Ioannes Rex
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Un AAR Plantagenet
Capítulo II: Me aburro...
Durante el largo viaje al Reino de los Cielos tuve que hacer frente a uno de los mayores peligros jamás padecido por un cristiano: el aburrimiento ajeno, que podía tener lamentables consecuencias para mi salud. Por desgracia, el principe Juan tendía a aburrirse con una rapidez pasmosa, asaz diabólica, si me apuran vuestras mercedes. Además, las diversiones disponibles en Irlanda no eran del gusto mundano de su alteza. Por suerte partimos para Tierra Santa antes de que el aburrimiento llegara a ser peligroso.
Pero un barco tampoco es un lugar excesivamente entretenido -a menos que se trate de navegar en plena tormenta, que es otro tipo de diversión completamente diferente, huelga decirlo-. Para ello opté por transmitirle mis conocimientos sobre el reino de Jerusalen.
Para empezar, el principal apoyo del reino cruzado, el Imperio bizantino, estaba, como mandaban sus tradiciones, en completo desorden. Todavía se estaba recuperando de la derrota sufrada, una docena de años atrás, en Myriokephalon, a los que sumaron las intrigas y luchas internas que siguieron al golpe de estado de Andronico Commeno en 1182, que desataron las tradicionales venganzas, purgas y masacres de rivales a las que tanta afición tienen los bizantinos. El principe Juan estaba encantado con estas historias, tan cercanas a su corazón, pero dejó de estarlo pronto cuando le informé que esto había reducido a Bizancio a una potencia de tercer orden en Oriente Medio, con poca influencia en los sucesos internacionales. Lo cual equivalía a decir que Jerusalén perdía así a uno de sus mayores valedores.
Peor aún, el Basileus, Isaac II Ángelo tenía sus asuntillos pendientes con el rey normando de Sicilia, Guillermo II, desde que éste intentara invadir los Balcanes en 1185 y su posterior interferencia en los asuntos de Isaac con Chipre, ya que Guillermo apoyaba al rebelde Isaac Comneno, que se había hecho con el control de la isla. Esta pugna no hacía sino complicar el panorama para Jerusalén.
De Saladino no hacía falta decir mucho. Señor de Egipto y de Siria, era quizás el potentando más poderoso de todo Oriente Mediop. Juan estaba al corriente de sus logros y victorias, y, para mi sorpresa, me confesó que admiraba al valiente pagano, a pesar de que fuera un infiel.
El interés del príncipe estaba en la situación de Jerusalén. No perdió el tiempo en elogiar la sabiduría de la bvella reina Sibilla al tomar para sí la corona y el poder, a diferencia de lo hecho con sus antiguos maridos, con el apoyo de los principales barones de Palestina: Raimundo III de Trípoli, conde de Trípoli y principe de Galilea y Tiberiades en nombre de su esposa; Balián de Ibelin, duque de Ascalón y conde de Beersheba; Jocelyn de Courtenay, Duque de Tiro y conde def Beirut, y los Grandes Maestres de los Templarios y Hospitalarios, Gerard de Ridefort y Roger des Moulins, respectivamente. En el norte se encontraba el ducado de Antioquía y su señor, Bohemundo III, conocido como el Tartamudo, y que se hacía llamar principe.
Pienso ahora que, si hubiera sabido el papel que el estino le tenía reservado en Jerusalén, sus elogios de la reina no hubiera sido tan amable...
Por si esto no era ya de por sí fuente de suficiente diversión, también contábamos con la inestimable presencia del incansable Reinaldo de Châtillon, Señor de Ultrajordania, y su insaciable sed de oro, lo que ya había estado a punto de llevar a Jerusalén al desastre en la guerra de 1182 y que estaba a punto de ocasionar otra después de otra de sus campañas piráticas, esta vez a finales de 1186, al atacar una caravana que viajaba entre El Cairo y Damasco, rompiendo así la tregua entre los cruzados y Saladino. Aunque el ahora difunto rey Guido había conseguido apaciguar a Saladino, estaba muy claro que, más pronto que tarde, Châtillon causaría más problemas. A pesar de que Juan era consciente de que este tipo de "problemas" podía causar un desastre absoluto en Oriente Medio, dado el delicado equilibrio de poder en la zona, su alteza no podía dejar de admirar a Reinaldo, pues tenían pasiones comunes, empezando por el oro. Con esta admiración surgiendo en el oscuro corazón del principe, no pude evitar sentir una desagradable sensación de flojera en los intestinos.
Y luego estaba la família del mismo Juan...
Primero estaba su padre, Enrique, rey de Inglaterra y señor de Irlanda, martillo de los galeses, dueño de toda Francia y terror de sus hijos. Había envejecido peleando contra sus viejos enemigos, los reyes de Francia y Escocia, y con los nuevos, los príncipes y señores de Gales, y su esposa e hijos, además de su nobleza levantisca. Y ahora John se alejaba de las islas antes de que su hermano Ricardo reclamara la ayuda prometida en su nueva conspiración contra su padre. Acostumbrado como estaba a las traiciones, John no tenía demasiados remordimientos por dejar a su hermano en la estacada...
Juan se preguntaba si Ricardo sería tan temerario como para rebelarse y declarar una guerra total contra su padre. Conociendo a su hermano, quizás lo hiciera... En cuanto muriera su padre la carrera por la corona inglesa se reduciría a ellos dos, tras la muerte del pobre Geoffrey. Bueno, también estaba el hijo póstumo de éste, el tierno bebé Arturo, duque de Bretaña. Pero los ñinos son tan frágiles...
Y el reino de los cielos tan prometedor...