Introducción II: La fundación de Moscú y otras historias eslavas
Tras el reinado de Vladimir todavía hubo otro príncipe de Kiev merecedor de salir con letras mayúsculas en las páginas de las crónicas eslavas: Yaroslav el sabio.
Fue el suyo un reinado mucho más pacífico que el de Vladimir. Básicamente trató de afianzar el poder de Kiev en todos sus territorios. Para ello se valió de dos medios: la religión y un nuevo sistema de leyes. Muchas y muy bellas iglesias se construyeron durante su reinado para ayudar a que el cristianismo ortodoxo se extendiera por las tierras eslavas. Una de las más bellas fue la catedral de Santa Sofía que Yaroslav construyó en Kiev en el 1037. En el cementerio anexo a este imponente monumento serían enterrados todos los príncipes de Kiev a partir de ese momento.
Interior de la Catedral de Santa Sofía
La otra gran aportación de Yaroslav fue el “Russkaya Pravda”. Era un código de leyes feudales que fue adoptado por todos los pueblos eslavos. En esencia era muy similar a los que se aplicaban en el resto de naciones europeas.
Tras estos dos grandes gobernantes el poder y el brillo de Kiev empezó poco a poco a decaer y su autoridad sobre el resto de pueblos eslavos fue menguando paulatinamente. Pese a su posición preponderante Kiev nunca llegó a anexionar al resto de los pueblos eslavos. Muchos de ellos simplemente pagaban un tributo al príncipe ucraniano y le cedían tropas en momentos de apuro. Pero por lo demás eran gobernados internamente por sus propios duques. De todos los pueblos eslavos fueron siempre el de Novgorod y el de Vladimir-Suzdal los que obraron con más independencia. La oligarquía comerciante de Novgorod controlaba todo el rico comercio entre el Volga y el Báltico y eran regidos por su propio consejo interno.
Representación de Yaroslav el Sabio portando el “Russkaya Pravda”
Pero quién ocupó el lugar de Kiev no fue el ducado de Novgorod, más interesado en hacer provechosos negocios con los pueblos bálticos. Los guerreros príncipes de Vladimir-Suzdal fueron quienes se convirtieron en los más poderosos de la región. Vivían en el norte y trataron de imponerse por la espada al resto de eslavos. Muchas batallas se libraron y traiciones se cometieron en esos confusos años. El enemigo de ayer era el aliado de hoy y así sucesivamente. Pese a ello todos tenían un sentido de unidad, de saber que pertenecían a una misma cultura y compartían la misma religión que Vladimir el Grande había traído desde Bizancio.
Uno de estos belicosos príncipes de Vladimir fue Yury Dolgoruky, que era el sexto hijo de Vladimir Monomakh (significa literalmente “el que lucha sólo”). Mientras su padre dirigía alguna de sus 83 campañas militares envío al hijo hacia los inhóspitos dominios del norte para que fundara algunas ciudades y fortificara otras.
Yury siguió los mandatos de su padre y a su expedición se debe la fundación de algunos establecimientos que luego serían importantes ciudades, como por ejemplo: Tver, Kostroma y Vologda.
Vladimir Monomakh tras una cacería
En el año 1147 Yury se internó en las boscosas tierras que rodeaban al río Moscova. Allí se encontró con un pequeño y sucio poblado. Un lugar insignificante que llevaba allí cientos de años sin haber llegado nunca a ser algo más que un pueblo de campesinos. Yury decidió fundar allí un puesto comercial, construir un pequeño fuerte de madera y darle un nombre oficial. Fue en ese año, el 1147 cuando el nombre de Moscú fue escrito por primera vez en las crónicas eslavas.
Yury siguió con su labor y los grandes príncipes y duques con sus eternas guerras por obtener la supremacía en la región. Pero mientras que Kiev, Novgorod, Vladimir-Suzdal y otros ducados menores jugaban a sus juegos de poder fueron barridos por una súbita e imparable marea. A comienzos del siglo XIII la horda mongola llegó a las tierras de los pueblos eslavos.
Estatua de Yury Dolgoruky, el fundador de Moscú