata! ¡Guárdate tu palabrería! No soportaré tus necias razones ni tu venenosa envidia. Propón lo que hayas de proponer, que no me hagas creer que yerré aceptando tu súplica de parlamento.

A: ¡Ay, que pensara mi padre, tío tuyo que te cuidó cuando eras un mocoso imberbe, si nos viera ahora! Yo te perdono, primo mío, comprendo tu confusión y tu afrenta, dejado llevar por el pérfido Don Álv...

J: ¡No oses mentar ese nombre! Muy grande te queda, rata.

A: (en bajo) Ya pagarás, tu maldita osadía y tu maledicencia tragarás.

J: ¿Qué murmuras?

A: Decía, primo mío, que en señal de amistad, y con el sano y leal deseo de restablecer las relaciones acordes a los lazos de cariño y familia que nos unen, te ofrezco 107 ducados, para reparar aquellos gastos que te haya ocasionado la guerra, aunque gran esfuerzo e incomodo hacen a mis arcas tal desembolso. Pero nada importa cuando se hace por reparar amistades y enderechar familias.

J: ¿Y había de creerte? ¿Había de aceptar tu palabra, dejar tus ciudades y tierras, y confiar en que no volverás a conspirar con los infieles para echarme de mi trono? ¿Me tomas acaso por necio? Que ya sabes que dicen que cuando una vez te ofenden, es de sabios vigilar en adelante al ofensor y no creerlo y aceptarle promesas ni buenas palabras, y que hombre precavido vale por dos, etc.

A: En señal de amistad, estoy dispuesto a entregarte en matrimonio a mi hermana pequeña, María, niña de mis ojos y alegría de mis días, que sabes que me es más preciada que cualquier trono y corona, más valiosa que todo el oro del Preste Juan del que hablan las leyendas, que antes daría una pierna que verla en daño grande o pequeño.

J: Sea pues. Te tomo la palabra. Abandonaré Aragón y te tendré por buen y fiel amigo, que es de cristianos perdonar.

Granada cae, y el Sultán acepta la paz

El asedio de Granada se prolongó hasta el día de Navidad. Con la salida del Sol, el Condestable don Álvaro lanzó un asalto a las murallas de Granada. Se cumplían once meses justos del inicio del asedio, y los habitantes estaban agotados. Sus aliados les habían abandonado hacía tiempo. Los castellanos, con la moral elevada por la misa del gallo, convatieron valientemente y los nazaríes se riendieron a las pocas horas, con la condición de que la ciudad fuera respetada y los cristianos no pusieran el pie en ella.
Una semana después, el Sultán y Juan de Castilla firmaban la paz. Delante de la puerta principal de la ciudad, Mohammed IV le juraba vasallaje al Rey de Castilla, y en pago por su traición, le entregaba las tierras que rodeaban a la villa de Gibraltar.
El Conde de Talavera hacía tiempo que había pacificado Murcia. El último paso para restaurar la paz en el Reino era aplastar una rebelión de las tierras recién conquistadas, lo que se consiguió un mes después.

La antigua mezquita de Gibraltar, recién convertida en iglesia
Segundo de Febrero del Año de Nuestro Señor de Mil Cuatrocientos Veinte y Cinco




La ceremonia que se celebró ese día, que congregó a un público parecido a aquella que dio inicio a nuestro relato, tenía una finalidad doble. Por un lado, el joven Rey de Castilla se casaba con María de Aragón. Era una joven hermosa, algo mayor que él, que aparentaba estar feliz con el casamiento. Hizo de padrino su hermano Enrique, lo que sorprendió a muchos. Este dió durante el banquete un curioso discurso, que terminó "deseándo al novio suerte, en aquello que tenga que venir". Como padrino del novio ejerció Don Álvaro, y a muchos otros esto les indignó. Por otra parte, Juan adoptaba los títulos de Rey de Algeciras y Gibraltar como recuerdo de su victoria. El Papa mismo se los había otorgado, por la empresa que había calificado de cruzada. En realidad, muchos pensaban que lo que le agradecía era haberle quitado de encima durante un tiempo a Alfonso de Aragón.
En cualquier caso, el futuro parecía pintar brillante para el joven Rey de Castilla.
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Last edited by Gorion; 26-12-2003 at 00:01.
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Old 26-12-2003, 16:05   #6
beuckelssen
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Bravo, muy ameno el relato. Y bien escrito. La verdad es que al principio dude si leerlo o no. Más que nada porque la mítica partida con Castilla la tengo algo aburridilla, y me apetecía leer algo más exócito. Pero una vez que empecé a leerlo no pude parar hasta acabar.
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Old 25-02-2008, 05:10   #7
Octavio
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EU3 Collectors Edition OwnerHoI AnthologyGalactic AssaulterRome GoldHearts of Iron III
 
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ups, error mio
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Old 28-02-2008, 16:25   #8
Bogorchu
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Así me gusta, dando paso a la modernidad. ¿No has encontrado ningún AAR del EU1?
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Sobreviví en Berlín Oeste durante la saga VIII: Espías como nosotros siendo un simple agente metido a Garganta Profunda y proclamándome vencedor junto a Lukiskywalker tras acabar con todos los comunistas .
Unka bunka, viva mi tribu, su nación y sus diferencias. Enlace que no debe perderse
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